Panorama Católico

Encarnación y vida en la tierra de la Sabiduría eterna

Nada mejor, en estos días del tiempo natalicio, que dejar comentar a los Santos los grandes misterios que en ellos celebra la Iglesia. Así los expone San Luis María Grignion de Montfort, en su célebre tratado «El amor de la Sabiduría eterna».

Nada mejor, en estos días del tiempo natalicio, que dejar comentar a los Santos los grandes misterios que en ellos celebra la Iglesia. Así los expone San Luis María Grignion de Montfort, en su célebre tratado «El amor de la Sabiduría eterna».

La Sabiduría eterna, vivamente conmovida ante la desgracia del pobre Adán y de todos sus descendientes, contempla con sumo dolor su vaso de honor hecho pedazos, destrozado su retrato, destruida su obra maestra, derribado por tierra su lugarteniente. Tiende amorosamente el oído a sus gemidos y clamores. Mira compasivamente el sudor de su frente, las lágrimas de sus ojos, la fatiga de sus brazos, el dolor de su alma y la aflicción de su corazón.

1º El decreto de la Encarnación.

     1º Paréceme ver –por decirlo así– a esta amable Soberana convocando y reuniendo a la Santísima Trinidad para decidir la restauración del hombre, como lo había hecho en el momento de la creación. E imagino que en este magno consejo se desencadena una especie de combate entre la Sabiduría eterna y la justicia de Dios.

Me parece oír a la Sabiduría, que en la causa del hombre reconoce que realmente éste y su posteridad merecen ser condenados eternamente con los ángeles rebeldes a causa de su pecado. Pero que es preciso compadecerse de él, porque su pecado obedece más a debilidad e ignorancia que a malicia. Observa, por una parte, que es gran lástima que una obra maestra tan bien lograda permanezca para siempre esclavizada al enemigo, y que millones de hombres se vean para siempre condenados por el pecado de uno solo. Muestra, por otra parte, los tronos vacíos del cielo por la caída de los ángeles apóstatas, y que sería bien llenar de nuevo. E indica la gloria inmensa que Dios recibiría en el tiempo y la eternidad si se salva al hombre.

Paréceme oír a la justicia contestando que la sentencia de muerte y condenación eterna está dictada contra el hombre y su posteridad, y debe ejecutarse sin remisión ni misericordia, como lo fue la dictada contra Lucifer y sus secuaces; que el hombre es un ingrato después de los beneficios que había recibido; que, habiendo seguido al demonio en la desobediencia y el orgullo, debe también acompañarlo en el castigo, porque el pecado debe ser castigado.

            2º Viendo la Sabiduría eterna que nadie en el universo era capaz de expiar el pecado del hombre, satisfacer a la justicia y aplacar la ira divina, y queriendo al mismo tiempo salvar al desventurado, a quien amaba por naturaleza, halla un medio admirable. ¡Proceder asombroso! ¡Amor incomprensible llevado hasta el extremo! La amable y soberana Princesa se ofre­ce ella misma en holocausto al Padre para satisfacer su justicia, aplacar su cólera, liberarnos de la esclavitud del demonio y de las llamas del infierno y merecernos una eternidad feliz.

            3º Su ofrecimiento es aceptado; la decisión, tomada y decretada: la Sabiduría eterna, es decir, el Hijo de Dios, se hará hombre en el momento oportuno y en las circunstancias señaladas. Durante los cuatro mil años aproximadamente que transcurrieron desde la creación y el pecado de Adán hasta la encarnación de la divina Sabiduría, Adán y sus descendientes murieron, conforme a la ley dictada contra ellos por Dios. Pero, en previsión de la encarnación del Hijo de Dios, recibieron gracias para obedecer a los mandamientos y hacer digna penitencia en caso de trasgresión, y, si murieron en gracia y amistad con Dios, sus almas descendieron al limbo a esperar que su Salvador y Libertador les abriera las puertas del cielo.

2º Encarnación de la Sabiduría eterna.

