Panorama Católico

El Siglo de los Mártires (primera parte)

Tanto se ha abusado de la palabra mártir que es necesario volver a su significación original. Porque se da el caso que cualquiera que muera de modo impactante es llamado “mártir”; ya sea mártir de la aviación, navegación o lo que sea.

Escribe Juan Carlos Ossandón Valdéz

NOCIÓN

Tanto se ha abusado de la palabra mártir que es necesario volver a su significación original. Porque se da el caso que cualquiera que muera de modo impactante es llamado “mártir”; ya sea mártir de la aviación, navegación o lo que sea.

Escribe Juan Carlos Ossandón Valdéz

NOCIÓN

Últimamente S.S. Juan Pablo II ha sumado su autorizada voz en favor de la corrupción del concepto. Así, a propósito de los asesinatos de jueces promovidos por la mafia, ha calificado a las víctimas de “mártires de la justicia”[1]; y a André Frossard, hablando sobre Auschwitz, que le preguntaba: “Por lo tanto, Santo Padre, ¿no debería haber seis millones de mártires más?”, respondió: “Sí”[2].

Con santo Tomás de Aquino[3] respondemos: No.

La palabra mártir proviene del griego y significa “testigo”. Su uso entre nosotros deriva de lo que Jesús mismo nos indicó: “vosotros sois “mártires” (testigos) de estas cosas” (Lc. 24,48). Con estas palabras envió a sus Apóstoles a convertir al mundo entero. Por ello san Pedro, en su primer discurso, afirma: “A este Jesús Dios le ha resucitado, de lo cual todos nosotros somos “mártires” (testigos)” (He. 2, 34). Pero san Juan nos da la acepción estricta del término, la que ha empleado la Iglesia hasta el día de hoy: “Y vi a la mujer ebria de la sangre de los santos y de la sangre de los “mártires” (testigos) de Jesús” (Apoc. 17,6). Así comprendemos que san Pablo se refiera a san Esteban protomártir como a “tu mártir” (testigo)” (He. 22,20).

Por lo tanto la expresión correcta es “mártir de Cristo”; porque se puede ser testigo de cualquier cosa; mas sólo serlo de Cristo tiene valor de vida eterna. Cuando, pues, usamos la palabra “mártir”, se supone que nos referimos a los de Cristo, y, más exactamente, a los que vertieron su sangre por Él. De aquí que, santa Catalina de Siena llame a los condenados “mártires del demonio”[4] con el sentido de testigos del mal.

Mas el mismo santo Tomás nos enseña que, si bien es llamado mártir, en sentido propio, el que libre y conscientemente derrama su sangre como testimonio de su adhesión a la fe que salva, por extensión también merece tal nombre el que muere a causa de su adhesión a una virtud cristiana, es decir, relacionada con su fe. No basta cualquier virtud moral para ello, sino que tiene que ser ejercida porque Jesús lo pide; como la virginidad de las religiosas, por ejemplo. Efectivamente, esa virtud es fruto directo de los consejos evangélicos y no mera moral natural. Finalmente el mismo Santo reconoce que todo bien humano que sea referido a Dios, puede ser causa de martirio. Sin embargo es condición necesaria, para el uso del término, que tal bien sea efectivamente referido a Dios. Por ello la locución debiera siempre decir: “mártires de Cristo”; así se evitaría toda confusión.

Hace poco dictaba una conferencia en la que mostraba que la historia de la Iglesia Católica está marcada por el martirio, en sentido estricto, al través de todos los siglos desde su misma fundación; con la característica de que tal persecución ha sido siempre de tipo genocida; es decir, lo que se buscaba era extinguir absolutamente a la Iglesia. Quien mejor lo expresó fue Nerón; en su famoso edicto, aunque no hay certeza de su existencia, lo expresó de maravillas: “ut christiani non sint”. Podríamos traducir, intentado mantener su expresivo laconismo: “que no haya cristianos”.

En este siglo en que buscamos tan a menudo quién sobresale por encima de todos, podemos preguntarnos: ¿cuál siglo fue el más genocida? La respuesta es obvia: el veinte; salvo que el veintiuno lo supere, lo que es muy posible. El siglo que acaba de terminar merece, pues, el título de “siglo de los mártires”, por ser el que más se ha esforzado en hacer desaparecer a la Iglesia Católica de la faz de la tierra, por ser el siglo que más víctimas ha producido por odio a la fe cristiana, al nombre católico.

