Panorama Católico

Giacomo Cardenal Biffi: Autobiografía

El cardenal Giacomo
Biffi pone sus memorias en un libro. Aquí un adelanto del mismo: el
discurso por él pronunciado en la reunión a puertas cerradas con los
cardenales. Y después sus juicios críticos sobre Juan XXXIII, sobre
el Concilio, sobre el "mea culpa" de Juan Pablo II
.

El cardenal Giacomo
Biffi pone sus memorias en un libro. Aquí un adelanto del mismo: el
discurso por él pronunciado en la reunión a puertas cerradas con los
cardenales. Y después sus juicios críticos sobre Juan XXXIII, sobre
el Concilio, sobre el "mea culpa" de Juan Pablo II
.

“Memorie e
digressioni di un italiano cardinale [Memorias y digresiones de un italiano
cardenal]”. 640 paginas. Solo en italiano.

Reprocucimos
el post de Sandro Magister sobre el libro de memorias de Cardenal Biffi,
Arzobispo emérito de Milán. Omitimos la primera parte, comentarios
del periodista, que se podrán leer en el vínculo abajo indicado, para
dedicar el mayor espacio a textos del libro dedicados a temas de gran
actualidad, en los que el anciano cardenal frecuentemente ha manifestado
una admirable libertad de criterio frente a lo “religiosamente correcto”.

Citas textuales
del libro de Biffi

Juan XXIII:
Papa bueno, mal maestro

(pp.177-179)

El Papa Roncalli
murió en la solemnidad de Pentecostés, el 13 de junio de 1963. También
yo lloraba, porque tenía una invencible simpatía por él. Me encantaban
sus gestos “irrituales”, y me alegraban sus palabras frecuentemente
sorprendentes y sus salidas extemporáneas.

Solo la evaluación
de algunas frases me dejaba titubeante. Y eran precisamente las que
más fácilmente que otras conquistaban las almas, porque se presentaban
conformes a las instintivas aspiraciones de los hombres.

Estaba, por ejemplo,
el juicio de reprobación sobre los “profetas de desventura”.

La expresión
se hizo y se mantuvo popularísima y es natural: a la gente no le gusta
los aguafiestas; prefiere a quien promete tiempos felices en vez de
quien presenta temores y reservas. Y yo también admiraba el valor y
el empuje espontáneo de este “joven” sucesor de Pedro en los últimos
años de su vida.

Pero recuerdo
que casi inmediatamente me asaltó una duda. En la historia de la Revelación,
usualmente también los anunciadores de castigos y calamidades fueron
los verdaderos profetas, como por ejemplo Isaías (capítulo 24), Jeremías
(capítulo 4), Ezequiel (capítulos 4-11).

Jesús mismo,
leyendo el capítulo 24 del Evangelio de Mateo, sería contado entre
los “profetas de la desventura”: las noticias de futuros hechos
y de próximas alegrías no se refieren como norma a la existencia de
aquí abajo, sino a la “vida eterna” y el “Reino de los Cielo”

En la Biblia
son más bien los falsos profetas los que proclaman frecuentemente la
inminencia de horas tranquilas y serenas (véase el capítulo 13 del
libro de Ezequiel).

La frase de Juan
XXIII se explica con su estado de ánimo del momento, pero no debe ser
absolutizada. Por el contrario, estará bien escuchar también a aquellos
que tienen alguna razón de poner alerta a los hermanos, preparándoles
para las posibles pruebas, y aquellos que consideran oportunas las invitaciones
a la prudencia y la vigilancia.

“Es necesario
mirar más a lo que nos une que a lo que nos divide”. También esta
sentencia – hoy muy repetida y apreciada, casi como la regla de oro
del “diálogo” – nos viene de la época joánica y nos transmite
la atmósfera de la misma.

Es un principio
de comportamiento de evidente sensatez, que se debe tener presente cuando
se trata de simple convivencia y de discusiones de la sencillez de lo
cotidiano.

Pero se convierte
en absurdo y desastroso en sus consecuencias, si se le aplica a los
grandes temas de la existencia y particularmente a la problemática
religiosa.

Es conveniente,
por ejemplo, que se use este aforismo para salvaguardar las relaciones
de buena vecindad en un condominio o la rápida eficiencia de un consejo
comunal.

Pero es un problema
si lo dejamos inspirar en el testimonio evangélico frente al mundo,
en nuestro esfuerzo ecuménico, en la discusión con los no creyentes.
En virtud de este principio, Cristo podría volverse la primera y más
ilustre víctima del diálogo con las religiones no cristianas. El Señor
Jesús ha dicho de sí, aunque es una de sus palabras que tendemos a
censurar: “Yo he venido a traer la división” (Lucas 12,51).