            1º El Verbo eterno, la Sabiduría eterna, dio a conocer a Adán –como es creíble– y prometió a los antiguos patriarcas –como lo atestigua la Sagrada Escritura– que se haría hombre para salvar a la humanidad, de acuerdo a la decisión tomada en el consejo de la Santísima Trinidad.

Por ello –durante los cuatro milenios que siguieron a la creación–, todos los santos del Antiguo Testamento pedían con insistentes plegarias la llegada del Mesías. Gemían, lloraban, suplicaban: «Cielos, destilen el rocío; nubes, derramen la victoria; ábrase la tierra y brote la salvación». «¡Oh Sabiduría, que procedes de la boca del Altísimo…, ven a liberarnos!».
Pero sus gritos, plegarias y sacrificios no tenían la fuerza suficiente para hacer descender del seno del Padre a la Sabiduría eterna, el Hijo de Dios. Alzaban los brazos al cielo, pero éstos no eran lo suficientemente largos para llegar hasta el trono del Altísimo. Ofrecían a Dios continuos sacrificios, incluso el de sus corazones, pero su precio no alcanzaba a merecer la gracia de las gracias.

            2º Por último, cuando llegó el momento de realizar la redención de los hombres, la Sabiduría divina se construyó una casa, una habitación digna de ella misma. Creó y formó en el seno de Santa Ana a la divina María, con mayor complacencia que la que había experimentado en la creación del universo. Es imposible expresar las inefables comunicaciones de la Santísima Trinidad a tan hermosa criatura, lo mismo que la fidelidad con que María respondió a las gracias de su Creador.

            3º El torrente impetuoso de la bondad de Dios, estancado violentamente por los pecados humanos desde el comienzo del mundo, se derrama con toda su fuerza y plenitud en el corazón de María. La Sabiduría eterna le comunica todas las gracias que hubieran recibido de su liberalidad Adán y sus descendientes si hubieran conservado la justicia original. En fin –como dice un santo–, toda la plenitud de la divinidad se derrama en María, en cuanto una pura criatura es capaz de recibirla.

            ¡Oh María! Obra maestra del Altísimo, milagro de la Sabiduría, prodigio del Omnipotente, abismo de la gracia… Confieso, con todos los santos, que solamente tu Creador puede comprender la altura, anchura y profundidad de las gracias que te comunicó.

La divina María realizó en catorce años tales progresos en la gracia y sabiduría de Dios, su fidelidad al amor del Señor fue tan perfecta, que llenó de admiración no sólo a los ángeles, sino también al mismo Dios. Su humildad, profunda hasta el anonadamiento, embelesó al Creador; su pureza, enteramente divina, lo cautivó; su fe viva y sus continuas y amorosas plegarias le hicieron violencia. La Sabiduría se encontró amorosamente vencida por tan amorosa búsqueda: «¡Oh! ¡Cuán grande fue el amor de María que venció al Omnipotente!», exclama San Agustín.

            4º ¡Cosa admirable! Queriendo la Sabiduría descender del seno del Padre al seno de una virgen para descansar entre los lirios de su pureza; queriendo hacerse hombre en Ella y darse enteramente a Ella, envió al arcángel Gabriel a llevarle su saludo y manifestarle que le había conquistado el corazón, por lo cual deseaba hacerse hombre en su seno, siempre que Ella diera su consentimiento.

El arcángel cumplió su misión. Aseguró a María que conservaría su virginidad a pesar de ser madre, y obtuvo –no obstante la resistencia de su profunda humildad– el consentimiento inefable que la santísima Trinidad, los ángeles y todo el universo esperaban desde hacía tantos siglos. María, humillándose ante su Creador, respondió: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

            6º Observa cómo, en el instante en que María otorgó su consentimiento de ser Madre de Dios, se obraron múltiples prodigios. El Espíritu Santo formó de la purísima sangre de María un cuerpecito y lo organizó con perfección. Dios creó el alma más perfecta que jamás ha creado. La Sabiduría increada, el Hijo de Dios, se unió en realidad de persona a ese cuerpo y esa alma. Y así se realizó este gran portento del cielo y de la tierra, este prodigioso exceso del amor de Dios: «El Verbo se hizo carne», la Sabiduría eterna se había encarnado. Jesucristo se hizo hijo de Adán, pero sin heredar su pecado. Dios se hizo hombre, sin dejar de ser Dios. Este Hombre-Dios se llama Jesucristo, es decir, Salvador.

3º Resumen de la vida de la Sabiduría encarnada.

Nacimiento. – El Salvador del mundo nació el 25 de diciembre en la ciudad de Belén, en un establo destartalado, donde tuvo por cuna un pesebre. Un ángel anunció, a unos pastores que guardaban sus rebaños en el campo, el nacimiento del Salvador, recomendándoles que fueran a Belén a adorarlo. En ese instante oyeron un coro de ángeles que cantaban: «Gloria a Dios en el cielo, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».

Circuncisión y adoración de los magos. – El octavo día de su nacimiento, y para conformarse a la ley de Moisés, fue circuncidado, y se le impuso el nombre de Jesús, dado de antemano por el cielo. Tres magos de Oriente vinieron a adorarlo, avisados por una estrella extraordinaria que los condujo a Belén. Esta fiesta se llama Epifanía, es decir, manifestación de Dios, y se celebra el 6 de enero.

Presentación y huida a Egipto. – Quiso ser presentado en el templo cuarenta días después de su nacimiento y observar toda la ley de Moisés, para el rescate de los primogénitos. Poco después, un ángel advirtió a José, esposo de la Santísima Virgen, que tomara al Niño y a la Madre y huyera a Egipto para evitar el furor de Herodes. Su presencia santificó todo aquel país, haciéndolo digno de verse más tarde poblado de santos anacoretas.

Pérdida en el templo. – A la edad de doce años, el Hijo de Dios discutió con un grupo de doctores de la ley, manifestando tal sabiduría que dejó admirado a todo su auditorio.

5º Bautismo y ayuno. Después de este acontecimiento, el Evangelio no nos dice nada de él hasta su bautismo, que recibió cuando tenía treinta años. Retiróse inmediatamente al desierto, donde ayunó cuarenta días, sin comer ni beber; y, al ser ten-tado por el demonio, triunfó sobre él.

6º Predicación y última Cena. – Comenzó entonces su predicación en Judea, llamando a sus apóstoles, y realizó todos los adorables portentos que mencionan los textos sagrados. Basta recordar que el tercer año de su vida pública –trigésimo tercero de su edad– Jesucristo resucitó a Lázaro. Entró triunfante en Jerusalén el 29 de marzo. El 2 del inmediato mes de abril, 14 de Nisán, celebró la Pascua con sus discípulos, lavó los pies a los apóstoles e instituyó el santísimo sacramen­to de la Eucaristía, bajo las especies de pan y vino.

7º Pasión. – Esa misma noche sus enemigos, guiados por Judas el traidor, lo apresaron. Al día siguiente –3 de abril–, a pesar de ser fiesta, fue condenado a muerte después de haber sido flagelado, coronado de espinas y trata­do con extrema ignominia. Ese mismo día fue conducido al Calvario y clavado en una cruz entre dos malhechores. Así quiso morir el Dios de la inocencia, con la muerte más vergonzosa, y padecer el suplicio que merecía un ladrón llamado Barrabás, a quien los judíos le pospusieron.

8º Muerte y sepultura. – Después de tres horas de agonía, el Salvador del mundo murió a la edad de treinta y tres años. José de Arimatea tuvo el valor de pedir su cuerpo a Pilato y lo colocó en un sepulcro nuevo, excavado en la roca. La naturaleza manifestó su dolor ante la muerte de su propio Autor, mediante una serie de prodigios acaecidos en el momento en que expiraba.

9º La resurrección de Jesucristo tuvo lugar el 5 de abril. – Se apareció varias veces a su santísima Madre y a los discípulos durante cuarenta días, hasta el jueves 14 de mayo, en que condujo a los discípulos al monte de los Olivos, donde en presencia suya subió a los cielos, por su propia virtud, a la diestra del Padre, dejando sobre la roca las huellas de sus sagrados pies.

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