Panorama Católico

El Error ¿Tiene Derechos?

Un lector amigo nos llama la atención sobre el párrafo 29 del documento último de la CEA. Contiene un error teológico y una confusión moral que espantan. Además de repartirse cargos y levantar la mano en la votaciones, los obispos ¿leen lo que aprueban?

Un lector amigo nos llama la atención sobre el párrafo 29 del documento último de la CEA. Contiene un error teológico y una confusión moral que espantan. Además de repartirse cargos y levantar la mano en la votaciones, los obispos ¿leen lo que aprueban?

Escribe Marcelo González
“El documento no nos agrega nada. Los que conocemos y luchamos por superar la desigualdad social, denunciamos la situación pero a la vez colaboramos, damos propuestas. No veo más que un análisis filosófico ya sabido, pero quisiera saber qué propuestas dan”.

Estela de Carlotto, Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo refiriéndose al documento del Espiscopado sobre la realidad social

Por una vez coincidimos con las “abuelas”.

La cita precedente es el informe de una ecografía perfecta del documento emitido por la Conferencia Episcopal Argentina, después de su última reunión plenaria. Al interrogante agudo, casi una “interpelación” de la conocida dirigente derechohumanista (“no te fijes en quién lo dice, antes bien en qué dice”) el Vocero de la CEA, P. Oesterheld ha respondido con igual franqueza verbal y torpeza conceptual: “La Iglesia no tiene que hacer nada ni puede hacer nada. Apenas puede decir lo que piensa y procurar ayudar en la medida que pueda en la cuestión asistencial”. (La Nación del 15 de noviembre). Este fue el modo de poner “paños fríos” para “bajar la tensión” que generó el documento entre los mandamases del gobierno nacional.

A la penosa respuesta de vocero (¡Dios nos libre de los voceros!) no faltó la capa de bálsamo del nuevo supersecretario de la Conferencia, Mons. Casaretto: “no hay mala relación con el gobierno”…”Deberíamos incrementar un poco más el diálogo, porque el diálogo es el instrumento de encuentro, de trabajo por el bien común”. (Idem). Ya se sabe, arreglos bajo la Mesa del Diálogo.

¿Y el orden sobrenatural?

Nos preguntamos ¿y el orden sobrenatural? ¿Acaso la Iglesia fue fundada por Cristo para dedicarse a la añadidura y abandonar el reino de Dios y su justicia? Por si hay algún distraído, recordamos que la “justicia” y los “justos” en el lenguaje evangélico son, respectivamente, la santidad y los santos…

Tal vez la mejor respuesta la haya dado Mons. Podestá, con su habitual valentía (que le ha costado su parroquia, pues ha sido “renunciado” por causa de su fidelidad a la verdad. En su sermón del domingo siguiente al documento ha dado en el clavo con extraordinaria precisión.

“Con esto de la ‘opción preferencial por los pobres’ que declaman en nuestros tiempos los obispos y han vuelto a señalar en el documento de su nonagésima Asamblea Plenaria ayer finalizada (apelando, como tantos políticos de izquierda, a recetas adocenadas que lo único que logran es a la larga fabricar más pobres), digo que da lástima que, a pesar de esta opción, en la parábola de Jesús justo el que menos recibió, el más pobre, es el que finalmente tiene que hacer crujir su dentadura, y no los primeros dos, los que recibieron respectivamente cinco y dos talentos. (…)

“Poner esos talentos de lo santo al servicio del mundo, de la democracia, ya sea de obras aparentemente buenas pero mundanas -como la política o la distribución de la riqueza-, ya sea conformándose con una predicación de discursos en su mayoría apenas moralizantes, casi nunca religiosos y mucho menos católicos. El codearse con el poder sin atreverse casi nunca a enfrentarlo cuando se trata del honor de Dios y de Cristo o María. El salvarse de todo enfrentamiento o martirio mediante la velada estampida del ‘diálogo’, del callar la verdad de Jesús, para sólo hablar de justicia social o de derechos humanos. Cambiar el evangelio por una predicación humanoide, ecológica, electoralista, demagógica, sin mandamientos ni consejos evangélicos, ni gracia, ni sacramentos, ni oración. Solo doctrina social de la Iglesia -que, tal cual se nos presenta ahora ni es doctrina, ni es social, ni es de la Iglesia, ni sabe de economía, ni de política, ni mucho menos de Cristo Rey y por lo tanto no sirve para nada-. ¿Eso, no será también enterrar talentos, hacer perder tiempo a los cristianos en añadiduras estériles, dilapidar los tesoros de la Cruz de Cristo, las lágrimas de su Madre, los frutos del Espíritu de los santos, los sacramentos, dos mil años de historia de la Iglesia -incluso abominando de ella y pidiendo calumniosamente perdón por predecesores mil veces más santos que ellos-? ¿Eso no será acaso la peor forma de enterrar los talentos, extraviar a la grey, deformar el evangelio…?”

