Panorama Católico

El Progresismo Huele su Derrota

Juan José Tamayo, teólogo de la Universidad Carlos III de Madrid, publica, en el periódico madrileño El País, un artículo en el que demuestra lo que expresa nuestro título. Él reacciona en contra del Motu Proprio de su Santidad que autoriza el uso de los ritos tradicionales de la Iglesia de Roma. Se trata de una mera autorización. ¿puede haber algo más inofensivo? ¿Puede una mente abierta rechazar el que se autorice algo bueno? La oposición que halla la iniciativa del Sumo Pontífice nos revela los secretos del alma progresista, su fundamentalismo a ultranza, su integrismo y su miedo a la verdad.

Juan José Tamayo, teólogo de la Universidad Carlos III de Madrid, publica, en el periódico madrileño El País, un artículo en el que demuestra lo que expresa nuestro título. Él reacciona en contra del Motu Proprio de su Santidad que autoriza el uso de los ritos tradicionales de la Iglesia de Roma. Se trata de una mera autorización. ¿puede haber algo más inofensivo? ¿Puede una mente abierta rechazar el que se autorice algo bueno? La oposición que halla la iniciativa del Sumo Pontífice nos revela los secretos del alma progresista, su fundamentalismo a ultranza, su integrismo y su miedo a la verdad.

Escribe Juan Carlos Ossandón Valdez

Veamos brevemente lo que oculta esa mente, tal como la muestra este teólogo.

“Yo creo que la vuelta al latín en la liturgia católica está en clara contradicción con el concilio Vaticano II, partidario de revisar todos los ritos íntegramente, si fuere necesario, para que recobren nuevo vigor, y de reformar la liturgia conforme a las circunstancias y a las necesidades de nuestro tiempo”.

Este Concilio solo existe en la mente de los progresistas, mas todo el mundo les cree, por desgracia. El real, por cierto, dice algo muy distinto. ¿Pidió el concilio suprimir la liturgia en ese momento en uso como ocurrió con la reforma? Leamos su Nº 4:

“El Sacrosanto concilio, obedeciendo fielmente a la tradición, declara que la santa madre Iglesia atribuye igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios”.

Es obvio, pues, que la reforma, al impedir la práctica de los ritos legítimamente reconocidos, desobedeció al concilio.

¿Prohíbe el Concilio el latín en la liturgia? Leamos su Nº 36: “Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular”.

En el Nº 54, en el que se limita a admitir la lengua vernácula “principalmente en las lecturas y en la oración común”, añade: “Sin embargo, procúrese que los fieles sean capaces de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponde”.

La supresión total del latín que siguió a la reforma fue otra desobediencia al Concilio. En esta materia, el único que obedeció fue Mons. Lefevbre.

Volvamos al texto de Tamayo:

“Intenta (Su Santidad) demostrar que el Concilio Vaticano II no supuso cambio alguno en la doctrina sobre la Iglesia y que la Iglesia católica es la verdadera y única Iglesia de Cristo, con exclusión expresa de las Iglesias orientales, porque no reconocen la autoridad del "Obispo de Roma y Sucesor de Pedro", y de las Comunidades cristianas nacidas de la Reforma, a quienes ni siquiera reconoce como "Iglesias" porque no tienen la sucesión apostólica mediante el sacramento del Orden”.

Dejemos de lado su insólito juicio de la intención de su Santidad que negaría cambio alguno en la doctrina sobre la Iglesia. Semejante reflexión solo existe en su mente, como tantas otras. En seguida nuestro seudo teólogo, que alude principalmente a la “Dominus Iesus”, incide en una herejía antiquísima, porque es dogma de fe “que la Iglesia Católica es la verdadera y única Iglesia de Cristo, con exclusión expresa de las iglesias orientales … y de las comunidades nacidas de la Reforma…”. Esta verdad ha sido creída siempre por la verdadera Iglesia Católica. Pero, en fin, como nuestro enemigo se refiere concretamente al caso de la ortodoxia griega, acerquémonos a este cisma.

