Panorama Católico

El Problema del Mal

El “misterio del mal” no se puede contemplar sino en ese contexto de lo natural y lo sobrenatural que Maurice Blondel, gran filósofo francés del siglo XX, llamó “transnatural”, esto es, la repercusión de la naturaleza en la sobrenaturaleza y de la interacción de la sobrenaturaleza en la naturaleza.

El “misterio del mal” no se puede contemplar sino en ese contexto de lo natural y lo sobrenatural que Maurice Blondel, gran filósofo francés del siglo XX, llamó “transnatural”, esto es, la repercusión de la naturaleza en la sobrenaturaleza y de la interacción de la sobrenaturaleza en la naturaleza.

Escribe Ricardo Fraga

Tomás de Aquino en su monumental “Suma de teología” pone esta objeción: “si Dios existiera no se encontraría el mal en parte alguna. Pero, he aquí que el mal se encuentra en el mundo, luego Dios no existe”. Este es el “misterio del mal”. Ya san Agustín en las “Confesiones” se preguntaba también: “si Dios es bueno, ¿de dónde procede el mal?” y Voltaire, nada menos, decía que él no tenía problemas con el mal porque no era un creyente sino un teísta, como los francmasones en general. Voltaire señalaba que “el problema del mal es la dificultad propia del creyente ya que no del teísta porque éste no sabe cómo Dios castiga, cómo favorece, cómo perdona; el teísta no es tan temerario como para alardear que conoce cómo Dios obra, que es lo que hace el creyente. El teísta sencillamente sabe que Dios obra y que es justo y con eso le alcanza. Las dificultades contra la Providencia no le quebrantan su fe, no son más que dificultades del creyente”.

El “misterio del mal” no se puede contemplar sino en ese contexto de lo natural y lo sobrenatural que Maurice Blondel, gran filósofo francés del siglo XX, llamó “transnatural”, esto es, la repercusión de la naturaleza en la sobrenaturaleza y de la interacción de la sobrenaturaleza en la naturaleza que no hace más que provocar una perturbación. Esto es importante porque lo que quiere decir Blondel es que, cuando miro lo puramente natural (o lo que tengo por tal) no veo sino que lo puramente natural está perturbado, está como descolocado, no encaja totalmente. Esta perturbación, observa Lalande, indica la radical y universal penetración de “algo”, que siempre impedirá al hombre encontrar su equilibrio en un orden “puramente natural” y de ahí el enfoque (incluso empíricamente verificable) de la “proyección transnatural”.

Es cierto, cuando uno contempla al hombre, y ya lo notó san Agustín y el mismo Platón, advierte que la naturaleza está perturbada y como dislocada y que no hay un estado de “pura naturaleza”, como pretendía Rousseau. El angelismo rusoniano y el cartesiano son absolutamente inexistentes y, por lo tanto, irreales. Ya lo dijo el poeta: “los hombres impecables ya no guardan la herida / la herida que los griegos notaron que existía”. Los “hombres impecables” son, en este caso, nuestros pedagogos contemporáneos que operan como si el “pecado original” fuera un mito superado y, en rigor, lo “superado” es toda esa pedagogía que no contacta con la dinámica del mal y de la perversión.

Respecto del mal se pueden proferir tres nociones importantes: a) el mal es, antes que nada, una privación del bien debido; b) el mal es también negación del ser y c) el mal es desviación de un fin. Privación del bien, negación del ser, desviación de un fin. Pero lo que es desviación de un fin supone una inteligencia que desordena, ya que el mal sólo puede radicar en los seres inteligentes, no en el granito de arena, no en las manzanas, no en el gato Félix: sólo en los seres inteligentes.

El mal se nos presenta, entonces, como un límite y como una imperfección a nuestra vocación primaria de felicidad, que enseña Aristóteles con su famoso eudemonismo. ¿Cuáles son las grandes dificultades para esta felicidad, si es que el filósofo estagirita tiene razón y esa “vocación por la felicidad” es verdadera? Porque Jean Paul Sartre sostiene que el hombre, si tiene una vocación es una vocación para la nada o para el aniquilamiento. Ahora bien, las dos grandes dificultades para alcanzar la felicidad son el dolor y la muerte. El primero porque le pone un freno al precario estado de hipotética felicidad; la segunda porque la interrumpe.

¿En qué quedamos? ¿Tiene el hombre esta dirección hacia la felicidad, la alcanza alguna vez o su vida es toda congoja y estrechez como notaron, entre otros, Séneca en su “De la brevedad de la vida” o Boecio en su “Consolación de la filosofía” o los poetas malditos franceses del siglo XIX, como Baudelaire, Rimbaud o Paul Verlaine? Pero ¿por qué no citar también a Tomás? Tomás asevera que “Dios no puede admitir la contradicción en sí misma” y que “no puede hacer cosas contradictorias en sí”. En el “Compendio” y en la “Suma contra gentiles” añade: “no conviene a la Providencia destruir la naturaleza de los seres gobernados sino salvaguardar su integridad”. ¿Y cuál es la integridad de una criatura inteligente sino su libertad? Precisamente, de la libertad del hombre procede el mal, la limitación y la desviación del fin. Empero, la libertad es un constitutivo esencial del hombre y por ello afirma que Dios no puede ser contradictorio consigo mismo. Si crea al hombre libre tiene que aceptar las reglas del juego que brotan de esa libertad. Y el hombre ha transgredido, enseña la Revelación, las reglas del juego.

