Panorama Católico

El misterio del mal y del dolor

Si Dios existe, y si es bueno y misericordioso como lo dicen los cristianos, ¿cómo puede permitir tanta maldad y tantos sufrimientos entre sus criaturas? He aquí una objeción importante, puesto que la existencia del mal es para muchos una ocasión de escándalo y un motivo de incredulidad. Cuando llega la hora de la prueba y de la amargura, ¿no es a veces fuerte la tentación de rebelarse? ¿Por qué Dios no me libera de este dolor? ¿Por qué Dios no ha escuchado mis oraciones por la curación de este hijo, por el alivio de este enfermo? Procuraremos aquí contestar a tales interrogantes, y también con la ayuda de Dios, esbozar los bienes admirables y las profundas alegrías que la divina sabiduría quiso encerrar en el misterio de la cruz y del sufrimiento.

Una frase de San Agustín

“Dios es el sumo bien, dice este santo doctor, y de ninguna manera permitiría que haya algún mal en sus obras, si no fuera para bien. Y Dios es tan omnipotente y bueno que del mismo mal saca un bien” (Enchirid. cap. 2). De manera que Dios permite el mal con vistas a un bien mayor. Sin duda, Él es omnipotente y podría suprimir el mal y el dolor. Para no hacerlo debe tener alguna razón poderosísima. ¿Cuál será? Antes de juzgar eso imposible, antes de rebelarnos contra nuestro Creador, reflexionemos un poco con las luces de la fe y de la razón.

La ley natural del dolor

El dolor físico es consecuencia de nuestra naturaleza corporal y tiene una función vital de suma importancia. Cuando el niño pequeño necesita comer, su mamá se entera enseguida: porque los dolores del pequeño estomago vacío se manifiestan claramente afuera con gritos y llantos. Y si cualquiera de nosotros pone por inadvertencia la mano en el fuego, la retira al instante: el dolor lo salvó de quedar manco. Todo esto ha sido maravillosamente ordenado por la divina sabiduría.

Pero el dolor tiene una función mucho más importante aún, en el orden moral y espiritual. Los mismos filósofos paganos lo comprendieron: el sufrimiento es sin duda la mejor escuela de vida, en la cual el hombre se forma en el difícil conocimiento de sí mismo, y se prepara para obrar grandes cosas. ¡Ay del niño afortunado y excesivamente mimado, educado en el lujo y la facilidad! No habiendo nunca sentido trabas y contrariedades, pocas fuerzas tendrá en medio de las duras tormentas de esta vida. En cambio el alma templada en el crisol del sufrimiento será fuerte como el acero. Además, el sufrimiento bien llevado nos embellece y perfecciona con toda clase de virtudes. El conde de Maistre cuenta al respecto la historia de una joven que vivía en la ciudad de San Petersburgo. Estaba afectada de un cáncer que le roía la cabeza. La nariz y los ojos habían ya desaparecido. Y sin embargo en medio de tal desgracia manifestaba tanta resignación y alegría que causaba la admiración de la ciudad entera. Muchos venían a visitarla, y cuando le manifestaban compasión por sus sufrimientos, ella contestaba : “No sufro tanto como piensan Vds. ; Dios me concede la gracia de pensar a menudo en Él. ¡Ojalá le conceda a Vd. la gracia de amarlo como lo amo yo!”

¡Bienaventurados los puros de corazón!

“Pensar en Dios y amarlo”. Las palabras de esta jóven nos permiten entrar más en nuestro tema. ¿Cuál es este bien mayor que justifica a los ojos de Dios tantos sufrimientos? Ningún otro desde luego que Dios mismo, sumo bien, sumamente deseable, y causa de todos los otros bienes. Dios amado en esta vida y Dios contemplado con sumo gozo en la otra. Tesoro de felicidad que supera todos los bienes creados tanto como lo infinito supera lo finito. Ahora bien, porque Dios es espíritu, su posesión no es cosa material sino riqueza espiritual por el amor. ¿Qué es lo que nos aparta del amor del Creador sino el amor desordenado de las creaturas? El sufrimiento es un medio poderoso para desasirnos de las cosas creadas e inferiores, y encender en nosotros el amor de las cosas divinas. En realidad, todo el tiempo de nuestra vida no nos ha sido dado para otro fin que éste: alcanzar con la gracia de Dios gran pureza de corazón y amor perfecto, mediante el ejercicio de las virtudes y la paciencia en el sufrir. Porque el amor de Dios vale más que todos los demás bienes, y causa en el alma más profundo y duradero gozo que todos los placeres de la vida.