En las cuestiones
que cuentan la regla no puede ser otra sino esta: nosotros debemos mirar
sobre todo a lo que es decisivo, sustancial, verdadero, nos divida o
no.

“Es necesario
distinguir entre el error y el que yerra”. Es otra máxima que es
parte de la herencia moral de Juan XXIII; ella también ha influenciado
el catolicismo posterior.

El principio
es muy justo y toma su fuerza de las mismas enseñanzas evangélicas:
el error no puede ser sino despreciado, odiado, combatido por los discípulos
de Aquel que es la Verdad; mientras el que yerra – en su inalienable
humanidad – es siempre una imagen viva, aunque en sus inicios, del
Hijo de Dios encarnado; y por tanto debe ser respetado, amado, ayudado
en lo posible.

Pero no podía
olvidar, reflexionando sobre esta sentencia, que la histórica sabiduría
de la Iglesia jamás ha reducido la condena del error a una pura e ineficaz
abstracción.

El pueblo cristiano
debe ser puesto en guardia y defendido de aquel que de hecho siembra
el error, sin que por esto se deje de buscar su verdadero bien, aunque
sin juzgar la responsabilidad subjetiva de ninguno, que conoce solamente
Dios.

Jesús a propósito
de esto ha dado a los jefes de la Iglesia una directiva precisa: aquel
que escandaliza con su comportamiento y con su doctrina, y no se deja
persuadir ni por amonestaciones personales, ni por la más solemne reprobación
de la Iglesia, “sea para ti como un pagano y un publicano” (cfr.
Mt 18,17); previendo y prescribiendo de ese modo la institución de
la excomunión.

Los engaños
del Vaticano II: el "aggiornamento" y la "pastoralidad"
(pp. 183-184)

El Papa Roncalli
había asignado al Concilio, como tarea y como meta, la “renovación
al interior de la Iglesia”; expresión más pertinente del vocablo
“aggiornamento” (también de este Papa), pero que tuvo una inmerecida
fortuna.

Ciertamente no
era la intención del Sumo Pontífice, pero “aggiornamento” incluía
la idea que la “nación santa” se propusiera buscar su mejor conformidad
no al designio eterno del Padre y su voluntad de salvación (como había
siempre creído que debía hacer en sus justos intentos de “reforma”),
sino a la “jornada” (a la historia temporal y mundana); y así se
daba la impresión de consentir a la “cronolatría”, para usar el
término censura acuñado posteriormente por Maritain.

Juan XXIII anhelaba
un Concilio que lograse la renovación de la Iglesia no con las condenas,
sino con la “medicina de la misericordia”. Absteniéndose de reprobar
los errores, el Concilio por lo mismo habría evitado formular enseñanzas
definitivas, vinculantes para todos. Y de hecho se ciñó siempre a
esta indicación de inicio.

La razón espontánea
y sintética de estas indicaciones era el propósito declarado de apuntar
a un “Concilio pastoral”. Todos, dentro y fuera del aula vaticana,
se mostraban contentos y complacidos de que sea calificado así.

Pero yo, en mi
pequeño ángulo periférico, sentía nacer en mí, a mi pesar, algunas
dificultades. El concepto me parecía ambiguo, y un poco sospechoso
el énfasis con el que la “pastoralidad” era atribuida al Concilio
en acto: 'se quería quizá decir implícitamente que los anteriores
Concilios no pretendían ser “pastorales” o que no lo habían sido
suficientemente?

'No tenía relevancia
pastoral el dejar en claro que Jesús de Nazaret era Dios y consustancial
al Padre, como se había definido en Nicea?'No tenía relevancia pastoral
precisar el realismo de la presencia eucarística y la naturaleza sacrificial
de la misa, como había ocurrido en Trento? No tenía relevancia pastoral
presentar en todo su valor y en todas sus implicancias el primado de
Pedro, como había enseñado el Concilio Vaticano I?

Se entiende que
la intención declarada era la de poner como tema particularmente el
estudio de modos mejores y de medios más eficaces de alcanzar el corazón
del hombre, sin por esto disminuir la positiva consideración por el
tradicional magisterio de la Iglesia.

Pero estaba el
peligro de no recordar más que la primera e insustituible “misericordia”
para la humanidad descarriada es, según la enseñanza clara de la Revelación,
la “misericordia de la verdad”; misericordia que no puede ser ejercitada
sin la condena explícita, firme, constante, de cada tergiversación
y de cada alteración del “depósito” de la fe que debe ser custodiado.

