Panorama Católico

El revolucionario ‘meaculpa’ promovido por el Papa con ocasión del Jubileo del 2000

Al cumplirse el 12 de marzo los siete años del “mea culpa” promovido y protagonizado por el Papa Juan Pablo II con motivo del Año Jubilar 2000, presentamos en dos partes un breve estudio crítico-histórico publicado en su momento por la revista Arbil.

Al cumplirse el 12 de marzo los siete años del “mea culpa” promovido y protagonizado por el Papa Juan Pablo II con motivo del Año Jubilar 2000, presentamos en dos partes un breve estudio crítico-histórico publicado en su momento por la revista Arbil.

Por el Dr. Andreas Böhmler

La Iglesia en los medios de comunicación. Las tentaciones del liberalismo y modernismo

Los mass-media en su más amplia acepción, en tanto que "nuevos amos de la verdad", o lo que queda de ella, acostumbran marginar y castigar con su silencio a la Santa Iglesia, principalmente en lo que se refiere a su constitución y misión sobrenaturales. Sin embargo, ¡a toda regla su excepción! Y aun así, ésta viene a confirmar a aquella. ¿En qué consiste pues esa dichosa excepción? Cabe resumirlo con un solo concepto de fácil asimilación: la crítica. Desde los albores de la Revolución francesa, o antes incluso, la Iglesia se ha convertido en presa fácil de manipulación y objeto público de animadversión y crítica emancipadoras por parte de una agil y versatil nomenclatura masónica, que es una especie de inquisición al revés, ya no santa sino diabólica.

Si no fuera para ser acosada y criticada, de extraños o hijos, hecho este último que es más grave, la Iglesia prácticamente no llegaría a ser noticia en los medios dominantes de nuestro mundo neopagano. Pero por donde sea que brote el acoso y la crítica, la Iglesia vuelve a ser objeto predilecto de la actividad mediática.

Todo lo que significa abandono de la tradición católica e ipso facto adaptación, tentativa o abierta, a la actual corrección de pensamiento y acción, que sin duda hunde sus raíces en la autoidolatría del hombre caído, conforme a la promesa antigua del 'seréis como dioses', eso sí que es noticia.

Cuando el Papa actual, por aducir sólo unos pocos ejemplos, besa reverentemente el Corán (i), acaso movido por un desaforado celo ecuménico, torrente fuera de cauce, capaz de trasportar la doctrina de fe hasta a las mismas 'puertas del Infierno' (ii);

Cuando la Jerarquía, haciendo suya el fantasma de lo 'políticamente correcto', censura a su pasado, entre otras cosas, por la actuación -jurídicamente, por cierto, vanguardista- de los tribunales de la inquisición, en estricta conformidad con la legislación imperial vigente (Jan Hus o hereje notorio; Giordano Bruno o hereje confeso, etc.,);

Cuando se rehabilita a Galileo Galilei, aunque no por sus tesis teológicas sino sólo las estrictamente científicas, desautorizando así las eternas exigencias de prudencia de padre y de madre en el gobierno de la Iglesia universal;

Cuando la Conferencia Episcopal, en uno de sus recientes documentos, se dispone a pedir perdón por sus supuestas faltas antes y durante la Cruzada del 36 al 39, es decir, por haber defendido su derecho, e incluso su vida y supervivencia, ante los desmanes anticatólicos de la Segunda República;

Cuando se repudia categóricamente a la pena de muerte, aunque el Catecismo todavía diga lo contrario, asimilándose así la Iglesia a la dominante sensibilidad pacifista -a pesar de que esa 'sensibilidad' se hace gustosamente portadora de una cada vez más agresiva 'cultura de muerte' (aborto, tráfico y reciclaje de los fetos abortados con fines comerciales; eutanasia; etc.);

Cuando defiende -en esa misma línea- los tan manipulados derechos humanos, por encima de cualquier derecho a la legítima defensa, que no debería corresponder sólo a los individuos sino también a las comunidades, como la familiar o también la eclesial;

Cuando, para no insistir más, se hace portavoz del humanitarismo filantrópico -solidaridad (amor horizontal) vs. caridad (amor vertical), tal como lo entiende también el nuevo voluntariado social encarnado en los ONGs (iii);

En definitiva, cuando la Iglesia – en su jerarquía o sus demás fieles más notorios- piensa, dice y hace eso, o otras muchas cosas que no son ya 'signo de contradicción' sino de todo lo contrario, abalanzándose por los derroteros propios del criticismo ilustrado, hasta hacer traición a su propia historia y tradición, sólo entonces es cuando a la Iglesia se le concede un indulto, sólo entonces es cuando logra lucrarse indulgencias ante la pagana opinión pública mundial, y sólo entonces es cuando se le permite rebasar el umbral del silencio, y recuperar así por efímeros y calculados momentos la esfera de lo público, dominada e inquisitorialmente defendida por la nueva comunidad mundial de ególatras, humanistas, filántropos y demás enemigos del Dios-Hombre Jesucristo.

