Panorama Católico

El Santo Apocalipsis

La Iglesia sostuvo siempre el carácter canónico del Apocalipsis y la autenticidad de su divina inspiración contra todos los impugnadores. El célebre “fragmento de Muratori” lo incluye entre los libros canónicos ya en el siglo II, al igual que el Concilio de Trento en el siglo XVI.

 

Escribe Ricardo Fraga

La Iglesia sostuvo siempre el carácter canónico del Apocalipsis y la autenticidad de su divina inspiración contra todos los impugnadores. El célebre “fragmento de Muratori” lo incluye entre los libros canónicos ya en el siglo II, al igual que el Concilio de Trento en el siglo XVI.

 

Escribe Ricardo Fraga

Dice san Pablo: “toda escritura inspirada de Dios es propia para enseñar, para convencer, para corregir, para instruir en la justicia, para que el hombre sea perfecto y esté apercibido para toda obra buena” (II Tim. 3, 16-17). La afirmación vale también para el santo Apocalipsis, último libro de la Biblia y único exclusivamente profético del Nuevo Testamento. Su autor, san Juan, lo escribió en su destierro de Patmos durante la persecución de Domiciano contra los cristianos.

La Iglesia sostuvo siempre el carácter canónico del Apocalipsis y la autenticidad de su divina inspiración contra todos los impugnadores. El célebre “fragmento de Muratori” lo incluye entre los libros canónicos ya en el siglo II, al igual que el Concilio de Trento en el siglo XVI.

Hoy casi no se oye predicar acerca del Apocalipsis a pesar de los deseos de la Iglesia manifestados ya en el IV Concilio de Toledo (siglo VII) y en la reforma litúrgica que lo incorpora íntegro en uno de sus ciclos anuales.

Se lo juzga oscuro, difícil, aterrador. Algunos han llegado a sostener que su lectura engendra la demencia, la vana curiosidad o la herejía. Nos parece que quienes así opinan no guardan la debida reverencia a la Palabra de Dios porque si bien es cierto que de la lectura desordenada de las Sagradas Escrituras han salido muchas sectas y herejías, su estudio, consideración y meditación es muy provechoso cuando se hacen guiados por el Magisterio de la Iglesia en una Biblia bien anotada.

Dejemos de lado la oscuridad del Apocalipsis (inevitable en la formulación de lo futuro) y refirámonos solamente al carácter catastrófico y desalentador que frecuentemente se le atribuye. ¿Puede infundir temor la meditación de un libro divino que dice cosas como las siguientes?: “y oí una voz grande que venía del trono y decía: ved aquí el tabernáculo de Dios entre los hombres, y morará con ellos. Y ellos serán su pueblo y el mismo Dios en medio de ellos será su Dios. Y Dios enjugará de sus ojos todas las lágrimas; no habrá ya muerte, ni llanto, ni alarido, ni dolor porque las cosas de antes son pasadas” (21, 3-4). “Gocémonos y saltemos de júbilo y démosle gloria pues son llegadas las bodas del Cordero (Jesús) y su Esposa (la Iglesia) se ha puesto de gala… y díjome: escribe: dichosos los que son convidados a la cena de las bodas del Cordero…” (19, 7-9). “He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguno escuchare mi voz y me abriere la puerta entraré a él y con él cenaré y él conmigo…” (3, 20-21).

¿Estas palabras provocan miedo o un consuelo inefable? Se cumplirán literalmente con quienes hayan pasado victoriosos por la gran tribulación (es decir sin llevar en la frente o en la mano derecha la marca del Anticristo) cuando Jesús regrese al fin de los tiempos.

El deseo ardiente de la Venida del Señor es signo de verdadera conversión, lo indica san Pablo en I Tes. 1, 9-10 y por eso en la liturgia de la nueva misa se expresa: “mientras aguardamos con gozosa esperanza la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo”. Y también después de la Consagración aparece el suspiro apocalíptico: “¡ven, Señor Jesús!”.

El maravilloso misal romano llamado de san Pío V incorpora también preciosos pasajes de este libro consolador cuyas poderosas visiones hoy más que nunca –quizás porque pertenezcan típicamente a nuestra época- nos encandilan y asombran. En rigor (como muy bien lo ha enseñado el P. Leonardo Castellani) las imágenes proféticas se tornan cada vez más lúcidas a medida que se acerca y actualiza su cumplimiento.

Sólo Dios conoce los tiempos (Mt. 24, 36). Empero, el mismo Redentor nos estimula para que estemos atentos (Mt. 24,32) ya que, precisamente, la desatención generalizada es uno de los signos de la proximidad (I Tes. 5, 3), tanto como el “gran número de falsos profetas que pervertirán a mucha gente” (Mt. 24, 11), extremo también destacado por san Pablo en Tim. 3, 2-9 cuya síntesis es: “(aparecerán) hombres de un corazón pervertido y réprobos en la fe”.

El Adviento navideño es el mejor momento para ahondar en estas reflexiones y restaurar para esta (ahora) paganizada solemnidad su original significación litúrgica.

En la encíclica “Dominum et vivificantem” de Juan Pablo II se consigna: “el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡ven! Esta oración conlleva una dimensión esjatológica, se orienta hacia un momento concreto de la historia (subrayado en el original) en el que se pone de relieve la plenitud de los tiempos, marcada por el año dos mil…”.

No descuidemos, por lo tanto, esa dimensión esjatológica a la que nos convoca sugestivamente el Romano Pontífice y meditemos los textos apocalípticos. San Pablo nos advierte: “no despreciéis las profecías…” (I Tes. 5, 20) y en el mismo Apocalipsis hallamos esta promesa de felicidad: “feliz el que lee y oye las palabras de esta profecía y observa las cosas escritas en ella, pues el tiempo está cerca”.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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