Panorama Católico

Hoy por ser día de tu santo… la conversión de San Pablo

¿Por qué celebra la Iglesia la conversión de este
santo y no la de otros? A esta pregunta suele darse la siguiente
respuesta: porque en la conversión de este apóstol concurrieron
circunstancias que hicieron de ella un acontecimiento verdaderamente
excepcional. Esas tres circunstancias fueron: su extraordinaria
ejemplaridad, el gozo que el hecho produjo en los primeros cristianos, y
el milagro que en tal ocasión ocurrió.

La Conversión de San Pablo

conversión de san pablo

Clásico cuadro de Caravaggio

El mismo año que murió Cristo y san Esteban fue lapidado ocurrió la conversión  de San Pablo. Lo de “el mismo año” debe entenderse, no a tenor de cómputo del calendario, sino en el sentido de que entre la muerte del Salvador y la conversión del apóstol transcurrieron menos de doce meses. Cristo fue crucificado un 25 de marzo; cinco meses después fue martirizado san Esteban y otros cinco meses más tarde, el veinticinco de enero, tuvo lugar la conversión de san Pablo.

¿Por qué celebra la Iglesia la conversión de este santo y no la de otros? A esta pregunta suele darse la siguiente respuesta: porque en la conversión de este apóstol concurrieron circunstancias que hicieron de ella un acontecimiento verdaderamente excepcional. Esas tres circunstancias fueron: su extraordinaria ejemplaridad, el gozo que el hecho produjo en los primeros cristianos, y el milagro que en tal ocasión ocurrió.

Su extraordinaria ejemplaridad: ningún pecador, por mucho que haya pecado, debe dudar  de la posibilidad de su conversión si considera que este hombre, responsable de tan graves culpas, inmediatamente después de convertirse fue enriquecido con gracias abundantísimas de Dios.

El gozo que el hecho produjo en los primeros cristianos: grande era la aflicción de la Iglesia primitiva al verse perseguida con tanta saña por Saulo; pero su alegría fue aún mayor que la pena al comprobar que quien ansiaba su exterminio se convertía pronto en su aliado y defensor.

El milagro que en tal ocasión se produjo: milagro y muy grande por cierto fue que el que hasta entonces había sido obstinadísimo perseguidor de la doctrina cristiana se convirtiera en fidelísimo propagador. Triplemente milagrosa fue la conversión de Saulo: por razón de quien la produjo, por razón del modo como se produjo y por razón del sujeto en quien se produjo.

  1. Por razón de quien la produjo.

Prodújola Jesucristo, y prodújola poniendo de manifiesto, en semejante ocasión, tres admirables atributos suyos: su poder, su sabiduría y su clemencia.

Primero: su poder. El poder admirable del Señor quedó demostrado, tanto al decir a Saulo “duro es para ti dar coces contra el aguijón”, como al tranformarlo repentinamente en otro hombre. Tan radical fue el cambio que se operó en Saulo, que éste respondió a Cristo: “Dime, Señor: ¿qué es lo que quieres que haga?”. Comentando estas palabras escribe Agustín: “El cordero degollado por los lobos, convirtió a los lobos en corderos. ¡Ved cómo quien hasta entonces mismo se pertrechaba para perseguir, se dispuso a obedecer!”.

Segundo: su admirable sabiduría púsose de manifiesto al desinflar la hinchazón de la soberbia del perseguidor, presentándose ante él, no desde la altura imponente de su infinita majestad, sino desde la llanura de su condición humana. “Yo soy Jesús Nazareno; es a mí a quien realmente persigues”, le dijo. La glosa comenta: “No hace constar que es Dios o el Hijo de Dios, sino que para invitarle a que se despojara de las ínfulas de su soberbia le muestra el lado más débil y humilde de su ser: el de su condición humana”.

Tercero: su admirable clemencia se manifestó convirtiendo a quien lo estaba persiguiendo y abrigaba el propósito de seguir haciéndolo, puesto que en aquel preciso momento el perseguidor, animado por las peores intenciones, “vomitaba amenazas y trataba de hacer una carnicería entre los cristianos”, dice el texto sagrado. Tengamos en cuenta que nadie lo había invitado a colaborar en aquella causa, sino que él por propia iniciativa se había asociado a ella y solicitado licencia de los príncipes de los sacerdotes para hacer lo que hacía; pues bien, a pesar de que se hallaba enfrascado en plena campaña persecutoria y de que el objeto de su viaje a Damasco no podía ser más vituperable, Jesucristo, impulsado por su divina misericordia, lo convirtió.

  1. Por razón del modo en que se produjo.

Milagrosa fue también esta conversión desde el punto de vista del procedimiento que Jesucristo siguió para producirla, que fue mediante una iluminación súbita, inmensa y celestial. Que la iluminación fue súbita, lo dice el texto sagrado: “Saulo quedó de repente ofuscado por una luz”. Tres vicios dominaban a la sazón el ánimo de Saulo, y a impulsos de ellos obraba en aquella campaña de persecución contra los cristianos: la soberbia, la audacia y la obcecación.

A su audacia se refiere el Sagrado Libro cuando dice: “Solicitó licencia de los príncipes de los sacerdotes, etc”. “No es, comenta la Glosa, que los príncipes de los sacerdotes  lo llamaran, sino que él, por propia iniciativa, acudió a ellos”. Su soberbia se infiere de estas palabras:”Iba vomitando amenazas, etc”. Que estaba obcecado y que su obcecación provenía de una interpretación material  de la Ley, se deduce de lo que Cristo  le dijo: “Yo soy Jesús”.Yo soy, declara la Glosa, el Dios  de  los cielos, ese quien tú, con mentalidad judaica, crees muerto”. Para vencer la audacia del perseguidor quiso el Señor que la luz con que lo ofuscó fuese súbita y le sumiese en un estado de terror; para abatir y hacer caer al suelo materialmente a hombre tan engallado y soberbio, quiso que fuese inmensa; y para sustituir su obcecación en la forma grosera de interpretar la ley, por una iluminación sobrenatural que le permitiera entender la palabra de Dios en su verdadero sentido, quiso que la iluminación fuese celestial.

También cabe decir que el procedimiento empleado por Cristo para convertir a Saulo fue milagroso, porque milagrosos fueron los tres elementos que en la conversión intervinieron, a saber: las palabras que se oyeron, la luz que iluminó la escena, y el poder divino que operó el cambio en el perseguidor.

  1. En razón del sujeto en quien se produjo

El sujeto fue Pablo, sujeto pasivo, no de un milagro, sino de tres, puesto que fueron las obras exteriores milagrosas que Cristo realizó en él en la escena de su conversión: la caída del caballo, la ceguera de sus ojos y el ayuno que observó durante tres días consecutivos.

Cayó al suelo, derribado del caballo, para que tuviera ocasión de alzarse interiormente cambiado. Sobre esto escribe Agustín: “Rodó por tierra Pablo, para que quedase ciego; quedó ciego, para ser interiormente iluminado; fue interiormente iluminado, para convertirse en apóstol, para que diese testimonio de la verdad”. Del mismo santo doctor es este otro texto: “El que era cruel, cayó y se trocó en creyente; el que era lobo, cayó y se transformó en cordero: el que era perseguidor, cayó y se convirtió en predicador; el que era hijo de perdición, cayó y se levantó en vaso de elección”.

Quedó ciego para que su entendimiento, hasta entonces inmerso en tinieblas, fuese iluminado. La Escritura dice que durante los tres días que permaneció sin vista fue catequizado e impuesto en la doctrina  del Evangelio. Esa doctrina llegó hasta él, no mediante magisterio directo o indirecto de hombre alguno, sino, como él asegura, por revelación inmediata de Jesucristo. A propósito de esto escribe Agustín: “Tengo a Pablo por verdadero atleta del Señor, adoctrinado por El, lleno de El, crucificado con El, participante de la gloria de El”.

Ayunó durante tres días consecutivos y maceró su cuerpo para convertirlo en colaborador de las buenas obras de su alma; y lo consiguió, pues lo dejo dispuesto para ser un excelente compañero del espíritu en la realización de toda clase de actos  virtuosos, y para que se comportara correctamente en las más variadas circunstancias.

De san Pablo dice el Crisóstomo: “Los tiranos y las multitudes enfurecidas parecíanle mosquitos; a los tormentos, a todos los suplicios imaginables y hasta a la misma muerte, no daba más importancia que la que pudiera dar a los juegos de los niños; soportó las contrariedades con esforzado ánimo; como diademas gloriosas fueron para él las ligaduras con que lo encadenaron; sintíase más satisfecho con las torturas que otros con los regalos”.

La caída, la ceguera y el ayuno del apóstol pudieron tener en el plan divino carácter de contraste o de oposición respecto de las tres actitudes adoptadas por nuestro primer padre: Adán, arrogantemente, se alzó contra Dios, y Pablo cayó derribado al suelo; a Adán se le abrieron los ojos y a Pablo se le cerraron; Adán comió del fruto prohibido y Pablo se abstuvo durante tres días de todo alimento.

Fuente: La Leyenda
Dorada
, de Santiago de la Vorágine, escrita circa 1264. Esta clásica obra de hagiografía tiene como fuentes a los padres y doctores de la Iglesia de los primeros tiempos. Nótese que la palabra “leyenda” significa aquí “lo que debe leerse” y no debe entenderse en el sentido de “narración fabulosa”.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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