Panorama Católico

El Ultimo Cruzado

Fiel al estílo característico de Louis de Whol, la Vida de Juan de Austria es una novela enmarcada en un contexto histórico, girando sobre un personaje. En este caso tan histórica como novela, poreque tiene abundante documentación a la mano.

Fiel al estílo característico de Louis de Whol, la Vida de Juan de Austria es una novela enmarcada en un contexto histórico, girando sobre un personaje. En este caso tan histórica como novela, poreque tiene abundante documentación a la mano. Aunque, como suele ocurrir con todos los que se han ocupado de un período tan rico de la historia de la Cristiandad, tenga sus simpatías y antipatías bien evidentes.


Louis de Whol
El Ultimo Cruzado
Vida de Don Juan de Austria

Ediciones Astor Juvenir – Palabra
Madrid, 2004, 520 páginas.

Como aficionados que somos a la novela histórica no ignoramos los peligros que entraña "rellenar" los episodios que las crónicas y la documentación no fundamenta, inventar diálogos, describir caracteres, interpretar intenciones… Allí juega mucho más que en la historia propiamente dicha la libre subjetividad del autor.

De hecho, en este caso, él tiene abundante documentación para trabajar, pues novela uno de los períodos de la historia de España y de la Cristiandad mejor estudiados. No por nada España era la gran potencia europea de entonces.

La vida de Don Juan es, además, muy novelezca. Nacido de un amorío del Emperador ya maduro con una jovencita alemana -Barbara de Bloomberg- el niño fue puesto bajo la crianza de un matrimonio sencillo, en un pueblito de España, con la consigna de hacerlo buen cristiano. Se lo destinaría a la vida religiosa.

Allí se le dio el nombre de Jerónimo y a la edad de 7 años, el Emperador mandó ponerlo bajo la protección de un íntimo colaborador, Luis de Quijada y de su esposa, Doña Magdalena, quienes lo criaron como a un hijo. Don Luis era un fidelísimo colaborador de Carlos y soldado de fama. Ella una dama noble, piadosísima, que sufría tanto las permanentes ausencias de su marido en servicio del Emperador, como la falta de hijos, pues Dios no se los quiso dar. Más aún cuando le encomendaron la crianza de aquel jovencito con modales pueblerinos pero de noble porte, rubio, de ojos celestes, piadoso y fascinado por el arte de la guerra, de quien sospechaba era hijo ilegítimo de su marido, puesto que con tanto sigilo sobre su origen como cuidado hacia su persona se lo ponían en las manos.

Al cercarse el ocaso del que hasta poco antes fuera Emperador del Sacro Imperio y rey del español, Carlos V, Jerónimo asistió brevemente a un encuentro con el monarca. Carlos había abdicado en favor de su hijo Felipe el trono de España y otras múltiples posesiones y no había logrado retener para él el título de Emperador, que pasó a su hermano Maximiliano.

Se disponía a morir penitente en el monasterio de Yuste. Según otra novela, la del P. Luis Coloma ("Jerumín") la relación del niño con el emperador en sus últimos días fue íntima; según de Whol apenas si llegó a verlo en su cama de moribundo y apoyar su mano sobre la cabeza del niño, asombrado ante la solemnidad con que se asistía a la muerte del Emperador del mundo occidental, nada menos que su padre, aunque él no lo sabía aún.

Coinciden de Whol, Coloma y las crónicas, y este fue un hecho atestiguado y asentado en actas, que hubo un encuentro "casual" organizado por orden de Felipe II en cierto coto de caza, al que Don Luis de Quijada llevó a al niño. Destinado a fraile, en su estancia en el castillo de los Quijada había mostrado su temple guerrero, que llevaba en sus genes. Así pues, por voluntad real Jerónimo supo quien era, aunque quizás no supo todavía que le tocaría un destino ingrato. Reconocido hermano por el Rey, no tuvo nunca, sin embargo el título de príncipe y solo recibió formalmente el trato de "excelencia". Aún después de sus mayores hazañas militares.

Un aspecto muy notable de esta novela es el cuidado que de Whol presta a desarrollar el proceso espiritual de aceptación de esta situación de "segundón". Juan bien pudo haber conspirado contra su hermano, y sin embargo fue fidelísimo, aún cuando las decisiones de Felipe lo perjudicaran.

Felipe II ha recibido de parte de muchos historiadores un trato injusto. Se dice que envidiaba a su medio hermano, que celaba su posible poder, que trató de reducirlo a un papel secundario. De Whol se suma a esta crítica. Son sentimientos que no condicen con el reconocimiento público, ni con el haber cedido a la voluntad del niño de seguir la carrera de las armas -para la que estaba particularmente dotado- en lugar de la eclesiástica. Y mucho menos con darle el mando de la flota Española, y luego aceptar la voluntad papal de que comandara la Santa Liga.

La popularidad de Juan era enorme. Fue el príncipe más admirado de la cristiandad en su tiempo. Y pensemos que cuando venció a los moriscos en el sur de España, en una campaña tan dura como difícil de llevar a buen puerto tenía apenas 20 años: y solo 26 cuando organizó y mandó la mayor flota en la más grande batalla jamás ocurrida en el Mediterráneo, contra los almirantes de Selim, sucesor de Solimán el Magnífico, notables por su pericia marinera así como por su podería.

Don Juan realmente era un genio militar y político, además de un hombre de extraordinaria piedad. Se sentía -y la historia lo demuestra acertado- llamado a una misión única: detener el avance del Islam y destruir su supremacía naval definitivamente. Después de Lepanto, los turcos solo conocieron la declinación en el mar, así como después de Viena fueron retrocediendo inexorablemente en tierra.

De Whol no tiene simpatías por Felipe, un rey marcado por la desgracia personal, que ha debido cargar con el pesadísimo mando del Imperio Español en momentos críticos. Tal vez fuera taciturno, tal vez excesivamente austero. Sus tres esposas murieron en la flor de la edad. Su heredero, el príncipe Carlos, malformado y desquiciado física y mentalmente, intentó complotar contra él y hasta asesinarlo. Y luego murió confinado.

Felipe fue regularmente traicionado por los reyes de Francia y por los venecianos -más por los primeros que por los segundos-. Tuvo que afrontar rebeliones protestantes en Flandes promovidas por Inglaterra, pactos secretos con el imperio turco de los franceses, guerra directa con los ingleses… Era puntualísimo en sus deberes y gran devoto. Además de ser el blanco preferido de los autores de la leyenda negra antiespañola.

Sirvió al papado y puso todo su poder militar para que el 7 de octubre de 1571 Europa se salvara. De haber perdido esa batalla… solo Dios puede decir que habría sido del mundo occidental.

El Papa era Pío V, el de la Misa, el del Concilio de Trento. Dicen que pudo dirimir el último desacuerdo que impedía la formación de la Santa Liga (el mando supremo) leyendo el proemio del evangelio de San Juan, al final de la misa que ahora muchas veces se alude con su nombre. La inspiración, relata de Whol, vino a su mente, después de una noche completa en vela de oración.

Precisamente cuando leía el versículo que dice: "fuit homo missus a Deo, cui nomen erat Ioannes". Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan…

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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