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Interpretación del capítulo XII del Apocalipsis por Sor María de Agreda, mística española del siglo XXVII

En segundo lugar, les manifestó Dios había de criar una naturaleza humana y criaturas racionales inferiores, para que amasen, temiesen y reverenciasen a Dios, como a su autor y bien eterno, y que a esta naturaleza había de favorecer mucho; y que la segunda persona de la misma Trinidad Santísima se había de humanar y hacerse hombre, levantando a la naturaleza humana a la unión hipostática y Persona Divina, y que a aquel supuesto hombre y Dios habían de reconocer por Cabeza, no sólo en cuanto Dios, pero juntamente en cuanto hombre, y le habían de reverenciar y adorar; y que los mismos Ángeles habían de ser sus inferiores en dignidad y gracias y sus siervos. Y les dio inteligencia de la conveniencia y equidad, justicia y razón, que en esto había; porque la aceptación de los merecimientos previstos de aquel hombre y Dios les había merecido la gracia que poseían y la gloria que poseerían; y que para gloria de él mismo habían sido criados ellos y todas las otras criaturas lo serían, porque a todas había de ser superior; y todas las que fuesen capaces de conocer y gozar de Dios, habían de ser pueblo y miembros de aquella cabeza, para reconocerle y reverenciarle. Y de todo esto se les dio luego mandato a los ángeles.

89. A este precepto todos los obedientes y santos ángeles se rindieron y prestaron asenso y obsequio con humilde y amoroso afecto de toda su voluntad; pero Lucifer con soberbia y envidia resistió y provocó a los ángeles, sus secuaces, a que hicieran lo mismo, como de hecho lo hicieron, siguiéndole a él y desobedeciendo al divino mandato. Persuadióles el mal Príncipe que sería su cabeza y que tendrían principado independiente y separado de Cristo. Tanta ceguera pudo causar en un ángel la envidia y soberbia y un afecto tan desordenado, que fuese causa y contagio para comunicar a tantos el pecado. 90. Aquí fue la gran batalla, que San Juan dice (Ap., 12, 7) sucedió en el cielo; porque los Ángeles obedientes y Santos, con ardiente celo de defender la gloria del Altísimo y la honra del Verbo humanado previsto, pidieron licencia y como beneplácito al Señor para resistir y contradecir al dragón, y les fue concedido este permiso.

Pero sucedió en esto otro misterio: que cuando se les propuso a todos los ángeles habían de obedecer al Verbo humanado, se les puso otro tercero precepto, de que habían de tener juntamente por superiora a una mujer, en cuyas entrañas tomaría carne humana este Unigénito del Padre; y que esta mujer había de ser su Reina y de todas las criaturas y que se había de señalar y aventajar a todas, angélicas y humanas, en los dones de gracia y gloria. Los buenos ángeles, en obedecer este precepto del Señor, adelantaron y engrandecieron su humildad y con ella le admitieron y alabaron el poder y sacramentos del Altísimo; pero Lucifer y sus confederados, con este precepto y misterio, se levantaron a mayor soberbia y desvanecimiento; y con desordenado furor apeteció para sí la excelencia de ser cabeza de todo el linaje humano y órdenes angélicos y que, si había de ser mediante la unión hipostática, fuese con él.

91. Y en cuanto al ser inferior a la Madre del Verbo humanado y Señora nuestra, lo resistió con horrendas blasfemias, convirtiéndose en desbocada indignación contra el Autor de tan grandes maravillas; y provocando a los demás, dijo este dragón: Injustos son estos preceptos y a mi grandeza se le hace agravio; y a esta naturaleza, que tú, Señor, miras con tanto amor y propones favorecerla tanto, yo la perseguiré y destruiré y en esto emplearé todo mi poder y cuidado. Y a esta mujer, Madre del Verbo, la derribaré del estado en que la prometes poner y a mis manos perecerá tu intento. 41 92. Este soberbio desvanecimiento enojó tanto al Señor, que humillando a Lucifer le dijo: Esta mujer, a quien no has querido respetar, te quebrantará la cabeza (Gén., 3, 15) y por ella serás vencido y aniquilado. Y si por tu soberbia entrare la muerte en el mundo (Sab., 2, 24), por la humildad de esta mujer entrará la vida y la salud de los mortales; y de su naturaleza y especie de estos dos gozarán el premio y coronas que tú y tus secuaces habéis perdido.—Y a todo esto replicaba el dragón con indignada soberbia contra lo que entendía de la divina voluntad y sus decretos; amenazaba a todo el linaje humano. Y los ángeles buenos conocieron la justa indignación del Altísimo contra Lucifer y los demás apostatas y con las armas del entendimiento, de la razón y verdad peleaban contra ellos.

