Panorama Católico

El Poder del Sacramento de la Penitencia

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Queridos hermanos,

“…Viniendo un leproso, se prosternó ante Jesús, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Extendió Jesús la mano y le tocó, diciendo: Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de su lepra”.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Queridos hermanos,

“…Viniendo un leproso, se prosternó ante Jesús, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Extendió Jesús la mano y le tocó, diciendo: Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de su lepra”.

El leproso obtuvo en un instante lo que pido por una oración corta, simple, emocionante, llena de fe, de humildad y de sumisión a la voluntad de Nuestro Señor. San Juan Crisóstomo dice: “El leproso no dice: si lo pide a Dios, sino: si quieres, puedes limpiarme. Tampoco dice: Señor, cúrame. No: se abandona enteramente a El, considerándolo como el Señor y Maestro soberano de todas las cosas, que conoce mejor que él mismo sus intereses”.

Después de una buena confesión, pidiendo a Nuestro Señor la salud del alma, desfigurada por la lepra del pecado, el sacerdote también extende la mano y dice: “Quiero, sé limpio, ego te absolvo a peccatis tuis”, y la lepra de sus pecados desapareció instantemente.

Jesús extiende la mano, su Corazón divino se inclina hasta nuestra miseria en cada una de nuestras confesiones. El sacramento de la penitencia es el sacramento por excelencia de la misericordia de Dios para con nosotros. Jesús es la misericordia infinita, mayor que todos los pecados del mundo. ¡Qué infelices son los que dudan de su misericordia! Esta falta de confianza hace sufrir al Corazón de Nuestro Señor, aún más que los pecados mismos. “El Amor no es amado”, repetía San Francisco de Asís, llorando. ¡Es algo muy grave, queridos hermanos, que no puede quedar sin consecuencias!: sí, Dios es LA Bondad; y los hombres prefieren buscar consolaciones en otros lugares, falsas consolaciones que se trasformarán en gritos de dolor en el infierno eterno. Y este mundo, el propio mundo se transforma en un infierno anticipado.

Otra página del Santo Evangelio nos revela también la Misericordia infinita de Dios: la de la parábola del hijo pródigo. “Un hombre tenía dos hijos; y el menor dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me corresponde de la hacienda (…) Y el padre repartió sus bienes entre los dos. El hijo menor juntó todos sus haberes, y unos días después, se fue a un país lejano. Allí malgastó su dinero llevando una vida desordenada. Cuando ya había gastado todo, sobrevino en aquella región una escasez grande y comenzó a pasar necesidad. Fue a buscar trabajo, y se puso al servicio de un habitante del lugar que lo envió a su campo a cuidar chanchos. Hubiera deseado llenarse el estómago con la comida que daban a los chanchos, pero nadie le daba algo. Finalmente recapacitó y se dijo: ¡Cuántos asalariados de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre! Tengo que hacer algo: volveré donde mi padre y le diré: «Padre, he pecado contra Dios y contra ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus asalariados.» Se levantó, pues, y se fue donde su padre. Estaba aún lejos, cuando su padre lo vio y sintió compasión”.

En verdad, si su padre lo vio cuando su hijo estaba aún lejos, es que su corazón estaba inquieto: “¿Qué ha sido de mi hijo; cómo está; este mundo es tan malo y engañador, y mi hijo es joven, sin experiencia; qué ha sido de mi hijo? Y escrutaba todos los días el horizonte para ver si su hijo no volvía”. Esta actitud es lo más conmovedor en esta parábola. Eso es un muy pequeño reflejo de la solicitud de nuestro Padre del Cielo para con nosotros cuando nos alejamos del buen camino de sus mandamientos: “¿Cuándo volverá a Mí, cuándo se dejará tocar por la gracia que le envío sin cesar?; continúa pecando, viviendo en la tibieza, el infeliz, pero estoy paciente, soporto todavía sus ofensas porque puede volver”: Tantas veces Dios fue paciente y misericordioso con cada uno de nosotros, hasta que le pedimos perdón. Y nos perdonó nuestros pecados; ya no se nos imputará en el terrible día del juicio.

“El padre corrió a echarse a su cuello y lo besó. Entonces el hijo le habló: «Padre, he pecado contra Dios y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo.» Pero el padre dijo a sus servidores: «¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies. Traigan el ternero gordo y mátenlo; comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.»

Este banquete, esta fiesta, es una evocación de la sagrada comunión que reciben hoy de nuevo, y del Cielo, donde nuestra fe en la caridad divina se transformará en visión de Dios que “es Caridad”…

Prometamos a Dios, nuestro Padre y Señor, de nunca más despreciar a su Amor infinito, un Amor crucificado por nuestros pecados, por nuestras faltas de amor, nuestro egoísmo, nuestro orgullo. Que Nuestra Señora nos ayude a tomar los medios necesarios para que nuestra vida sea verdaderamente una respuesta generosa al Amor divino, al llamamiento de Cristo Rey y que, un día, podamos entonces compartir con El su Felicidad eterna.

Ave María Purísima.
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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