Cuando los griegos separados de Roma querían volver a la Iglesia, debían firmar un credo para ser admitidos. Es célebre la reconciliación de Miguel Paleólogo. Este emperador bizantino puso fin al cisma griego reconociendo lo que Tamayo ignora. Aceptó el credo que la Iglesia le impuso, durante el concilio celebrado en Lyon, en 1274, en el que se lee, entre otras verdades que el emperador tenía que reconocer y que su antigua “iglesia” no reconocía: “creemos que hay una sola verdadera Iglesia Santa Católica y Apostólica”. Gracias a ello, regresó al seno de la Iglesia. Es obvio, pues, que la ortodoxia griega estaba fuera de ella… Nótese que esto sucedió al interior de un concilio ecuménico.

Miguel VIII Paleólogo, no confundir con el anterior, hizo lo mismo en el concilio de Ferrara-Florencia en 1447, porque la unión anterior había durado poco. Por desgracia, la nueva unión duró aún menos. En esta ocasión, también los armenios reconocieron a la única Iglesia de Cristo. Antes de ser aceptados, debieron responder ciertas preguntas:
“Si creéis tú (el patriarca Constantino V) y la iglesia de los armenios que te obedece que todos aquellos que en el bautismo recibieron la misma fe católica y después se apartaron o en el futuro se aparten de la comunión de la misma fe de la Iglesia Romana que es la única Católica…” .
Ante la respuesta afirmativa, el patriarca fue admitido en la Iglesia, en la única, en la Católica.

Pío IX, en carta a los obispos de Inglaterra del 16 de septiembre de 1864, condena a los que creen que tanto la iglesia católica como la ortodoxa y la anglicana conforman la verdadera Iglesia de Cristo.

Finalmente, el Concilio Ecuménico Vaticano I, en su constitución dogmática sobre la fe, sostiene: “no es en manera alguna igual la situación de aquellos que por el don celeste de la fe se han adherido a la verdad católica y la de aquellos que, llevados de opiniones humanas, siguen una religión falsa”.

¿Está claro? La Iglesia fundada por Cristo es “una santa católica y apostólica” reza el credo aprobado en el concilio de Nicea, para distinguirla de las muchas que en aquella lejana época pretendían pasar por verdaderas iglesias de Cristo. Nada nuevo bajo el sol. Sería bueno que Tamayo meditara el credo que se rezaba o cantaba en las misas anteriores a la reforma litúrgica de Pablo VI.

Nuestro teólogo, ¿dónde habrá sacado tal título?, se supera a sí mismo y se adscribe a una nueva herejía, esta vez medieval y moderna. Leámoslo:

“Además, el Concilio está por encima de cualquier instancia autoritativa en la Iglesia y, por supuesto, sobre la interpretación distorsionada que pueda ofrecer una Congregación, en este caso la de la Doctrina de la Fe. Más aún si se trata de un Concilio Ecuménico como el Vaticano II, que reunió a todos los obispos del mundo, contó con la presencia de observadores de todas las iglesias cristianas y aprobó una serie de documentos de obligado cumplimiento para todos los católicos, incluido el Papa”.

Esta herejía se llama conciliarismo. Desde hace muchos siglos estaba claro que la potestad del pontífice estaba por encima de los concilios. A pesar de la cual, Pío II (1458-1464), en las postrimerías de la edad media, enfrenta una situación novísima:

“Hay quienes, imbuidos de espíritu de rebeldía, no por deseo de más sano juicio, sino para eludir el pecado cometido, osan apelar a un futuro concilio universal, en contra del romano pontífice … Condenamos tales apelaciones y como erróneas y detestables las reprobamos”.

