Panorama Católico

Homilía de Bergoglio: La música y la letra

Leímos la Homilía del Cardenal Arzobispo de Buenos Aires, Mons. Jorge Bergoglio con motivo del Te Deum del 25 de mayo. Una cosa es escucharla, otra es leerla. Otra describirla, que es lo que vamos a intentar aquí.

Escribe Agustín Moreno Wester

Leímos la Homilía del Cardenal Arzobispo de Buenos Aires, Mons. Jorge Bergoglio con motivo del Te Deum del 25 de mayo. Una cosa es escucharla, otra es leerla. Otra describirla, que es lo que vamos a intentar aquí.

Escribe Agustín Moreno Wester

Como en otras ocasiones, el discurso de 16 minutos es un abigarrado ensamble de temas, enfoques y registros verbales. El orador navega por un catálogo conceptual amplio, pasando de una disciplina a la otra sin encender la luz de giro, con lo cual el oyente que creía transitar por el carril de la teología se ve de pronto sorprendido por el de la sociología, la psicología o la poesía misma que, aunque no es excluyente, se vuelve deleitosamente más imprecisa para la audiencia.

Ella, la poesía, emerge victoriosa, ora con ecos teológicos, ora con citas escriturarias, ora con expresiones aprendidas en los colectivos de Buenos Aires. Y si de figuras retóricas nos valemos, es porque el inefable estilo cardenalicio nos conduce con frecuencia a la colectora que termina en un cul de sac nocional, sin que perdamos en momento alguno, casi milagrosamente, la más profunda convicción de que vamos  rumbo a un concepto tan profundo que no llegamos a asir meramente por nuestra escasa capacidad intelectual.

Citas evangélicas, que a modo de anáfora se desgranan, con sus correspondientes antítesis. Frases nunca carecientes de económicas elipses, solo incómodas para los espíritus bastos y poco sutiles, acostumbrados a la rutina del silogismo. Alusiones que de tan claras nadie comprende o bien, como en ese Pentecostés fundacional, cada uno comprende en su propia lengua, solo que con significados distintos en este caso.

Palabras evangélicas, en algunos casos  interpretadas, como dijo recientemente otro cardenal, “de un modo que resulta extraño al Magisterio”, juicios sociológicos, lógicos y hasta psicológicos entrelazados en un derroche de metonimias paradojales, vigorosamente musicalizadas con eficaces paranomasias. Buenos deseos y exhortaciones que van alternando de un plano al otro, y al otro… con notable y escurridiza facilidad. He aquí nuestro modesto enfoque interpretativo del estilo cardenalicio visto in toto. Veamos ahora unos breves ejemplos in partes.

Ora vemos al Cardenal llamando a la concordia social,

Necesitamos de la amistad social que cultivan los pobres y los pequeños, la que sólo satisface cuando se da por completo a los otros.

Ora lo vemos denunciando nuestra evidente inmadurez emocional–social desde un enfoque escriturístico negativo, cual es la neológica “malaventura” que anafóricamente postula como antítesis de las bienaventuranzas. O tal vez aludiendo bravíamente a los humores presidenciales… O ambos al mismo tiempo y bajo distintos aspectos. No hay porqué cercenar la riqueza del texto.

La “malaventura” es precisamente lo contrario: no aceptar el dolor del tiempo, negarse a la transitoriedad, mostrarse incapaz de aceptarse como uno más del pueblo, uno más de esa larga cadena de esfuerzos continuos que implica construir una nación.

Luego, cambiando de carril conceptual nos advierte que:

Es bueno recordar que no es manso el cobarde e indolente sino aquel que no necesita imponer su idea, seducir o ilusionar con mentiras, porque confía en la atracción -a la larga irresistible- de la nobleza.

Esto último, con franqueza no lo entendimos mucho,  pero no dudamos que han de ser…

Desdichadas actitudes que nos encierran en el círculo vicioso de un enfrentamiento sin fin.

Vigorosa descripción de nuestra realidad espiritual, sin duda, completada por estas preguntas retóricas, tanto más cuanto todos conocemos sus respuestas:
 

¿Cuántos de estos caprichos y arrebatos de salida fácil, de “negocio ya”, de creer que nuestra astucia lo resuelve todo, nos ha costado atraso y miseria? ¿No reflejan acaso nuestra inseguridad prepotente e inmadura?

¡Qué talante, qué garbo expresivo para la conclusión de un informe psicopedagógico…! ¿O no somos inmaduros y adolescentes los argentinos?

Pero también están los párrafos dedicados a los simples que solo arañamos la comprensión de formulaciones conceptuales básicas:

Qué desventurados en cambio somos cuando malusamos la libertad que nos da la ley para burlarnos de nuestras creencias y convicciones más profundas, cuando despreciamos o ignoramos a nuestros próceres o al legado de nuestro pasado, cuando incluso renegamos de Dios, desentendiéndonos de que en nuestra Carta Magna lo reconocemos “fuente de toda razón y justicia”.

Después de este respiro, un poderoso anticlimax:

El maduro acatamiento de la ley, en cambio, es el del sabio, el del humilde, el del sensato, el del prudente que sabe que la realidad se transforma a partir y contando con ella, convocando, planificando, convenciendo, no inventando mundos contrapuestos, ni proponiendo saltos al vacío desde equívocos vanguardismos.

¿Qué habrá querido decir…? Tantas cosas, incluso opuestas… ¡Ah, si las entendiéramos…!

Como viene ocurriendo casi infaliblemente, sin duda por causa de nuestros pecados que nos ofuscan el entendimiento, de los mensajes cardenalicios nos suena brillante la música, pero no logramos aprehender demasiado el sentido de la letra.

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Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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