Panorama Católico

Hoy por ser día de tu santo…San Juan Damasceno, Obispo y Doctor de la Iglesia

SAN JUAN DAMASCENO, el último teólogo de fama universal de la Iglesia griega. Había  nacido en Damasco hacia el 675 y, como su padre, fue el juez civil de la  comunidad cristiana que vivía ahora bajo el dominio musulmán; luego fue monje  cerca de Jerusalén y después sacerdote. En la lucha sobre el culto de las  imágenes fue perseguido por los iconoclastas; murió hacia el 750.

san juan damasceno

SAN JUAN DAMASCENO, obispo y Doctor de la Iglesia

(675 – 749)

SAN JUAN DAMASCENO, el último teólogo de fama universal de la Iglesia griega. Había  nacido en Damasco hacia el 675 y, como su padre, fue el juez civil de la  comunidad cristiana que vivía ahora bajo el dominio musulmán; luego fue monje  cerca de Jerusalén y después sacerdote. En la lucha sobre el culto de las  imágenes fue perseguido por los iconoclastas; murió hacia el 750.

Hijo de un cristiano de DamascoSergio, que  desempeñaba el cargo de logoteta general o recaudador de impuestos, bajo el  califato de Abdul-Meleq, Juan, que había heredado de su abuelo el sobrenombre  árabe de Mansur, secedió primeramente a su padre en su función de tesorero  pagador por poco tiempo: a ejemplo de Mateo el publicano, hacia la edad de 30  años, “prefirió los oprobios de Cristo a los tesoros de la Arabia”.

En compañía de un monje siciliano, Cosme, que  según ciertos testimonios fue su primer maestro, Juan entró en la “laura” de  San Sabás, el monasterio-fortaleza que todavía domina la quebrada del Cedrón,  cerca de Jerusalén. Fue ordenado sacerdote por Juan lV, patriarca de Jerusalén,  de quien el Damasceno mismo se dice discípulo y amigo (Carta sobre el Trisagion). Su profesión de fe, escrita en  esta ocasión, es una acción de gracias por la educación que recibió y la  vocación con que fue favorecido. “Me habéis alimentado, oh Cristo, Dios mío, en  un lugar fértil, y me habéis abrevado con las aguas de la sana doctrina, por la  mano de vuestros pastores. . . Ahora me habéis llamado, Señor, mediante la voz  de vuestro Pontífice, al servicio de vuestros discípulos” (Exposición y declaración de la  fe).

Predicador tanto como escritor, se le dio a San  Juan Damasceno el título de jrisorroas, estero en que se apalea el oro, a causa  de la triple riqueza esparcida en sus obras: la de la santidad, la del  pensamiento y la del estilo.

Penetrado de un profundo amor a Jesucristo, el  Santo Doctor mostró igualmente una tierna devoción por la Virgen María; y luego  se hizo célebre en la defensa del culto de las imágenes sagradas. 

Inhumado en la laura de San Sabás, su cuerpo fue  llevado a Constantinopla. Aunque su muerte figura en el martirologio Romano el  6 de mayo, su fiesta fue fijada para el 27 de marzo por el Pontífice León Xlll,  quien el 19 de agosto de l890 proclamó a Juan Damasceno Doctor de la Iglesia, y extendió su  culto a la cristiandad entera.

Según propia confesión, no quería decir nada nuevo, sino sólo  reunir y presentar armónicamente cosas escritas ya anteriormente por otros, y  así lo hizo, dejando sin embargo la impronta de su personalidad en la selección  y la articulación de las ideas que presenta.

Su obra más conocida es la Fuente  del conocimiento, dividida en  tres partes: la Dialéctica, que es una introducción  filosófica, basada en la filosofía tomada de los Padres y en la de Aristóteles;  la Historia de las herejías, basada en otras anteriores; y Sobre la fe ortodoxa, que es un resumen de la enseñanza  de los Padres griegos sobre los capítulos principales de la fe, y es al mismo  tiempo la obra que le ha dado más fama. Esta tercera parte fue también muy  conocida y estudiada en Occidente por los escolásticos.

Junto a esta obra tiene algunos tratados breves en favor del culto  a las imágenes, al que dio su fundamentación teológica; un Comentario a las cartas de San  Pablo, basado también en  obras anteriores; cantos  eclesiásticos, por los que  goza de especial fama en la   Iglesia griega; y, finalmente, la Vida de Barlaam y Joasaf, una novela con fines didácticos y  basada en leyendas de Buda, de mucha popularidad en el medioevo, y que parece  ahora que hay que atribuírsela a él.

Comentario: Como puede verse en la síntesis biográfica de arriba y comprobarse en la reseña de las obras de San Juan Damasceno que reproducimos más abajo, la preocupación de los santos ha sido siempre la “doctrina de la Fe”.

El celo por la “ortodoxia” de la doctrina (ortodoxia significa literalmente “recta opinión”) equivale no solo al celo por la salvación de las almas, que fuera de la ortodoxia quedan en riesgo de condenarse eternamente, sino también al celo por la gloria de Dios. De Dios nodebe decirse nada que no sea verdad. Y nada puede saberse sino por la Revelación, más que unas limitadas ideas de aproximación, que se alcanzan por la Teodicea o teología natural. Pero la Revelación tiene que ser interpretada rectamente, y por eso Cristo ha dejado como custodia a la Iglesia, por medio del Magisterio, para esa función. El munus o misión de enseñar.

La Fe no es un mero sentimiento, es la aceptación de la Verdad Revelada. Implica la sujeción de juicio propio a lo que la Iglesia enseña con la autoridad de Cristo. Por eso tanto han insistido los santos en la pureza e integridad de fe, en combatir los errores, en especial las herejías, que son las desviaciones de los cristianos de la ortodoxia hacia la heterodoxia (opinión equivocada o distinta de lo que la Iglesia sostiene). El Magisterio ha llamado tradicionalmente a estas opiniones descaminadas, “novedades”, porque se apartan de lo que Cristo enseñó.