Alguno podía
inclusive incautamente pensar que el rescate de los hijos de Adán dependiese
más de nuestras artes lisonjeras y de persuasión, y no de la estrategia
soteriológica preordenada por el Padre antes de todos los siglos, toda
centrada en el evento pascual y en su anuncio; un anuncio “sin discursos
persuasivos de sabiduría humana” (cfr. 1 Co 2,4). En el postconcilio
no ha sido solamente un peligro.

Sobre el comunismo
tenía razón el Papa Wojtyla: el Concilio no debía callar

(pp. 184-186)

Comunismo: el
Concilio no habla de él. Si se recorre con atención el índice sistemático,
impresiona chocarse con este categórico silencio.

El comunismo
ha sido sin duda el fenómeno histórico más imponente, más duradero,
más desbordante del siglo XX; y el Concilio, que además había propuesto
una Constitución sobre la Iglesia y el mundo contemporáneo, no habla
de él.

El comunismo,
a partir de su triunfo en Rusia en 1917, en medio siglo ya había logrado
provocar muchas decenas de millones de muertos, víctimas del terror
de masa y de la represión más inhumana; y el Concilio no habla de
él.

El comunismo
( y era la primera vez en la historia de las insipiencias humanas) había
prácticamente impuesto a las poblaciones sometidas al ateísmo, como
una especie de filosofía oficial y de paradójica “religión de estado”;
y el Concilio, que si de explaya sobre el caso de los ateos, no habla
de él.

En los mismos
años en que se desarrollaba la cumbre ecuménica, las prisiones comunistas
eran todavía lugares de indecible sufrimiento y de humillación infringida
a numerosos “testigos de la fe” (obispos, presbíteros, laicos convencidos
creyentes de Cristo); y el Concilio no habla de él.

Aparte de los
supuestos silencios en relación a las criminales aberraciones del nazismo,
¡que luego inclusive algunos católicos (también entre aquellos activos
en el Concilio) han echado en cara a Pío XII!

En aquellos años,
aun percibiendo la gran anomalía de esta reserva sobre todo de parte
de una asamblea que había discutido casi de todo, no me escandalicé.
Más aún, debo decir que entendía los aspectos positivos de aquella
línea. Y no tanto por la posibilidad, que así se perfilaba, de tratar
con los regímenes comunistas la auspiciosa participación en el Concilio
de los obispos controlados por ellos, cuanto por la previsión que una
toma de posición cualquiera, también la más blanda y la más vigilada,
habría desencadenado un aumento en la aspereza de las persecuciones,
de modo que se haría más pesada la cruz que aquellos hermanos nuestros
perseguidos.

En el fondo,
había en todos, al menos inconscientemente, la convicción de que el
comunismo era un fenómeno tan consistente que era ya irreversible:
necesariamente estábamos obligados a acostumbrarnos a negociar, quién
sabe por cuanto tiempo todavía.

Viéndolo bien
esta era en esencia la justificación también del Ostpolitik (“política
de diálogo y de deseables entendimientos con los Países del Este”)
de la Santa Sede (de Juan XXIII y de Pablo VI); tal política nos parecía
sanamente realista e históricamente oportuna.

Quien jamás
compartió esta perspectiva fue Juan Pablo II (como entendí a partir
de un diálogo tenido en el 1985). Tuvo razón él.

Sobre el "mea
culpa" Juan Pablo II se corrigió, pero muy poco

(p. 536)

El 7 de julio
de 1997 Juan Pablo II tuvo la amabilidad de invitarme a almorzar y extendió
la invitación también al ceremoniero arzobispal, Don Roberto Parisini,
que me acompañaba y permaneció como precioso testigo del episodio.

A la mesa el
Santo Padre en un determinado momento me dijo: '“Ha visto que hemos
cambiado la frase de la ‘Tertio millennio adveniente’? El borrador,
que había sido enviado con anticipación a los cardenales, traía esta
expresión: “La Iglesia reconoce como propios los pecados de sus hijos”;
expresión que – hice presente con respetuosa franqueza – no se
podía proponer. En el texto definitivo el razonamiento apareció cambiado
de la siguiente manera: “La Iglesia reconoce siempre como propios
a sus hijos pecadores”. Para el Papa era importante recordármelo
en aquel momento, sabiendo que me habría dado gusto.

Respondí diciendo
que estaba muy agradecido y manifestando mi plena satisfacción desde
el punto de vista teológico. Pero me pareció que también tenía que
agregar una reserva de índole pastoral: la iniciativa inédita de pedir
perdón por los errores y las incoherencias de los siglos pasados desde
mi punto de vista escandalizaría a los “pequeños”, los preferidos
del Señor Jesús (cfr. Mt 11,25): porque el pueblo fiel, que no sabe
hacer muchas distinciones teológicas, a partir de esas autoacusaciones
vería amenazada su serena adhesión al misterio eclesial, que (nos
lo dicen todas las profesiones de fe) es esencialmente un misterio de
santidad.