En esta línea, auspiciada por el loable afán de purificación y penitencia, propio de este especialísimo Año Jubilar, se inserta también la controvertida entonación del 'meaculpa' o 'petición de perdón', puesta en práctica por el Sucesor de Pedro, que como era de esperar fue jubilosa, por no decir morbosamente acogida, desde sus fases preliminares, por los 'pastores' del nuevo orden mundial, constituido en torno al nuevo dios: el hombre-cuerpo, portador de placeres (iv).

La iniciativa papal de 1994, inicio del una grave polémica teológica en el seno de la Jerarquía

Todo comenzó con un documento de trabajo, que el propio Papa había dirigido al Colegio Cardenalicio en la primavera de 1994. En este documento, Juan Pablo II propuso cinco iniciativas para el Año Jubilar 2000, entre ellas, aquella mediante la cual la Iglesia "revisa por iniciativa propia los lados oscuros de su historia y los evalúa a la luz de los principios del Evangelio", en cierto modo, como si estos principios no hubiesen iluminado a la Iglesia tradicional, pre-conciliar. Anticipándose en cierto modo a la crítica por semejante propuesta, continúa ahí que eso "no dañará en manera alguna (sic) la reputación moral de la Iglesia; por el contrario, saldrá fortalecida porque testimonia su sinceridad y valentía a la hora de reconocer los errores que fueron cometidos por los suyos, y en cierto modo, en su nombre (sic). Ya entonces fue tal el escándalo, que algunos, apostando por la ortodoxia del Papa, llegaron a creer que no fue éste sino algún funcionario eclesial que había introducido semejante concepto. Sin embargo, el autor y redactor del mismo no fue otro que el propio Romano Pontífice, que no obstante de críticas sustantivas recibidas dentro de su propia casa, prosiguió el camino, aunque fuera por cuenta propia. (v)

¿Quién negará, como fiel hijo de la Iglesia, que pedir perdón es muestra de insigne doctrina y actitud cristianas? Sin embargo, la cuestión espinosa consiste en determinar quién pide perdón a quién y por quién. Puesto que a todas luces no se trata de una manifestación pontificia ex cátedra, cabe preguntarse legítimamente si este 'gesto' de autocrítica y petición de perdón nace de la voluntad del Papa Juan Pablo II o del hombre Wojtyla. La tormenta doctrinal, jurisdiccional y disciplinar que asola a la Iglesia Jerárquica desde la ambigüedad de los textos conciliares (Gaudium et Spes, Dignitatis Humanae, etc.) ha introducido una cada vez mayor disparidad de criterios en el propio Vaticano (Curia, Dicasterios, Congregaciones, etc.) que, para ceñirnos a nuestro caso concreto, ni siquiera el Cardenal Prefecto de la Congregación de la Fe, Josef Ratzinger, se encuentra con ánimos de seguir la argumentación eclesiológica, en cierto modo acristológica, cuyo principal inspirador fue el Secretario General de la Comisión Teológica Internacional, el dominico suizo Georges Cottier, que mediante una subcomisión especial, compuesta de teólogos de segunda fila, actuó directamente por encargo del propio Romano Pontífice.

Un enfoque eclesiológico-naturalista se impone al cristológico-místico

Ya en una fase muy temprana del debate intravaticano se cristalizó una distinción conceptual, de mucho alcance metodológico, una especie de pre-jucio teológico que pre-determina la 'verdad'. Por tanto, nos lo habemos con una distinción que concierne la misma fundamentación teológica de la iniciativa pontificia. En efectiva, algunos cardenales, entre ellos también el mismo Ratzinger, defendieron la postura, más fiel a la tradición, de dotar la articulación doctrinal del documento de un acento más marcadamente cristológico, en vez del eclesiológico (vi). Lo que ello significa, lo señaló con palabras precisas ya en 1995 el Cardenal Giacomo Biffi, uno de los más preclaros opositores de la intención pontificia. En una carta pastoral a los fieles de su diócesis pudo limitarse, sin embargo, a reincidir sin más en el Magisterio perenne de la Iglesia, proclamado por los Padres de la Iglesia, entre ellos San Ambrosio: "La Iglesia es sin pecado". Más concretamente, reafirmó la verdad siempre creída de que, cuando pecan los hijos de la Iglesia, estos pecados y errores no son adheribles a la Esposa de Cristo. "La Iglesia no tiene pecado, puesto que ella es el Cristo total: su cabeza es el Hijo de Dios, al cual no puede atribuirse pecado alguno". En la medida que los miembros de la Iglesia son santos, pertenecen al Cristo total, mientras que sus hechos pecaminosos son actos enteramente "extraeclesiales", y como tales no afectan a la Iglesia como tal. Por lo tanto, y así lo advierte Biffi, una vez más en concordancia con San Ambrosio, la Iglesia se compone de miembros más o menos manchados, pero ella misma es inmaculada (sine macula). Sólo a los ojos del mundo parece pecadora, pero eso es una suerte que corrió ya su Esposo. Y escrito está que "el discípulo no es mayor que el maestro".