Es cierto que existe un amplio campo en el cual hay libertad de opinión, al menos hasta que el Magisterio defina con autoridad suprema, si acaso fuese necesario. Pero lo que vemos hoy como reclamo de libertad teológica es el cuestionamiento de lo que la Iglesia ya definió y por lo tanto no es modificable ni discutible para el católico.

Ser católico implica someter la inteligencia a la autoridad de la Iglesia (a la autoridad de Cristo) en los puntos de Fe y Moral, allí donde la Iglesia tiene el carisma de la infalibilidad. Recibir lo transmitido (Tradición) desde los tiempos apostólicos, no solo en su contenido general sino en su forma (porque en esta materia un cambio de forma pone en peligro el fondo). Y en las formas, tenemos el testimonio de la Tradición.

Mantened las tradiciones, dice San Pablo. Y también, entregué lo que recibí, fielmente.

El Santo Doctor de Damasco nos enseña con su vida y su obra que la pureza de la Fe no es irrelevante, sino todo lo contrario, esencial para la santidad de los católicos. Y entregar lo recibido fiel y exactamente es la mayor gloria de una inteligencia puesta al servicio de Dios.

 

Obras de San Juan Damasceno

Exclusivamente teólogo, Juan Damasceno abordó  todas las ramas de esta ciencia: y, el primero en la Historia, elaboró una  síntesis del dogma católico, refutando a la vez las herejías que lo habían  atacado en diversos puntos.

“Fuente del Conocimiento”, una de las últimas en cuanto a fecha, es  la obra más importante del Santo Doctor. En el prefacio el autor declara no ser  sino un eco: de hecho es el eco de los grandes teólogos que lo han precedido, y  su originalidad consiste en armonizar todas sus voces. Después de una Introducción a la vez filosófica  e histórica, la obra se divide en tres partes:

12.  “Dialécta”.—Serie de  definiciones filosóficas tomadas de los antiguos, ora filósofos como  Aristóteles y Porfirio, ora padres de la Iglesia.

2.      “Libro de las herejías”.—Lista  de l08 herejías que hasta entonces había surgido: 80 según el Panarion de San  Epifanio, y las demás según Teodoreto, Leoncio de Bizancio, San Sofronio; y  luego un examen más personal del Islam, del Iconoclasmo y de los Aposquitas.

3.      “Exposición de la fe ortodoxa”.—Partre  fundamental de la obra, dividida por el autor mismo en cien capítulos,  originalmente repartida enla Edad Media en cuatro libros, sin duda para la  comunidad del estudio. El plan general sigue los artículos del Símbolo de  Nicea. En los Padres Griegos en donde el Damasceno abreva su información: en  Dionisio Areopagita en cuanto a los atributos de Dios; en Gregorio de Nazianzo  en cuanto a la cuestión trinitaria; en Leoncio de Bizancio y Máximo el Confesor  en materia cristológica; y luego, en muchos pasajes, en los grandes Doctores  Orientales: Atanasio, Basilio, Gregorio de Nisa, Juan Crisóstomo, Cirilo de  Alejandría, Cirilo de Jerusalén.

“Introducción elemental a los dogmas” es un tratadito filosófico,  cronológicamente anterior a la “Fuente del Conocimiento” y que preludia ya la  “Dialéctica”.

“Tratado de la segura doctrina”, profesión de la Fe Católica, compuesta  por Juan Damasceno a petición de un cierto Elías, obispo maronita, convertido  de la herejía monotelita.

“De la Santísima Trinidad”, resumen, en forma de diálogo, de la  teología sobre Dios, la   Trinidad y la   Encarnación.

“Exposición y declaración de la Fe”, conjunto de verdades fundamentales del  catolicismo y oración ardiente pronunciada por Juan Damasceno el día de su  Ordenación sacerdotal.

Polemista tan esclarecido como vehemente, San  Juan Damasceno ataca todos los errores de su tiempo:

“Contra los Nestorianos”, dos tratados que demuestran por la Escritura y el Símbolo  de Nicea la divinidad de Cristo y la unidad de su Persona.

“Contra los Jacobitas”, dos tratados igualmente para subrayar la  contradicción de los “acéfalos” y “monofisitas”, que aunque reconociendo en  Cristo la unión sin confusión de la Divinidad y la Humanidad, se negaban  sin embargo a afirmar en El dos naturalezas distintas. También a ellos les  reprocha el conceder a la filosofía pagana una demasiado grande autoridad,  hasta querer hacer de Aristóteles un decimo-tercer apóstol (Cont. Jacob, X).

“De las dos voluntades y de las dos  operaciones en Cristo, y de otras propiedades en que aparecen las dos  naturalezas en una sola hipótasis”, dirigida contra la  herejía monotelita e inspirada en San Máximo.

“Discusión de Juan el Ortodoxo con los  maniqueos”: dos diálogos de  importancia desigual en los que los argumentos de una alta metafísica sobre la  presciencia divina y la predestinación refutan el viejo maniqueísmo y su forma  más reciente, el paulicianismo.

“Diálogo entre un cristiano y un  sarraceno”: controversia con los  musulmanes que prepara lo que San Juan Damasceno desenvuelve con mayor amplitud  en el “Libro de las herejías”.

“Los dragones y las hadas”: refutación de supersticiones populares y  explicación de ciertos fenómenos naturales, especialmente del rayo.

“Discursos apologéticos contra los que  rechazan las sagradas imágenes”. Tres discursos sobre el  mismo tema, pero proporcionando el segundo nuevos esclarecimientos al primero,  y el tercero nuevos desarrollos al segundo. Prueba de que el Santo Doctor había  tomado a pecho esta cuestión. De hecho su nombre ha quedado ligado a la  historia de la lucha contra el iconoclasmo.

“Los paralelos sagrados” (originalmente “los textos sagrados). Es una especie de antología  escrituraria y patrística de sentencias morales aplicables en la vida  cristiana, base de lasmás sólidas de un tratado de ascética y de mística. Un  primer libro habla de Dios, de sus Atributos, de la Santísima Trinidad;  el segundo trata del hombre y de la vida humana; el tercero pone en paralelo  las virtudes y los vicios. Un cuadro, compuesto por autor mismo, permite reunir  rápidamente los pensamientos que se refieren al mismo tema.

