Panorama Católico

El Salto de la Iglesia para Defender las Raíces

La duda siempre ha acechado a los creyentes… pero ahora la erosión de la certeza de la verdad del Credo parece haber alcanzado todo nivel eclesial. Si tantos hombres y mujeres de Iglesia rechazan ser testimonios de lo sacro para transformarse en “actores sociales”… si nos hablan siempre y sólo de las miserias del hombre a las que poner remedio y jamás de contemplar las grandezas de Dios… si han sustituido la caridad por la solidaridad y la oración por el empeño social, es porque el Jesús vivo de la eucaristía se ha reducido a un profeta de la tradición hebrea que anunciaba paz, solidaridad y diálogo.

Por Vittorio Messori

Es con solidaria simpatía que esta mañana observaremos como Benedicto XVI procurará superar su timidez, esa introversión suya que caracteriza a las personas que, como él, poseen un rico patrimonio interior. Espiritual e intelectual. Es la timidez que, en sus primeras palabras como Papa, en la loggia de las bendiciones de San Pedro, le impidió exteriorizar todo cuanto hubiera querido decir. No le salieron sino unas pocas palabras (y ese agradecimiento a los “Señores Cardenales” confirmó su delicadeza, su respeto por las formas) pero suficientes como para “trabarse” un par de veces no obstante su excelente familiaridad con el italiano desde hace tiempo.

El Ratzinger que conoce quien lo ha frecuentado en privado, el cordial y delicioso conversador, se intimida ante las multitudes. Pero, en la perspectiva del creyente, al Pontificado se le une una especialísima “gracia de estado”. Por tanto, es posible que entre los dones que recibirá de aquel Dueño del que se ha declarado “simple y humilde trabajador”, figure también el de una mayor extroversión. Admitido, naturalmente, que ésta deba contarse entre las características papales. Pese a la dictadura de los medios, existe, gracias a Dios, una diferencia entre un Vicario de Cristo y un showman. De cualquier manera, en el momento de la homilía en la misa de esta mañana por el inicio del Pontificado, Benedicto XVI dará lo mejor de sí: no deberá improvisar, tendrá un texto escrito al que le ha dedicado tres horas el viernes. Es su habitual seriedad de profesor.

Con ese rostro de niño casi octogenario, con esa voz que sus compatriotas definen lieblich (algo intermedio entre “amable” y “suave”) estará plenamente a sus anchas pues habrá de leer un “documento”, el más importante entre los muchos suyos. Lo escucharemos, es obvio, con gran interés… podrá haber alguna sorpresa extemporánea, pero para quien conoce bien su pensamiento ya sabe que, al final, todo girará en torno a un único centro: la fe. Busquemos, entonces, explicar cuál es el significado de esta fulmínea elección del Prefecto de la Congregación para la Fe por parte de un Colegio Cardenalicio diverso en sensibilidades y acentos pero, finalmente, compacto en lo esencial. A quienes, en las pasadas semanas, me preguntaban cuáles serían los mayores problemas que el sucesor de Juan Pablo II debía afrontar, no vacilaba en replicar: “No los problemas sino el Problema. Aquel sobre el que todo se funda, sobre el que la Iglesia entera se levanta o se cae: la verdad del Evangelio, la certeza de que Dios no sólo ha hablado sino que se ha encarnado en Jesús de Nazaret, la convicción que Cristo continúa su camino en la historia en una comunidad que tiene en el Obispo de Roma a su representante y que cada día transforma el pan y el vino en su carne y en su sangre”.

La fe misma, en suma, en su plenitud, en su ortodoxia, en su “escándalo” y en su “locura”, para usar las palabras de Pablo. Este -paradojal y dramáticamente- es hoy el verdadero desafío no sólo para el catolicismo sino para todo el cristianismo. La duda siempre ha acechado a los creyentes… pero ahora la erosión de la certeza de la verdad del Credo parece haber alcanzado todo nivel eclesial. Si tantos hombres y mujeres de Iglesia rechazan ser testimonios de lo sacro para transformarse en “actores sociales”… si nos hablan siempre y sólo de las miserias del hombre a las que poner remedio y jamás de contemplar las grandezas de Dios… si han sustituido la caridad por la solidaridad y la oración por el empeño social, es porque el Jesús vivo de la eucaristía se ha reducido a un profeta de la tradición hebrea que anunciaba paz, solidaridad y diálogo. El concentrarse de tanto catolicismo sobre los problemas del mundo, y sólo sobre ellos, corresponde al debilitamiento de la creencia en el Más Allá, de la esperanza en la vida eterna. Mientras la fe se evapora en humanismo, en beneficencia, en solidarismo “políticamente correcto”, la Iglesia parece en estos tiempos privada de suficientes anticuerpos que reaccionen. Y los llamados apasionantes y reiterados de Juan Pablo II a menudo han caído en el vacío.

La apologética, esto es la exposición y la defensa de las razones de la fe, ha sido abandonada, lo que queda se ha enmascarado bajo el nombre de “teología fundamental”. Es extraño (y entristecedor para un creyente), pero la mayor insidia ha venido y viene de cierta inteligentzia clerical. Viene de ciertos exegetas que trituran los evangelios hasta reducirlos a un montón de fragmentos de origen incierto y sospechoso, donde la única cosa a tomar en serio serían las notas del biblista… viene de ciertos historiadores de seminario que hacen de las vicisitudes de la Iglesia una lectura de tal sectarismo negativo que rivalizan con las de la historiografía anticlerical diciochesca… viene de ciertos teólogos que disuelven los dogmas como si fuesen ya indignos de “católicos adultos”… viene de ciertos liturgistas, ensañados en suprimir de los ritos todo aquello que contraríe su iluminismo de intelectuales y sepa a “devoción popular”. Es propiamente con esta situación que Joseph Ratzinger se enfrentó -con tenacidad y firmeza, unidas a la lucidez de la argumentación, como es su estilo- durante los veinticuatro años al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Se ganó la confianza y la gratitud del Papa Woytila, que encontró en él al garante de la ortodoxia y al colaborador competente gracias al cual publicó encíclicas como Fides et ratio y llevó a término el Nuevo Catecismo que fijó los límites más allá de los que se sale de la comunión de la fe.

Pero el Prefecto del ex Santo oficio se ganó además el odio a menudo sordo y oculto, pero también a menudo virulento y a gritos, de tantos Church-intellectuals. Un pequeño episodio puede darnos la medida. Viniendo “de afuera” y descubriendo también yo (por lo poco que importa) que el problema de la Iglesia estaba en los fundamentos mismos, no podía no sentirme atraído por la lucha, entonces casi solitaria, del Cardenal Ratzinger. De esta solidaridad nació el Informe sobre la fe que aceptó hacer juntos. Cajas enteras de recortes periodísticos testimonian la violentísima reacción por parte de quien definía “intolerable restauración” la advertencia que los contenidos del Credo católico eran esos y no otros. La misma editorial confesional que había publicado el libro y lo había distribuido en todo el mundo, buscó hacerse perdonar editando, enseguida, en la misma colección, una entrevista a Fidel Castro hecha por un ex fraile comunista. En efecto, a la rabia teológica se agregó la política: eran los años de la “teología de la liberación” exaltada hasta el colmo.

Fueron tales las amenazas, aún físicas, que me llegaron que, después de la publicación del Informe, recibí el consejo de ocultar mis huellas por algún tiempo, hallando refugio cerca de una casa religiosa, en una localidad apartada. Mi reputación entre el lobby clerical más poderoso se arruinó para siempre: mi culpa era haber dado voz al Gran Inquisidor, para peor no contestándole sino mostrando una perspectiva solidaria. ¿Tiempos pasados? No del todo. Ya se preparan trampas, se tienden celadas, se proyectan maniobras mediáticas para exorcizar al presunto Panzer Papst, empezando por su Alemania donde el consenso por la elección no ha sido ciertamente unánime, al menos en los ambientes intelectuales. Alguno ha botado ya las fotos del pobre muchachito que, con cara asustada, aparece envuelto en un uniforme de la Flak, la batería antiaérea de Mónaco, a la que fue asignado por la fuerza en los meses de la agonía del Reich. Alguna vez ha aludido a esas noches de infierno, mientras la capital bávara ardía y los cañones callaban, incapaces de alcanzar la altura de los bombarderos. Como quiera que sea, la entronización de esta mañana, es el salto de espaldas que ha sabido dar una Iglesia a la que temíamos debilitada, recogiendo el llamado extremo de Juan Pablo II.

Una gran mayoría (se habla de más de noventa sobre ciento quince) ha sabido al punto ir más allá de las diversas consecuencias que cada uno de esos cardenales deriva de la fe. La Iglesia entera, en este su Senado Supremo, ha demostrado entender que propiamente la fe misma es el Problema. Ha sido unánime, o casi, en la convicción que el timón de la nave venía confiado al que, desde siempre, es conciente de que, yendo a la raíz profunda, no hay sino una única pregunta que cuenta para el cristiano: ¿tomar el Evangelio al pie de la letra es de creyentes o es ya de crédulos? Por decenios, el novel Benedicto XVI acumula argumentos y razones para una respuesta no vacilante que satisfaga, al mismo tiempo, la razón y el corazón.

Corriere della Sera… 24 de abril de 2005

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