Por eso tiene razón Estela de Carlotto. Para decir lo que han dicho en su último documento no tenemos necesidad de mantener obispos. Ya están los políticos que bien caros nos cuestan.

Efectos colaterales

Desde estas mismas páginas habíamos anticipado que la declaración de la CEA sería más de lo mismo. Por eso la leímos en diagonal. Tocada, como suele estar de blablismo sociológico pseudo-doctrinal. Pero hemos de reconocer que generó un par de efectos colaterales no deseados y dignos de comentario.

Pese a todo, aún sin quererlo, al menos sin quererlo todos los obispos, el gobierno, sintió el golpe de la descripción sociológica como un frente más de su “interna” de poder. Es posible que la mano primada haya puesto algo de vinagre a la tinta, en especial la que detalló la realidad social. La advertencia sobre posibles “estallidos sociales” pese a ser evidente no pierde, por el contrario acrecienta, su fuerza si la señalan los obispos. Lo dice el cuerpo colegiado de los pastores católicos. También, aunque con reparos cautelosísimos, se han atrevido a afirmar que los movimientos guerrilleros de los años 70 cometieron crímenes (claro que no de “lesa humanidad”).

Lo cual tuvo su repercusión mediática. Porque esto lo sabe toda la generación que tenía uso de razón en los años de plomo. Pero casi todos los que tienen voz temen decirlo. Sin embargo un anónimo columnista de La Nación, resumió en interesante y pormenorizado racconto de las tropelías de los “jóvenes idealistas”. Muchos de ellos fueron criminales violentos y despiadados. Esta nota esclarecedora no hubiera salido a la luz sin el “paraguas” del documento episcopal. De donde, ¡cuánta responsabilidad de los prelados por lo que se calla regularmente, cuando vemos el efecto que tiene lo que se dice excepcionalmente!

La floja doctrina del cuerpo colegiado

La atenta advertencia de un lector sagaz nos llamó la atención sobre el siguiente punto de dicha declaración: (subrayados nuestros)

“29. Si el cristiano prescindiese de la comprensión de la Verdad que le da la Palabra de Dios, podría caer en múltiples errores, e incluso adoptar actitudes fundamentalistas. Así aconteció en tiempos pasados cuando se difundió la máxima “el error no tiene derechos”, olvidando que los derechos son de las personas, incluso de las que están en el error. El Evangelio manda morir por la verdad, no matar por ella. Por ello el Papa Juan Pablo II, cuando nos exhortó a los cristianos a prepararnos a la celebración del Gran Jubileo del año 2000, mencionó explícitamente el “capítulo doloroso, sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento, constituido por la aquiescencia manifestada, especialmente en algunos siglos, con métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio de la verdad” (Tertio Millenio Adveniente 35)

“Sin embargo, la tentación del fundamentalismo siempre acecha, y no sólo al hombre religioso. La historia civil de los pueblos, incluso europeos, está plagada de ejemplos de intransigencia a muerte entre sectores opuestos. Cuando se esgrimen argumentos religiosos, se lo hace engañosamente para enardecer la intransigencia con la que se pretende suprimir al contrario”. (Fin de la cita)

Parece difícil de creer que el cuerpo episcopal firme esto, sin embargo…

1) Afirmación de que el cristiano no puede sino adherir a la Verdad. (Obvia)

2) Inmediata advertencia contra los que, por adherir a la Verdad caerían en el error del “fundamentalismo”. (¿?)

3) Descalificación de una fórmula teológica que tiene rango de Magisterio Pontificio: “el error no tiene derechos”. (¡!)

4) Justificación de dicho aserto con un texto que es al menos ambiguo.

5) Intento de asociar a quienes sostienen la plenitud de la Verdad Revelada con actitudes propias del “fundamentalismo”. Claro que omitiendo que los “fundamentalistas” más reconocidos de estos tiempos vienen a ser los islámicos.