“Los ocho espíritus del mal”: opúsculo destinado a los monjes para  indicarles los principales vicios que deben combatir: la gula, la lujuria, la  avaricia, la tristeza, la cólera, la pereza, la vanagloria y el orgullo.

“las virtudes y los vicios del alma y del  cuerpo”: breve análisis  psicológico de los estados y de las variaciones de la vida humana.
  “los ayunos sagrados”: Carta dirigida a un monje para tratar de  dirimir un conflicto suscitado en el monasterio a propósito de la duración y  del rigor de la cuaresma.

En exégesis, el Damasceno no dejó sino un  comentario a las Epístolas de San Pablo: comentario que está tomado en gran  parte de autores anteriores: San Juan Crisóstomo, San Cirilo de Alejandría,  Teodoreto.

Trece discursos son modelos de la elocuencia de  Juan Damasceno: algunas Homilías sobre episodios evangélicos, un sermón para la Natividad y tres para la  dormición de la   Santísima Virgen; un panegírico de San Juan Crisóstomo y otro  de Santa Barba. Siempre llenas de doctrina, sus predicaciones son notables por  la originalidad de la forma y la perfección de los términos.

En fin, San Juan Damasceno es el autor de  diversas poesías litúrgicas compuestas para las grandes fiestas: Navidad,  Epifanía, Pascua, Ascensión, Pentecostés, Anunciación, Dormición de la Santísima Virgen,  oración eucaristía, oficio de funerales. Estos himnos se cantan todavía en la Iglesia giega.

Con razón se considera a San Juan Damasceno como  autor de la primera “Suma  Teológica”. No porque esta  Suma sea completa; pero la abundancia de las citas tomadas de Padres y el  ordenamiento personal que de ellas hace constituye una síntesis impresionante  de los problemas estudiados por la teología.

Las fuentes de la Revelación son los  libros divinamente inspirados y la tradición no escrita.

Toda la Escritura, Antiguo y Nuevo Testamentos, es  inspirada por Dios: “Moisés, los profetas, los Evangelistas y los Apóstoles por  el Espíritu Santo han hablado” (De  la Fe Ortodoxa lV, l7). En cuanto al Antiguo  Testamento, Juan Damasceno cita pura y simplemente la lista establecida por San  Epifanio, lista incompleta por consiguiente. A propósito de los libros  deuterocanónicos, hace esta reflexión: “libros excelentes, pero que no se toman  en cuenta porque no estaban dentro del Arca”.

Después viene la enumeración de los libros del  Nuevo Testamento: “Los Apóstoles han transmitido muchas cosas que no han sido  escritas” (id, lV, l2). El Damasceno le concede a la tradición una autoridad  igual a la de la Escritura:  aun parece poner a los Padres y a los Doctores en el mismo rango que a los  Profetas y los Apóstoles. Sin embargo, establece una distinción: al “coro de  los Padres”, y por lo tanto al magisterio de la Iglesia tomado en su conjunto es al que debe atribuirse la inspiración, no cada Padre en particular,  porque “una golondrina no hace verano” (Sobre  las imágenes, l, 25). En la  divina revelación hay una progresión: en particular las fórmas doctrinales se  precisan poco a poco, y “anatematizamos a los que no quieren aceptar los términos nuevos” (De las  imágenes, lll, 2). La Fe no es sino la adhesión a la  enseñanza divina, “un asentimiento sin búsqueda indiscreta y curiosa” (De la Fe Ortodoxa, lV, l0, ll).

La Iglesia es Una, Santa, Católica y Apóstolica. Es  una Madre, bellísima y sin defecto. Reunida en concilio ecuménico “es  infalible, y sus decisiones vienen de Dios” (Declaración  de la Fe, l2; De las herejías, 6).

“No aceptaremos que se enseñe una fe nueva.  Porque de Sión es de donde saldrá la   Ley, y de Jerusalén la palabra del Señor, según el oráculo  del Espíritu Santo. . . Si vemos que se obstinan en opiniones perversas —no  lo permita el Señor— entonces procederemos a la excomunión” (Sobre las imágenes, l).

La Iglesia es distinta e independiente del Estado.  “A los concilios y no a los emperadores les pertenece el decidir sobre las  cosas eclesiásticas. No es a los emperadores a quienes se concedió el poder de  ligar y desligar, sino a los apóstoles y a sus sucesores, pastores y doctores. A  los emperadores les pertenece la acertada gestión de los negocios públicos,  pero a los pastores y a los doctores les pertenece el gobernar la Igleisa. Yo no permito  que los decretos imperiales gobiernen a la Iglesia: ella tiene su ley en las tradiciones de  los Padres, escritas y no escritas” (De  las imágenes, l-lll).

La Iglesia es una sociedad jerárquica. Si los  fieles están sometidos a los pastores, herederos de los apóstoles, es porque  éstos no son sino los intermediarios por los cuales Cristo, Pontífice Supremo,  ejerce su sacerdocio y su autoridad (Carta  a Cosmas).

La Iglesia es una sociedad monárquica, condición  del mantenimiento de su unidad en el orden y la paz. La poliarquía es fuente de  divisiones, de rivalidades y muy pronto lo es de anarquía. Pedro es el Jefe de la Nueva Alianza, como  Moisés lo era de la   Antigua. Es él quien tiene las llaves del reino de los cielos (Homilia sobre la Transfiguración, 2-6).

El Papa es “el buen pastor del rebaño de Cristo  que representa su Supremo sacerdocio”, el Patriarca de Jerusalén mismo no es  sino una de las ovejas confiadas al sucesor de Pedro (Sobre la Transfiguración, l6).

La existencia de Dios se prueba con argumentos  racionales: I) La contingencia de las creaturas: lo que no existe por sí mismo  supone una causa; 2) la conservación y el gobierno del mundo; 3) el orden que  reina en el universo (De la Fe Ortodoxa l, 3).

El Dios creador y dueño de todas las cosas es  único. Puesto que es perfecto no tiene igual; puesto que es inmenso, no deja  lugar a ninguno otro: tal unidad la proclama la armonía del universo; y la  pluralidad de las creaturas mismas exige la unidad del Creador (Diálogo contra los Maniqueos).

Investigando la etimología del término griego Theos”, que designa a Dios, San Juan  Damasceno encuentra cuatro diferentes que según él corresponden a diversos  atributos: l) Dios es el que es, y por lo tanto el autor y el ordenador de  todas las cosas; 2) Dios es el que circula sin cesar, presente en todas partes  a la vez; 3) Dios es el que ve, testigo de todos los acontecimientos; 4) Dios  es el que quema, fuego que consume el mal, o ardiente flama de amor (De la Fe Ortodoxa l, 9).

Invisible e inconocible para quien no sea El  mismo, Dios, esencialmente y comunicativo, no quiere sin embargo dejarse  ignorar totalmente de los hombres. Se les manifiesta de doble manera: por la  creación y el gobierno del universo, y luego por la revelación positiva (De la Fe Ortodoxa l, I).

El hombre que mejor le conviene a Dios es El que  Es, que expresó El mismo ante Moisés: el Ser, el Ser en toda su plenitud.  Dionisio lo llama “el Bueno”; pero esto es equivalente, por no ser nunca la  bondad sino la expansión y la manifestación del ser perfecto (De la Fe Ortodoxa I, 9).

Se anuncian secesivamente los atributos divinos:  la incorporeidad, la simplicidad, la inmensidad. Y luego la operación de Dios,  Causa universal no sólo de la existencia sino de toda actividad de las  creaturas, a la manera del rayo de sol que comunica su luz y su calor sin  perder nada de ellas y permanece independiente de las cosas que vivifica (De la Fe Ortodoxa, l, l0-l2).

La ciencia de Dios es universal. Puesto que es  causa de todo, le están presentes los acontecimientos,aun los frutos, como al  arquitecto el plan del edificio antes de construirlo (De la Fe Ortodoxa, l, 9). ¿Cómo se concilia esta presciencia  divina con la libre elección de actos posibles para algunas creaturas?  Recordando primeramente que la razón humana no podría tener la pretensión de  explicar lo que la excede, San Juan Damasceno “posee los dos cabos de la  cadena”, como diría Bossuet: “Dios es causa de todo el ser, y por lo tanto de  todo el bien que existe en las creaturas, pero en el caso del acto libre la  iniciativa de la falta no es imputable sino a la creatura. El es el autor de  los vasos de honor y de los vasos de ignominia; pero que uno sea digno de honra  y el otro de desprecio, depende de cada quien” (Contra los Maniqueos, 77-79; De la Fe Ortodoxa, ll, 93).

Dios es todopoderoso: puede todo lo que quiere,  pero no quiere todo lo que puede. Así, podría aniquilar al mundo y crear otro;  pero no quiere tal cosa (De la Fe Ortodoxa, l, l4).

La Trinidad es un misterio. Las comparaciones y  analogías que se emplean para explicarlo no podrían dar una idea exacta de ella (De la Fe Ortodoxa, lll, 26). Sin embargo, la  revelación de este misterio refuta a la vez las teorías judía y pagana: no hay  sino un solo Dios, y no muchos; y sin embargo, ese Dios no es un solitario,  puesto que comprende Tres Personas (De  la Fe Ortodoxa lll, 26). Como Dios es espíritu  ¿no conviene que exprese El un Verbo, y que este Verbo tenga su soplo? (De la Fe Ortodoxa, l, 6-7).

“La persona, en Dios, es el modelo sin comienzo  de cada substancia eterna” (Dialect.  66). Las Tres personas son  realmente distintas aunque inseparables. Se compenetran mutuamente, pero sin  mezcla ni confusión (De la Fe Ortodoxa l, 8-l4). Cada una de las Tres  Personas se identifica con la esencia divina que no podría ser dividida: por lo  tanto cada una es un Dios perfecto y cuanto pertenece a la naturaleza divina  como tal —-atributos, ciencia voluntad, operación—-, es común a las tres  Personas (De la Fe Ortodoxa, l, 8).

Los nombres de las tres divinas Personas son:  Padre, Hijo y Espíritu santo. Sus propiedades respectivas son: en cuanto al  Padre, la innacibilidad y la paternidad; en cuanto al Hijo, la filiación; en  cuanto al Espíritu Santo, la procesión. “Sabemos que hay una adiferencia entre  la generación y la procesión pero ignoraamos totalmente en qué consiste esa  diferencia (De la Fe Ortodoxa, l, l3). Partiendo del Padre, el  moviemiento de la vida divina se prosiguen hacia la diada, hasta la triada” (Himnos, Trisagio). El Espíritu está unido al Padre  por el Hijo; es la imagen del Hijo, como el Hijo es la imagen del Padre (De la Fe Ortodoxa, 6). “El Espíritu Santo es el soplo  de la boca del Hijo” (Homilía  sobre la   Transfiguración). “El  Padre es la fuente, el Hijo es el río, el Espíritu Santo es el mar; y esas tres  cosas —la fuente, el río y el mar— son una sola naturaleza. El Padre es la  raíz, el Hijo es la rama, el Espíritu Santo es el fruto: y en los tres la misma  vida. El Padre es el sol, el Hijo es el rayo, el Espíritu Santo es el brillo”(Epístola  sobre las herejías).

Dios es el Creador, Dios crea pensando; su  pensamiento pone la obra, que el Verbo completa y que el Espíritu Santo acaba.  . . Por su voluntad lo ha traído todo a la existencia. Así es que la cración no  es eterna: lo que sale de la nada tiene un comienzo. Y el motivo que ha llevado  a Dios a crear es su bondad: ha querido hacer participar a otros seres en su  Ser y en su Bien (De la Fe Católica, l, 8; ll, 2).

Dios creó primeramente a los ángeles, espíritus  puros; luego la naturaleza material; y en fin al hombre, compuesto de espíritu  y materia. Acabada la creación desde entonces, las creaturas avolucionan y se  desenvuelven conforme a las leyes que les han sido impuestas desde su origen (Discusión  de un cristiano con un sarraceno).

Los ángeles son espíritus, y por lo tanto  incorpóreos, inteligentes y libres, inmortales. No son inmutables, pudiendo  modoficar su estado al ejercer su libertad: sin embargo, la elección que hacen  es irrevocable, por razón de su naturaleza totalmente espiritual. Por lo cual,  ángeles buenos y ángeles malos están para siempre fijos en la condición que deliberadamente  escogieron. Perpetuamente en movimiento, no están en todas partes a la vez,  cosa que es el exsclusivo privilegio de Dios, sino donde obran momentáneamente.  Difieren entre sí según el grado de iluminación que reciben de Dios, y los más  elevados iluminan a los de un rango inferios. En pos del Areopagita, Juan  Damasceno clasifica a los ángeles en tres órdenes, cada uno de los cuales  comprende tres categorías, o sea en total nueve coros (De la Fe Ortodoxa, l, l3; ll, 3).

Los ángeles buenos, elevados al estado  sobrenatural, están en el Cielo, donde contemplan y adoran a Dios, pero son  también sus subalternos en el gobierno del mundo (De la Fe Ortodoxa, ll, 3).

Los ángeles malos, cuyo número es incalculable,  se volvieron tales, e irremediablemente, por su revuelta contra Dios. “Lo que  es la muerte para los hombres, la caída lo es para los ángeles”. “Su castigo no  es sino el fuego del deseo del mal, y la quemadura de un deseo jamás saciado”.  Por su naturaleza pueden conjeturar y predecir el porvenir; pero son trapaceros  y tratan de engañar. También pueden sugerir a los hombres el mal y el error;  son ellos los primeros responsables de las herejías. Sin embargo, no pueden  violentar nuestra voluntad (De  la Fe Ortodoxa, ll, 4-36).

Gracias a su compleja naturaleza, el hombre,  compuesto de espíritu t materia, es un “microcosmos”, un resumen del mundo (De la Fe Ortodoxa, ll, l2). Mientras que el cuerpo  está hecho de los cuatro elementos, el alma es incorpórea, racional,  inteligente y libre; anima un cuerpo orgánico y perecedero, pero ella es  inmortal. Por ella es por los que el hombre está hecho a la imagen de Dios (De las dos voluntades, l5-l8).

En el estado del primer hombre al salir de las  manos de Dio, el Damasceno cuida de distinguir la naturaleza humana en su  integridad; luego los dones propiamente sobrenaturales, o la participación en  la vida divina por la gracia; en fin, los privilegios preternaturales, como la  impasibilidad y la inmortalidad. Los gón en la vida divina por la gracia; en  fin, los privilegios preternaturales, como la impasibilidad y la inmortalidad.  Los gérmenes de la virtud los deposita el Creador en el alma humana, pero para  hacerlos crecer y fructificar necesita el hombre sin cesar del socorro divino. La Gracia era constante en  Adán, no sólo para mantenerlo en práctica del bien, sino para procurarle por  añadidura el bienestar completo, la exención de todo sufrimiento y de toda  concupiscencia: en pos de muchos padres griegos, el Damasceno llega hasta decir  que si Adán no hubiese pecado, habría ssido dispensado del conturbador acto de  la generación carnal, pues Dios habría encontrado otro medio de multiplicar a  los hombres (De la Fe Ortodoxa, ll, 30).

Opinión evidentemente insostenible, dictada por  un exceso de pudibundez y que tiene el error de estar en contradicción formal  con el texto bíblico: fue antes del pecado cuando, habiendo creado Dios al  hombre y a la mujer, les prescribió el “Creced y multiplicaos”, cosa que en el  estado de justicia original debía hacerse sin ningún movimiento pasional  desordenado.

Interpretando en un sentido alegórico los  elementos y los episodios del Paraíso Terrenal, San Juan Damasceno afirma  claramente sin embargo el pecado de naturaleza que afecta desde entonces a  todas las generaciones humanas en seguida de la trangresión de Adán: “Así como  en virtud de nuestro nacimiento de Adán nosotros le hemos sido asimilados,  heredando de él la corrupción y la maldición, así también naciendo de  Jesucristo le estamos asimilados, y de El heredamos la incorruptibilidad, la  bendición y la gloria” (De la Fe Ortodoxa, lV, l3).

Aparte de la pérdida de los privilegios  sobrenaturales, la naturaleza humana está profundamente herida en su espíritu y  en su voluntad por la “aversión de Dios y la conversión a las creaturas” que  caracteriza al pecado original: tanto que conservando su libre albedrío, no  podría ella levantarse por sí misma (Homilía  sobre la Higuera  secada).

“La Providencia es la voluntad de Dios dirigiendo a  todos los seres hacia un fin conveniente”. Por lo mismo todo designio de la Providencia es  excelente y no se propone sino el bien (De  la Fe Ortodoxa, ll, 2, 9).

Cuando se trata de actos libres, según San Juan  Damasceno, indudablemente que Dios los prevé, pero no los predestina. Su  iniciativa se las deja a las creaturas, y El mismo adapta su plan providencial  a esas contingencias: “La   Providencia de Dios respecto del hombre tiene por guía su  presciencia” (Contra los  Maniqueos 78). Todo hombre  tiene el poder de hacer el bien; y con tal objeto Dios le ofrece su gracia.  Pero la gracia no es ni contractiva ni eficaz por sí misma: el hombre puede  aceptarla o rechazarla. Después de haber sugerido a la voluntad el hacer el  bien, Dios todavía ayuda a realizarlo, de tal suerte que toda obra buena es de  Dios al mismo tiempo que del hombre. Dios no abandona ni siquiera a los que  rechazan su gracia: “Durante la vida presente, una Providencia incansable  solicita continuamente a los pecadores a la conversión y a la penitencia” (Contra los Maniqueos, 75). Los designios de la Providencia son a  veces desconcertantes; pero ¿cómo podría tener la chata razón humana la  pretensión de juzgar a Dios? Y el Señor no nos ha revelado todo su plan, sino  solamente lo que juzga que es útil hacernos conocer (De la Fe Ortodoxa, ll, 29;Contra los Maniqueos, 74-77).

El mal no es un ser particular, ni la obra de un  principio malo. No es sino una privación del bien, privación que proviene de la  imperfección de las creaturas; y elmal moral mismo no es sino una defección de  la voluntad libre (Contra los  Maniqueos, 96; De la Fe Ortodoxa, lV, l9-2l). De ninguna manera es  Dios responsible del mal, sino de manera negativa, el el sentido de que no lo  impide, anque no lo prohibe.

En la humanidad, el mal físico se desprende del  mal moral: es el pecadoel que ha merecido el castigo. Castigo que por otra  parte no es sino parcial y momentáneo, debiendo servir para la salvación del  pecador las pruebas y los sufrimientos de esta vida (De la Fe Ortodoxa, ll, 29; lV, l9; Contra los Maniqueos, 79-82).

Si Dios, por otra parte, permite el mal y crea  seres capaces de pecar, se debe a que El mismo es capaz de sacar el bien del  mal; y el pecador, en definitiva, sirve para hacer brillar la bondad divina en  la misericordia.

¿El temor del mal posible tendría que impedir al  Creador el producir el bien manifiesto que es la existencia de una creatura  racional y libre? (Contra los  Maniqueos, 32-34, 69).

En previsión de los méritos o de la culpabilidad  de cada quien —-dice todavía el Damasceno—- Dios pronuncia su decreto de  predestinación que designa respectivamente a los elegidos y a los réprobos. La bondad de Dios no falla; porque a la vez procura a los justos los medios de  hacer el bien y no abandona a los malos sino después de haber hecho lo  necesario para tocarlos, y cuando ellos mismos se muestran obstinadamenteirreductibles (Contra  los Maniqueos, 74). “Así es  que esforcémonos por hacer el bien y llegar ser buenos, a fin de que seamos del  número de los que han sido conocidos de antemano como buenos y predestinados a  la vida eterna” (De la Fe Ortodoxa, lV, l9, 79).

“Debemos saber que la virtud es dada por Dios a  la naturaleza humana y que El mismo es el principio y la causa de todo bien.  Sin su ayuda nos es imposible querer o hacer el bien. Pero de nosotros depende  tanto el permanecer en la virtud y seguir a Dios que a esto nos solicita, el  alejarnos de la virtud y seguir al diablo que nos provoca, sin hacernos sin  embargo violencia” (De la Fe Ortodoxa, ll, 30; De las dos voluntades, l9).

“Dios da a la ley de nuestro espíritu la fuerza  para luchar contra la ley de nuestros miembros. Esa fuerza la obtenemos por la  oración pero es todavía el Espíritu Santo el que nos enseña a orar. Sin la  paciencia de la oración, que en nosotros son obras de la Gracia, nos es imposible cumplir  los Mandamientos del Señor” (De  la Fe Ortodoxa, lV, 22). Tanto es así que en  nuestra parte en la obra buena no impide que haya que referirla toda entera a  Dios (De los ocho espíritus de  perversión).

Si la   Fe sin la obras es una fe muerta, las obras sin la Fe son también obras muertas (Elogio de San Juan Crisóstomo, 5; Comentario sobre la epístola a los  Filipenses, lV, 8; Homilía sobre la Higuera que fue secada, 6).

San Juan Damasceno es sobre todo el teólogo de la Encarnación.

El motivo profundo de la venida del Verbo de  Dios al mundo no es sino la restauración de la naturaleza humana degradada por  el pecado. Motivo y medio sublimes que han hecho brillar a la vez el poder, la  sabiduría, la justicia y la bondad del creador (De la Fe Ortodoxa, lll, l-2; lV, 4).

¿Por qué, las Tres Personas de la Santísima Trinidad,  es el Hijo el que se encarnó y no el Padre o el Espíritu Santo? Porque es a El  a quien corresponde la propiedad hipostática de filiación. Convenía que quien  era Hijo del Padre Celestial fuese igualmente hijo de la Virgen (De la Santísima Trinidad, l).

A fin de establecer los dogmas de la Trinidad y de la Encarnación, el Santo  Doctor comienza por precisar los conceptos de naturaleza y de persona que  permiten justificar las destinciones misteriosas enseñadas por la Revelación en la noción  del verdadero Dios y en la del Verbo encarnado. Gozándose en las sutilezas  metafísicas, no teme llamar “unión hipostática” a la unión en el hombre de dos  elementos diferentes, el alma espiritual y el cuerpo material, de los que  ninguno por sí solo puede pretender constituir la naturaleza humana, pero que  subsisten en una única persona o hipóstasis. Luego traspone esta noción a la Unión hipostática  propiamente dicha en la que la   Unica Persona del Verbo divino hace subsistir a Cristo. Y  subraya entonces los caracteres esenciales de la unión hipostática: l) unidad  de la hipóstasis; 2) persistencia de las dos naturalezas unidas, conservando  cada una sus propiedades sin cambio ni confusión; 3) indestructibilidad de tal  unión, gracias a la unidad de la   Persona (Dialéctica, l6; De la Fe Ortodoxa, lll, 3).

“Al consentirlo la Virgen, el Espíritu Santo  descendió sobre Ella para purificarla, hacerla capaz de recibir al Verbo y de  ser su Madre. La Virtud  y la Sabiduría  subsistente del Altísimo, esto es, el Hijo de Dios consubstancial al Padre, la  cubrió con la sombra, y de su substancia purísima se formó una carne animada  por una alma racional, y esto por vía de creación inmediata, y por la operación  del Espíritu Santo. La forma del cuerpo así creada no se constituyó por  crecimientos progresivos: sino que ese cuerpo adquirió de golpe su  configuración perfecta. El Verbo de Dios mismo sirvió de hipóstasis a la carne;  porque esta no es una carne previamente subsistente que al Verbo se haya unido;  sino que en el momento en que la carne fue creada y animada por un alma  racional, fue la carne del Verbo de Dios. Por lo cual tenemos, no un hombre  deificado, sino un Dios encarnado. El que ya era por naturaleza Dios perfecto  vino a ser igualmente por naturaleza hombre perfecto. No sufrió El cambio en su  naturaleza; tampoco se presentó como un fantasma humano; sino que a la carne  que tomó de la Virgen  se le unió según la hipóstasis, sin confusión ni separación. Tampoco se hizo  una nueva naturaleza compuesta de las dos anteriores, la divina y la humana” (De la Fe Ortodoxa, lll, 2; l2; Contra los Jacobitas, 79-85;Contra los Nestorianos, 43).

La unión hipostática es por sí misma  indestructible; no ha sido interrumpida ni durante la muerte de Cristo (Homilía para el sábado santo, 20).

A los herejes que le preguntaban si en  definitiva es creada o increada la   Persona de Cristo el Damasceno les resume la cuestión de esta  manera: “La única hipóstasis del Verbo es increada, en razón de su divinidad, y  creada en razón de su humanidad; porque debemos evitar dos escollos: o dividir  la única Persona de Cristo o negar la distinción de sus dos naturalezas” (De la Fe Ortodoxa, lV, 5).

Puesto que Cristo es verdaderamente Dios, la  virgen María, su Madre, es verdaderamente Madre de Dios, porque la generación  se refiere a la persona y no a la naturaleza; la hipóstasis es lo engendrado (De la Fe Ortodoxa, lll, l2; lV, 7).

Puesto que la unión hipostática respeta la  integridad de las dos naturalezas unidas, cada una de ellas conserva por lo  tanto intactas sus propiedades, facultades y operaciones.apoyándose en la misma  distinción entre Persona y naturaleza, combate el Demasceno a los  “monotelitas”, partidarios de una sola voluntad en Cristo. La energía, dice él,  se desprende de la naturaleza; por razón de su naturaleza es por lo que cada  ser está dotado de energía que conviene a la naturaleza humana. Puesto que  Cristo posee una naturaleza humana completa, obra en virtud de la voluntad  humana, aunque ésta concuerde con la energía propia de la naturaleza divina,  voluntad libre igualmente, en la única Persona del Verbo (De las dos Voluntades 26-27) “Cristo no realizaba  las acciones humanas de una manera solamente humana, porque no era un puro  hombre. Igualmente no se entregaba a operaciones divinas como Dios tan solo,  porque no era solamente Dios. . . La divinidad hacía milagros, pero la  humanidad era su instrumento. La humanidad sufría, pero laa divinidad hacía  redentores esos sufrimientos. Esta era la operación “teándrica” de que había  hablado San Dionisio (De las  voluntades, 42, 43).

También en razón de la unión hipostática la  ciencia humana de Cristo fue entera desde el primer instante de su conceoción,  esclareciendo la luz del Verbo la inteligencia humana acerca de todo lo que  ésta debía conocer. Lo que se llama progreso, dado el caso, no concierne sino a  la manifestación de un saber adquirido desde siempre (De la Fe Ortodoxa, ll, 28; lll, l4, 2l-22). Aún más,  el almachumana de Cristo gozaba permanentemente de la visión beatífica (Homilía sobre la transfiguración, l2; De la Fe Ortodoxa, lV, l8).

Aunque tomó la naturaleza humana “excepto el  pecado”, Cristo conoció sin embargo las debilidades y sufrimientos que son la  consecuencia del pecado: fatiga, hambre y sed, mordeduras de los elementos,  etc. . .; y luego las pasiones del alma: angustia, temor, tristeza (De la Fe Ortodoxa, lll, 20-28). Como no tenía pecado,  exento de la deuda común, Cristo pudo hacerse nuestro Redentor: “Hemos sido  liberados el día en que el Hijo de Dios, verdadero Dios, sufrió en la carne que  había tomado y pagó por nosotros un rescate adecuado y admirable, su propia  sangre, que aplacó al Padre”. Al atacar al inocente, el demonio y la muerte  perdieron sus derechos sobre los culpables (De  la Fe Ortodoxa, lll, l8, 27; Himilía para el Sábado santo, 25, 36).

La Virgen María es presentada por San  Juan Damasceno como el “adversario de la rebelión original”, “el ornamento de  la especie humana” y “la gloria de toda la creación” (Homilía sobre la Natividad, 7, 8; Sobre la Dormición, 2). Ella fue inmaculada en su  concepción, y conservó intacta su virginidad al convertirse en Madre de Cristo  y Madre de Dios (De la Fe Ortodoxa, lV, l4). Asociada a la obra redentora de su Divino Hijo, lo siguió hasta el Calvario, donde su corazón fue  tranpasado por la espada. Luego, después de haberle sobrevivido pocos años,  pasó ella por la muerte y por la tumba a fin de parecérsele también en esto;  pero, como El, no conoció Ella la corrupción. Resucitada al tercer día después de su dormición, fue elevada al cielo, donde está sentada al lado de Cristo,  por encima de los ángeles, y prosigue supapel de corredentora por su meditación  universal de toda gracia (Homilía ll, sobre la Dormición, 4-8-l2).