Para subrayar las discrepancias de criterio existentes en el propio Vaticano, señalamos aquí que el Presidente de la Comisión Teológica Internacional (CTI), el propio Ratzinger, no difiere sino que comparte esas advertencias cristológico-eclesiológicas tradicionales, de modo que sobre este tema ya no hay diálogo entre Papa y el máximo guardián de la ortodoxia, como no dudan en confesar una serie de purpurados.

La Petición y la 'nueva' catequética, una hermenéutica ecléctica de la Palabra de Dios

No nos compete indagar en los pormenores de esta cuestión, porque en principio bastaría la contundente enseñanza del Evangelio que pone en evidencia que no es cosa prudente ni aconsejable "echar perlas a los cerdos". ¿Qué quiere decir esto? En nuestro caso parece evidente. Como toda realidad humana profunda, también el perdón requiere un ámbito de intimidad, de confianza, de amistad, como conditio sin qua non que le otorga sentido y eficacia. Si esto ya es así en un sentido horizontal (hombre-hombre), mucho más todavía lo es en el vertical (Dios-hombre).

El hecho que la propia Jerarquía desoiga un consejo evangélico bien claro, encuentra su perfecta analogía en otra reveladora circunstancia: los eclesiásticos 'modernistas' han abandonado uno de los pilares de la doctrina católica, a saber, que demonio, mundo y carne son los principales enemigos del alma, y por tanto también de la Iglesia. Sin embargo, por todas partes consta que la revolución de ideas y actitudes en el seno de la Iglesia frente a su pasado no ha logrado cambiar en nada la animadversión del mundo frente a la Esposa de Cristo. Por supuesto que no. Y a ningún alma de oración eso le extrañará.

He ahí otro de los capítulos oscuros por los que parece navegar la actual teología católica, empapada de postulados modernistas. Por colmo, esos no son ni nuevos, ni modernos. No lo fueron ni siquiera, así lo constató ya el eminente teólogo alemán Franz von Paula, en tiempos del Concilio Vaticano I. Y sin embargo, despreciando de paso el más solemne magisterio de santos pontífices, desde Pio IX hasta Pio XII inclusive, no se muestra libre de ellos, todo lo contrario, la propia comisión teológica vaticana, en cuyo foro se acogen y elaboran doctrinalmente buen número de las iniciativas del Pastor Supremo actual. Así ocurrió también en este caso. Pese a esa trascendental responsabilidad, confrontada con multitud de protestas contrarias al 'meaculpa', dicha comisión se limitó en su día a afirmar lapidariamente que "no ha podido hacer suya ninguna de las objeciones hechas", sin entrar en detalles ni razones. Con ello manifiesta que si bien le faltan razones teológicas, le sobra voluntad de promover un falso 'meaculpismo'.

Indice Completo de este estudio: La Iglesia en los medios de comunicación. Las tentaciones del liberalismo y modernismo; La iniciativa papal de 1994, inicio del una grave polémica teológica en el seno de la Jerarquía; Un enfoque eclesiológico-naturalista se impone al cristológico-místico; La Petición y la 'nueva' catequética, una hermenéutica ecléctica de la Palabra de Dios; Breve resumen del 'meaculpa' promovido por el Papa. Las declaraciones precisas de Mons. Marini; Tres objeciones principales al enfoque de la petición de perdón; La cuestión nuclear: la presunción de "errores históricos objetivos". ¿De que objetividad se trata?; Las exigencias de la prudencia. Los principales enemigos de la Iglesia, y la valiente voz de los 'fieles'; Una contrapropuesta: las verdaderas culpas del supuesto 'sujeto histórico singular'..

