Panorama Católico

El Papa, criticado por no hacer nada… y por hacer demasiado

ROMA.- Ni el hombre Joseph Ratzinger ni el papa Benedicto XVI tienen ciertamente necesidad de ser defendidos. La estima y el respeto de los que goza, incluso entre los laicos, dan testimonio de que su persona es la mejor expresión de esa síntesis católica que rechaza la ley del aut aut -«ni uno ni otro»- y se rige por la ley del et et -«uno y otro»-, la coincidentia oppositurum , la unión de los opuestos. Quienes lo conocen saben hasta qué punto en el profesor Ratzinger, después cardenal prefecto, finalmente pontífice, conviven la severidad con la misericordia, el rigor con la comprensión, el respeto por la norma con la conciencia de las situaciones humanas particulares.

ROMA.- Ni el hombre Joseph Ratzinger ni el papa Benedicto XVI tienen ciertamente necesidad de ser defendidos. La estima y el respeto de los que goza, incluso entre los laicos, dan testimonio de que su persona es la mejor expresión de esa síntesis católica que rechaza la ley del aut aut -«ni uno ni otro»- y se rige por la ley del et et -«uno y otro»-, la coincidentia oppositurum , la unión de los opuestos. Quienes lo conocen saben hasta qué punto en el profesor Ratzinger, después cardenal prefecto, finalmente pontífice, conviven la severidad con la misericordia, el rigor con la comprensión, el respeto por la norma con la conciencia de las situaciones humanas particulares.

Ratzinger tiene la humanidad de los viejos hombres de iglesia, que desde el púlpito denunciaban el pecado a viva voz, pero luego, en el confesionario, frente a frente con un pecador en concreto, interpretaban generosamente la invitación de Cristo a comprender y perdonar.

De una dureza inaudita fue su carta a la Iglesia de Irlanda, sin atenuantes de hipocresía teológicamente correcta que atenúen el dolor y el desprecio por las traiciones al Evangelio.

vEn esa carta tan dramática, Benedicto XVI no intenta siquiera disminuir la culpa, y señala la sospecha que se cierne sobre los púlpitos de donde provienen tantas prédicas. Ni siquiera una palabra sobre la hipocresía de los viejos apóstoles de la «revolución sexual» de 1968, que se han puesto el nuevo hábito de moralistas escandalizados y adustos. Silencio papal sobre la defensa de los niños en boca de quienes predican el derecho inalienable de eliminar a su gusto a los niños que aún no han nacido. Ni una sola mención, en la carta, del apetito económico que ha movido a los estudios de abogados anglosajones a publicar anuncios en los medios de comunicación: «¿Quiere hacerse millonario? Haga entrar a su hijo al seminario y en un año venga a vernos». La common law , en efecto, permite a los abogados compartir con sus clientes la mitad de los enormes resarcimientos que ordenan los tribunales.

Los agentes de esas firmas de abogados usan de alfombra a muchos viejitos y los convencen de hacer reclamos millonarios. Mejor aún si los acusados están muertos: de todos modos, los obispos y los superiores de las congregaciones pagarán para evitar mayores escándalos. Desde hace años, en Estados Unidos el «católico pederasta» es el protagonista de un negocio descomunal, al punto de haber llevado a la bancarrota a diócesis enteras y órdenes opulentas.

Sin buscar atenuantes

Y así y todo, Benedicto XVI no busca ningún atenuante, por legítimo y bien fundado que sea. Su dedo acusador no apunta hacia fuera de la Iglesia, sino sólo hacia sus hijos que la han traicionado. Para con ellos tiene palabras terribles, en las que vibra el desprecio de los profetas bíblicos.

Pero después de la condena llega la esperanza, el pedido de misericordia a un Dios que sabe separar el bien del mal, exhortando a los culpables a pagar el precio debido, pero a no perder la esperanza en el perdón de Cristo.

