Panorama Católico

El secreto mejor guardado

Hace treinta y seis años y reinando en Roma Paulo VI, el Padre Julio Meinvielle daba coronación a su obra más acabada, "De la cábala al progresismo" afirmando que un triunfo aparente de la gnosis herética, de la cual quedaría inficionada la Iglesia pública u oficial sería tolerado durante cierto espacio de tiempo merced a una estudiada indefinición de la Sede Romana.

Hace treinta y seis años y reinando en Roma Paulo VI, el Padre Julio Meinvielle daba coronación a su obra más acabada, "De la cábala al progresismo" afirmando que un triunfo aparente de la gnosis herética, de la cual quedaría inficionada la Iglesia pública u oficial sería tolerado durante cierto espacio de tiempo merced a una estudiada indefinición de la Sede Romana.

Escribe Fermín Lozano

En la famosa obrita de teatro de Alejandro Casona, el secreto mejor guardado es aquel que está a la vista de todos y nadie está dispuesto a creer. La reacción adversa y hasta insolente de algunos conjuntos de eclesiásticos, incluídos ciertos colegios episcopales locales europeos, ante la mera posibilidad de un reingreso de la Liturgia tradicional en la vida de la Iglesia –la mal llamada "Misa de San Pío V"– de la mano de S. S. Benedicto XVI, ha desenmascarado una realidad del catolicismo cuidadosamente disimulada en los últimos 45 años, pero que se hallaba a la vista de quien quisiera verla en su auténtica, atroz facticidad: El nuevo cisma de Occidente.

Hace treinta y seis años y reinando en Roma Paulo VI, el Padre Julio Meinvielle daba coronación a su obra más acabada, "De la cábala al progresismo", afirmando que, a su juicio, la lucha multisecular entre la Revelación divina verdadera, la de Adán, Moisés y Jesucristo, de la cual es depositaria la que él llama "Iglesia de la Promesa", y la "gnosis" de la tentación diabólica: "seréis como dioses", llamada "progresismo", no culminaría con una batalla feroz sino con un triunfo aparente de la gnosis herética, de la cual quedaría inficionada la Iglesia pública u oficial, y que sería tolerada durante cierto espacio de tiempo merced a una estudiada indefinición de la Sede Romana, la cual apoyaría una petrina sandalia sobre una facción, y la restante sobre la otra, evitándose con sumo tino toda condena al progresismo de manera frontal, al estilo de San Pío X en la Encícilica Pascendi, pero sin abandonarse la doctrina tradicional en los aspectos fundamentales de la fe.

La Sede romana aparentaría en los hechos –algunos inclusive escandalosos– pertenecerle a la gnosis, pero profesaría simultáneamente una Fe intachable. Se daría, así, una rara coexistencia de la casi invisible "Iglesia de la Promesa", la pequeña grey, sobrepuesta, yuxtapuesta, o subterránea en una "Iglesia gnóstica de la publicidad", ambas bajo la misma Sede romana.

Esta asombrosa profecía la ha visto cumplida, con sus propios ojos, esta generación.

Así –conjeturamos ahora– por la poderosa virtud del prestigio del Papado romano, habrá quedado provisional o momentánemante sellado este cisma, hasta que el creciente distanciamiento de los progresistas de las verdades religiosas y de las prácticas morales inherentes a la Fe, haga inevitable que los extenuados pies del Pescador no puedan sostenerse más que posándose juntos, en alguno de los dos hemisferios en pugna, a riesgo ya, de perderse la Iglesia. La elección que hará la Cátedra romana –decía Meinvielle– es indudable, en razón de la promesa divina del "non prevalebunt"; es decir, que Roma se mantendría firme en la Tradición de la Fe para seguir subsistiendo como la Iglesia de Cristo, la de la Promesa, la Verdadera, y no convertirse en la Sinagoga de Satanás, la gnosis.