Notas

i ) La tesis problemática, propagada ya desde antes del Concilio, entre otros, por Charles Journet, en su Tratado acerca de la Gracia, de la actuación gradual (analogía) del Espíritu Santo en las diversas religiones, contribuyó a la suma confusión que ha culminado recientemente en las afirmaciones del Papa sobre orígen o beneplácito divinos con respecto a las diversas (sic) religiones: "No raramente -dijo el Papa hace poco en una audiencia- hallamos en su origen fundadores que realizaron, con la ayuda del Espíritu de Dios (no dice Espíritu Santo), una experiencia (sic) religiosa más profunda". Frente a tal postura, es el propio Espíritu Santo que afirma en Sab.14,12-14 que las otras religiones "entraron en el mundo por el vano pensamiento de los hombres", y su ingreso "fue el origen de la impiedad" y de la "corrupción de la vida". Y para que la cosa se grabe bien en la mente de los hombres, proclama en Sal. 147, 19-20 que El no ha hablado nunca con nadie, salvo con Israel: "Anunció a Jacob su palabra, sus estatutos y decretos a Israel. Con ninguna nación hizo tal: no les manifestó sus preceptos. Aleluya". Más claro no se puede decir las cosas, sin necesidad de ser temerario. Mas, suponiendo que Jesús dijera, interpretado fuera del contexto en que lo dijo, que el Espíritu "sopla donde quiere", esto significa, en toda lógica, justamente lo contrario de lo que interpretaría la teología modernista, porque sopla precisamente donde quiere El, no donde quieren o interpretan los hombres. Esto es, sopla fuera de la Iglesia, para impeler hacia ella mediante gracias actuales (!!!); en la Iglesia, a fin de vivificarla por medio de la gracia santificante (!!!): "El es, finalmente, quien a la par que engendra cada día hijos nuevos a la Iglesia con la inspiración de la gracia, rehusa habitar con su gracia santificante en los miembros totalmente separados de Cristo" (Pio XII, Mystici Corporis, 29.6.1943, Denz. 2288). Que luego el Cuerpo Místico de Cristo comprenda también excepcionalmente miembros in voto, in desiderio, y no sólo miembros en acto, no se debe a la doctrina confusa de Rahner, sino que es una doctrina siempre creída por la Iglesia. Las llamadas 'semillas del Verbo', sin embargo, son insuficientes para la salvación. Dice San Justino, Apol.II, n.10 que si es dado encontrar alguna verdad natural entre los errores de las religiones falsas, "nos pertenece a nosotros, los cristianos". No son 'un reflejo' del Logos en las 'distintas tradiciones religiosas', sino un auténtico hurto al Logos, una apropiación indebida por parte de las falsas 'religiones', a propósito (procedente de Satanás, directa o indirectamente) para hacer creibles doctrinas que de suyo, sin estas medias verdades robadas a Aquél, no se sostienen en pié. En cambio, he aquí un Papa que nos quiere hacer pasar los latrocinios por reflejos divinos, y a los falsificadores, por hombres iluminados por el Espíritu de Dios. Sin más comentarios.

En medio de las convulsiones pos-revolucionarias, ya J. Balmes (1810-48), uno de los grandes filósofos europeos del siglo XIX, denunció la tentación modernista para la Iglesia, que actualmente encuentra en el falso diálogo 'interreligioso' su falange principal. "No es posible -he aquí su aguda observación, hecha en Criterio- que todas las religiones sean verdaderas. Son muchas y muy varias las 'religiones' que dominan en los diferentes puntos de la tierra; ¿sería posible que todas fuesen verdaderas? El sí y el no, con respecto a una misma cosa, no puede ser verdadero a un mismo tiempo. Los judíos dicen que el Mesías no ha venido, los cristianos afirman que sí; los musulmanes respetan a Mahoma como insigne profeta, los cristianos le miran como solemne impostor; los católicos sostienen que la Iglesia es infalible en puntos de dogma y de moral, los protestantes lo niegan; la verdad no puede estar por ambas partes: unos u otros se engañan. Luego es un absurdo el decir que todas las religiones son verdaderas. Además toda religión se dice bajada del cielo: la que lo sea será la verdadera; las restantes no serán otra cosa que ilusión o impostura". Luego precisa, "¿Es posible que todas las religiones sean igualmente agradables a Dios y que se dé igualmente por satisfecho con todo linaje de cultos? No. A la verdad infinita no puede serle acepto el error, a la bondad infinita no puede serle grato el mal; luego el afirmar que todas las religiones son igualmente buenas, que con todos los cultos el hombre llena bien sus deberes para con Dios, es blasfemar de la verdad y bondad del Criador".