Ningún pecado es tan grande como para agotar la misericordia divina, y el arrepentimiento y la penitencia pueden abrir el camino de la reconciliación a quienes así lo desean. Este hijo de la antigua Baviera católica vuelve a señalar, de hecho, lo que enseña el catolicismo auténtico: el rechazo de la inhumana ferocidad «jacobina», el repudio a la condena inapelable, a la justicia que no deja lugar a la comprensión, a la ley, al derecho, y sin piedad por la condición humana.

Entre tantos otros errores y manipulaciones, quienes intentan arrastrarlo al banquillo de los acusados nada saben de esa sabiduría, que es la misma que marca la experiencia dos veces milenaria de la Iglesia. Una sabiduría «del revés humano» que sin embargo, como recién decíamos, sigue los principios de la ley del et et , y que por lo tanto sabe aplicar también el látigo, como seguramente habrá advertido la Iglesia de Irlanda.

Y a quienes han querido acusar al entonces cardenal prefecto de la Congregación de la Fe de haber removido y callado, les recuerdo, entre otros, ese «misterio doloroso» que es el caso de Marcial Maciel Degollado.

La congregación de Los Legionarios de Cristo, fundada por el mexicano Maciel, era muy querida por Juan Pablo II.

Mientras las viejas órdenes religiosas se extinguían o apenas sobrevivían, allí estaba una multitud de jóvenes defensores de la ortodoxia. Las voces que llegaban a Roma sobre los abusos de Marcial contra los seminaristas eran prudentemente sopesadas por el papa Wojtyla, quien recordaba que en Polonia los comunistas se servían de acusaciones similares para dañar a la Iglesia.

Y bien, una de las primeras medidas de Ratzinger no bien llegó al papado fue la suspensión a divinis del fundador de la orden, llamándolo a encerrarse en clausura y a dedicar el tiempo que le restaba a la oración y la penitencia. No sólo eso. Benedicto XVI se apresuró en abolir el cuarto voto de los Legionarios, el llamado «voto de discreción», que imponía el silencio a los superiores y obstaculizaba de esa manera las investigaciones de la Santa Sede.

Tanto es así que entre los Legionarios hay quienes sospechan que el papa Ratzinger está mal aconsejado, o incluso que forma parte de un complot contra la poderosa congregación.

Por lo tanto, el hombre que desde fuera de la Iglesia acusan de «no haber hecho nada» es acusado desde dentro de la Iglesia de «haber hecho demasiado». Y no sólo respecto de los Legionarios, sino también en tantos otros casos, no bien la sospecha de abusos sexuales cobraba certeza. Una paradoja tan ignorada como significativa.

Traducción: Jaime Arrambide 

Fuente: La Nación

Comentario Druídico: Después de cargar mucha basura en la mente de los lectores desprevenidos, en especial en los artículos firmados por la egresada de la UCA y corresponsal en Roma, Elisabeta Piqué,  La Nación cede un pequeño espacio a una voz en defensa del Pontífice. No sería raro que este artículo fuese la respuesta a una demanda (hecha por Roma al Episcopado argentino o a su máxima autoridad colegial) pues pocas voces se alzaron en defensa de la figura pontificia bajo el terrible ataque de los medios. Un artículo en lunes, día «flojo», en que el diario está ganado por lo deportivo, en la sección «Cultura» (para La Nación ya no hay religión sino «fenómeno cultural religioso»). 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Comentarios

Anónimo
30/03/2010 a las 01:21

Messori, Piqué e la Nazione
Come sempre, parole,parole.



