Panorama Católico

El Mundial del Espectador

Con la proximidad inminente del campeonato mundial de fútbol, de manera evidente y hasta visto por los rutinarios cronistas del fútbol con su carácter “globalizado”, se hace presente en nuestra sociedad una ocupación de todos los espacios públicos y mediáticos del, al parecer, acontecimiento más trascendente para el planeta, al punto de hacernos recordar a Ortega y Gasset cuando decía: “En

Con la proximidad inminente del campeonato mundial de fútbol, de manera evidente y hasta visto por los rutinarios cronistas del fútbol con su carácter “globalizado”, se hace presente en nuestra sociedad una ocupación de todos los espacios públicos y mediáticos del, al parecer, acontecimiento más trascendente para el planeta, al punto de hacernos recordar a Ortega y Gasset cuando decía: “En verdad, nada nos define tanto como cuál sea nuestro régimen atencional (…) Cabría aceptar esta fórmula: dime lo que atiendes y te diré quién eres”.

Escribe Flavio Mateos

Y así nos atendremos a ocupar nuestra atención no ya con las preocupaciones religiosas, familiares, educacionales, políticas o artísticas, sino que, por obra y gracia del fútbol, el país y el mundo parecerán “paralizados” (mediáticamente paralizados) con sus miles de programas de televisión y radio que transmitirán en vivo las 24 horas desde Alemania… sus diarios y suplementos deportivos… su omnipresencia televisiva en bares y cafés, estaciones de tren y subtes, consultorios médicos y esperas, teléfonos celulares y vidrieras de negocios, etc. El mundo vivirá para el fútbol y los periodistas propalarán sandeces hasta el hartazgo.

¿Qué es el fútbol?

Quien ha jugado al fútbol comprende que es el más hermoso deporte, o al menos el más divertido de jugar. Tal vez por el hecho de que la concreción de una bella jugada colectiva en gol patentice la alegría de ver aunadas las voluntades libres y repartidos los talentos, donde en mayor o menor medida (pero nunca en igual medida, porque si hay un deporte donde se ve a las claras que no somos iguales es en el fútbol) cada uno aporta su cuota de talento, esfuerzo, sacrificio, habilidad, picardía, conducción o inteligencia para vencer a un rival que hizo todo lo que pudo para impedirlo. Desde luego, estamos hablando de un fútbol amateur, donde la camaradería soporta las victorias y las derrotas y permanece tras el partido para mantenerse por encima de él. Un juego donde el dinero no ha entrado a ensuciar y derrotar la pureza de designios ni de amistades.

Debemos preguntar, entonces, qué es el fútbol profesional. ¿Es juego, es deporte, es lucha, es espectáculo?

Guillermo Gueydan de Roussel nos recuerda en su ensayo “Las tres fases de la política” que según Santo Tomás uno de los caracteres del juego es el de no estar ordenado a ningún fin. El juego es el terreno de la diversión y pertenece al dominio de la libertad. En los niños se presenta de manera instintiva y es el elemento predominante de su etapa en la vida. Tal vez porque como decía Castellani, “el niño alegre y superficial ignora que la tierra no es la patria del hombre y toma, gozoso, posesión de todas las cosas. Ignora las tristezas del espíritu como también sus profundidades… y porque cree con toda el alma en esta vida y no conoce aún más que la superficie de ella, la asimila y la reproduce con inimitable frescura” (“Dante, La Divina Comedia”, en Crítica Literaria).