93. Obró aquí el Todopoderoso otro misterio maravilloso: que habiéndoles manifestado por inteligencia a todos los ángeles el sacramento grande de la unión hipostática, les mostró la Virgen Santísima en una señal o especie, al modo de nuestras visiones imaginarias, según nuestro modo de entender. Y así les dio a conocer y representó la humana naturaleza pura en una mujer perfectísima, en quien el brazo poderoso del Altísimo había de ser más admirable que en todo el resto de las criaturas, porque en ella depositaba las gracias y dones de su diestra en grado superior y eminente. Esta señal y visión de la Reina del cielo y Madre del Verbo humanado fue notoria y manifiesta a todos los ángeles buenos y malos. Y los buenos a su vista quedaron en admiración y cánticos de alabanza y desde entonces comenzaron a defender la honra de Dios humanado y su Madre Santísima, armados con este ardiente celo y con el escudo inexpugnable de aquella señal. Y, por el contrario, el dragón y sus aliados concibieron implacable furor y saña contra Cristo y su Madre santísima; y sucedió todo lo que contiene el cap. 12 del Apocalipsis, cuya declaración, como se me ha dado, pondré en el que se sigue. Capítulo 8 Que prosigue el discurso de arriba con la explicación del capítulo 12 del Apocalipsis.

94. La letra de este capítulo del Apocalipsis dice: Apareció en el cielo una gran señal, una mujer cubierta del sol y debajo de sus pies la luna y una corona de doce estrellas en su cabeza; y estaba preñada y pariendo daba voces y era atormentada para parir. Y fue vista otra señal en ¿I cielo, y viose un dragón grande rojo, que tenía siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en sus cabezas; y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó en la tierra; y él dragon estuvo delante de la mujer, que había de parir, para que en pariendo se tragase el hijo. Y parió un hijo varón, que había de regir las gentes con vara de hierro; y fue arrebatado su hijo para Dios y para su trono, y la mujer huyó a la soledad, donde tenía lugar aparejado por Dios, para que allí la alimenten mil doscientos y sesenta días. Y sucedió una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles peleaban con el dragón y peleaba el dragón y sus ángeles; y no prevalecieron y de allí adelante no se halló lugar suyo en el cielo. Y fue arrojado aquel dragón, serpiente antigua que se llama diablo y Satanás, que engaña a todo el orbe; y fue arrojado en la tierra y sus ángeles fueron enviados con él. Y oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha sido hecha la salud y la virtud y el reino de nuestro Dios y la potestad de su Cristo; porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, que los acusaba ante nuestro Dios de día y de noche. Y 42 ellos le han vencido por la sangre del Cordero y palabras de sus testimonios y pusieron sus almas hasta la muerte. Por esto os alegrad, cielos, y los que habitáis en ellos. ¡Ay de la tierra y mar, porque a vosotros ha bajado el diablo, que tiene grande ira, sabiendo que tiene poco tiempo! Y después que vio el dragón cómo era arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que parió el hijo varón; y fuéronle dadas a la mujer alas de una grande águila, para que volase al desierto a su lugar, donde es alimentada por tiempo y tiempos y la mitad del tiempo fuera de la cara de la serpiente. Y arrojó la serpiente de su boca tras de la mujer agua como un río. Y la tierra ayudó a la mujer y abrió la tierra su boca y sorbió al río que arrojó el dragón de su boca. Y el dragón se indignó contra la mujer y fuese para hacer guerra a los demás de su generación, que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo. Y estuvo sobre la arena del mar (Ap., 12, 1-18).

 

Estatua en memoria de la mística, Soria, España

95. Hasta aquí es la letra del evangelista. Y habla de presente, porque entonces se le mostraba la visión de lo que ya había pasado, y dice: apareció en el cielo una gran señal, una mujer cubierta del sol y debajo de sus pies la luna y coronada la cabeza con doce estrellas. Esta señal apareció verdaderamente en el cielo por voluntad de Dios, que, se la propuso manifiesta a los buenos y malos ángeles, para que a su vista determinasen sus voluntades a obedecer los preceptos de su beneplácito; y así la vieron antes que los buenos se determinasen al bien y los malos al pecado; y fue como señal de cuán admirable había de ser Dios en la fábrica de la humana naturaleza. Y aunque de ella les había dado a los ángeles noticia, revelándoles el misterio de la unión hipostática, pero quiso manifestársela por diferente modo en pura criatura y en la más perfecta y santa que, después de Cristo nuestro Señor, había de criar. Y también fue como señal para que los buenos ángeles se asegurasen que por la desobediencia de los malos, aunque Dios quedaba ofendido, no dejaría de ejecutar el decreto de criar a los hombres; porque el Verbo humanado y aquella mujer Madre suya le obligarían infinito más que los inobedientes ángeles podían desobligarle. Fue también como arco en el cielo —a cuya semejanza se pondría el de las nubes después del diluvio (Gén., 9, 13)— para que asegurase que, si los hombres pecasen como los ángeles y fuesen inobedientes, no serían castigados como ellos sin remisión, pero que les daría saludable medicina y remedio por medio de aquella maravillosa señal. Y fue como decirles a los ángeles: No castigaré yo de esta manera a las criaturas que he de criar, porque de la naturaleza humana descenderá esta mujer en cuyas entrañas tomará carne mi Unigénito, que será el restaurador de mi amistad y apaciguará mi justicia y abrirá el camino de la felicidad, que cerrará la culpa.