El que el Papa deba obedecer al concilio, ya lo proclamó Guillermo Duranti con ocasión del concilio de Vienne (1311). Este disparate adquirió credenciales de legítimo gracias al cisma de occidente. Pero fue el concilio de Basilea (1431) el que obligó a Pío II a enfrentarlo. Más tarde renació con el concilio de Pisa (1511) al que hubo de responder Julio II citando a concilio en Letrán (1512). En este último se estableció:

“… que aquel solo que a la sazón sea Romano Pontífice, como tiene autoridad sobre todos los concilios, posee pleno derecho y potestad de convocarlos, trasladarlos y disolverlos…”

Recuerdo que hace años, al imponerse la reforma litúrgica post-conciliar, le observé a mi obispo que esta reforma desobedecía al concilio. Su respuesta fue definitiva: “el Papa está por encima del concilio”. Por esta razón, ésta pudo triunfar y ser obedecida, aunque a muchos se les rompiera el corazón.

Insiste nuestro teólogo:

“Creo que existe un amplio consenso entre los teólogos, las teólogas y los obispos en que el Concilio Vaticano II cambió, y sustancialmente, la doctrina anterior sobre la Iglesia. Ésta no se considera como sociedad perfecta, jerárquica y desigual por voluntad divina (así la definieron los papas León XIII y Pío X, entre otros)”.

La erudición histórica de nuestro seudo teólogo es muy limitada. Que la Iglesia sea sociedad perfecta, jerárquica y desigual, no es doctrina nueva de los Papas mencionados, sino la doctrina de siempre.

Ya san Nicolás I (858-867) tuvo que enfrentar las pretensiones del emperador de Bizancio al que le reprocha que se atribuya el poder de juzgar al Sumo Pontífice. De él es la frase: “La primera sede no será juzgada por nadie”. Fundamenta su autoridad, superior a la del emperador, en Jesucristo mismo, quien, en la persona de Pedro, confirió a la Iglesia sus privilegios que hasta hoy han sido respetados por todos los emperadores católicos, le recuerda al bizantino. Si la autoridad de la Iglesia no puede ser juzgada por nadie, esto se debe a que es sociedad perfecta; en caso contrario sería juzgada por la autoridad de la que dependa.

La jerarquía está atestiguada por san Clemente I (¿90-99?) quien determina que cada cual se limite a su ministerio, estableciendo la diferencia entre el “Sumo Sacerdote” (Pontífice), los demás sacerdotes, los levitas y los laicos. San Cornelio I (251-253) reprocha a Novaciano por no respetar la jerarquía. “¿No sabía que en una iglesia católica (diócesis) solo debe haber un obispo?” Le presenta como ejemplo la iglesia de Roma: “hay cuarenta y seis presbíteros, siete diáconos, siete subdiáconos, cuarenta y dos acólitos, cincuenta y dos entre exorcistas, lectores y ostiarios, y entre pobres y viudas más de mil quinientos”. Pero él es el único obispo. En el concilio de Calcedonia (451) se establece un ritual de cómo se han de ordenar las distintas jerarquías en la Iglesia, comenzando por el obispo, mostrando en el ritual mismo la jerarquía de cada una.

Toda esta doctrina ha sido reconocida y elaborada por la antigua Iglesia, por la de los tiempos del imperio romano, señor Tamayo, y conservada hasta hoy.

¿Pero es verdad que el concilio desconoció que la Iglesia es una sociedad jerárquica? Así lo afirma nuestro teólogo que parece no haber leído las actas del verdadero concilio. Si lo hubiera hecho habría hallado que la constitución Lumen Gentium dedica un capítulo, el tercero, a la “constitución jerárquica de la Iglesia”. En el número 43 de la misma señala: “la divina y jerárquica constitución de la Iglesia”…

Creo que con esto basta para quitar todo valor a las elucubraciones de tan modesto teólogo. Pero, por encima de todo, la exageración de su reacción revela el fondo del alma progresista que huele su derrota. ¡Dios quiera que ocurra pronto!

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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