Panorama Católico

El Papa mantiene la línea “Ruini” al frente del episcopado italiano

Los obispos de Italia tienen un nuevo jefe: Angelo Bagnasco. Es el arzobispo de Génova desde hace pocos meses, pero Benedicto XVI lo quiere también como presidente de la conferencia episcopal. Sucede a Ruini y es de sus fieles. Su nombramiento es la confirmación de un proyecto de Iglesia vencedora.

Por Sandro Magister

Los obispos de Italia tienen un nuevo jefe: Angelo Bagnasco. Es el arzobispo de Génova desde hace pocos meses, pero Benedicto XVI lo quiere también como presidente de la conferencia episcopal. Sucede a Ruini y es de sus fieles. Su nombramiento es la confirmación de un proyecto de Iglesia vencedora.

Por Sandro Magister

ROMA, 8 de marzo del 2007 – Desde ayer la conferencia episcopal italiana tiene un nuevo presidente. Es Angelo Bagnasco, arzobispo de Génova, doce años más joven que su predecesor Camillo Ruini, que ha dejado el cargo a los 76 años cumplidos.

El reinado de Ruini en la CEI ha durado veintiún años, cinco como secretario y dieciséis como presidente. Y ahora su reino se vuelve dinastía. Bagnasco, el heredero, tiene como él el rostro afilado y la palabra cortante, es también amante de la filosofía y la ha enseñado por años, pero sobre todo tiene una idéntica visión de la “misión” de la Iglesia en Italia y en el mundo.

Que es también la misma “misión” que Benedicto XVI ha dictado a los estados generales de la Iglesia italiana reunidos el pasado octubre en Verona: “restituir la plena ciudadanía a la fe cristiana”, “hacer visible el gran ‘sí’ de Dios al hombre y a la vida”.

Ha sido Benedicto XVI en persona quien ha colocado al nuevo presidente de la CEI en el cargo. El nombramiento que en todas las otras naciones es decidido por el voto de los obispos, en Italia le corresponde al Papa.

En el 1991 Juan Pablo II había ido más allá: había colocado a la cabeza de la CEI a su mismo vicario, el hombre a quien había ya confiado el gobierno de su diócesis de Roma. Entre Karol Wojtyla y Ruini la simbiosis era la máxima. La revolución anunciada por el Papa polaco en el 1985, en Loreto, frente a una platea hostil de obispos, de sacerdotes y de laicos – o sea, la reconquista del espacio público para la Iglesia – tuvo en su vicario Ruini, año tras año, al artífice victorioso.

Tan victorioso que Ruini no sale del todo de escena incluso ahora que ya no es presidente. Su último año como jefe de la CEI ha sido completamente en crecida, hasta su última aparición pública, los dos días del Forum del “proyecto cultural”, su criatura más querida, en Roma el 2 y 3 de marzo.

En la ponencia introductoria, frente a una platea de intelectuales, teólogos, científicos, matemáticos, Ruini no ha dedicado una sola palabra a las hirientes polémicas de los católicos del disenso, a aquellos como Giuseppe Alberigo y Alberto Melloni que han escrito y firmado un manifiesto contra la “desgracia” de una Iglesia comandada por él. Ha volado altísimo. Ha enfrentado decididamente al filósofo alemán Jürgen Habermas, el último grande de la escuela de Frankfurt, ateo profeso y sin embargo partidario de una alianza entre la razón laica y la religión en contra del “derrotismo” que el cientificismo moderno incuba dentro de sí.

Habermas había apreciado, pero también criticado, la lección de Benedicto XVI en Ratisbona. Y Ruini ha entrado como tercer actor en esta disputa entre gigantes, criticando a su vez a Habermas. La primera vocación de Ruini siempre ha sido la filosofía aplicada a la teología, ambas puestas en debate con la cultura de hoy. Ahora que de la cátedra ha “vuelto a descender a la platea” – palabras suyas – ese es el magisterio que continuará impartiendo irreductiblemente. Con los explosivos efectos políticos que tanto desesperan a sus opositores, fuera y dentro de la Iglesia.

Con Bagnasco presidente, pero no vicario del Papa, la CEI sale de la fase de excepción personificada por Ruini y vuelve a la normalidad. Pronto, quizá en junio, será creado cardenal, pero en todo caso se quedará en Génova como arzobispo. Su relación con el Papa será menos simbiótica y la política italiana no se enfocará más solamente sobre lo que diga o haga la CEI, sino también sobre la secretaria de estado vaticana. La cual, curiosamente, está actualmente dirigida por el predecesor de Bagnasco en Génova, el cardenal Tarcisio Bertone.

Bertone habría preferido para la CEI una presidencia de menor notoriedad. Ha buscado convencer a Benedicto XVI para que opte por un obispo de una diócesis de mediana importancia, y su candidato era Benigno Papa, de Taranto. No lo logró.

Pero también se derrumbó la hipótesis, dada ampliamente como vencedora, que a la presidencia de la CEI subiría el cardenal Angelo Scola, patriarca de Venecia. La “maniobra” de Bertone fue interpretada como hostil a Ruini. Pero la conclusión lo desmiente: Bagnasco es claramente de la línea de Ruini, más que Scola, y su nombramiento, al final, ha sido aconsejado al Papa por el mismo Bertone. Un epílogo difícil de imaginar pocos meses atrás. El nombre de Bagnasco ni siquiera aparecía en el sondeo realizado hace un año entre los obispos italianos por el entonces secretario de estado Angelo Sodano y por el nuncio en Italia, Paolo Romeo, para saber quien hubieran preferido como sucesor de Ruini.

