Panorama Católico

El Orden y la Vida

Y es que no basta oponerse a la mentalidad de los tiempos (aunque es preciso), ni poner orden en el clero (aunque es urgente), ni aclarar la doctrina (aunque es imprescindible). Es preciso salir a los extremos del campo a buscar la oveja perdida, saber hablarle al corazón con las palabras de Cristo, vendar sus heridas y ofrecerle una casa, el hogar de la Iglesia que permite al hombre revivir, volver a esperar y a construir.

Y es que no basta oponerse a la mentalidad de los tiempos (aunque es preciso), ni poner orden en el clero (aunque es urgente), ni aclarar la doctrina (aunque es imprescindible). Es preciso salir a los extremos del campo a buscar la oveja perdida, saber hablarle al corazón con las palabras de Cristo, vendar sus heridas y ofrecerle una casa, el hogar de la Iglesia que permite al hombre revivir, volver a esperar y a construir.

Por José Luis Restán

Varias diócesis españolas esperan desde hace meses la decisión que les proveerá de sus nuevos obispos, bien porque se encuentran vacantes, bien porque sus actuales obispos han rebasado los 75 años de edad y esperan la inminente aceptación de su renuncia. No entraremos en el juego de las infructuosas quinielas pero, dado el cariz de este momento histórico, el asunto merece una reflexión.

A nadie medianamente sensato se le oculta el carácter dramático del momento social y eclesial. El mundo occidental, pese a algún apunte esperanzador, sigue sumido en el hastío del relativismo, en la perplejidad moral, en esa especie de “odio a sí mismo” que tan certeramente diagnostica Benedicto XVI. En España el asunto tiene tonos aún más plomizos, debido a la deriva entre iluminada y banal del Gobierno Zapatero. Es un hecho que las nuevas generaciones han sido desarraigadas de la tradición cristiana en la que nacieron sus padres, y el tejido de valores socialmente compartidos se dibuja cada día en las series de televisión, cada una más zafia y mentalmente raquítica que la anterior, mas no por ello menos disolvente.

Hay franjas enteras de la vida social que constituyen verdaderos territorios comanches para el anuncio cristiano: la universidad, los medios de comunicación, las artes, los ambientes de ocio y diversión… Las propias familias contemplan, a veces desoladas y otras resignadas, cómo se les expropia de hecho la tarea educativa, sea por su propia incapacidad, sea por la potencia de los agentes externos e invasores.

Por supuesto, la Iglesia se opone. Clama contra el caos y la deshumanización, a veces como quien clama en el desierto. Aún conserva el honor de recibir el fuego graneado de los diferentes poderes que le atribuyen el papel de ser la última defensa del viejo mundo llamado a desaparecer. Pero no nos engañemos: sus fuerzas (humanamente hablando) menguan, sus debilidades no pueden esconderse; su tarea principal, que no es otra que acercar a los hombres a Cristo, encuentra cada día nuevas dificultades. A veces, sus miembros parecen aferrarse a un esquema que ya ha sido de hecho demolido, y les falta la inteligencia, la libertad y el coraje necesarios para iniciar de nuevo el camino.

Pues bien, esta situación es la que espera a quienes reciban el encargo de guiar a las comunidades cristianas en el inmediato futuro. Parece inminente en los casos de Santander, Pamplona, Málaga, Valencia, Segovia, Lérida y Lugo. Situaciones distintas, con problemas más o menos enconados en cada una de ellas, pero con un telón de fondo común que no se puede evitar. Al pensar en quienes recibirán esa onerosa carga, me viene a la mente un fragmento de la deliciosa novela de Willa Cather La muerte llama al arzobispo (Ediciones Cátedra), dedicada a narrar las aventuras del primer obispo de Santa Fe, en Nuevo México. Durante un almuerzo en Roma, tres cardenales y un misionero discuten sobre el perfil de quien habrá de pastorear aquel territorio de frontera, recién incorporado a los Estados Unidos. Entonces el misionero afirma: “habrá de ser alguien que ame tanto el orden como la vida”. Se me ha quedado clavada esta definición, e inmediatamente he pensado que nuestras ciudades, campos y pueblos necesitan hoy alguien semejante.

En la novela, el padre Latour (que representa la figura del obispo Jean Baptiste Lamy) es un hombre tan capaz de recorrer mil kilómetros a lomos de una mula como de departir en un elegante salón, lo mismo se inclina sobre el cuerpo exhausto de un indio enfermo en su cabaña que mete en cintura a un cura díscolo y mujeriego, celebra bodas y bautizos en un campamento a la luz de la luna, pero sueña la construcción de su catedral según la pauta del románico francés de su Auvernia natal. En fin, el obispo ejercía sin presunción pero también sin complejos; no daba nada por supuesto, no descansaba, dialogaba con indios refractarios a la Buena Nueva, pero también con las autoridades de un país WASP que le miraban con recelo, y sobre todo generaba un pueblo cristiano donde caben todos: anglosajones, mexicanos y navajos, reunidos por un dato más fuerte que sus pertenencias étnicas y culturales, algo capaz de superar sus tremendas divisiones.

Y es que no basta oponerse a la mentalidad de los tiempos (aunque es preciso), ni poner orden en el clero (aunque es urgente), ni aclarar la doctrina (aunque es imprescindible). Es preciso salir a los extremos del campo a buscar la oveja perdida, saber hablarle al corazón con las palabras de Cristo, vendar sus heridas y ofrecerle una casa, el hogar de la Iglesia que permite al hombre revivir, volver a esperar y a construir. Quiera Dios que encontremos hombres como el obispo Lamy, que dejó la seguridad de su patria para adentrarse en los desiertos de Nuevo México, y mostrar a todos, pobres y ricos, analfabetos e instruídos, la gran novedad del Evangelio.

Fuente: Libertad Digital

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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