Panorama Católico

El Poder de la Oración y la corte de La Plata

Escribe Escipión el Porteño

 

Escribe Escipión el Porteño

 

Pocas horas atrás, mediante un fallo dictado en la doble acepción del término, el tribunal supremo de la provincia de Buenos Aires, acicateado por las oscuras fuerzas de la muerte, autorizaba desde su ciudad capital, La Plata, a que una mujer supuestamente violada y aún más hipotéticamente débil mental, asesinase al hijo de sus entrañas, sin más trámite ni defensa. Con dicho nefasto fin, que convierte a los jueces en simples y vulgares instigadores de un protervo homicidio "legalizado" por su inefable (e incalificable) presencia, se instruía a los médicos de centros asistenciales públicos de la Provincia a realizar la "práctica quirúrgica", en términos más que monitorios: amenazantes… como si el deber de un profesional médico fuese obedecer al tiranuelo de turno y nada debiese al juramento inaugural de su nobilísima profesión, o a su conciencia, o a Dios… como si un médico fuese el sucio verdugo del déspota judicial y no el instrumento predilecto de la Divina Providencia para devolver la salud perdida.

 

Contra este repugnante atropello ejecutado bajo la amenaza de la violencia que el cargo de los sedicentes "jueces" prometía, alzóse hasta el Trono de Dios una silenciosa cadena de oraciones argentinas (argentinas doblemente verdaderas: por su plateado cariz y por su lustre patriótico) para pedir por el inocente, por la madre, cuya mayor debilidad se intuía no era justamente mental, y por los victimarios, cuyo infernal destino ahora, en la cresta de la ola, despreciaban y tenían a menos, creyéndose así seguros y a salvo de la Justicia divina.

 

Todas las clases sociales se unieron, rara cosa entre nosostros por estos días que corren, para rezar por el pequeñín sacrificado al Moloch de la comodidad, a la tiranía devastadora del odio atroz a la familia. Acostumbrados ya a la crueldad de los políticos "argentinos", nada esperaban de ellos, de modo que los rezos eran elevados por el almita del no nacido, que era dado ya por un N. N. más, y por quien las Abuelas y Madres de las Plazas Rojas de todo el mundo jamás pedirían ese ardite de piedad, que todavía era posible. No se oyeron las vocingleras prédicas, los lamentos odiosos, de estas "abuelas", ni de éstas supuestas "madres", ofreciéndose como reemplazo de aquella madre y aquella abuela que el no nacido perdía antes mismo de ver la luz, esa que sus ancestros "naturales" querían, a todo trance, impedirle conocer.

 

La pasada noche del tránsito del día 1 º de agosto al día 2, fue triste, de oración y presentimientos crueles, para la mayor parte de los argentinos, cuyo pensamiento estaba puesto en muchas y graves cosas después de mucho tiempo: el chiquito que no nacería "por disposición de los jueces"… la eterna perdición de aquellos que, pese a merecerlo, no toleraremos nunca llamarlos "progenitor A" o "progenitor B". Y también en esos renacidos Herodes que, previendo hallarse ya en un nuevo Adviento que ellos presienten con mayor diafanidad que nosotros, sacrifican otra vez inocentes a su dios Lucifer. Por eso, cuando por la mañana se anunció que los médicos encargados "del asunto" se negaban rotundamente a realizar un aborto, amparándose en razones de Ética profesional, esa misma porción de la ciencia profesional que los jueces habían despreciado abiertamente, la alegría explotó en los corazones de todos los hombres de bueva voluntad.

 

Y la lección, pase lo que deba pasar más luego, es una sola: Pidamos con insistencia y sin desmayo cosas elevadas, buenas y nobles, que Dios nos las concederá. Pidamos lo que Dios nos daría por pura complacencia Suya si supíésemos valorarlo. La oración, especialmente la elevada con fe y verdadera entrega y por medio de su Santísima Madre, arranca del Altísimo lo que queramos. Seamos pues, conscientes de este poder que ningún tiranuelo, esté de turno o en el banco de suplencias, podrá quitarnos jamás: El de la oración firme y decidida y confiada a la Maternal intercesión de Nuestra Señora. Inclusive, le podríamos pedir que nos libre de estos demonios y nos mande un rey santo para nuestra Nación. No decimos un "presidente", por que no creemos que en el Cielo haya ninguno, ni siquiera de sociedad anónima, y a Dios no hay que pedirle cosas necias.

 

Y por último, hasta la Medianoche del 2 de agosto se podía lucrar la Indulgencia Plenaria de la Porciúncula, concurriendo a cualquier Parroquia a realizar una visita piadosa unida a un Padre Nuestro, un Credo y alguna oración por las intenciones del Papa… y durante la semana, Confesión y Comunión Eucarística. No sería una mala idea para agradecer esta gracia que hemos recibido como argentinos.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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