96. En testimonio de esto, el Altísimo, a la vista de aquella señal, después que los ángeles inobedientes fueron castigados, se mostró a los buenos ángeles como desenojado y aplacado de la ira que la soberbia de Lucifer le había ocasionado y, a nuestro entender, se recreaba con la presencia de la Reina del cielo, representada en aquella imagen; dando a entender a los ángeles santos que pondría en los hombres, por medio de Cristo y su Madre, la gracia y dones que los apostatas por su rebeldía habían perdido. Tuvo también otro efecto aquella gran señal en los ángeles buenos, que como de la porfía y contienda con Lucifer estaban, a nuestro modo de entender, como afligidos y contristados y, casi turbados, quiso el Altísimo que con la vista de aquella señal se alegrasen y con la gloria esencial se les acrecentase este gozo accidental, merecido también con su victoria contra Lucifer; y viendo aquella vara de clemencia, que se les mostraba en señal de paz (Est., 4, 11), conociesen luego que no se entendía con ellos la ley del castigo, pues habían obedecido a la divina voluntad y a sus preceptos. Entendieron asimismo los Santos Ángeles en esta visión mucho de los misterios y sacramentos de la encarnación que en 43 ella se encerraban y de la Iglesia militante y sus miembros; y que habían de asistir y ayudar al linaje humano, guardando a los hombres y defendiéndolos de sus enemigos y encaminándolos a la eterna felicidad, y que ellos mismos la recibían por los merecimientos del Verbo humanado; y que los había preservado Su Majestad en virtud del mismo Cristo, previsto en su mente divina.

97. Y como todo esto fue de grande alegría y gozo para los buenos ángeles, fue también de grande tormento para los malos y como principio y parte de su castigo, que luego conocieron, de lo que no se habían aprovechado, y que aquella mujer los había de vencer y quebrantar la cabeza (Gén., 3, 15). Todos estos misterios, y muchos que no puedo explicar, comprendió el evangelista en este capítulo y más en esta señal grande; aunque lo refiere en oscuridad y enigma, hasta que llegase el tiempo.

98. El sol, de que dice estaba cubierta la mujer, es el Sol verdadero de justicia; para que los ángeles entendiesen la voluntad eficaz del Altísimo, que siempre quería y determinaba asistir por gracia en esta mujer, hacerla sombra y defenderla con su invencible brazo y protección. Tenía debajo de los pies la luna, porque en la división que hacen estos dos planetas del día y noche, la noche de la culpa, significada en la luna, había de quedar a sus pies, y el sol, que es el día de la gracia, había de vestirla toda eternamente; y también, porque los menguantes de la gracia, que tocan a todos los mortales, habían de estar debajo de los pies y nunca podrían subir al cuerpo y alma, que siempre habían de estar en crecientes sobre todos los hombres y ángeles; y sola ella había de ser libre de la noche y menguantes de Lucifer y de Adán, que siempre los hollaría, sin que pudiesen prevalecer contra ella. Y como vencidas todas las culpas y fuerzas del pecado original y actual, se las pone el Señor en los pies en presencia de todos los ángeles, para que los buenos la conozcan y los malos —aunque no todos los misterios de la visión alcanzaron— teman a esta Mujer, aun antes que tenga ser.

99. La corona de doce estrellas, claro está, son todas las virtudes que habían de coronar a esta Reina de los cielos y tierra; pero el misterio de ser doce fue por los doce tribus de Israel, adonde se reducen todos los electos y predestinados, como los señala el evangelista en el cap. 7 del Apocalipsis (Ap., 7, 4-8). Y porque todos los dones, gracias y virtudes de todos los escogidos habían de coronar a su Reina en grado superior y eminente exceso, se le pone la corona de doce estrellas sobre su cabeza.

100. Estaba preñada, porque en presencia de todos los ángeles, para alegría de los buenos y castigo de los malos que resistían a la divina voluntad y a estos misterios, se manifestase que toda la santísima Trinidad había elegido a esta maravillosa mujer por Madre del Unigénito del Padre. Y como esta dignidad de Madre del Verbo era la mayor y principio y fundamento de todas las excelencias de esta gran Señora y de esta señal, por eso se les propone a los ángeles como depósito de toda la Santísima Trinidad, en la Divinidad y Persona del Verbo humanado; pues, por la inseparable unión y existencia de las personas por la indivisible unidad, no pueden dejar de estar todas tres personas donde está cada una, aunque sola la del Verbo era la que tomó carne humana y de ella sola estaba preñada.