ii ) Recordemos lo que hizo la Iglesia en los momentos decisivos de disputa con la doctrina luterana. El Card. Contarini fue enviado como legado pontificio a la Dieta de Ratisbona para facilitar la tentativa del Emperador Carlos V de un arreglo amistoso que recondujese a los luteranos a la Iglesia Católica. El Card. Contarini llegó a Ratisbona "lleno del máximo celo y animado de la más sincera voluntad de hacer todo cuanto estuviese en su poder para eliminar las turbulencias religiosas de Alemania". Contarini respondió a Eck (quien consideraba inútil dicho intento) que el cristiano debe siempre esperar contra toda esperanza, y mostraba tanta "mansedumbre, prudencia y ciencia" como era necesaria para imponerse tanto a sus colaboradores como a los mismos luteranos, que "a la larga no pudieron sustraerse al poder de su personalidad y de su ejemplar conducta", y comenzaron "no sólo a amarle, sino a reverenciarle". Los ministros de Carlos V expresaron su convicción de que Dios, en su bondad, había creado a Contarini nada más que con el fin de reconducir a los luteranos a la Iglesia Católica. Y sin embargo se llegó a la ruptura: por mucho espacio que se le quiera dar a la caridad, hay que ser siempre estricto cuando se trata de errores doctrinales, a menos que se quiera caer en la tolerancia dogmática, que pisotea los derechos de la verdad y, en este caso, de la Verdad revelada. El momento crucial llegó al tratar de la Eucaristía: "aquí pudo verse que los protestantes no sólo rechazaban el término 'transustanciación' fijado por el IV Concilio de Letrán para la transformación eucarística, sino que negaban también lo esencial, la verdadera transformación de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, añadiéndole además otra herejía al sostener que el Cuerpo de Cristo sólo estaba presente para quien comulgaba, y declarar en consecuencia que la adoración del Santo Sacramento era una idolatría".

Hasta aquel momento, Contarini, "en su condescendencia, había llegado hasta el límite y había inculcado fuertemente [en sus colaboradores] la necesidad de no abordar (…) las controversias teológicas en las cuales los mismos teólogos católicos no estaban de acuerdo [es decir, las cuestiones todavía disputadas y por tanto libres] (…) pero cuando se intentó nuevamente poner en duda una de las doctrinas fundamentales de la Iglesia, la transustanciación enseñada por un Concilio ecuménico, con toda energía defendió la verdad católica". Al Emperador Carlos V y a sus ministros, que sorprendidos por esta imprevista intransigencia sugerían un compromiso, el Card. Contarini respondió: "mi objetivo es establecer la verdad. Ahora bien, en el caso actual ésta está tan claramente expresada en las palabras de Cristo y de San Pablo, y declarada por todos los doctores eclesiásticos y teólogos de la Iglesia latina y griega antiguos y modernos, así como por un célebre Concilio, que no puedo en modo alguno consentir que se la ponga en duda. Si no puede establecerse un acuerdo sobre esta doctrina ya sólidamente fijada, habrá que abandonar el desarrollo ulterior de los acontecimientos a la bondad y la sabiduría divinas; pero hay que mantener con firmeza la verdad". Así fue como el Card. Contarini, precisamente por estar lleno de fe en la Providencia, no pretendió sustituirla en el gobierno general de la Iglesia, convencido de que a los "administradores" no se les pide ejercer de dueños, sino ser fieles (cfr. I Cor. 3, 4).

A quienes le objetaban que a fin de cuentas sólo se trataba de una palabra, y por tanto sólo de una cuestión de palabras, el cardenal, "con toda la razón, recordó el caso de los arrianos y del Concilio de Nicea, donde también se había tratado exclusivamente de una palabra [consustancial]. El legado pontificio comprendía claramente que aquella simple palabra [transustanciación] expresaba una de las doctrinas capitales de la Iglesia, por la cual se tiene la obligación de exponer la propia vida". De este modo, Contarini, precisamente por estar lleno de caridad, rechazó el sacrificio de la verdad ante una "caridad" que, sin fundamento en la fe, habría sido una falsa caridad y un engaño recíproco inútil, destinado sólo a agravar las cosas. "Comprendió en toda su extensión las enormes dificultades que obstaculizaban la unión religiosa, y si bien hasta entonces había creído que la enfermedad perduraba a causa de los errores de los médicos anteriores, ahora vio que era otra la razón principal (…) 'Dada la obstinación y pertinacia de los teólogos protestantes', escribía el 13 de mayo, 'si Dios no hace milagros no se logrará la unión' (…) Contarini declaró con gran franqueza que veía claramente cómo la diferencia con los protestantes se encontraba en la cosa misma, y que por tanto no era posible ponerse de acuerdo en las palabras; que, personalmente, él no quería una paz aparente (que sería un engaño mutuo) ni toleraría que se pusiese en duda la doctrina de la Iglesia mediante la pluralidad de expresiones; y que estaba decidido a no alejarse en nada de la verdad católica". Desde aquel momento, el Card. Contarini "dirigió su atención con mayor intensidad a que en las fórmulas de concordia no se aceptasen palabras que pudiesen interpretarse a la vez en sentido católico y protestante. Él quería una paz verdadera y leal, no una mera unión en las palabras". En una carta a Roma, el Card. Contarini expresó los principios que guiaban su conducta: "en primer lugar se debe en todo mantener la verdad de la fe. En segundo lugar, no hay que dejarse inducir a expresar el sentido de la doctrina católica con palabras ambiguas, porque de tal proceder no nacerá sino mayor discordia. En tercer lugar, se ha de actuar de modo que toda Alemania y la Cristiandad comprendan que la discordia no procede ni de la Sede Apostólica ni del Emperador, sino de la pertinaz adhesión de los protestantes al error". Pastor, que como es sabido es un converso del protestantismo, anota: "estas severas palabras, pronunciadas por un hombre tan bondadoso y conciliador como Contarini, tienen un valor doble" (ivi).