El juego en los adultos, como señala Gueydan, es el residuo inconsciente del acto cumplido. Es entonces representación de un instinto persistente, y es también lucha. Pero, “es el espectador el que fija el objeto de la lucha y lo impone al combatiente… este último no es más que un campeón, es decir un hombre que lucha por la causa de otros” (Gueydan de Roussel, Op. Cit.) El que le impone esa determinada camiseta a un jugador profesional de fútbol puede ser un club o una asociación nacional, a quien representa. Aunque, como se sabe, hoy el jugador representa clubes que son sociedades anónimas en su mayoría, cuyos pases son adquiridos con dinero sucio y cuyas camisetas son esponsoreadas por poderosas multinacionales. Esa representación inicial (el club del barrio) puede haber quedado simbólicamente trazada en unos colores de la casaca, y nada más. Pero la ficción se mantiene, ya no los sentimientos de quien porta un día una casaca y al siguiente la del club rival o una desconocida de un ignoto y lejano país. El fútbol se ha hecho mercenario y ,por lo tanto, el juego en sí ha perdido el carácter de diversión o sana distracción deleitable, ya no es juego en la medida en que es trabajo (los mismos protagonistas admiten que no se divierten cuando juegan y la abulia que nos invade cuando vemos cualquier partido es manifiesta), a no ser por unos pocos jugadores distintos que siguen jugando con la frescura de quien ama el juego o incluso la camiseta. Son los que siguen prefiriendo los hinchas del juego, y a los que éstos caracterizan como “jugadores de potrero” o “niños terribles”, como decir un Guillermo Barros Schelotto, o un Riquelme, el cual último debió superar la rigidez de algunos técnicos hacendosos para coartar las libertades que el jugador despliega dentro de la cancha y mediante la cual es realmente efectivo. Como el niño que es “cándido, egoísta, autoritario y hermoso” (Castellani) divierten divirtiéndose, pero también pueden ser usados inescrupulosamente justamente por su enorme arraigo popular.

Por otro lado, desde el mismo momento en que el fútbol se profesionalizó, dejó de lado su carácter de “deporte”, tal es así que un futbolista no se considera a sí mismo deportista, sino futbolista a secas o un miembro más del mundo del espectáculo. Hay programas de fútbol y, aparte, los programas “polideportivos”, donde se incluyen aquellos deportes aún sin rentar o no súper-profesionalizados.

El deporte como formador saludable del cuerpo (el valor del deporte está en practicarlo, más que en verlo), como instrumento lúdico a la vez que gimnástico y modelador de una personalidad esforzada y sociable, no se relaciona ya con el fútbol. Aquellos padres que llevan a sus hijos a “escuelas de fútbol” (sic) o a probarse a los clubes lo hacen con la inocultable ambición de ver el día de mañana “asegurado su futuro” (sic). La corrupción del dinero ha llegado hasta ese extremo, en un negocio llamado fútbol. Todo esto bien lo vio el Padre Castellani, cuando dijo: “Los “deportistas” en general son gente inferior (basta verles la cara a algunos)… y el fútbol profesional y “campeonal” es un espectáculo circense, que como tal debería pagar impuesto. Los futbolistas no representan a la Argentina ni a Italia ni a nación alguna… sino solamente al plebeyismo de las masas actuales. Detrás del “Fútbol Internacional” con todas sus “sanciones” y melindres puritanos se halla simplemente el negocio. Y esto lo escribe quien antaño escribió “El Elogio del Fútbol”… pero como diversión, no como profesión.

“El gran psicólogo Ludwig Klages escribió en sus “Fundamentos de Caracterología” que todos los ganadores de campeonatos son histéricos-o casi todos” (Revista Jauja N&deg… 36 – Diciembre de 1969).

El espectador

Llegamos a la principal característica, la razón de ser del fútbol profesional, ese “espectáculo circense”, esto es, el espectador. Y, más aún que el espectador del estadio, el tele-espectador. El fútbol profesional es un espectáculo hecho para los espectadores, con los jugadores o aún por sobre los jugadores, de la misma manera que la política-juego mantiene a los hombres o “ciudadanos” en espectadores. Sólo que, en este último caso, más tibios e indiferentes.