Hace ya bastante tiempo estaba a la espera de que alguien nos diera una información más o menos completa sobre el particular. Juan Pablo II, que vivió la persecución nacionalsocialista y la comunista, al ver aproximarse el fin del segundo milenio, decidió pedir a toda la Iglesia que le informase sobre sus mártires. Para ello formó la “Comisión Nuevos Mártires”. Andrea Riccardi, fundador de la “Comunidad de San Egidio”, ha sido autorizado para consultar los testimonios que ya han llegado. Fruto de su investigación es un voluminoso libro que nos presenta un resumen de su trabajo. Por desgracia el autor es víctima de la confusión intelectual que domina nuestra pobre Iglesia y esa confusión brilla en su obra. Desconoce el sentido estricto de la palabra que he recordado más arriba y no tiene nada clara la diferencia entre fusilar a un sacerdote por serlo y fusilarlo por ser traidor. El primero es un mártir, el segundo es un delincuente; pero Riccardi no tiene clara la diferencia. Y en esto no importa si el juez está equivocado o no, lo que importa es el motivo que lo inspira. Tampoco parece saber que la virtud moral o cívica que provoca la muerte debe estar formalmente referida al verdadero Dios, es decir, al Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Por ello un judío, quiero decir de religión judía, no puede ser mártir; no importa por qué razón muera; al menos no de Jesucristo. De modo que no puedo aconsejar la lectura de su libro ya que nunca aparece el motivo fundamental de todo martirio: el odio a Jesús de Nazaret y su obra, sino que siempre se queda en aspectos secundarios, razones humanas, naturales, todo lo loables que se quiera, pero ajenas al martirio. Que si seguimos así habrá que hablar de los “mártires del capitalismo” y sandeces por el estilo; pero no creo que Riccardi vaya por ese lado.

EL SOCIALISMO

Y ya que nos interesa destacar quién se lleva la palma de la maldad, hemos de reconocer que, en el pasado siglo, es el socialismo el mayor causante de mártires sin duda alguna. Aunque no siempre es fácil separar las aguas, por ejemplo en España, sin embargo no hay parangón con la crueldad desplegada por los socialistas a través de todo el siglo.

A decir verdad, los nuevos mitos suelen seguir una evolución bastante clara: a sus comienzos son asesinos netos, como los liberales en el siglo XVIII en la revolución francesa; más tarde son más moderados y suelen limitarse a robar todo lo que pueden, como los liberales del siglo XIX; finalmente entran en decadencia y sólo aspiran al diálogo. También en el socialismo observamos la misma evolución: de los asesinos del siglo XIX a la dialogante socialdemocracia.

A pesar de lo cual, el siglo XX conoció dos nuevas formulaciones del socialismo increíblemente sanguinarias: el marxismo y el nacionalsocialismo. Comencemos por el primero.

RUSIA

Los socialistas alemanes del siglo XIX, primeros herederos de Carlos Marx, a pesar de seguir fielmente su doctrina, no lograron imponer un baño de sangre en su país. Tal privilegio correspondió a los rusos. A partir del weltoktober, Lenín se convertirá en uno de los personajes más sangrientos de la historia. Es obvio que el tirano de Moscú pretendía erradicar el cristianismo de su patria. El Patriarca de Moscú, Belavin Tichón tuvo el valor de pronunciar el anatema contra el gobierno bolchevique en 1918; morirá después de haber hecho la “autocrítica” de rigor en 1925. A pesar de los años transcurridos, Riccardi tiene razón al advertirnos que ignoramos la mayor parte de esta historia de horror y sufrimiento indecibles que afectó a todas las formas de cristianismo[5] en ese noble país. Su resumen, de lo poco que se sabe, abarca 93 páginas de lectura que abisma porque parece imposible que el ser humano pueda llegar a tales extremos de crueldad.

Hay cifras que conmueven: en pocos años los bolcheviques cerraron 1.025 monasterios ortodoxos. Ignoramos cuántos monjes había y cuál fue su suerte, si bien la adivinamos. Sabemos, por ejemplo, que Stalin ordenó, en 1937, que fueran eliminados todos los religiosos detenidos en los “lager”, como suele denominarse a los campos de concentración de prisioneros. Aleksandr Jakolev calculó, en 1995, en 200.000 los miembros del clero ortodoxo condenados a muerte entre 1917 y 1980. Asimismo serían 250 los obispos ajusticiados. Este autor sabe de qué habla, pues es el presidente de la Comisión para la Rehabilitación de las Víctimas de las Represiones Políticas, instituida por el patriarcado de Moscú después de la caída del comunismo[6]. Podría hablarse de un millón de víctimas.

El 19 de marzo de 1922, Lenín envió instrucciones secretas al Politburó:

“La incautación de los objetos de valor, sobre todo aquellos que pertenezcan a las lauras, a los monasterios y a las iglesias más ricas, debe realizarse con resolución implacable, sin detenerse frente a nada y en el menor tiempo posible. Cuantos más exponentes de la burguesía y del clero reaccionarios consigamos fusilar por este motivo, tanto mejor”[7].

Podrá ponerse en duda el carácter de mártir de estas víctimas por no pertenecer a la Iglesia Católica. Es una razón válida. Pero también hay que considerar que el motivo de sus sufrimientos era el odio a la fe en Cristo de parte de los socialistas y la resistencia a abandonarla de parte de las víctimas. Al fin y al cabo estaban bautizados y gozaban de sacramentos válidos. Sólo Dios sabe quienes, afectados de ignorancia invencible, serán reconocidos por Nuestro Señor como mártires auténticos.

En el imperio del Zar había entre 15 y 20 millones de católicos de rito latino. Achille Ratti, futuro Pío XI, recibió, en julio de 1918, una carta del vicario de Minsk:

“Aquí la población católica ha sido sistemáticamente aniquilada por soldados rusos bolcheviques. Familias enteras, sin diferencia de sexo ni de edad, han sido asesinadas”[8]

Capítulo especial merecen Ucrania, Bielorrusia y los países bálticos donde había una notable proporción de greco-católicos, muchos de los cuales conformaban lo que se ha llamado la iglesia Uniata, especialmente numerosa en Ucrania. En este país, esta iglesia contaba con 2.100 parroquias y unos 150 monasterios con más de 1.100 monjes cuando fue invadida por los soviéticos en 1939. Su arzobispo, Mons. Szeptyckyj, declaraba en 1941: “Es del todo cierto que bajo los bolcheviques todos estábamos condenados a muerte; no ocultaron su deseo de destruir o suprimir la cristiandad”[9].

A pesar del muro del silencio, algunos datos se han filtrado. Entre 1945 y 1950, 344 eclesiásticos greco-católicos fueron condenados. Entre ellos es famoso Mons. Slipyj cuyo calvario vino a terminar sólo cuando Juan XXIII logró su liberación en 1963. Ignoramos cuántos de ellos murieron en prisión debido a las torturas.

Un dato curioso, consignado en este libro aunque su autor no parece sospechar su trascendencia, es el de las numerosas ordenaciones episcopales secretas, sin autorización de Roma, por supuesto, llevadas a cabo por los obispos que veían próximo su fin. Solo conocemos algunos casos, pues parece que otros de los ordenados en el GULAG fallecieron sin salir nunca de él. Lo que revela cuán inconsulta fue la decisión de considerar cismática tal acción.

Es digno de notar que, dado que Stalin ya controlaba a las autoridades de la iglesia ortodoxa, en 1946 decidió suprimir la iglesia Uniata absorbiéndola en la ortodoxa y obligándola a reconocer como su autoridad máxima al patriarca de Moscú. Es gloria de esta iglesia el no haber aceptado nunca esta unión contra natura. El partido comunista buscó asimismo separar de Roma a la Iglesia en todos los países que Occidente regaló a Stalin al finalizar la segunda guerra mundial; pero nunca tuvo éxito.

Al occidente de Ucrania estaba lo que se llama la región transcarpática que había pertenecido a Checoslovaquia. Allí había más de 400.000 greco-católicos distribuidos en 281 parroquias que tampoco aceptaron incorporarse a la ortodoxia. Entre 1946 y 1949 esa comunidad fue oficialmente suprimida. Ignoramos el número de víctimas, sólo conocemos el resultado como en tantos otros casos. Hoy ha comenzado a revivir, como el ave Fénix, separándose de la ortodoxia moscovita.

Lituania fue invadida en 1940 y la persecución comenzó de inmediato: las iglesias fueron cerradas y deportados muchos de sus habitantes. Después del paréntesis nazi, el ejército rojo volvió en 1945 y reinició la persecución. Se piensa que 200.000 lituanos fueron deportados, de los que solo regresaron 35.000 tras la muerte de Stalin, y que un tercio del clero fue asesinado.

ALEMANIA

Adolfo Hitler, terminada la primera guerra mundial, ingresó al partido de los obreros, ideológicamente marxista de estricta observancia. Más tarde, convencido de que lo que movía a los alemanes era la derrota de la que culpaban a los judíos, cambió la “lucha de clases” por una “lucha de razas”, más acorde con el sentir del momento. Pero lo que no varió fue su odio al cristianismo. Sin embargo tuvo la habilidad de presentar su movimiento como el verdadero cristianismo; al menos así se expresaba Hans Kerrl, su ministro de asuntos eclesiásticos:

“Decir que el cristianismo consiste en la fe en Cristo, hijo de Dios, me provoca risa. El verdadero cristianismo está representado por el partido, y el pueblo alemán es llamado por el Fíhrer para que practique un cristianismo verdadero y concreto. El Fíhrer es el protagonista de una nueva revelación”[10].

Riccardi, en la obra que reseñamos, afectado como tantos por la propaganda judía, trata de disculpar a los obispos alemanes de su supuesta complicidad con el nacionalsocialismo. Nada más ajeno a la verdad histórica. Hitler supo jugar maquiavélicamente con una relativa paz y una persecución apenas disimulada. Cada vez que algún obispo algo dijo que no gustara al tirano, las consecuencias fueron terribles. Conviene destacar la personalidad del arzobispo de Mínster, von Galen, a quien nunca se atrevieron a silenciar a pesar del valor de sus denuncias. Veamos algunos ejemplos de su valiente actitud. En los mismos comienzos de la era nazi, advertía:

“Este ataque anticristiano que estamos padeciendo en nuestros días, supera, en cuanto a violencia destructora, a todos los demás desde los tiempos más remotos”[11]

Ante este ataque del “martillo” nazi, Monseñor llama a los fieles a ser el “yunque”: a permanecer fuertes e inamovibles, porque “los cristianos no hacemos la revolución”[12]. Y después de la matanza “de los cuchillos largos”, acaecida el treinta de junio de 1934, valientemente declaró:

“En tierra alemana hay tumbas recientes donde reposan las cenizas de personas que el pueblo católico considera mártires de la fe, porque dieron su vida como testimonio fidelísimo del cumplimiento del deber por Dios, la patria, el pueblo y la Iglesia… No os maravilléis. Nuestra Iglesia es la Iglesia de los mártires”[13].

En 1941 denunciará la eutanasia de los enfermos mentales; también lo hicieron los cardenales Bertram y Faulhaber. Pero von Gallen llegó más lejos: reveló los detalles del plan que se suponía era secreto. Su palabra golpeaba fuerte y su juicio era lapidario:

“(el plan) presupone que se atribuyan a sí mismos prerrogativas divinas y se comporten como señores de la vida y la muerte de sus propios semejantes”[14].

Se comprende que Bormann propusiera el ahorcamiento del Arzobispo, pero Goebbels pospuso el ajuste de cuentas para después de la guerra.

En 1933 es disuelto el “Zentrum”, partido que agrupaba a los católicos; le siguen las detenciones de sacerdotes y seglares prominentes; la supresión de diarios y revistas de modo de dejar sin voz a la Iglesia, y la abolición de las escuelas confesionales. Había entonces más de cuatrocientos periódicos católicos y más de quince mil escuelas. Tampoco faltó el asesinato de muchos dirigentes de instituciones y agrupaciones católicas. Pero el arma que más usó el nacional-socialismo fue la calumnia, de modo especial la que acusaba al clero de aberraciones sexuales. Y lo que no podía faltar: fueron confiscadas unas 100.000 casas religiosas y expulsados sus moradores. ¿Cuántos terminaron sus vidas en los campos de reclusión? En Dachau, posiblemente, los presos católicos eran mayoría. La Conferencia Episcopal ha publicado el martirologio de 164 sacerdotes, 64 religiosos y 118 seglares, muertos en los “lager”.

Con estos datos a la vista, ¿puede aún hablarse de complicidad con el nacionalsocialismo?

POLONIA

Con razón ha sido llamado el país mártir. Desde el este lo atacó el comunismo y desde el oeste el nazismo: los dos socialismos rivalizaron en descargar su odio a Cristo sobre la católica Polonia.

Heinrich Himmler, jefe de las SS, copia nazi de las checas comunistas, puntualizó las directrices de Hitler: a ese “pueblo de infrahombres de oriente” hay que transformarlo “en una población de idiotas destinados a permanecer como tales”[15]. Para ello había que exterminar a las clases cultas, comenzando por el clero. Se cree que el 22% de la población murió; sólo en Varsovia se piensa que murieron unos 850.000; la ciudad, al finalizar la guerra, estaba destruida en un 90%. En la diócesis de Pomerania, de 649 sacerdotes, en 1942 quedaban solo 210, los que pronto serían deportados a Alemania. En Plock murieron 116. En Wathergau fue clausurado el 94% de los lugares de culto católico y de los 1.800 sacerdotes, quedaban 73 sólo un mes después de la invasión. En Gniezo fueron asesinados 139 y en Wloklaw, 224. ¿A qué seguir con tan aterradora enumeración? Como emblema del martirio de la nación todos recordamos a san Maximiliano Kolbe. Mas nos faltan datos de los seglares que perecieron por miles en los lager en compañía de judíos, gitanos y de todos los que Hitler quería eliminar. Es curioso, pero nos faltan datos concretos de la persecución llevada a cabo por los comunistas en la nación mártir

FRANCIA E ITALIA

Menos conocidos son los sufrimientos de estas naciones a manos del nacionalsocialismo, que, aunque inferiores a los ya vistos, no dejan de ser impactantes.

Recién derrotada Francia, 1.800 sacerdotes fueron hechos prisioneros, y ya sabemos en qué condiciones se padecía prisión en tiempos de Hitler. Cuando Vichy fue forzado a colaborar con el anti judaísmo nazi, los establecimientos eclesiásticos abrieron de par en par sus puertas para acoger a los perseguidos. Muchos de sus superiores pagaron con sus vidas su generosidad. Hasta el cine ha recordado algunos casos. Los grupos de resistencia tampoco fueron remisos a la hora de fusilar sacerdotes acusados de “colabo”. Se piensa que en Francia misma fueron unos 83 sacerdotes y 23 religiosos los ajusticiados, mientras que durante su deportación murieron otros 98 sacerdotes y 27 religiosos. Por desgracia no conocemos la cifra de seglares muertos, que fueron muchos; si bien no siempre el motivo fue su fe, por lo que no siempre son mártires de Cristo.

Tanta facilidad que tiene Riccardi para otorgar el nombre de mártir a todo el que muere violentamente por tener ciertas ideas u otras características y, sin embargo, calla absolutamente una de las páginas más negras de la historia de este país. Me refiero a la triste depuración, mejor dicho, al asesinato de todos los que pudieron ser acusados de “colabo”. Demócrata-cristianos, comunistas, liberales, etc., se unieron para asesinar sin juicio previo a unos 300.000 franceses “de derecha”, según reconoció el gobierno de la época, pero que, según los supervivientes fueron más de 600.000. Y después de tal ejemplo de barbarie osan acusar de atropello de los derechos humanos a nuestras fuerzas armadas por haber combatido eficazmente a la guerrilla bolche. ¡Hay que tener cara!

La historia de Italia fue muy similar. Tanto los nazi como la resistencia demostraron su odio a la Iglesia, apenas disimulado con excusas políticas. Esto ocurrió especialmente al fin de la guerra, cuando al interior del desdichado país se produjo una suerte de guerra civil, de gran confusión, después de que el rey depusiera a Mussolini. Como en Francia, muchos sacerdotes murieron por haber dado refugio a personas que huían, sea de un bando como del otro. Es bueno recordar que crearon una extensa red de protección de judíos, por expresa orden de Pío XII, que logró salvar la vida de muchos inocentes; más de uno debió pagar con su vida su generosidad. También aquí hubo matanzas en represalia, como en Francia, donde es difícil separar el elemento político del religioso.

[1] L’Osservatore Romano 10-V-93.
[2] Il mondo de Giovanni Paolo II p. 72. (Esta y la cita anterior las he tomado de “El siglo de los mártires”. Andrea Riccardi. Plaza y Janés. Barcelona. 2001. En adelante lo citaré: “O.C.”).
[3] S. Th. II-II, q. 124, en especial el a. 5.
[4] El Diálogo” Nº 51. en “Obras de santa Catalina”, trad. J. Salvador C. B.A.C. Madrid. 1.996
[5] O.C. pág. 26.
[6] O.C. pág. 32.
[7] O.C. pág. 38
[8] O.C. pág. 40.
[9] O.C. pág. 51.
[10] O.C. pág. 59.
[11] O.C. pág. 75.
[12] O.C. pág. 104
[13] O.C. pág. 105
[14] O.C. pág. 107.
[15] O.C. pág. 81

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