Anónimo
31/03/2010 a las 19:25

El Papa, criticado por no hacer nada… y por hacer demasiado
Este señor Mezzori tiene razon en defender a Ratzinger, después de todo él hizo mucho dinero con colaboraciones editoriales con Ratzinger. Es casualmente en uno de sus libros con Ratzinger: Informe de la Fe, donde Ratzinger descubre su verdadera alma. Al principio Ratzinger dice que él no hubiera aceptado ser Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe si esto hubiera implicado tener que ejercer control sobre la Iglesia. Es claro que Ratzinger es de la filosofia que cada quien puede hacer lo que quiera, y que Roma no tiene la potestad para obligar al clero a comportarse de determinada manera. Despues de todo uno de los triunfos del Vaticano II fue la supresión de todos los reglamentos que limitaban la acción social y personal de los clerigos. Considero hipocrita de Mezzori quejarse por las justas penas pecunarias que han pagado corruptas diocesis donde se han llevado a cabo los crimenes más abominables contra niños. Todavía no entiende este señor que estamos hablando de verdaderos criminales y que como tales tienen que pagar por lo que hicieron. Lastima que solo ha sido pecunario y que todavía ningún obispo o cardenal ha sido metido a la carcel por proteger a los criminales pederestas. En cuanto al dinero que se queja les hicieron pagar, la avaria funciona para descubrir la podredumbre que existe en la Iglesia, que tiene mucho dinero. Messori se lamenta del dinero, pero no de los crimenes. Como dice el evangelio: «Donde este tu tesoro, ahi esta tu corazon». Messori hace muy bien en descubrir donde es que les duele a la Iglesia: en su tesoro monetario, no en el tesoro del evangelio. Es justo que paguen, no solo dinero sino con la carcel. Debmos dar gracias al protestante Estados Unidos, que fue donde empezo a descubrise toda esta podredumbre.



    Anónimo
    01/04/2010 a las 01:27

    El Papa, criticado por no hacer nada… y por hacer demasiado
    Lo que Benedicto XVI todavía no ha hecho es cambiar el Codigo de Derecho Canonico para que los criminales pederestas sean expulsados del estado clerical o religioso. Mientras no haga esto, todo sera en vano.



    Anónimo
    01/04/2010 a las 02:32

    El Papa, criticado por no hacer nada… y por hacer demasiado
    Anónimo: Su comentario es un asco por donde se lo mire. Prejuicioso, irrespetuoso, infundado y banal. Un asco. Gabriel F.



    Anónimo
    01/04/2010 a las 10:56

    Estas cosas importantes
    Estas cosas importantes especialmente en esta fecha vuelve a repetirse el misterio de nuestra fe
    primero Cristo nuevamente juzgado y acusado:

    «papa Wojtyla, quien recordaba que en Polonia los comunistas se servían de acusaciones similares para dañar a la Iglesia»

    segundo Cristo nuevamente negado y traicionado:

    «en silencio el Episcopado argentino o su máxima autoridad colegial, pues pocas voces se alzaron en defensa de la figura pontificia bajo el terrible ataque de los medios…»

    Catecismo:
    673 Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente (cf Ap 22, 20) aun cuando a nosotros no nos «toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad» (Hch 1, 7; cf. Mc 13, 32). Este acontecimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento (cf. Mt 24, 44: 1 Ts 5, 2), aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén «retenidos» en las manos de Dios (cf. 2 Ts 2, 3-12).
    674 La venida del Mesías glorioso, en un momento determinado de la historia (cf. Rm 11, 31), se vincula al reconocimiento del Mesías por «todo Israel» (Rm 11, 26; Mt 23, 39) del que «una parte está endurecida» (Rm 11, 25) en «la incredulidad» (Rm 11, 20) respecto a Jesús . San Pedro dice a los judíos de Jerusalén después de Pentecostés: «Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus profetas» (Hch 3, 19-21). Y san Pablo le hace eco: «si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?» (Rm 11, 5). La entrada de «la plenitud de los judíos» (Rm 11, 12) en la salvación mesiánica, a continuación de «la plenitud de los gentiles (Rm 11, 25; cf. Lc 21, 24), hará al pueblo de Dios «llegar a la plenitud de Cristo» (Ef 4, 13) en la cual «Dios será todo en nosotros» (1 Co 15, 28).
    La última prueba de la Iglesia
    675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el «misterio de iniquidad» bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).
    676 Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico….

    Que el misterio de la pasion de nuestro Señor sea para todos fuente de gracia y conversión



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