Las enseñanzas de la fe y el misterio de la Redención

Observe el lector que estas reflexiones sobre el valor del sufrimiento no presuponen la fe, sino que parten sencillamente de la reflexión y experiencia, y del conocimiento natural de Dios. Y si muchas veces nos cuesta entender este lenguaje, es porque nuestra alma está demasiado enredada en el fango de sus pasiones, y perdió hasta la voluntad de levantar los ojos hacia arriba. Pero la misericordia de Dios ha venido en nuestro auxilio y si ahora consideramos las verdades de nuestra fe, todo se iluminará de modo incomparable. En primer lugar, las Sagradas Escrituras nos enseñan que esta necesidad del sufrimiento es consecuencia del pecado de nuestros primeros padres : por su grave desobediencia, Adán y Eva perdieron la rectitud original para sí y para todos sus descendientes. Expulsados del paraíso, debieron en adelante volver a Dios por el camino estrecho y penoso del dolor. En segundo lugar, la fe nos descubre algo mucho más grande y admirable y que deja muy atrás todos los discursos de la filosofía : el misterio de la Redención. “Oh feliz culpa”, canta la Iglesia en la noche de Pascua ; ¡oh felices sufrimientos! cantarán eternamente los mártires y los santos del Cielo. Porque de este pecado y de estos sufrimientos Dios supo sacar un bien inmensamente superior : la Redención por Nuestro Señor Jesucristo. Muriendo por nosotros, el Salvador nos enseñó a merecer por el sufrimiento la eterna felicidad. Fundó la Iglesia y la regó con su sangre. Por su sacrificio nos salvó.

El sacrificio redentor

Hay una noción tan esencial en el cristianismo que si no se la tiene presente toda la religión se vuelve incomprensible: el sacrificio. El sacrificio de la cruz continuado en la misa, y también nuestros propios sacrificios en unión con aquél. Durante 2000 años, todos los santos han encontrado en la contemplación de la Cruz y en el sacrificio de la misa que lo continúa el valor para llevar sus enfermedades y angustias, y la gracia purificadora de sus almas. Además, toda la historia de la Iglesia nos confirma esta verdad: toda vez que sacerdotes y fieles se alejaron de la cruz de Cristo, la Iglesia fue de mal en peor, vencida y burlada por todos sus enemigos. ¿No es por cierto lo que observamos hoy? ¡Cuán lejos está este espíritu de sacrificio del corazón de los fieles! ¡Cuán humillada y desfigurada está nuestra Iglesia católica! Pero también nos enseña la historia que cada vez que los pueblos volvieron sus miradas hacia la cruz, buscando en ella la fuerza y el consuelo para sus almas, cada vez que el sacrificio y el espíritu de sacrificio reencontraron su lugar de honor en el corazón de los cristianos, siempre entonces Dios derramó de modo sobreabundante sus bendiciones sobre su pueblo. Y la Iglesia se levantó nuevamente con admirables frutos de celo, de caridad y de civilización.

Consuelo y alegría en las pruebas

He aquí por lo tanto nuestra importante conclusión: no solamente la existencia del sufrimiento no es motivo para alejarnos de Dios, sino que es el medio privilegiado para ir a Él. Porque más allá de todos los sufrimientos, está nuestra firme esperanza en las divinas promesas,… “está la fe que es más fuerte, está el amor que es más fuerte, ¡está Dios que es más fuerte!” Este grito que Paul Claudel pone en los labios de Santa Juana de Arco agonizando en la hoguera lo resume todo. Está Dios que es más fuerte, y que recompensará con creces lo más mínimo que hayamos sufrido por Él. Ese es sin duda el pensamiento que sostenía a los mártires, y a veces los llenaba de extraordinario gozo en medio de sus torturas. Si lo comprendemos, el sufrimiento se transformará para nosotros en fuente de vida eterna, su amargura se cambiará en gozo, y pronto escucharemos la voz del celestial Esposo : “¡Venid, benditos de mi Padre! ¡Tomad posesión del Reino que os ha sido preparado desde el comienzo del mundo!”

"Venid a Mí todos los que andáis agobiados y cargados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis el reposo para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera". (Mt. 11,28)

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *