Panorama Católico

¿Existen los “derechos humanos”?

Digamos que hablar de derechos humanos es una tautología desde el momento que tan sólo los seres humanos tienen derechos en este mundo sub-lunar, como decían los medievales. A menos que otorguemos derechos a los animales irracionales y a los vegetales. Si tal hacemos, habría que reconocer derechos, no solo a los perros y gatos, sino también a los microbios y virus.

Digamos que hablar de derechos humanos es una tautología desde el momento que tan sólo los seres humanos tienen derechos en este mundo sub-lunar, como decían los medievales. A menos que otorguemos derechos a los animales irracionales y a los vegetales. Si tal hacemos, habría que reconocer derechos, no solo a los perros y gatos, sino también a los microbios y virus. Con lo que caemos en el gran problema de esta doctrina espuria: el conflicto de derechos. Como unos animales comen vegetales y otros animales, ¿Qué derecho se impone: el del comido o el del que come?

Escribe Juan Carlos Ossandón Valdéz

I LEGITIMIDAD

Me han pedido que me explique sobre la legitimidad de la doctrina hoy en boga sobre los derechos humanos. Ocurre que, a pesar del triunfo universal de esta doctrina, yo sostengo que es inmoral; no solamente inmoral, sino máximamente tal.

Para comprender tan inusitada tesis, si bien son muchos los intelectuales que piensan así, es necesario distinguir algunos aspectos de la cuestión en debate. Sin esta labor previa, no es posible entender mi posición que, por lo demás, coincide con lo que enseñaba el magisterio eclesiástico católico antes del último concilio.

Digamos que hablar de derechos humanos es una tautología desde el momento que tan sólo los seres humanos tienen derechos en este mundo sub-lunar, como decían los medievales. A menos que otorguemos derechos a los animales irracionales y a los vegetales. Si tal hacemos, habría que reconocer derechos, no solo a los perros y gatos, sino también a los microbios y virus. Con lo que caemos en el gran problema de esta doctrina espuria: el conflicto de derechos. Como unos animales comen vegetales y otros animales, ¿Qué derecho se impone: el del comido o el del que come? Una doctrina decente sobre este tema debe incluir la solución de los conflictos. Pero en la actual y peregrina doctrina de los derechos humanos no se sospecha la ocurrencia de tales conflictos y no se da luz alguna sobre cómo solucionarlos. Yo tengo derecho a dormir y mi vecino a divertirse. Pero su diversión me impide dormir. ¿Cómo arreglamos el impasse? Si partimos de la doctrina que los declara absolutos e inviolables, no hay más solución que la fuerza bruta. Pero los derechos se establecen para evitar llegar a la violencia. Ergo…

Debemos también distinguir la ética personal de la social y reconocer la superioridad de la segunda sobre la primera. De hecho, Aristóteles distinguía tres éticas: personal (monástica), familiar (económica) y social (política). El triunfo del individualismo liberal ha limitado toda la ética a la esfera personal, como si las otras no existiesen; mas no es así en el pensamiento tradicional. Por eso muchos escritores modernos y contemporáneos limitan sus éticas a dicha esfera. Los tratados clásicos, en cambio, insisten en la supremacía de la social o política. Buen ejemplo nos da Jesús de Nazaret al describir el juicio final fincado únicamente en la social , lo que, por supuesto, no elimina ninguna de las éticas anteriores. Por lo tanto, un error en la doctrina moral social ha de ser considerado máximo, sobretodo si zapa sus bases.

Hemos de distinguir, finalmente, la doctrina de los derechos, respecto de todos o de cada uno de ellos tomados en su materialidad. Si se sostiene, por ejemplo, que es un derecho humano el que nadie sea condenado sin un previo juicio justo, estoy sosteniendo una determinada exigencia con la que puedo estar de acuerdo o no, sin que ello implique la aceptación o rechazo de la doctrina de los derechos humanos tal como se la entiende en la actualidad. Como todos sabemos, esta doctrina es completamente liberal y se impone en el mundo, lentamente, a partir de ese genocidio escalofriante que suele llamarse revolución francesa. Pero la exigencia de un juicio justo es anterior a la era cristiana… Por lo tanto, uno puede estar de acuerdo con todos y cada uno de los derechos proclamados en las diversas declaraciones de derechos que circulan por el mundo, sin estar de acuerdo con la doctrina que los sustenta. Esta distinción es importantísima. No vamos a entrar en la cuestión si tal o cual derecho es auténtico o no, sino si la doctrina que los justifica lo es. Bien puede ocurrir que se justifiquen por medio de otra doctrina y no por la que todos parecen aceptar.