Junto a Bagnasco, en el cargo neurálgico de secretario general de la CEI, se queda el obispo Giuseppe Betori, confirmado por otro quinquenio hace un año por el Papa.

También Betori es un hombre de estrecha confianza de Ruini, tiene una sólida formación de biblista y últimamente se ha dedicado mucho a enfrentar las corrientes exageradas que distinguen el “Jesús de la fe” del “Jesús de la historia”, reduciendo a este último a un simple hombre, un hebreo de su tiempo al cual los discípulos habrían después estampado el sello divino.

Con Bagnasco y Betori en los dos cargos claves, la CEI no dejará caer ninguna de las iniciativas iniciadas en la era Ruini. El próximo 26 de marzo está en agenda la sesión de primavera del consejo permanente, la élite de los treinta cardenales y obispos más gravitantes. Y de allí, puntual, saldrá la nota de la CEI en defensa de la familia y contra la legalización de las uniones de hecho, hetero y homosexuales, que Ruini preanunció el 12 de febrero como “vinculante para los que siguen el magisterio de la Iglesia y clarificadora para todos”, desencadenando alborotadas polémicas.

Desde el Vaticano, la congregación para la doctrina de la fe ya ha proporcionado a la CEI un pro memoria en materia, con las líneas guía.

En la línea de continuidad con Ruini, Bagnasco aparece como nuevo sólo porque es un desconocido para la mayoría. Y en efecto él es un testimonio perfecto de las formidables posibilidades de ascenso jerárquico que un organismo como la Iglesia asegura incluso a sus hijos más humildes.

Nació en 1943 en Pontevico, en Bassa bresciana, de padres genoveses desplazados por la guerra. El padre trabajaba en una fábrica de golosinas. De regreso a Génova entró de muchacho al seminario y más adelante, ordenado sacerdote por el cardenal Giuseppe Siri, se graduó en filosofía en la universidad estatal de la ciudad.

Por casi veinte años, hasta el 1998, ha enseñado metafísica y ateismo contemporáneo en la facultad teológica de Italia septentrional. Simultáneamente trabajó en una parroquia, en la curia y en el seminario, fue asistente de los universitarios católicos, se ocupó de catequesis y de liturgia.

En nueve años da el vuelco: es nombrado obispo de Pesaro. Ruini lo ve, lo aprecia y en el 2001 lo hace además presidente del consejo de administración del diario de la CEI, “Avvenire”. En el 2002 es secretario de la comisión de la CEI para la escuela y la universidad. En el 2003 es promovido a arzobispo ordinario militar para Italia y no hay lugar perdido en el mundo al que no corra a encontrarse con los soldados italianos en “misión de paz”.

En una carta a los capellanes militares escribe: “Muchas veces nos sorprendemos encontrando tesoros de bondad, de heroísmo simple, en situaciones que parecerían imposibles”.

Después de la matanza de soldados italianos en Nassiriya, en Irak, en noviembre del 2003, suscribe con arrebato el memorable “no huiremos” pronunciado por el cardenal Ruini en la homilía fúnebre, en el sentido explicado por el mismo cardenal inmediatamente antes y después: “Amar también a nuestros enemigos: este es el gran tesoro que no debemos dejarnos arrancar de nuestras conciencias y de nuestros corazones, ni siquiera por parte de terroristas asesinos. No huiremos frente a ellos, más aún, los enfrentaremos con toda la valentía, la energía y la determinación de que somos capaces. Pero no los odiaremos, más bien, no nos cansaremos de esforzarnos por hacerles entender que todo el esfuerzo de Italia, incluido su involucración militar, está orientado a salvaguardar y a promover una convivencia humana en la que hayan espacio y dignidad para todo pueblo, cultura y religión”.

A los soldados italianos en el mundo les regala el Evangelio y el Catecismo, administra el sacramento de la confirmación y da la comunión. Nunca les ha parecido simpático a los pacifistas.

En la carta a los capellanes militares antes citada, Bagnasco sonó la alarma también sobre las amenazas contra “la dignidad de la vida humana desde la concepción hasta su natural ocaso, la santidad del matrimonio, la unidad y la fecundidad de la familia”. Pero sin victimismos, porque “nuestra experiencia de pastores que llegan al fondo de las almas testimonia que el bien, en lo profundo, es inmensamente más grande que el mal”.

Estábamos en el 2004 y sobre estos temas la Iglesia italiana era todavía poco activa. Pero estaban el Papa, Ruini y otras pocas voces a la vanguardia empujando. Bagnasco estaba entre estos.

Con el nuevo Papa, Benedicto XVI, ha encontrado todavía más sintonía. Ha estado entre los más decididos en defenderlo, después de la contestada lección de Ratisbona.

Promovido hace cinco meses a arzobispo de Génova, ha dedicado su primera carta pastoral a la oración, distribuida al inicio de la Cuaresma precisamente cuando Benedicto XVI predicaba, en el Ángelus del domingo 4 de marzo, que “la oración no es un accesorio, sino que es cuestión de vida o muerte”. Porque “sólo quien reza, o sea quien se confía a Dios con amor filial, puede entrar en la vida eterna, que es Dios mismo”.

Fuente: Chiessa

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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