Panorama Católico

El Verdadero Enemigo

“Iluminados por el Fuego” no es otra cosa que una bazofia repulsiva cocinada sobre el relato periodístico de un ex soldado (mejor no llamarlo ex combatiente) Edgardo Esteban, cuyas experiencias bélicas, ciertamente muy dolorosas, no parecen coincidir de lleno con las narraciones y testimonios escritos que nos han dejado tantísimos camaradas suyos (de tierra, mar y aire, militares y civiles) o de las que, domingo a domingo, se brindan oralmente en el programa radiofónico Malvinas:

“Iluminados por el Fuego” no es otra cosa que una bazofia repulsiva cocinada sobre el relato periodístico de un ex soldado (mejor no llamarlo ex combatiente) Edgardo Esteban, cuyas experiencias bélicas, ciertamente muy dolorosas, no parecen coincidir de lleno con las narraciones y testimonios escritos que nos han dejado tantísimos camaradas suyos (de tierra, mar y aire, militares y civiles) o de las que, domingo a domingo, se brindan oralmente en el programa radiofónico Malvinas: la verdadera historia.

Escribe Ricardo Fraga

La guerra del Atlántico Sur (impropiamente llamada guerra de las Malvinas) fue una vasta operación político-militar destinada a reafirmar, mediante nuevos y concretos actos de posesión territorial, los invocados derechos soberanos de la República Argentina sobre aquellas extensas regiones australes, colindantes con el continente antártico cuyo valor geopolítico y económico resulta incuestionable para las grandes potencias.

No se trató, técnicamente hablando, de una invasión toda vez que, por el contrario, la legítima y pacífica ocupación de las Islas Australes, particularmente de las Malvinas, originada por un acto soberano de derecho internacional emanado de la gobernación de Buenos Aires de fecha 10 de junio de 1829, había sido violentamente perturbada (esto es a modo de usurpación) por el despojo operado por la Corona británica en 2 de enero de 1833 (expulsión del gobernador legal don Luis Vernet).

Este núcleo de la cuestión no ha podido jamás ser desconocido por los mismos ingleses quienes, en respaldo de su pretensión, se remontan (igual que muchos teóricos argentinos) a difusas teorías jurídicas que, por aceptables que pudieran resultar en su debido contexto político, no pueden por sí mismas modificar los únicos, estables y verdaderos actos posesorios emanados, en tales circunstancias, del Estado de Buenos Aires, en uso exclusivo de sus funciones jurisdiccionales.

Posteriormente, los sucesivos gobiernos argentinos, en representación del ya constituido Estado nacional, no cohonestaron jamás, tan ilegitima apropiación y, protestas diplomáticas mediante, impidieron toda prescripción del reclamo territorial.

Este es el punto central que, sin embargo, no puede separarse del entorno político-económico en que la Nación quedó involucrada desde la década mitrista (1860) hasta los estertores de la 2 ª guerra mundial (1945), esto es, su inclusión en la estructura económica del Imperio británico.

En el apogeo y caída de tal economía se inscribe la aparente estabilidad institucional de 1880-1930 (digo aparente porque han de recordarse, entre otras, las revoluciones de 1890 y 1905), estabilidad tan suspirada por el grondonismo liberal en relación a la crónica desestabilización del Estado, acaecida con posterioridad a dicha fecha, vale decir, a la descalibración de un aparato productor vinculado, casi con exclusividad, a las materias primas, cuyo consumo estaba destinado, también casi excluyentemente, a la nación imperial, que, tanto digitaba su política económica como, inevitable y consecuentemente, lo hacía con su política exterior.

Muy claro lo vieron y lo entendieron los preclaros representantes del pensamiento nacional: Ramón Doll, Julio y Rodolfo Irazusta, Raúl Scalabrini Ortíz, Leonardo Castellani, Arturo Jauretche, etc. (No se entiende muy bien la admiración por este último que manifiesta la primera ciudadana y otros intelectuales a la moda ¿Habrán entendido su mensaje nacional y cristiano, ajeno a las ideologías?).

Ellos mostraron el nudo indisoluble que ataba la soberanía territorial con el sometimiento económico y, por ello, pergeñaron la idea de que la primera y más catastrófica de las zonceras criollas era (y es) el ocultamiento de la colonización mental de las clases dirigentes (políticos, docentes, eclesiásticos, artistas, profesionales, etc.).

En este marco de colonización (o más bien cretinización) colectiva ha de situarse el reciente film Iluminados por el fuego, dirigido por Tristán Bauer y protagonizado por Gastón Pauls (quien por haber desempeñado un rol se las da ahora de experto malvinólogo).