También es esclarecedor en nuestros días el análisis del Card. Contarini sobre "la causa de que se hayan implantado las ideas luteranas no sólo en las almas de los protestantes, sino también en las cabezas de aquéllos que sin embargo se decían católicos: la fascinación por la novedad, y las facilidades que ofrecía al hombre mundano la nueva doctrina". Ayer como hoy, el error encuentra su más poderoso aliado en la decadencia espiritual de los católicos, que no se esfuerzan por vivir seriamente la vida cristiana. También es muy interesante el modo en que los consejeros eclesiásticos de Carlos V habrían querido acomodar la cuestión: "al igual que antaño, ellos concebían la causa religiosa como un asunto político, en el cual se pudiese pactar sobre el dogma, aquí proponiendo algunos, allá mitigando otros". Exactamente igual que los ecumenistas hodiernos.

El Emperador Carlos V llegó incluso a proyectar que se proclamasen como doctrina común en el Imperio los artículos sobre los cuales católicos y protestantes habían encontrado un acuerdo, suspendiendo temporalmente los artículos en disputa, aunque estos concerniesen a las doctrinas fundamentales de la Fe. A la actitud de Carlos I no era ajena la influencia en toda Europa, incluida la Corte del Emperador, del pensamiento de Erasmo de Rotterdam (vid. la ya clásica obra de Marcel Bataillon, Erasmo y España; Fondo de Cultura Económica, Madrid 1991). Pero conviene recordar que la Contrarreforma Católica no tuvo mejor paladín que el rey de España, que resultó ser el único baluarte fiel contra el protestantismo en todo el continente. Tampoco nos resistimos a citar las palabras del mismo Bataillon en su prólogo de 1965 a la segunda edición española de su obra: "el ambiente actual de ecumenismo favorece el renacer del irenismo religioso de Erasmo, en especial en el seno de la Iglesia Católica, pues en el II Concilio Vaticano dominan tendencias en parte opuestas a las que hace cuatro siglos triunfaron en el Concilio de Trento, imponiendo a Erasmo, en 1559, la nota de 'auctor damnatus primae classis'" (op. cit., pág. XVII). Como se ve, Juan XXIII con su "fijémonos en lo que nos une y dejemos de lado lo que nos separa", y el Card. Ratzinger con su "unidad en la multiplicidad [doctrinal]", no han inventado nada nuevo. Sin embargo, el Card. Contadini, a aquella "línea media" dispuesta, como los ecumenistas actuales, a "favorecer la caridad en perjuicio de la Fe" (San Pío X), replicó que "prefería todo, incluso la muerte, antes que transigir contra las claras decisiones de la Iglesia sobre la tolerancia de las falsas doctrinas" (pág. 298); decisiones que también los ecumenistas de hoy día han relegado totalmente al olvido.

Igualmente enérgica fue la respuesta del Papa Pablo III al "proyecto de tolerancia" imperial: en una instrucción dirigida al Card. Contadini, declara "imposible la tolerancia con los artículos no concordados, porque éstos conciernen a puntos esenciales de la fe y no es lícito hacer ningún mal, ni siquiera para que surja algún bien. La fe es un todo inescindible del que no puede aceptarse una parte y rechazar otra". Hasta aquí, todos tenemos que meditar. Pero lo que sigue debería ser meditado en un 'lugar más alto': "si alguna vez la Sede romana, llamada a custodiar la pureza de la doctrina, consintiese, por poco que sea, con doctrinas erróneas, los cristianos dejarían de buscar en ella la regla de su fe. Y así, mientras con tal proyecto no se ganaría a los protestantes, a quienes se dejaría en sus errores, se perdería también al resto de la Cristiandad". Es exactamente lo que en tiempos más próximos a nosotros respondió León XIII ante análogas peticiones: "guárdense (..) de sustraer nada a la doctrina recibida de Dios, o de omitir nada por ningún motivo, porque quien lo hiciese tendería más a separar a los católicos de la Iglesia que a reconducir a la Iglesia a quienes se han separado de ella" (encíclica Testem Benevolentiae). La advertencia, recordamos, se dirigía a los partidarios del americanismo, precursor del modernismo hoy imperante.

iii ) ¿Quien puede dudar razonablemente de que, pese a la proliferación -o acaso por ella- de las llamadas ONGs, en excesiva dependencia de las instituciones de la ONU, sigue siendo prácticamente imposible obtener (alta)voz para los más indefensos?, y conste que a estas alturas de la historia no hay lugar de mayor indefensión que el propio seno materno. De qué sirve tanto voluntariado cuando los fines, motivaciones y métodos de aquellas ONG's no suelen ser más que la cara posmoderna, romántico-justiciera, de una misma modernidad ilustrada, con sus prejucios muy propios sobre la corrección o no-correción del pensamiento (verdad), y sobre lo que entra o no en el nuevo decálogo del bien y del mal (derechos humanos individuales).