Veamos lo que dice Gueydan de Roussel sobre el espectador: “La política-juego está caracterizada por la presencia del espectador. Los tiempos modernos han visto a este personaje ocupar un lugar cada vez más importante en la sociedad cristiana. Aparece en el siglo XVI, después que la autoridad y la unidad de la Iglesia fueron batidas en retirada por el Renacimiento y la Reforma: los cristianos comenzaron entonces a mirar alrededor de ellos con inquietud y curiosidad, como viajeros sorprendidos por un accidente. Deseaban ver, porque no creían más. El mundo se les apareció como un teatro y la vida humana como una comedia. ¿Qué es la vida? –Una comedia, ha dicho Erasmo. Es así que muchos de ellos se transforman en espectadores: espectadores del cielo, con Galileo, espectadores del mundo, con Descartes y los rosacruces, espectadores del príncipe, con Maquiavelo y los políticos, espectadores del hombre, con los moralistas, espectadores del pasado, con los románticos del siglo XIX” (Op. Cit.).

Y así se llegó al siglo XX y al presente donde la multiplicidad de medios técnicos estimula y crea espectadores desde la cuna. La proliferación de las computadoras portátiles y de los teléfonos celulares que permiten la visión de imágenes en movimiento estando en cualquier sitio coronan ese movimiento. El hombre no se cansa de ver.

El fútbol como sucedáneo

Pero, ¿qué es lo que el espectador tiene que ver? “Uno de los principios fundamentales de toda política es la lucha. Ahora bien, cuando la lucha deja lugar al espectáculo de la lucha, la política juego entra virtualmente en acción” (Op. Cit.) y así la lucha se traslada al juego (en este caso el fútbol) como un sucedáneo de la política-agonal, una compensación ante su ausencia. De ahí los campeonatos mundiales, donde aparentemente se enfrentan las naciones, y por eso se cantan los himnos nacionales. Y como ya no hay héroes (“El héroe, que personifica la lucha agonal, es un hombre desinteresado, temeroso de Dios y sin rencor. Sabe que obtiene su victoria de Dios, y combate bajo la mirada de Dios, no bajo la mirada del público. La foto, el cine, la televisión, que usurpan de alguna manera esa mirada de Dios, y la reemplazan por la mirada del hombre, hacen imposible la existencia de héroes”, Gueydan, Op. Cit.) entonces se caracteriza como héroes a los futbolistas –así se llamó, por ejemplo, el film documental sobre el triunfo del seleccionado argentino en México ’86. Hoy se va mucho más allá, llegándose a la idolatría, aseverándose insistentemente en que “Maradona es Dios”, o llegar al caso de que el presidente de Boca Juniors se arrodille y bese el pie del jugador Ibarra, al día siguiente que éste convirtiera un gol en el último minuto de juego, por no hablar del “lenguaje” de los periodistas, cuando afirman cuantas veces pueden que tal jugador “va a intentar el milagro”.

Siguiendo con la formación del espectador, Gueydan de Roussel dice que: “El teatro (…) aparece en sus orígenes como una gesta religiosa en la cual toda la comunidad toma parte… con la introducción del espectador, cesa poco a poco de ser una acción para transformarse en una representación ficticia”. De ahí también la invención –en el siglo XVI- del telón. En el fútbol ocurre esto con la mediatización de la TV. “El espectador es un hombre que ha perdido la fe… la política-juego la ha reemplazado” (Op. Cit.), y el juego-agonal ha ocupado ese instinto esencial en el hombre que ya no lucha, a la vez que, cada vez en mayor medida, se introduce por el camino de la idolatría y la pseudo-religión. Porque, ya se sabe, cuando desciende la religión aparece la superstición, y el fútbol sirve de marco para eso.

