Panorama Católico

En el filo

Sobre el filo del litúrgico y a poco del fin del secular, el presente año 2008 de la era del Señor nuevamente ha desmentido el dogma más preciado del progresismo, que es a saber: las cosas van siempre mejor.

Escribe Marcelo González

Sobre el filo del litúrgico y a poco del fin del secular, el presente año 2008 de la era del Señor nuevamente ha desmentido el dogma más preciado del progresismo, que es a saber: las cosas van siempre mejor.

Escribe Marcelo González

 

La estupidez humana de bíblicas connotaciones se ha manifestado nuevamente en casi todos los rubros del quehacer histórico. Surgen y se sostienen tiranuelos en las naciones, hace mucho ya dependientes de un poder internacional que no se inspira en el Sermón de la Montaña, sino más bien opera como su antitesis: es la ley del mundo moderno.

Lo más abyecto de la sociedad ocupa los puestos primeros. Sin repudio, con resignación o apatía de los súbditos que desde las épocas revolucionarias lucen la escarapela de “ciudadanos libres”, cada vez más descolorida y menos convincente.

La “ciencia” produce engendros, el “arte” monstruos. La técnica triunfa en toda la línea aplastándonos con siglas maravillosas que designan cosas inútiles, costosas y obligatorias. Colocadas nuestras esperanzas en la tierra, hemos demostrado la verdad evangélica: “donde está tu tesoro, allí está tu corazón”.

Hace mucho que los gobernantes no tienen a Dios por Padre, y por tanto tampoco a la Iglesia por Madre. (Convengamos que en los últimos decenios, Ella ha sido madre abandónica de los pocos que quedaban). Por eso el mundo cruje sobre su eje como si fuera a saltar de quicio en cualquier momento.

La Cristiandad, grey muy pequeña, reducida a la familia o a la pequeña comunidad de amigos fieles, ha vuelto a la forma inicial de semilla de mostaza, pero sin la promesa del Paráclito de brotar y ser árbol que cobija a las aves del cielo. La única promesa que nos queda en las vicisitudes de la militancia es “las puertas del infierno no prevalecerán”. No sabemos hasta donde llegarán las cosas, que ya han llegado muy lejos.

El Pastor está herido, el rebaño disperso.

Pero la Cristiandad siempre, en sus formas micro o macrocósmicas, reunida en torno al culto, permanece. La Verdad permanece, mientras el mundo gira. La esfera y la Cruz.

Siempre hay Cristiandad donde hay altar, ya sea que esté con su llama viva, ya con sus fieles congregados en anhelante espera del fuego sacerdotal.

Porque esta realidad opresiva que nos agobia puede ser removida como la piedra que bloqueaba la tumba de Eleazar, el amigo de Jesús, en Betania. Pero hay que atreverse a moverla. Hay que tener las fuerzas para arrancarla y el coraje de enfrentar el olor nauseabundo de la muerte. Pero quien se atreva recibirá el baño lustral que resucita las almas y los cuerpos, el baño que solo puede darnos como don el sacerdocio.

Y como la muerte es recurrente costumbre de la carne débil, al calor del altar, al respiro de la oración: el alimento eucarístico. No hay sobrevida sin él. Es inútil buscar las esperanzas en otra parte, por más que nos sean ofrecidas al mayoreo y a la carta.

¿Qué nos queda? El altar. Y el sacerdocio que oficie con legitimidad pontifical. A partir de allí toda reconstrucción es posible. Sin él, todo habría muerto. Donde no esté el altar hay que erigirlo. Y donde no esté el sacerdocio hay que restaurarlo.

Podemos dar la batalla en cualquier campo, allí donde Dios nos llame, pero todo soldado necesita su cuartel. Todo luchador debe tener un santuario donde reposar y restaurar fuerzas. Donde restañar las heridas del alma, del cuerpo y de la mente, hoy más enferma que nunca.

El fin del año litúrgico nos trae la certeza del Adviento. Cíclicamente se renueva la memoria de la Encarnación, de la Pasión y de la Resurrección.

El año secular nos encandila con sus fuegos de artificio y repite las mismas aspiraciones ilusorias. Este año las cosas van a mejorar. Porque el mundo aprende de sus errores y camina hacia un porvenir de paz y solidaridad…

Pobre versión descarriada de la esperanza sobrenatural, ilusa espera de lo que ha ocurrido hace ya dos mil años. Ya hemos sido redimidos. Seguimos siendo humanos, pero ahora con un recurso sobrenatural que es nuestro verdadero tesoro: allí es donde debe estar nuestro corazón.

Tanto en sus grandes glorias como en sus hondas miserias, la civilización cristiana ha vivido del altar. Su recurso último es el altar. Su fuente primera es el altar. El altar no tiene eficacia sin el sacerdote. El comienzo del año litúrgico nos anuncia el nacimiento del Sumo Sacerdote. Ahí se resume nuestra esperanza, más allá de la bíblica estupidez humana, más allá de las escorias que detentan el poder civil y en muchos casos, el religioso.

La única esperanza: poner en pie los altares, encender su fuego.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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