Los organismos internacionales y un sin fin de organizaciones no-gubernamentales -muchas de ellas con categoría de consultoras de la ONU-, con los más variados pretextos -todos ellos revestidos de un manto de altruismo-, ponen en práctica una variedad abrumadora de medidas que no respetan la dignidad humana. A la vez, los Estados tienen cada vez menos libertad de acción para rechazar esos programas y proyectos, una maraña de acuerdos y tratados internacionales, así como también la opinión pública internacional, juegan un papel preponderante en la creación de un ambiente internacional ciegamente favorable a unos derechos humanos que no respetan los derechos fundamentales; a una ética medioambiental elaborada para justificar la ambición de los países centrales; a un concepto de una calidad de vida que niega el derecho a la vida de los más pobres e indefensos, etc. La variedad de temas es, evidentemente, muy amplia. Algunos programas y proyectos de los organismos internacionales, se proponen fines laudables. Pero, ¿entendemos nosotros lo mismo que ellos cuando los estudiamos?. Esas organizaciones, ¿no han implantado un lenguaje perverso, en el que lo que se oculta es más que aquello que se expresa? ¿No comprobamos en los hechos -por los informes que llegan de distintas partes del mundo-, que con sus acciones niegan lo que a simple vista aparece en los documentos? Este estado de cosas lo confirma la reciente denuncia de monseñor Cordes, presidente de «Cor Unum» (ZENIT.org). La fidelidad a la Iglesia y al Evangelio son la única vacuna que inmuniza a las asociaciones católicas que trabajan en el campo de la solidaridad ante el peligro de perder su identidad. Esta fue la constatación que hizo Cordes, al intervenir el 16 de marzo en un encuentro organizado por el Centro Cultural de la Caridad de Florencia. Explicó a su regreso de un viaje a Mozambique que «la fe y la ética no pueden estar separadas en el cristianismo». «En ocasiones se registra un desequilibrio perverso por el que para muchos el amor a Dios es algo tan evidente que creen que no tienen que "perder tiempo" en hablar con Él. Y este silencio se difunde también en la actividad caritativa de los mismos cristianos». Cordes ofreció algunos ejemplos en este sentido, entre ellos el hecho de que en un pequeño país, una agencia católica ha puesto en la lista de posibles proyectos de financiación al V Encuentro de Lesbianas Feministas de América Latina y del Caribe. «Si bien no estamos seguros de que al final se haya concedido esa financiación, tan sólo el hecho de que se dirijan a una agencia católica con este objetivo da a entender cuál es la tendencia que sigue la misma agencia». Este tipo de mentalidad está llevando -según él- a alterar los objetivos de algunas instituciones católicas de ayuda, que de este modo se convierten en instituciones burocráticas. En estas organizaciones se constata la tendencia «a reforzar el personal pagado», y a evitar todo «vínculo con la Iglesia».

