Panorama Católico

El Riesgo Educativo

Donde hay “magister” hay invención y hay disciplina pero la disciplina no es solamente el orden que se impone, sino principalmente, el orden que se descubre.

Donde hay “magister” hay invención y hay disciplina pero la disciplina no es solamente el orden que se impone, sino principalmente, el orden que se descubre. Va de suyo que este orden no es la inclinación a gritar o mandar sino la capacidad de saber discernir y distinguir en la esfera de la existencia y por ello el mismo Tomás señala que “lo propio de la inteligencia es ordenar”, no en el sentido de “dar órdenes” sino de descubrir el orden y someterse libremente a ese orden conocido.

Escribe Ricardo Fraga

El principio de una educación integral se encuentra en los padres que son los únicos formadores gestados por el orden natural y, por ende, queridos por Dios mismo para la acabada consecución del primario fin educativo que no es otro que aquél que los antiguos denominaron “status virtutis”, vale decir, la plenitud perfectiva del hombre en su dimensión espiritual, corporal, intelectual y afectiva que, naturalmente, es algo más (cualitativa e infinitamente más) que el aprendizaje de una ciencia o la perversa disolución de una descontextualizada “educación sexual”.

Los padres son en este plano los primeros (¡y para eso les ha sido otorgado el don de la patria potestad!) pero también está el maestro, el “magister”. Tomás de Aquino dice que el “magister” es (siempre con su terminología tan exacta) causa coadyuvante del proceso educativo y por este mismo motivo es, a la vez, concurso y guía en el aprendizaje de las disciplinas. “Concurso” significa que “concurre con”, en primer lugar su ciencia pero también con su persona ya que ésta no es nunca indiferente aún en las ciencias aparentemente más abstractas.

Es un dato de experiencia, que cualquier lector atesora en su memoria, que un teorema enseñado con pasión se aprende para toda la vida y, por el contrario, enseñado sin la interrelación docente-discente queda librado al albur del interés del alumno. Por esto mismo la enseñanza (verdadera nutrición del alma) supone dos momentos distintos: la “inventio” o invención que en latín significa “hallazgo” y la “disciplina”. La “inventio” a veces es hija de la disciplina pero en otras ocasiones opera a modo de intuición y los más grandes adelantos científicos habidos en últimos siglos han sido más el hallazgo o la invención intuitiva que el propósito sistemático de encontrar una determinada cosa, como lo prueban sin ir más lejos, los destacados ejemplos de Pasteur y Claude Bernard.

Donde hay “magister” hay invención y hay disciplina pero la disciplina no es solamente el orden que se impone, sino principalmente, el orden que se descubre. Va de suyo que este orden no es la inclinación a gritar o mandar sino la capacidad de saber discernir y distinguir en la esfera de la existencia y por ello el mismo Tomás señala que “lo propio de la inteligencia es ordenar”, no en el sentido de “dar órdenes” sino de descubrir el orden y someterse libremente a ese orden conocido.

Y esta es precisamente la síntesis más plena: el sometimiento libre. A primera vista suena como escabroso. ¿Qué es un sometimiento libre? O es sometimiento o es libre. Sin embargo, la respuesta, desde Platón a hoy, no es muy compleja porque todos sabemos que el sometimiento libre no es otra cosa que la definición del amor. El amor es sometimiento libre. El amor no es sólo sometimiento porque entonces no es amor; pero el amor no es sólo libertad porque supone, justamente, el encadenamiento de dos voluntades que se interrelacionan, se interconectan y se intercomunican y por eso mismo el amor es una común unión.

El amor del magister por su alumno es (como antes se indicó) un alimento o nutrición de éste y, precisamente, “alumno” etimológicamente significa “aquél que es alimentado”. La intercomunión amorosa sólo puede completarse por parte del discípulo por medio de la docilidad, es decir, por ese dejarse amorosamente enseñar en que consiste el proceso educativo que siempre es un encuentro individual ya que, para el pensamiento clásico es impensable una “educación colectiva” y por este mismo motivo fracasó tan estruendosamente el socialismo de estado en las naciones del antiguo Este europeo. ¿Por qué en Cuba no hay verdadera educación pese a toda la fanfarria periodística de que existe una educación formidable? Porque no hay personalización. Lo que se busca es, simplemente, un organismo de relojería. En cambio la verdadera educación está fundada en la libertad y, por esto mismo, no hay educación sin riesgos.

Yavé-Dios, en el jardín del Edén, colocó a Adán para ser educado en la libertad y asumió los riesgos. Hay padres, hay escuelas y hay sistemas educativos que no quieren asumir los riesgos, esto es, los riegos del fracaso. En el scoutismo la primera ley dice: “el scout cifra su honor en ser digno de toda confianza”, es una cosa (aparentemente) más zonza que no sé qué, porque los chicos no son dignos de gran confianza, pero hay que educarlos para que lo sean, sabiendo que van a fracasar y para ello no hay que ser demasiado optimistas o, mejor, es preferible ser francamente pesimistas.

Nada menos que el gran filósofo contemporáneo Romano Guardini en su magnifico curso de “Ética” se pregunta si debe primar en la educación el optimismo democrático o el pesimismo conservador y en un fino análisis se inclina por este último apelando incluso al argumento “ad baculum” (esto es, el de autoridad) señalando que: “quien conoce a personas que piensan así (que son pesimistas) sabe que entre ellas ha surgido un gran estilo, los más grandes espíritus no fueron optimistas en la antigua educación. Heráclito, Píndaro, Esquilo, Platón, Parménides, Agustín, Dante, Pascal, los grandes legisladores, los grandes estadistas y militares, desde Julio César hasta Napoleón, todos ellos son básicamente pesimistas y se sitúan con desconfianza ante el ser humano; desconfianza que aumenta cuanto mayor es el número de gente con la que tienen que verse. Para ellos la opinión democrática de que por los métodos adecuados puede llegarse al todo para todos no sólo es utópica sino también funesta pues son de la opinión (todos estos autores que nombré) de que en dicha convicción del optimismo falta lo verdaderamente grande, a saber, el sentido del elemento trágico de la existencia”.

Como verá el lector el riesgo educativo es la base de un realismo personalista que apunta a la trascendencia. Lo contrario, el “utopismo perenne” (Thomas Molnar) que conduce a la producción multiplicada de reformas educativas, jurídicas y políticas que, sustentadas en una falsa visión optimistoide del hombre, sólo conduce a los más pavorosos fracasos colectivos que, a diferencia de los planes divinos, son irremediablemente sin solución.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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