Por ello, sin conocer (formalmente) la noción de caída original los antiguos advirtieron, por sus efectos, la condición del hombre herido, observaron el pecado como desviación maliciosa y como desligación de Dios pero, a la vez, juzgaron al pecado como re-ligación, que así lo presentan san Agustín y Kierkergaard. El pecado como “vuelta” (conversión) a Dios, aspecto constitutivo, en la economía actual del hombre caído y levantado (redimido) , de su naturaleza concreta y no de una ensoñación “religiosa” sin contacto con lo real, tal como parece manifestarse en la “dogmática” vacía del tiempo actual; el pecado, en síntesis, como “motor de la historia” conforme lo analiza en su “Ensayo” y en su cartas doctrinales ese genio agustiniense de lengua española que fue Juan Donoso Cortés.

Porque, en definitiva, lo que es mal y lo que es dolor pasará con las cosas de este mundo ya que “la escena de este mundo pasa”, observa el apóstol san Pablo (I Cor. 7, 31) y se expresa así con esta palabra griega que las lenguas latinas han conservado “escena” y, ciertamente, ¿qué es la vida del hombre sino un gran teatro: el “gran teatro del mundo” como le llamaron los clásicos castellanos? En ella van desfilando lo actores, actuando y recitando sus parlamentos y bocadillos, pero todo va pasando, todo va sucediendo, todo se va agotando. Y es allí donde el hombre se erige en árbitro de su destino, que esa es la opción destructora de la libertad, momento en el que aparece la trilogía de males que san Juan denomina la “concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas” (I Jn. 2, 16) o, como traduce la Vulgata, “la soberbia de la vida”. Y esas tres expresiones definen la malicia que reside en esa criatura inteligente que se llama “hombre” y que no es la “concupiscencia” en el sentido más elemental de la lujuria sino que es la desviación de la persona total del Absolutamente Otro (Dios) y ahí incide la “concupiscencia de la carne”: en la elección de cualquier “otro” finito y no en el Otro Absolutamente Tal, y aún del “otro” como fin o término y no como escalón o salto, en el sentido platónico, hacia la Infinita Mismidad.

Y la “concupiscencia de los ojos”, ¿qué es sino la frivolidad del intelectual, del filósofo, del científico y también nuestra propia frivolidad que quizás no alcance tan elevadas cotas? Y la “jactancia de las riquezas”, ¿qué es sino la soberbia atroz del mundo presente, de espaldas ya no sólo al Creador sino, principalmente, al Redentor despreciado y humillado en su Realeza y en la sagrada dignidad de sus hijos más pequeños?

Y, sin embargo, es el consuelo del creyente saber que “la escena de este mundo pasa” (¿dónde están los Nerón, los Hitler, los Stalin, los Roosvelt y todos los horrísonos verdugos?). El no creyente se burla del creyente y le dice: “ese es un consuelo de zonzos” y el creyente se ríe del no creyente y le espeta “apostemos como Pascal”: “si cree y Dios existe gana todo (felicidad eterna) y pierde nada. Si Dios no existe (y cree) gana nada y pierde nada. No cree y Dios existe gana nada y pierde todo (felicidad eterna). Si Dios no existe gana nada y pierde nada”. La apuesta es a “todo” (ganancia) o a “todo” (pérdida).

Si Dios existe, el ateo se privará de Él para siempre, lo cual es una pérdida infinita. El cristiano estará, por el contrario, unido a Él para siempre, que es la infinita ganancia. Si decide provisoriamente vivir como si Dios existiese, el agnóstico no tiene nada que perder y todo que ganar. Si vive, en cambio, como si Él no existiese tiene todo para perder y nada para ganar” (Jean Steinmann).

Para quien se confía en esa dimensión misteriosa que es el inconmensurable orden del amor “todo (también el pecado y aún el mal en sentido lato) contribuye a su bien” (Rom. 8,28) y esa entrega que vence al mal “no es obra del que quiere ni del que corre sino de Dios que usa de misericordia” (Rom. 9,16) o, como agudamente nota Fulton Sheen: “Dios es necesario (justamente) porque existe el mal. El cristianismo empieza reconociendo que en nuestras vidas y en el mundo hay algo que no debiera ser, que no necesitaría ser y que muy bien podría ser de otra manera, si el hombre no se resolviese por el mal. Si el hombre quiere ser bueno, debe reconocer ante todo que no lo es”.

El problema del mal es, dado el estado de nuestro conocimiento, insoluble pero para el cristiano creyente deja de ser un enigma indescifrable y se convierte en un “misterio” cuya resolución se clava en la cruz del único auténtico Inocente, esto es, Jesucristo. Desde aquí el más inexplicable e insoportable de los dolores (y el dolor es el hijo mortal del pecado) se torna “soportable” y, a las veces, “transformante”, en función de las dos sólidas e indestructibles premisas en que, como el “pari” pascaliano, se apoya: i) la paternidad misericordiosa de Dios y ii) su universal vocación salvífica (I Tim. 2,4). El creyente las conoce con la certeza de la fe y, desde ellas, aún la misma catástrofe del mal se convierte en la plena confianza del hijo que “sabe que realmente lo es” (I Jn. 3,1) y clama: “¡Abbá!”, es decir, “¡Padre!” (Rom. 8, 15).

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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