La película no es otra cosa que una bazofia repulsiva cocinada sobre el relato periodístico de un ex soldado (mejor no llamarlo ex combatiente) Edgardo Esteban, cuyas experiencias bélicas, ciertamente muy dolorosas, no parecen coincidir de lleno con las narraciones y testimonios escritos que nos han dejado tantísimos camaradas suyos (de tierra, mar y aire, militares y civiles) o de las que, domingo a domingo, se brindan oralmente en el programa radiofónico Malvinas: la verdadera historia.

La propuesta básica de este engendro es el (siempre renovado) ataque a las Fuerzas Armadas cuyo osado acto reivindicatorio del 2 de Abril no fue jamás perdonado por los kelpers usurpadores y por la política geoglobal de ambas potencias anglosajonas (apoyadas logísticamente por el Estado chileno como, una vez más, lo ha revelado recientemente el general Matthei).

Aquel acto, más allá del posible desconcierto de algunos estrategas diplomáticos o políticos, se fundó en una razón de justicia que poco o nada tenía que ver con la efectiva vigencia de los organismos democráticos. Así lo entendió entonces (1982) la prácticamente unánime reacción de la ciudadanía y de todas sus instituciones representativas (de cualquier renglón del espectro ideológico). Y así lo entiende aún la Constitución Nacional, una de cuyas mandas (reforma de 1994) es la reincorporación al patrimonio común de los espacios arrebatados.

La causa de Malvinas (como se ha sostenido) es nacional, latinoamericana y antiimperialista y la película de Bauer, al denigrar intencionalmente al soldado argentino (cualquiera fuere su escalafón y jerarquía) sólo sirve (y en gran medida se lo brinda en bandeja) a la posición de los ingleses, necesitados de justificar con operaciones propagandísticas del mismo enemigo, su insólita agresión a un país al que alguna vez consideró la perla más preciosa de la Corona (pacto Roca-Runciman).

Estos tilingos de Iluminados por el fuego no son, tan siquiera, novedosos. Repiten los esquemas gastados de sus progenitores intelectuales. No ven, ni quieren ver, al auténtico y único imperialismo en el Río de la Plata: el imperialismo británico. Ya lo gritó ese gran patriota que fue Jorge Abelardo Ramos. Tampoco se han preocupado en conocer el impulso, que ahora llamaríamos malvinizador, del socialista Alfredo Palacios.

¿Conocerán, tal vez, la labor historiográfica desarrollada por Paul Groussac hace ya un largo siglo o la periodística que realizó en la década de 1930 el insigne profesor Juan Carlos Moreno y, aún, desde lo emotivo, la profunda delicadeza de la letra de la Marcha de las Malvinas compuesta por el poeta Carlos Obligado y los marciales y -desde aquel lejano 1982- para siempre conmovedores acordes de su música brotada del estro del maestro José Tieri?

¡Qué les importa! Mientras el cine inglés produce una obra emblemática de sus oficiales en retirada (El puente sobre el río Kwait) y los norteamericanos un film estremecedor sobre el fracaso de su guerra en Vietman (El francotirador) estos insumisos del orden natural (y amar la patria es el amor primero) sólo buscan denigrar una gesta que dio soldados del calibre del Teniente Roberto Estévez, del conscripto maestro Julio César Cao y del capitán Pedro Giachino, dando plena verdad a las palabras del general inglés Anthony Wilson: no cabe duda de que los hombres que se nos opusieron fueron tenaces y competentes o las de Cleef Livinston: se nos dijo que estos soldados (argentinos) no querían pelear (para resistir a la dictadura) y están peleando como leones.

El dolor, la angustia y los desgarros de la cruzada sureña no fueron distintos, a fuer de rigurosos, de aquellos que genera normalmente el crimen de la guerra (Alberdi), pero que han de ser sopesados en la medida de su verdadera dimensión de servicio al bien común, en el espacio de una guerra justa y de legítima defensa.

También el sufrimiento de nuestros soldados se inscribe en el sentido de la vida tal como ha sido descrito por ese maestro del humano dolor que fue Viktor Frankl. Aún la desolación de tantas tragedias personales (incluso suicidios) merecía un tratamiento más decoroso que penetrase en la verdadera raíz de tantas penurias y de tanto daño que, como argentinos y cristianos, estamos siempre llamados a compartir.

En fin que en 1982 tuvimos un adversario (las fuerzas británicas) pero un solo enemigo: la quintacolumna ideológica y gramsciana que ayer capitulaba en Londres (esa fue la batalla perdida, no la de Puerto Argentino) y que hoy se ha apoderado impunemente del aparato cultural de la Nación.

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