iv ) Me limito aquí a referir unas advertencias muy especiales, publicadas por el Movimiento Sacerdotal Mariano, que según inscripciones formales cuenta con más de cien mil sacerdotes adheridos (entre ellos unos 400 obispos), además de varios millones de láicos. El MSM no es una obra humana, porque según la propia Virgen María 'debe ser sólo obra mía. .. No hay jefe entre vosotros: Yo misma seré vuestra Capitana. .. Os prepararé para un heróico testimonio.. (que) será hasta la efusión de sangre. Y cuando haya llegado el momento, entonces el Movimiento saldrá al descubierto para combatir abiertamente a la tropa que el demonio, mi adversario de siempre, está formándose entre los sacerdotes". Desde el 8 de mayo de 1973 hasta el 31 de diciembre de 1998, el MSM ha estado formándose de la mano de la Virgen como "pequeño resto fiel" en el seno la Iglesia, alentado por las locuciones interiores recibidos por Don Stefano Gobbi. Entre las miles de locuciones, en la fiesta del Corazón Inmaculado de Maria, el 3 de Junio de 1989, la Virgen comunica a Gobbi que en la lucha terrible entre Satanás y Ella, "sube del mar, en ayuda del Dragón, una bestia semejante a una pantera. Si el Dragón Rojo es el ateismo marxista, la bestia negra es la Masonería. El Dragón se manifiesta en el vigor de su potencia; la bestia negra, en cambio, obra a la sombra, es esconde, se oculta.. Obra por doquier con la astucia y con los medios de comunicación social. .. La masonería domina y gobierna en todo el mundo por medio de diez cuernos. El cuerno, en el mundo bíblico, siempre ha sido un instrumento de amplificación. .. Si el Dragón Rojo obra para llevar a toda la humanidad a prescindir de Dios, a la negación de Dios.. el objetivo de la Masonería no es el de negar a Dios, sino el de blasfemarlo. .. La mayor de las blasfemias es la de negar el culto debido sólo a Dios para darlo a las criaturas y al mismo Satanás. .. Si el Señor ha comunicado su Ley con los diez mandamientos, la masonería difunde por todas partes, con la potencia de sus diez cuernos, una ley que es completamente opuesta a Dios. .. (Instaura) falsos ídolos, que son exaltados y adorados por un número creciente de hombres: la razón, la carne, el dinero, la discordia, el dominio, el placer. De esta manera, las almas son precipitadas.. en el estanque de fuego eterno que es el infierno. .. Para alcanzar este fin, a la bestia negra que sube del mar, acude en ayuda, desde la tierra, una bestia que tiene dos cuernos, semejantes a los de un cordero. .. (Esta) indica la Masonería infiltrada dentro de la Iglesia, es decir, la masonería eclesiástica, que se ha difundido sobre todo entre los miembros de la Jerarquía. Esta infiltración masónica dentro de la Iglesia, ya os ha sido predicha por Mí en Fátima, cuando os anuncié que Satanás se introducirá hasta el vértice de la Iglesia. .. El fin de la masonería eclesiástica (no es el de blasfemar sino) el de destruir a Cristo y a su Iglesia, construyendo un nuevo ídolo, es decir, un falso Cristo y una falsa Iglesia. .. Trata de destruirla con el falso ecumenismo, que lleva a la aceptación de todas las iglesias cristianas, afirmando que cada una de ellas posee una parte de la verdad. Cultiva el designio de fundar una Iglesia ecuménica universal formada por la fusión de todas las creencias, entre las cuales estaría la Iglesia católica" (pp. 763-72, 19ªedición española, 1997).

v ) Así ha quedado documentado por un periodista acreditado ante el Vaticano, Luigi Accattoli, en su esclarecedor libro Cuando el Papa pide perdón (Tyrolia, 1999).

vi ) Hay que advertir que en la doctrina eclesiológica preconciliar, centrada en la doctrina del Corpus Mysticum, no cabía divergencia alguna entre ambos. Desde la acentuación conciliar del carácter de 'Pueblo de Dios', sin embargo, como eje de comprensión de lo que es la Iglesia, ésta -tanto doctrinalmente como en la conciencia de los católicos- ha sufrido un giro hermeneutico hacia posturas naturalistas, donde la distinción real entre su constitución natural y sobrenatural ya no queda tan claro. A ello contribuyó en la misma lógica filoprotestante, la marginación práctica de la Inmaculada Virgen María como prefiguración acabada de lo que es la Iglesia. Con la consecuencia de que la Iglesia se autopresenta más como 'sujeto histórico' sui generis, ya no tanto como Esposa místicamente unida a Cristo.

vii ) He aquí una vez más el prejuicio típicamente liberal y modernista de que "es necesario que el cristiano actúe según la caridad". Sí, así es verdaderamente. No hay excepción a dicha regla. Pero la caridad no es un movimiento informe, desordenado y confuso. Precisamente es el Apóstol, en el célebre himno a la caridad, el que encamina la fuerza del amor por el único cauce posible, amén de justo: "la caridad se complace en la verdad" (Ef. 13, 6). Por lo cual también la severidad forma parte de la caridad y expresa dignísimamente aspectos misericordiosos de ella, salvaguardando y tutelando la inocencia de las almas, que pueden recibir malas enseñanzas y motivos de escándalo. 

viii ) Remitirse a "Leyendas negras de la Iglesia", de Vittorio Messori (Planeta, col. Testimonio, 1999), donde el autor refuta todos los tópicos que se han vertido contra la Iglesia y contra España. De lectura amena y rápida nos informa y nos carga de argumentos para poder rebatir los lugares comunes que el discurso cultural dominante del Nuevo Orden Mundial pretende imponer. Repasa todos los asuntos típicos, desde la Inquisición hasta la conquista, desde Galileo hasta la Revolución Francesa, desde la Cruzada hasta la pena de muerte. 

ix )En esto, curiosamente, la Iglesia se asemeja al Estado español en relación al aborto. Me explico. En España el aborto, realmente, sigue siendo un delito. Sin embargo, está despenalizado. Es decir, no se aplican medidas punitivas contra quienes recurren a él o lo practican. De todos es sabido, e incluso algunos obispos valientes lo han dicho más de una vez, que a efectos prácticos, es lo mismo que si el aborto hubiera dejado de ser delito.

 

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