El tiempo de este "exilio dual" sería caracterizado, como decimos, por el mantenimiento de la Doctrina tradicional, al menos implícitamente aunque, en los hechos, el Vicario de Cristo evitaría todo enfrentamiento con el progresismo y hasta parecería favorecerlo; este sector se vería agraciado con innumerables sedes episcopales, rección de seminarios, primacías de Órdenes religiosas, cátedras de Teología, Moral y Biblia, y puestos administrativos de importancia en la Iglesia, consecuencia no tanto de su potencia intrínseca o de su dinámica propia, como del apoyo externo recibido directa o indirectamente de Satanás y sus secuaces, y de la extrema debilidad del Papado romano.

La llegada del momento de la definición es, pues, cuestión de tiempo; o mejor aún, casi una cuestión de física, de fuerzas en tensión por un tiempo excesivamente largo, sin posiblidad propia de sostenerse.

Hasta aquí el Padre Meinvielle, con algunos modestos agregados propios. Pero no nos alejaremos del eximio sacerdote sin dejar asentado, para mejor honra de su nombre y como testimonio de su ciega fe en la promesa divina que garantiza la Vida de la Iglesia, que jamás concibió la posibilidad que hoy conocemos como "sedevacantismo", por considerarla contraria a la dicha garantía divina, aunque aceptando, y aún más: pronosticando, la posibilidad de un Papa de conducta ambigua, circunstancia que no altera la promesa divina, que se refiere a la Iglesia católica como tal y no se extiende a la persona del Papa, aunque sí a su institución.

Hoy, nosotros, a la manera en que el enano sentado en los hombros de un gigante ve más lejos, estamos en condiciones de agregar algo a la impresionante previsión del padre Meinvielle.

La gnosis ha ganado, en efecto, casi todas las cátedras, Academias, y centros de irradiación de doctrina de la Iglesia; la inmensa mayoría de las diócesis están regidas por obispos progresistas o, al menos, moderadamente progresistas, al punto tal que es casi inexistente otro tipo de visión de la Iglesia que aquella que llámase, no sin cierta picardía, "postconciliar" y que tiene la desacralización por característica más notoria. Una muy reciente declaración de los obispos de una zona de Francia, alerta a su feligresía contra el intento del Papa Benedicto XVI de permitir el retorno de la Misa tradicional al seno eclesiástico; la razón alegada es, en su desfachatez, absolutamente verdadera: Una liturgia determinada es consecuencia de una cierta teología, explanación de la antigua máxima lex orandi, lex credendi. Y consideran que la Misa Nueva no debe dejar su lugar a otra anterior, por ser contrario al espíritu progresista del Concilio Vaticano II y peligroso a la teología implícita.

¿Acaso Su Santidad reemplazaría el Novus Ordo de 1969 por la Misa Tradicional, versión de 1962, o haría esta última obligatoria, peligrando así los hipotéticos logros del Concilio? Y en todo caso: ¿en qué se hallaría tal peligro?

El progresismo se ha quitado el antifaz y declara, de esta manera tan simple, "su" verdad: La Iglesia de ellos no es la Iglesia católica; su preocupación de ver perjudicada la "nueva teología" por la eficacia de la Liturgia tradicional es verdadera, porque en efecto, existe una "nueva teología" que ellos profesan que no es católica, no es tradicional, ni es de origen divino.

Del mismo modo, son conscientes que existe una nueva liturgia que ampara adecuadamente esta "nueva teología" porque no es, exactamente, la concedida, donada por Dios mismo a Su Iglesia, sino una creación humana, el fruto de una creatividad puramente natural de carácter gnóstico. Por el contrario, la objetividad de la Liturgia católica, su carácter "público", especialmente en lo que se refiere a la Liturgia tradicional, se afirma sobre su condición de bien donado, gratuito, don de Dios y no creación del hombre; revelado o inspirado por el Espíritu Santo y como tal, propio de la Iglesia y no de los hombres, sino para ellos, para su santificación. En la Revelación, Dios ha enseñado al hombre el acto latréutico cuyo perfume es grato al Cielo, el sacrificio que aplaca la ira divina y, por los méritos infinitos de Cristo y no por la creatividad de los liturgistas, nos devuelve Su amistad y nos abre las puertas a la vida Trinitaria, a la cual nos introduce.

El paralelismo con la teología nueva es evidente: esta de ahora no es una derivación racional realizada sobre la base de las verdades reveladas y admitidas como apotegmas, sino una ideología, una pura construcción ideal que parte de la devaluación del dato revelado hasta un punto inferior a la conclusión meramente técnica, que llaman tontamente "científica", con la cual preteden confrontarlo y, casi siempre, derrotarlo. Así, la Revelación divina queda a merced del hombre, de su juicio racional o, como se dice actualmente con total impropiedad, "científico". Es la religión de Dios sentada en el banquillo del juicio de los hombres, que sienten por esta causa ser como dioses, aceptando al final las consecuencias de la tentación de Satán en el Paraíso. El hombre no va hacia Dios atraído por la Divina Gracia, sino que se deifica a sí mismo por su propio empeño.

Pero estas sencillas verdades, encierran una Verdad mayúscula que rechazan los progresistas, y que es la afirmación neta de la autenticidad de la Revelación divina verdadera, la primitiva de Adán y Moisés, y reiterada por Nuestro Señor Jesucristo, ratificada por su Pasión, Muerte y Resurrección; necesaria e indispensable para la salvación eterna. La Liturgia, decía Monseñor Gamber, es una Patria mística, anticipo de la celestial y, como tal, única e idéntica a sí misma, o invariable como su finalidad misma. Por lo tanto no es obra de hombres, sino acto de hombres. La Patria nos viene dada, pero no la inventamos a nuestra medida sino que somos fieles a lo que ella es, no a lo que querríamos que fuese. Nosotros le pertenecemos a ella y no a la inversa, y en ella, somos nosotros mismos, adquirimos nuestra definitiva identidad.

Una Liturgia no se construye, como tampoco se inventa "una" Revelación, tal como sostienen los progresistas; se reciben como Dios las ha dado y se conservan como los tesoros eternos que son y que contienen.

De hecho, los progresistas han perdido la fe en la segunda venida de Cristo y, por lo tanto, la Santa Misa no tiene el sentido que le damos los católicos de sacrificio, sufragio y subsidio en el exilio terrenal; de esjatologías diversas, se siguen teologías diversas. Ellos creen, en contra de lo enseñado por la Iglesia, que el triunfo de cristianismo será obra del hombre, de su evolución histórica hacia su deificación personal, a imitación del cristo de su imaginación, un simple hombre que se hizo dios; mientras tanto que la Iglesia enseña que Cristo vendrá otra vez a rescatar a su Iglesia in extremis, cuando casi haya desparecido por la falta de fe y la persecusión, como se afirma en los números 677 y 769 del Catecismo de la Iglesia Católica, y el hombre haya perecido a la vida de la gracia por sus errores y abdicaciones. El punto central diferenciador entre el catolicismo y el progresismo, entre la Revelación y la Gnosis es, a todas luces, el fin esjatológico, el cual determina una u otra formas litúrgicas, la de la esperanza en la Segunda venida, que mira a Cristo y atesora su legado, y la de la deificación del hombre, que mira hacia sí mismo y se recrea permanentemente.

Por lo tanto, el cisma ya no está latente, como en tiempos del anterior pontificado, sino presente con toda su gravedad y patetismo, por que las distintas personalidades de uno y otro pontífice, queridos así por Dios, así lo ha determinado, entre otras misteriosas razones que no conoceremos hasta el Cielo, pero que preanuncian una proximidad de la Segunda Venida tan excitante como segura.

Pensamos que, tal vez con motivo de la "liberación" de la Misa Tradicional, finalmente terminará por declararse formalmente tal cisma, como anticipan sin ambages estas declaraciones de obispos levantiscos e insolentes. No es para menos: La Santa Eucaristía es Cristo, el centro mismo de la Iglesia, y por ello, el centro del Universo y de la Historia y el Cáliz único y eterno de salvación; es el aroma sacrificial que abre la puerta que no se cerrará.

Y es un motivo más que suficiente para que el Maldito, en su última arremetida, intente derribarlo y privar definitivamente a la Iglesia del Sacrificio perpetuo, arrumbado durante tres décadas y media en el desván de las antiguallas.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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