Panorama Católico

El Papa pidió que haya más rigor en las sentencias por nulidades matrimoniales

 

Anulan matrimonios por causas insólitas
La Iglesia admite motivos extravagantes

Por Elisabetta Piqué
Corresponsal en Italia

 

Anulan matrimonios por causas insólitas
La Iglesia admite motivos extravagantes

Por Elisabetta Piqué
Corresponsal en Italia

ROMA.– La inmadurez suele ser uno de los principales motivos de nulidad matrimonial. Pero no es el único. Los tribunales eclesiásticos admitieron recientemente casos insólitos, como el de una esposa fumadora empedernida, un marido muy dependiente de la madre y un cónyuge obsesivamente celoso o que optó por dar el sí en la iglesia porque así le regalaban un viaje.

Mientras en la católica Italia se debate de manera encendida la legalización de las parejas de hecho –tanto heterosexuales como homosexuales–, la opinión pública se ha visto sorprendida al enterarse de que pueden llegar a ser bastante extravagantes los motivos de anulación matrimonial admitidos por la Iglesia.

No por nada hace dos semanas Benedicto XVI pareció tirarles de las orejas a los jueces del Tribunal de la Sacra Rota romana, la última corte de apelación para los casos de nulidad matrimonial, por su laxitud. En el discurso que les dirigió en ocasión de la inauguración del año judicial del Vaticano, el Pontífice no sólo hizo una encendida defensa del matrimonio indisoluble, sino también hizo un fuerte llamado a que haya más rigor a la hora de conceder su anulación. E invitó a los tribunales eclesiásticos a no caer en el modo de “pensar de no pocos fieles”, para quienes la indisolubilidad se convierte en “un ideal al cual no pueden ser obligados los cristianos normales”.

Durante 2006, los jueces del Tribunal de la Sacra Rota -instancia de apelación de la sentencias emitidas por las sedes regionales y nacionales-, examinaron 1679 casos de parejas de 27 países, de los cuales Italia se encuentra en la cabeza del ranking, con 128 casos. Y dictaron 126 sentencias definitivas, de las cuales 69 significaron anulación matrimonial.

En el marco de un progresivo aumento de pedidos de nulidad -en 1982 el Tribunal lidió con 287 casos, en 1992, con 824, y en 2002, con 1280-, se destacó que últimamente se han incrementado los pedidos de nulidad por homosexualidad del cónyuge y, entre solicitudes varias de anulación por adicción a drogas u alcohol, e infidelidades, también han crecido los denominados casos “curiosos”, consignaron el Corriere della Sera y La Stampa .

Uno de ellos fue el de un matrimonio que quedó disuelto porque el marido era demasiado mammone , es decir, tenía una dependencia de la madre tan fuerte que le impedía autonomía, autodeterminación y capacidad de tomar decisiones solo.

Otro, en cambio, terminó anulado, al menos en primera instancia, porque ella, que fumaba como un escuerzo y antes de casarse le había prometido a él, defensor de la vida sana, que iba a dejar su vicio, tras las nupcias no sólo no dejó de fumar, sino que pasó de un paquete y medio de cigarrillos por día a dos .

Cambios y engaños

También fue motivo de disolución del vínculo el hecho de que una esposa, que de novia era muy seductora y estaba siempre arreglada, después de tener a su primer bebe cambió abruptamente. De los zapatos con taco aguja pasó a deambular en bata y despeinada por la casa, a tener argumentos de conversación poco interesantes y noches poco lujuriosas. “Es como si me hubiera casado con una extraña”, adujo el marido al presentar su solicitud de nulidad, dando rienda suelta a quejas más que comunes a la mayoría de los maridos de todo el mundo. El tribunal eclesiástico accedió al pedido y decretó la nulidad por “repentino y sustancial cambio de carácter” o “engaño”.

Un caso parecido fue el de una pareja que contrajo nupcias siendo ella una licenciada universitaria con trabajo, mientras él estaba desempleado, metido de lleno en el último año de sus estudios superiores. Ella sugirió que era mejor postergar la boda hasta que él consiguiera título y empleo. Pero el novio, muerto de miedo de perderla, la convenció de que terminaría la carrera en un mes, por lo que se casaron.

El marido, luego, dejó la universidad, fingió haberse recibido -hasta dio una fiesta para celebrarlo- y le hizo creer que había obtenido un trabajo, gastándose los ahorros para que su mujer creyera que ganaba un sueldo. Cuando la esposa se desayunó con la verdad, sintiéndose engañada, acudió al tribunal eclesiástico y obtuvo la nulidad.

Lo mismo ocurrió con una mujer que ya no aguantaba los celos obsesivos de su marido, que le hacía escenas terribles cuando ella tenía un botón de la camisa desabrochado o la pollera demasiado corta. “Su obsesión me está destruyendo”, lamentó la esposa. Tras peritajes psicológicos, los jueces declararon a su marido “esquizoide” y advirtieron que el lazo matrimonial nunca había existido debido al “disturbio psíquico” del marido.