Ardiente defensor del culto de los Santos, de  sus reliquias y de sus imágenes, San Juan Damasceno funda esta veneración y la  limita a la vez, explicando que lo que honramos en los Santos son en suma los  dones de Dios que han hecho de ellos los hijos del Padre celestial, los amigos  y los hermanos de Cristo, los templos del Espíritu Santo. Muy lejos  consiguientemente, de usurparle algo a Dios, este culto le rinde un nuevo  homenaje a su poder y a su bondad (De  las Imágenes, lll, l0, 33; De la Fe Ortodoxa, lV, l5). Evidentemente, el querer  representar a Dios, puro Espíritu, invisible e incircunscrito, sería “el colmo  de la demencia y de la impiedad”. Pero aunque la Ley proscribe los ídolos, o falsos dioses,  autoriza otras representaciones, las de los ángeles por ejemplo. Por lo demás,  en la Ley Nueva,  el Verbo de Dios, tomando una naturaleza humana, ¿no nos autoriza  implícitamente a hacer de ella representaciones visibles? Si los iconoclastas  tenían razón, ¿quería decir por lo tanto que la Iglesia se había  equivocado hasta entonces?. ¿Cómo no comprenden que el culto no se dirige a  la imagen misma como objeto material, sino a la persona representada, y que la  imagen permite solamente evocar de manera más sensible?

El culto de adoración se le reserva a Dios,  Creador y Dueño supremo de todas las cosas; pero las creaturas merecen respeto  y veneración en la proporción misma en que están próximas a El (Del Culto de los Santos), o bien en la medida en que  contribuyen ellas a acercarnos a El (de aquí el culto de las imágenes y de los  símbolos) (De las Imágenes, l, 2l; lll, 27-40).

La doctrina sacramental de San Juan Damasceno se  limita casi exclusivamente al Bautismo y a la Eucaristía.

Figurando por las purificaciones de la Antigua Ley, en  particular por la   Circuncisión, el bautismo de la Nueva Ley nos hace  efectivamente hijos de Dios. Por estar el hombre compuesto de cuerpo y alma  necesita una doble purificación, operada por el agua y por el Espíritu Santo.  La invocación de las Tres Divinas Personas, “la epiclesis”, es indispensable,  porque es la Trinidad  quien da y conserva al hombre su ser sobrenatural. La triple inmersión  representa los tres días de la muerte de Cristo. Requiere muy sincero  arrepentimiento de los pecados; y la   Gracia que confiere es proporcionada a las disposiciones del  sujeto. Pero su eficacia es independiente de la dignidad del ministro (De la Fe Ortodoxa, lV, 9-l0). El “carácter” impreso  por el Bautismo al mismo tiempo que por la Confirmación que  parece serle inseparable, está muy claramente indicado: “Estamos unidos a  Cristo por la Fe,  por la obediencia y por la marca que se agrega a la Fe y que es una asimilación a  Cristocon una participación en el Espíritu Santo” (Id. Vl, 30).

La Eucaristía es el don supremo del  amor divino, y el alimento apropiado de los hijos de Dios. No hay la menor duda  de que contiene el Cuerpo de Cristo, el mismo que nació de la Virgen. La  transubstanciación, cambio total del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre  de Cristo, es lo que asegura esa presencia desde el momento en que el sacerdote  pronuncia las palabras de la consagración: “la carne de Dios viene del trigo; su sangre viene del vino en virtud del cambio operado por las epiclesis” (Homilía sobre el Sábado santo, 35).

La Eucaristía es también un  sacrificio, “la hostia pura e incruenta ofrecida en todo lugar el Señor”,  anunciada por el Profeta Malaquías. Se llama “participación” porque gracias a  ella participamos en la divinidad; o “comunión”, porque nos pone efectivamente  en comunión con Jesucristo y con nuestros hermanos que constituyen el Cuerpo  Místico de Cristo (De la Fe Ortodoxa, lV, l8).

Tratando de las postrimerías, San Juan Damasceno  llama a la muerte induvidual “consumación universal y final”. Porque, en  efecto, la muerte es seguida de inmediato por un juicio particular irrevocable  que fija al alma para siempre en el estado en que está se encuentra en el  momento en que sale el cuerpo. “El alma del Justo es inundada con la luz de la Santísima Trinidad  en compañia de los santos ángeles, mientras que el alma del pecador desciende a  las oscuras prisiones del infierno, para sufrir allí el castigo merecido, y  esto por la eternidad” (De la Fe Ortodoxa, ll, 2-4;Homilía, l, sobre la Dormición, ll-l2; Contra los Maniqueos; 37; Panegírico de Sta. Barba, l8).

El fuego del infierno y el gusano roedor que se  deben entender en un sentido metafórico, cuando se trata de los tormentos de  los demonios y de las almas separadas, designan sin embargo torturas corporales  después de la resurrección y del juicio final (Contra  los Maniqueos, 36-75; De la Fe Ortodoxa, lV, 27).

La recomendación de orar por los muertos y la  composición de himnos que imploren por ellos el reposo eterno son  reconocimientos harto explícitos de la existencia del purgatorio (De las Herejías 75; de los Ayunos sagrados, 4).

La Resurrección, “segunda erección de  lo que estaba caído”, o reconstitución de los hombres tocados por la muerte, no  es imposible para la omnipotencia de Dios; conviene para el triunfo de su  Providencia y de su Justicia; está expresamente anunciada por la Escritura, en particular  por l, Cor. 15.

Fuente: Mercaba, con modificaciones y comentarios del editor

Martirologio Romano del 27 de marzo

1. En Salzburgo, en Baviera, san Ruperto, obispo, que siendo  originario de la región de Worms, a petición del duque Teodon se dirigió a  Baviera y en la antigua ciudad de Juvavum edificó una iglesia y un monasterio,  donde estuvo al frente como obispo y como abad, y desde allí difundió la fe  cristiana (c. 718).

2*. En la región Septempedana (hoy San Severino Marche),  del Piceno, en Italia, beato Peregrino de Falerone, presbítero, que fue uno de  los primeros discípulos de san Francisco y que, peregrino en Tierra Santa,  resultó admirado incluso por los sarracenos (1232).

3*. En Quarona, junto a Novara, del Piamonte, en Italia,  beata Panacea de’Muzzi, virgen y mártir, que a los quince años de edad, estando  orando en la iglesia, fue asesinada por su propia madrastra, que siempre la  atormentaba (1383).

4*. En Turín, también en el Piamonte, beato  Francisco Faá di Bruno, presbítero, que unió la ciencia de las matemáticas y de  la física con la práctica de las obras de caridad (1888).

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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