Panorama Católico

Gnosticismo Libertino ¿Hoy?

En épocas en las que se justifica toda forma de pecado, incluso aquellos contra natura y las más espantosas aberraciones, como matar a los propios hijos en el seno materno, no está de más recordar el viejo origen de estas herejías redivivas.

Por José Miguel Gambra

En épocas en las que se justifica toda forma de pecado, incluso aquellos contra natura y las más espantosas aberraciones, como matar a los propios hijos en el seno materno, no está de más recordar el viejo origen de estas herejías redivivas.

Por José Miguel Gambra

El gnosticismo es una de esas tendencias heréticas que manifiestan cuán poca imaginación necesita el demonio para engatusar la memez humana. Esta tendencia, que se ha repetido en los más diversos lugares a lo largo de la historia, tiene mucho de actitud vital difícilmente definible. Cabe, sin embargo, ofrecer una descripción por medio de unos pocos rasgos comunes. El primero es la fascinación que en los gnósticos ejerce lo oculto, lo misterioso y esotérico, inclinación que se traduce en la fundación de monipodios y sociedades secretas inasequibles al vulgo. El segundo se halla en su cosmovisión dualista, según la cual, el mundo y sus vicisitudes se explican por la intervención de dos fuerzas enfrentadas, el bien y el mal, cuya lucha supracósmica se manifiesta en nuestro mundo como batalla entre virtud y vicio, entre alma y cuerpo, entre espíritu y materia. En fin, lo más característico, y lo que da nombre a estas herejías, reside en la gnosis, o pretendido conocimiento superior que la divinidad buena ha infundido en unos hombres privilegiados, los espirituales o "perfectos", en torno a los cuales se apiña la secta, es decir, las fuerzas vivas del poder benéfico.

A este mismo conjunto de errores han llegado sus adeptos por dos caminos diferentes. Desde sus comienzos en remotas religiones orientales, hasta las innumerables sectas del s. II, hasta los cátaros del s. XII y XIII, y los alumbrados del XVI y XVII, el gnosticismo parece atraer, unas veces, desde las alturas de una ascesis soberbia y, otras, desde las mayores bajezas de la corrupción carnal. En algunos, como los cátaros, la "perfección" estaba, al parecer, unida a una vida ascética llena de sacrificios. En cambio otros, por raro que parezca, usaron la condición de perfectos para justificar un libertinaje de la peor especie. Porque los espirituales, o perfectos, habiendo alcanzado un completo desasimiento de lo material, y siendo por tanto impecables o inasequibles al consentimiento pecaminoso, no por ello dejaban de tener un lado material cuyas inclinaciones carnales podían satisfacer sin que el alma del perfecto pecara, sin que se viera manchada por los actos libidinosos. "Lo carnal a lo carnal y lo espiritual a lo espiritual" resume San Ireneo, cuando condena este error, y lo mismo cuenta Menéndez Pelayo de los alumbrados que, teniendo cerca a sus obedientes discípulas, ingenuas viudas, monjas y beatas, no veían la necesidad de buscar más allá.

El caso más patético fue probablemente el de Miguel de Molinos que, además de promover una falsa mística llamada quietismo, admitió la posibilidad de que el cuerpo, movido por el demonio, cometiera cualquier acto vicioso, sin que el alma se viera por ello ensuciada. Sus doctrinas y las de sus secuaces fueron condenadas en el decreto Caelesis Pastor de 1687. Baste leer una de las proposiciones condenadas para hacernos una idea de la catadura moral de los molinosistas:

"Dios permite y quiere, para humillarnos y conducirnos a la verdadera transformación, que en algunas almas perfectas, aun sin estar posesas, haga el demonio violencia a sus cuerpos y las obligue a cometer actos carnales, aun durante la vigilia y sin ofuscación de su mente, moviendo físicamente sus manos y aun otros miembros contra su voluntad. Y lo mismo se dice de los otros actos de suyo pecaminosos, en cuyo caso no son pecados, porque no hay consentimiento en ellos" (Denz. 1261).

¿Que a qué contar hoy estas sordideces de otrora? Pues porque hay una asociación religiosa que ha redescubierto y está practicando, quizás sin saberlo, la moral quietista en su faceta más lóbrega. Porque hay, aquí y ahora, pobres almas machacadas por "perfectos" libertinos que abusan de su candidez ¿Dónde, cuándo, quién, cómo? No responderé, pues en marcha está ya el tercer paso de la corrección fraterna (Mt. 18, 17). Quiera Dios que la Iglesia se apresure y que no tengamos que recurrir a otros poderes. Por ejemplo, al cuarto. Porque siempre cabe preguntarse ¿vale el honor de la Iglesia la perdición de una sola alma?

siempre p’alante

Órgano periodístico nacional de la Unidad Católica de España, Nº. 531 1 de diciembre de 2005 Año XXIV, Unión Seglar "San Francisco Javier" de Navarra.

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