II EL DERECHO

La palabra derecho, ius, en latín, señala lo que es básico en la virtud de la justicia, de la que se deriva la justicia institucional, la que se ejerce a través de tribunales. Pero la palabra ius también significa justo. Y lo justo es lo determinado por la ley. Por ello, los que estudian las leyes en la universidad dicen que están estudiando derecho. Mas, cuando hablamos de derechos humanos, no nos referimos a las leyes sino a algo que, suponemos, se da en las personas, independiente de si hay ley o no. Ésta tiene por misión, únicamente, cautelar el derecho. Y aquí surge la primera gran inmoralidad de la doctrina de los derechos humanos.

Para comprenderlo es necesario determinar algo que ningún tratadista de los derechos humanos se detiene a estudiar: ¿Los seres humanos tienen derechos por el mero hecho de ser humanos? Simplemente se parte de ellos como si fuese evidente su existencia. La primera declaración, la que hicieron los norteamericanos al independizarse de Inglaterra, sostiene que Dios se los ha dado al hombre; con anterioridad Hume había sostenido que provenían de la naturaleza; los revolucionarios no dicen nada sobre su origen.

Precisemos previamente qué se entiende por derecho cuando se habla de los humanos. Aunque hay muchas formulaciones, la idea central es que una persona puede exigir a otra que se someta a su derecho; es decir, a lo que necesita. Se trata, pues, de un poder moral sobre lo que cada cual considera suyo, y como la justicia consiste en “atribuir a cada uno lo suyo”, el derecho es la fuente de la justicia. Estamos ante un arma de guerra jurídica que, se supone, evitará todas las demás. Para ello, claro está, sería absolutamente necesario que no se produjeran conflictos de derechos; o bien, si se producen, tener claro cómo se solucionan. Hemos visto que no es posible con la actual doctrina que estamos criticando. El filósofo del derecho Gonzalo Ibáñez Santamaría, por ejemplo, llama la atención sobre esta falla de la doctrina para justificar su disconformidad . En otras palabras, esta doctrina hace imposible al justicia. No es posible establecer justicia si se atiende únicamente a uno de los implicados, como hacen todas las listas de derechos humanos que se conocen. Eso no es justicia, es matonaje. Si yo proclamo mi derecho sin consideración alguna de la otra persona, no soy justo, no busco el punto donde “ajusta” mi situación con la suya. En suma, soy un hombre absolutamente egoísta, completamente inmoral.

Es obvio, pues, que los derechos pertenecen exclusivamente a la ética social, no a la personal. Si no hubiese sociedad, no habría ocasión de pensar siquiera en derechos; estos surgen en la relación que se establece entre los hombres y para solucionar los conflictos. En definitiva, pues, el derecho es una relación que se establece entre los hombres en virtud de sus necesidades.

III EL DEBER

Pero no hay sociedad si no hay un bien común, Éste es la causa de toda sociedad. El liberalismo, por su exacerbado individualismo, desconoce la existencia del bien común y procura, por todos los medios posibles, eliminar la sociedad. A esto se debe que, desde que se impuso esta manera de pensar, los anarquismos se hayan convertido en plaga. Como tal cosa es imposible, procura que la vida social se parezca lo más posible a la mítica “era natural” previa al nacimiento de la sociedad. Aquella era paradisíaca, ésta corrompe la bondad natural del hombre. En ella el hombre se apoderaba de todo lo que deseaba sin que nada ni nadie lo limitara. De tal cúmulo de disparates no puede brotar una buena doctrina. Ya Aristóteles había advertido que sin sociedad no hay hombre, por lo que la sociedad es anterior a él; no genéticamente, por supuesto, sino con la prioridad del fin, en este caso, del bien común. Queda claro, pues, que el origen del derecho es la sociedad, y como el hombre es el único animal social, es el único que posee derechos. Pero la formalidad que lo hace acreedor a los derechos no es su humanidad sino su sociabilidad. Dicho con otras palabras, su humanidad es causa remota de sus derechos; la causa próxima es su sociabilidad.

Pero una sociedad implica derechos y deberes. Con esto llegamos a lo medular. La doctrina actual supone, ya que nunca se estudia la cuestión, que el derecho es anterior al deber y su fundamento. Porque yo tengo derecho a…, UD. Tiene el deber de… Tal tesis es completamente inmoral; pero aún, es máximamente inmoral porque diviniza al hombre. En efecto, el único que tiene derecho por ser quien es, es el Creador. En toda criatura, el deber de someterse a su creador es anterior a todo derecho. Pero el Creador es bien común por antonomasia – no podría ser bien privado de ninguna criatura – por lo que lo primero y el fundamento de todo derecho humano es su deber social. Tan cierto es esto, que nadie puede salvarse si no se incorpora a la Iglesia Católica, arca de Noé de la salvación. Dogma de fe que ningún liberal entiende y que hoy parece completamente olvidado por los católicos.

En consecuencia, una persona tiene derecho a algo solamente si tiene un deber que lo justifica. Si tengo el deber de alimentarme, tengo derecho a conseguir alimentos; y si no puedo valerme por mí mismo, debido a una enfermedad, por ejemplo, tengo derecho a que alguien se encargue de proporcionármelos. Sin embargo, no todo derecho es exigible a cualquiera, sino a quien tenga el deber correspondiente. Por ello, yo no tengo la obligación de alimentar a todos los mendigos de la ciudad. El padre, en cambio, tiene la obligación de alimentar a todos sus hijos.

IV EL BIEN COMÚN

Decíamos que el bien común es la causa de que existan sociedades. La causa final, por supuesto. Lo primero, antes de fundar unas sociedad, es determinar el bien que se ha de conseguir con ella. En el caso del matrimonio, por ejemplo, se trata de la prole. La esencia de la sociedad que se cree, depende del fin que se le asigne; es decir, del bien común que busque alcanzar.

Es conveniente señalar que, en esta óptica, existen tan solo dos tipos de bienes: el privado y el común. El primero le corresponde a un individuo en cuanto tal. Por lo que no se comparte y se agota al ser poseído. No así el común que le corresponde a la persona en tanto en cuanto pertenece a una sociedad o comunidad. Así, la victoria es el bien común del ejército y a mí en cuanto miembro de él. Por el mismo este bien no se agota al satisfacer a un individuo, sino que se comparte entre todos los que participaron en su consecución.

El bien privado es inferior al que lo posee, en cambio, el común es superior. Por esto, el común eleva a la persona a un nivel que, sin él, jamás alcanzaría. El liberalismo, al desconocerlo, priva al hombre del bien más alto al que puede aspirar.

El bien privado es de naturaleza material, el común, en cambio, espiritual. Por ello es el conocimiento sensible, animal, el que me lleva al privado. El hombre carnal se guía únicamente por él. El común es objeto de conocimiento intelectual solamente.

Pongamos un ejemplo. Los niños perdidos en la selva y hallados mucho después no pueden ser sacados de su vida animal y elevados a una vida humana. Perdieron la capacidad de desarrollar su inteligencia, no se les puede enseñar a hablar ni habilidades complejas. A menudo es dificilísimo que acepten algún tipo de vestimenta que cubra su desnudez. ¿Qué les faltó para desarrollar una vida humana? Que una inteligencia despertara la suya. Esto ocurre normalmente en sus primeros años de vida, pasados los cuales, es imposible lograrlo. Vemos, pues, que la cultura, por primitiva que sea, que los padres transmiten a sus hijos, los elevan a una condición a la que ningún animal irracional puede aspirar. Pero la cultura es un bien común. Dicho de otra manera: el bien común es la condición infaltable de todo bien para que pueda ser llamado humano. El bien privado es tal solamente si lo exige al bien común; de otra manera, es un mal.

Ya puede notarse que el liberalismo es una desgracia completa. Priva al hombre de su mayor bien, el común.

Las declaraciones de derechos humanos no son más que una lista de bienes privados, todo lo bueno y deseables que se quiera, pero meramente privados. A ellos ha de subordinarse todo gobierno que pretende recibir un permiso moral para existir, según los liberales. Es decir, el bien común queda subordinado al bien privado. Es la definición misma de pecado que nos da san Agustín: “preferir el bien inferior al superior”. Quien prefiere el bien privado y desdeña el bien común, por eso mismo es un inmoral; y si lo convierte en su norma de conducta máxima, es máximamente inmoral.

Con razón el magisterio supremo de la Iglesia Católica condenó al liberalismo como completamente opuesto al evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.

Espero que estas brevísimas reflexiones sean suficientes.

Quedo a la espera de preguntas y objeciones

Autor

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