En otro caso, una pareja de obreros de la región del Veneto se casó porque el abuelo de la esposa, muy religioso, sufría porque ellos convivían, y entonces les había prometido: “Si se casan por iglesia, les regalo un mes de vacaciones en Estados Unidos”. Tras la fantástica luna de miel, y, más tarde, el naufragio del matrimonio, ellos obtuvieron la nulidad por inmadurez, uno de los principales motivos de anulación por parte de los tribunales eclesiásticos.
 

Fuente: Diario La Nación

Comentaro Druídico: La dulce Elisabetta siempre moja su pluma con un poco de veneno. Primero se queja del rigor de la moral católica, inflexible ante el divorcio. Luego se regodea en la ligereza de las sentencias de nulidad.

Pero el escándalo de las sentencias por causas insólitas viene de lejos, y ya Juan Pablo II había tirado de las orejas a los jueces de la Sagrada Rota por su laxitud. Ahora se suma la oportuna admonición del Papa Benedicto. (Esperemos que además se hagan los cambios necesario).

Apreciamos las cifras alarmantes y coincidimos en que muchas de las causas aducidas son triviales. Pero realcemos que algunos de los motivos citados por la columnista de La Nación no lo son: por ejemplo ocultar la condición de homosexual de alguno de los cónyuges, por citar una de las causas aludidas aquí. O el deseo de no tener hijos o de “regularlos” por medios anticonceptivos ocultado por las partes o una de ellas, causal que brilla por su ausencia.

Veamos ahora el problema a la inversa: ¿por qué los párrocos casan a parejas que no tienen ni por asomo la voluntad de cumplir con los fines del matrimonio: procrear y educar cristianamente a sus hijos, el principal, y la ayuda mutua el secundario. Muchos de los contrayentes por Iglesia, -que son cada vez menos, en cierto modo para bien de la Iglesia-, piensan usar anticonceptivos, no tener hijos o “planear” su familia. Esto ya pone seriamente en cuestión la validez del vínculo canónico (obviamente cada caso tiene matices que hacen las diferencias).

Por otra parte, un matrimonio que está viciado de nulidad por ciertos defectos en el momento de la ceremonia, se perfecciona durante la convivencia: por ejemplo, si uno de los contrayentes engañados, al conocer el engaño consiente en perdonarlo. O si los contrayentes que no pensaban tener hijos, cambian de idea y viven según la ley divina que manda “crecer y multiplicarse”, con perdón de la ONU.

El tema de la “inmadurez” debe prevenirse en la parroquia y no ventilarse en la Sacra Rota Romana. Responsabilidad inicial del obispo es que sus párrocos juzquen si pueden admitir a los novios al sacramento. Para ello a veces basta una simple charla (y no complicados e inútiles cursos prematrimoniales donde en el mejor de los casos se enseña a usar el método Billings, un modo de confundir más las cosas). El problema es si los párrcos tienen en claro los fines del matrimonio. Y los obispos…

Nos decía hace muchos años un curita que hoy debe pisar los ochenta y hasta tal vez sea obispo: “Si el amor se acaba, ¿subsiste el vínculo?” Era doctrina avanzada entonces, pero hoy parece el concepto más común entre el clero y los fieles católicos, junto con la licitud de viciar el acto conyugal volviéndolo estéril.

Para que el matrimonio sea válido no es necesario el amor (claro que muy conveniente) sino el libre consentimiento de los contrayentes, que pueden casarse por otros motivos lícitos aun sin amarse. Y la aptitud nupcial, (que no haya impedimentos). Aun sin amor se genera un vínculo indisoluble. Ahora bien, supuesto el amor, un amor de raíz espiritual, no meramente un apetito concupiscible, luego pueden sobrevenir circunstancias de la vida que lo enfríen o incluso lo hagan morir. El matrimonio sigue siendo válido e indisoluble. Aquí viene entonces a sostener el matrimonio la virtud de los esposos o de uno de ellos, generalmente la víctima.

Son innumerables los casos de santas esposas que sufrieron y hasta conviertieron a sus esposos descarriados, violentos, y no pocas veces malvados: Santa Rita de Casia en la Edad Media, Elizabeta Canori Mora en los tiempos más modernos. El modo de descongestionar la Sacra Rota Romana es el recurso a las gracias anejas a las obligaciones matrimoniales. Y promover esto está en manos del sacerdote que santifica por la confesion y la guía espiritual de sus feligreses desavenidos matrimonialmente, bendice sus hogares, media entre ellos cuando es posible. Reza y se mortifica por su santificación.Y hasta los ayuda materialmente cuanto puede.

Para lograr esto hay que conocer a los propios fieles… antes de la ceremonia del matrimonio. Conocerlos como el Buen Pastor, que sabe el nombre de todas sus ovejas.

Quien ignore que el matrimonio es una cruz NO debería ser admitido al sacramento. Así como nadie que ignore que el sacerdocio es crucificarse en vida, no debería recibir el orden sagrado. Pero ojo, una cruz suave si se la lleva con Cristo. Una cruz que nos regala infinitas alegrías, gran conselo espiritual, y es la vía de la santificación y la salvación.

Sin sacrificio no perdurará ni el matrimonio ni el sacerdocio. Curiosamente, ambos están en crisis y ambos con alarmantes índices de pedidos de “anulación”. ¿Habrá una causa común?

 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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