6) Afirmación de tufillo heterodoxo. “Cuando se esgrimen argumentos religiosos, se lo hace engañosamente para enardecer la intransigencia con la que se pretende suprimir al contrario”. ¿Quiénes? ¿Qué argumentos religiosos? ¿Cualquiera, es todo igual? Si yo digo que Dios es Uno y Trino, confrontándolo contra la versión falsa del dios meramente “monoteísta” de los judíos o de los islámicos, ¿estoy sosteniendo una verdad de Fe o enardeciendo la intransigencia orientada a la destrucción del contrario? Toda formulación dogmática por definición busca la destrucción del contrario, pero no de quien sostiene el error sino del error que sostiene.

Verdad y error. Caridad y tolerancia.

La Iglesia predica la tolerancia del error cuando el intentar suprimirlo llevaría a un mal más grave. Nunca la tolerancia del error como “derecho” personal o social, ni “derecho humano”. El texto juanpaulino, preanuncia su “pedido de perdón” en nombre de la Iglesia del pasado. Ese desafortunado gesto político del entonces pontífice solo sirvió para humillar más a la Casta Esposa de Cristo y dar alimento a los enemigos de la Iglesia. Recordemos, sin embargo, el texto oficial de dichas “disculpas”, redactado por el actual pontífice. En él opone tantas salvedades que, quitado lo mediático, la verdad es que no se pidió perdón por nada más que aquello por lo que la Iglesia pide perdón a diario, los pecados de los cristianos y de los no cristianos. Basta rezar el padrenuestro -al menos la versión evangélica-, el pésame (¡que bello sería recuperar el Confíteor!), el Kyrie. El católico que reza vive pidiendo perdón a Dios.

Sería demasiado largo oponer textos del Magisterio y la Tradición a los desdichados párrafos precedentes. Tan solo dos. La lapidaria cita agustiniana: “odiar el error, amar al que yerra“. Y también: “El Señor que ha dado a sus servidores la facultad de destruir los reinos del error nos invita, sin embargo, a salvar a los hombres y a no aniquilarlos.(…) La Verdad sin la caridad, es la maldad”. Y en una oración: “Enviad Señor dulzura a mi para que el amor de la verdad no me haga perder la verdad del amor”. El error es odioso y es nuestro deber odiarlo. El que yerra puede ser odioso, pero nuestro deber es amarlo, comenzando por mostrarle la Verdad de Cristo en la Caridad. Si esto ha querido decir el parágrafo 29 del documento de la CEA, pues que lo han redactado muy mal.

¿Papa contra Papa?

Segundo texto, más largo: de la Encíclica Libertas, de León XIII; “Porque el derecho es una facultad moral que, como hemos dicho ya y conviene repetir con insistencia, no podemos suponer concedida por la naturaleza de igual modo a la verdad y al error, a la virtud y al vicio Existe el derecho de propagar en la sociedad, con libertad y prudencia, todo lo verdadero y todo lo virtuoso para que pueda participar de las ventajas de la verdad y del bien el mayor número posible de ciudadanos. Pero las opiniones falsas, máxima dolencia mortal del entendimiento humano, y los vicios corruptores del espíritu y de la moral pública deben ser reprimidos por el poder público para impedir su paulatina propagación, dañosa en extremo para la misma sociedad. (¿Salud reproductiva?)

Los errores de los intelectuales depravados ejercen sobre las masas una verdadera tiranía y deben ser reprimidos por la ley con la misma energía que otro cualquier delito inferido con violencia a los débiles. Esta represión es aún más necesaria, porque la inmensa mayoría de los ciudadanos no puede en modo alguno, o a lo sumo con mucha dificultad, prevenirse contra los artificios del estilo y las sutilezas de la dialéctica, sobre todo cuando éstas y aquéllos son utilizados para halagar las pasiones. (¡Qué larga sería la lista, contando a los curas ladeados, mucho más!).

Si se concede a todos una licencia ilimitada en el hablar y en el escribir, nada quedará ya sagrado e inviolable. Ni siquiera serán exceptuadas esas primeras verdades, esos principios naturales que constituyen el más noble patrimonio común de toda la humanidad. Se oscurece así poco a poco la verdad con las tinieblas y, como muchas veces sucede, se hace dueña del campo una numerosa plaga de perniciosos errores. Todo lo que la licencia gana lo pierde la libertad. (¿No es esto un adelanto de la corrupción sexual que ha inaugurado la llamada perspectiva de género?).

(Comentarios y subrayados, nuestros)

Finalmente, el bienaventurado Pío IX tiene en su acervo magisterial una copiosa batería de textos, muchos de rango dogmático, que contradicen lo que habría querido decir su beatificador, Juan Pablo II…

Como se dice vulgarmente: tenemos un problema.

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