Este carácter de representación agonal-simbólico ficticio dado al fútbol –especialmente exacerbado en los mundiales- fue muy bien visto por el último de sus grandes estrategas, Bilardo, quien siempre tenía a mano una hipótesis de conflicto. De allí el éxito obtenido por todos los medios –mas todo lo que de impredecible tiene el fútbol-, y el engaño de muchos que cifran sus esperanzas en esa forma de representación como imagen de lo que el fútbol puede o podría hacer: unir al pueblo o cosa parecida. Pero ya sabemos, por lo que dijo el Padre Castellani, que no está allí representada la Argentina ni se juega la patria. Que los que promueven globalmente estas competencias les permitan a los países seguir mostrándose como entidades independientes a través de las delegaciones deportivas que ostentan los colores patrios en sus camisetas, es parte de la distracción, de los últimos restos de “nacionalismos” permitidos. “El juego –concluye Gueydan- nos da la más completa ilusión de la libertad, leemos en la Gran Enciclopedia. Es el dominio de la ficción por excelencia”.

Nos preguntamos en qué medida a pesar de todo esto, habrá jugadores que sabrán ganar y perder con honor, felicitar al vencedor y no creer que una victoria deportiva significa la gloria. Si habrá jugadores que no tomen la derrota con liviandad pero tampoco con el dramatismo de una guerra perdida. Dice Johann Huizinga (Homo Ludens): “El concepto de “ganar” guarda estrechísima relación con el juego. ¿Qué quiere decir “ganar”? ¿Qué es lo que se gana? Ganar quiere decir: mostrarse, en el desenlace de un juego, superior a otro. Pero la validez de esta superioridad patentizada propende a convertirse en una superioridad en general. Y, con esto, vemos que se ha ganado algo más que el juego mismo. Se ha ganado prestigio, honor, y este prestigio y honor benefician a todo el grupo a que pertenece el ganador. Aquí reside otra propiedad importante del juego: el éxito logrado en él se puede transmitir, en alto grado, del individuo al grupo. Pero hay todavía otro rasgo más importante: en el instinto agonal no se trata, en primer lugar, de la voluntad de poderío o de dominación. Lo primario es la exigencia de exceder a los demás, de ser el primero y verse honrado como tal. La cuestión de si, como consecuencia, es el individuo o el grupo quien aumenta su poder, es secundaria. Lo principal es haber ganado”. Trasládese esto del grupo triunfador al país todo, y no faltará el politiquero que sea capaz de decir “el triunfo es de todos los argentinos”, como el presidente del país que quiera usufructuar aquello demagógicamente a su favor, en un país como el nuestro acostumbrado a buscar la aprobación del mundo y no la aprobación de Dios.

¿Habrá algún jugador que en la sencillez y privilegio de su lugar sea capaz de comprender que hay cosas más importantes que simplemente ganar? Estamos acostumbrados a oír las declaraciones de los futbolistas que no dejan de aclarar urgidos que “lo importante es que ganamos… había que ganar como sea” y otras por el estilo.  Pues bien, hay dos actitudes en la vida, y un abismo las separa.

Una actitud nos la resume estas palabras del Padre Castellani: “Dios no nos pide que venzamos, sino que no nos dejemos vencer”. En el otro extremo, la desesperada salutación de Ernesto Che Guevara: “Hasta la victoria, siempre”. Por un lado el que se encomienda confiado a Dios a cumplir con su deber de estado, haciendo lo mejor que puede y dejando los resultados en manos del Omnipotente. Por el otro, el que sólo confía en sus fuerzas, el que no escatima medios para llegar a un resultado que cree inexorable para, finalmente, entregarse desesperado a la realidad de que esa victoria era sólo una impostura restregada en sus narices por alguien más vivo que él.

Si el objetivo colectivo de un grupo o equipo que emprende una competencia es siempre la victoria, el deber individual debe ser no dejarse vencer por todo aquello que rodea al fútbol y que lleva a vivir pendientes de los resultados. Ojalá la caridad no esté ausente entre aquellos que no serán menos hombres por haber perdido, ni lo serán más por haber ganado. El hombre, como bien nos recordó Kipling en su poema “If”, está muy por encima de todo eso.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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