Entonces, el
Papa textualmente dijo: “Sí, eso es verdad. Será necesario pensar
sobre ello”. Lamentablemente no lo pensó lo suficiente.

Conclave 2005,
qué le dije al futuro Papa

(pp. 614-615)

Los días más
trabajosos para los cardenales son aquellos que preceden inmediatamente
al cónclave. El Sacro Colegio se reúne diariamente desde las 9:30
a las 13:00h., en una asamblea donde cada uno de los presentes es libre
de decir todo lo que cree.

Pero se intuye
que no se puede tratar públicamente el argumento que está más lo
más íntimo de los electores del futuro obispo de Roma: 'a quién debemos
elegir?

Y así esto va
a terminar en que cada cardenal es tentado de citar más que otro sus
problemas y sus dificultades: o mejor, los problemas y las dificultades
de su cristiandad, de su nación, de su continente, del mundo entero.
Es sin duda muy útil esta general, espontánea, incondicionada reseña
de información y de juicios. Pero sin duda el cuadro que resulta de
ello no es un hecho alentador.

Cuál fue en
aquella ocasión mi estado de ánimo y cuál mi reflexión prevalente
emerge de la intervención que después de muchos asombros me decidí
a pronunciar el viernes 15 de abril del 2005. He aquí el texto:

“1. Después
de haber escuchado todas las intervenciones – justas, oportunas, apasionadas
– que aquí han resonado, quisiera expresar al futuro Papa (que me
está escuchando) todas mi solidaridad, mi simpatía, mi comprensión,
y también un poco de mi fraterna compasión. Pero quisiera sugerirle
también que no se preocupe demasiado por todo aquello que aquí ha
escuchado y no se asuste demasiado. El Señor Jesús no le pedirá resolver
todos los problemas del mundo. Le pedirá que lo quiera con un amor
extraordinario: ‘'Me amas más que estos?’ (cfr. Jn 21,15). En una
‘tira’ y ‘caricatura’ que nos llegaba de Argentina, la de Mafalda,
he encontrado hace varios años una frase que en estos días me ha venido
a la mente frecuentemente: ‘Ahora entiendo; – decía aquella terrible
y aguda muchachita – el mundo está lleno de problemólogos, pero
escasean los solucionólogos’.

“2. Quisiera
decir al futuro Papa que preste atención a todos los problemas. Pero
primero y más todavía que se dé cuenta del estado de confusión,
de desorientación, de descarrío que aflige en estos años al pueblo
de Dios, y sobre todo que aflige a los ‘pequeños’.

“3. Hace unos
días escuché en la televisión a una religiosa anciana y devota que
respondía así al entrevistador: ‘Este Papa, que ha muerto, ha sido
grande sobre todo porque nos ha enseñado que todas las religiones son
iguales’. No sé si a Juan Pablo II le hubiese gustado mucho un elogio
como ese.

“4. En fin,
quisiera señalar al nuevo Papa el caso de la ‘Dominus Iesus’: un
documento explícitamente de acuerdo y públicamente aprobado por Juan
Pablo II; un documento por el cual me gusta expresar al cardenal Ratzinger
mi vibrante gratitud. Que Jesús es el único necesario Salvador de
todos es una verdad que en veinte siglos – a partir del discurso de
Pedro después de Pentecostés – no se había escuchado la necesidad
de reclamar jamás. Esta verdad es, por decir así, el grado mínimo
de la fe; es la certeza primordial, es entre los creyentes el dato simple
y más esencial. En dos mil años no ha sido jamás puesta en duda,
ni siquiera durante la crisis arriana y ni siquiera con ocasión del
descarrilamiento de la Reforma protestante. El haber tenido que recordarla
en nuestros días nos da la medida de la gravedad de la situación hodierna.
Sin embargo este documento, que reclama la certeza primordial, más
simple, más esencial, ha sido contestado. Ha sido contestado en todos
los niveles: en todos los niveles de la acción pastoral, de la enseñanza
teológica, de la jerarquía.

“5. Me contaron
de un buen católico que propuso a su párroco hacer una presentación
de la ‘Dominus Iesus’ a la comunidad parroquial. El párroco (un
sacerdote por lo demás excelente y bien intencionado) le respondió:
‘Olvídalo. Ese es un documento que divide’. ‘Un documento que
divide’. ¡Gran descubrimiento! Jesús mismo ha dicho: ‘Yo he venido
a traer la división’ (Lc 12,51). Pero demasiadas palabras de Jesús
resultan hoy censuradas por la cristiandad; al menos por la cristiandad
en su partes más locuaces”.

Fuente: Chiessa

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *