Panorama Católico

El miedo comenzó a ser vencido

Como era de esperar, las provocaciones presidenciales terminaron por colmar la paciencia de los militares. Ahora que uno pocos se han atrevido a manifestar lo que muchos piensan, desde el Poder se teme haber despertado a las FF.AA. de un extenso letargo.

 Escribe María Lilia Genta (*)

Como era de esperar, las provocaciones presidenciales terminaron por colmar la paciencia de los militares. Ahora que uno pocos se han atrevido a manifestar lo que muchos piensan, desde el Poder se teme haber despertado a las FF.AA. de un extenso letargo.

 Escribe María Lilia Genta (*)

Con su habitual bravuconería, Néstor Kirchner, hablando en el acto por el Día del Ejército y en alusión a los oficiales en actividad que acudieron a Plaza San Martín el 24 de mayo, espetó: “no les tengo miedo”. ¡Bueno fuera! ¿Puede, acaso un Presidente, dueño de todo el poder del Estado, temer a una media docena de oficiales carentes, en absoluto, de poder político y militar? ¿Pueden infundir miedo, acaso, a un Comandante en Jefe, oficiales y cadetes que, con hartazgo, abandonaron la formación en medio del discurso? Entonces, ¿a qué viene esta baladronada más propia de un compadrito de barrio que de todo un “señor presidente”?

La respuesta va por un solo camino: Kirchner ni es ni se siente el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas argentinas… él es -y lo asume plena y conscientemente- su enemigo visceral, el hijo putativo de las madres de los terroristas vencidos en la guerra contra la subversión que viene, ahora, a consumar la revancha, a infligir a su eterno enemigo la derrota que no se pudo consumar hace más de treinta años.

Unos pocos días antes, el 25 de mayo, perorando en la Plaza Mayor, ante el rebaño allí reunido, Kirchner había exclamado: “¡volvimos!”… y para que no quedasen dudas respecto de quienes volvían, evocó expresamente la plaza de Cámpora de hace treinta y tres años atrás cuando las formaciones terroristas ocuparon, por breve tiempo felizmente, la Casa de Gobierno. Está claro que quienes volvían eran los montoneros y los erpianos, esos que, liberados masivamente la noche de aquel mismo día aciago, se dedicaron a sembrar la muerte y el terror por doquier en los años siguientes como lo habían hecho antes de sus breves prisiones. Volvían, evocados por el grito histérico del presidente, los peores fantasmas de la historia argentina contemporánea con su carga de horror y de sangre. Ese “¡volvimos!” de la Plaza se conecta directamente con el “no les tengo miedo” del Día del Ejército. Es el pequeño, módico militante setentista que retorna y, envalentonado, amenaza e increpa cobardemente a su enemigo.

Pero, paradójicamente, Kirchner tiene miedo. Teme, como todos los tiranos, cualquier reacción en su contra… teme el despertar, por remoto que parezca, de su enemigo histórico… teme el asomo de la virilidad, la brisa de la dignidad, la señal de honor, la reivindicación de aquella sangre que derramaron sus ahora “compañeros de lucha” a cuyo carro, hoy triunfal, se sube sin mérito ni título alguno. Pues combatientes guerrilleros fueron otros que, equivocados de bandera, ofrendaron sus vidas en los entreveros.

Por nuestra parte, quienes sabemos del miedo queremos vencerlo una vez más.

Hemos visto caer a nuestros familiares, amigos y camaradas de nuestros esposos bajo las balas asesinas del marxismo.

Y podemos contar, hoy, para los jóvenes, algo de nuestras vidas cotidianas, allá por los setenta. Si nos tocó vivir en Barrios Militares, sabemos que era como vivir en auténticos guetos tratando de que nuestros hijos no se dieran cuenta de que estaban marginados. Si nos tocó vivir fuera de los guetos&hellip… sabemos de las mañanas en las que nos asomábamos a las ventanas de nuestras  casas, con un padrenuestro en los labios, mirando la salida de nuestros esposos, temiendo la emboscada artera y cobarde algún comando terrorista que estuviera aguardándolos para “bajarlos”, como al Capitán Paiva.

Sabemos de la muerte en acecho en una vereda cualquiera, en cualquier calle, en cualquier esquina.

Las mujeres evocamos los tiempos en que llevábamos solas a nuestros hijos por la calle porque sus padres dejaron de hacerlo después de la muerte de la hijita del Capitán Viola.

Sabemos del llanto de las madres y las esposas, de los hijos a los que les fue arrebatado el padre, de los nietos sin abuelos.

Sabemos de los cuarteles asaltados por las hordas guerrilleras, bien entrenadas en Cuba.

Sabemos de los montes tucumanos infestados de erpianos, primero, y de montoneros, después.

Es que si una familia sufrió y sufre en la Argentina esa es la familia militar a la que tengo el honor de pertenecer.

Personalmente, también sé muy bien lo que significa pertenecer a una familia que dio su cuota de dolor y de sangre en esa guerra desatada por la furia revolucionaria. Dolor y gloria.

No, señor Kirchner. Ni usted ni sus gavillas de montoneros devenidos ministros y diputados podrán amedrentarnos.

Y si tenemos miedo, esperamos vencerlo como en los años setenta lo hicieron nuestros combatientes, como lo hicimos nosotras mismas.

Lo volveremos a vencer, con la ayuda de Dios, aferrados a las únicas armas que hoy poseemos: la dignidad y el honor.

Porque se nos entibia el corazón con la leve esperanza de que, en Argentina, parece que el miedo comenzó a ser vencido.

(*) La autora es hija de una de las víctimas del terrorismo setentista, el docente, escritor y polemista católico Jordán Bruno Genta.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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