101. Y pariendo daba voces; porque si bien la dignidad de esta Reina y este misterio había de estar al principio encubierto, para que naciese Dios pobre y humilde y disimulado, pero después dio este parto tan grandes voces, que el primer eco hizo turbar y salir de sí al rey Herodes y a los Magos obligó a desamparar sus casas y patrias para 44 venir a buscarle; unos corazones se turbaron y otros con afecto interior se movieron (Mt., 2, 1-3). Y creciendo el fruto de este parto, desde que fue levantado en la cruz (Jn., 12, 32) dio tan grandes voces, que se han oído desde el oriente al poniente y desde el septentrión al mediodía (Rom., 10, 18). Tanto se oyó la voz de esta Mujer, que dio, pariendo, la Palabra del Eterno Padre.

102. Y era atormentada para parir. No dice esto porque había de parir con dolores, que esto no era posible en este parto Divino, sino porque fue gran dolor y tormento para esta Madre que, en cuanto a la humanidad, saliese del secreto de su virgíneo vientre aquel cuerpecito divinizado, para padecer y sujeto a satisfacer al Padre por los pecados del mundo y pagar lo que no había de cometer (Sal., 68., 5); que todo esto conocería y conoció la Reina por la ciencia de las Escrituras; y, por el natural amor de tal Madre a tal Hijo, naturalmente lo había de sentir, aunque conforme con la voluntad del Eterno Padre. También se comprende en este tormento el que había de padecer la Madre Piadosísima conociendo los tiempos que había de carecer de la presencia de su tesoro, desde que saliese de su tálamo virginal; que si bien en cuanto a la divinidad le tenía concebido en el alma, pero en cuanto a la humanidad Santísima había de estar mucho tiempo sin él y era Hijo solo suyo. Y aunque el Altísimo había determinado hacerla exenta de la culpa, pero no de los trabajos y dolores correspondientes al premio que le estaba aparejado; y así fueron los dolores de este parto (Gén., 3, 16), no efectos del pecado como en las descendientes de Eva, sino del intenso y perfecto amor de esta Madre divina a su único y Santísimo Hijo. Y todos estos sacramentos fueron para los Santos Ángeles motivo de alabanza y admiración y para los malos, principio de su castigo. 103. Y fue vista en el cielo otra señal: viose un dragón grande y rojo, que tenía siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en sus cabezas; y con la cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó en la tierra. Después de lo que está dicho, se siguió el castigo de Lucifer y sus aliados. Porque a sus blasfemias contra aquella señalada mujer, se siguió la pena de hallarse convertido de ángel hermosísimo en dragón fiero y feísimo, apareciendo también la señal sensible y exterior figura. Y levantó con furor siete cabezas, que fueron siete legiones o escuadrones, en que se dividieron todos los que le siguieron y cayeron; y a cada principado o congregación de éstas le dio su cabeza, ordenándoles que pecasen y tomasen por su cuenta incitar y mover a los siete pecados mortales, que comúnmente se llaman capitales, porque en ellos se contienen los demás pecados y son como cabezas de los bandos que se levantan contra Dios. Estos son soberbia, envidia, avaricia, ira, lujuria, gula y pereza; que fueron las siete diademas con que Lucifer convertido en dragón fue coronado, dándole el Altísimo este castigo y habiéndolo negociado él, como premio de su horrible maldad, para sí y para sus ángeles confederados; que a todos fue señalado castigo y penas correspondientes a su malicia y haber sido autores de los siete pecados capitales.

104. Los diez cuernos de las cabezas son los triunfos de la iniquidad y malicia del dragón y la glorificación, y exaltación arrogante y vana que él se atribuye a sí mismo en la ejecución de los vicios. Y con estos depravados afectos, para conseguir el fin de su arrogancia, ofreció a los infelices ángeles su depravada y venenosa amistad y fingidos principados, mayorías y premios. Y estas promesas, llenas de bestial ignorancia y error, fueron la cola con que el dragón arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo; que los ángeles estrellas eran y, si perseveraran, lucieran después con los demás ángeles y justos, como el sol, en perpetuas eternidades (Dan., 12, 3); pero arrojólos (Jds., 1, 6) el castigo merecido en la tierra de su desdicha hasta el centro de ella, que es el infierno, 45 donde carecerán eternamente de luz y de alegría.

 

La Dama de Azul. Sor María evangelizando a nativos americanos por bilocación

105. Y el dragón estuvo delante de la mujer, para tragarse al hijo que pariese. La soberbia de Lucifer fue tan desmedida que pretendió poner su trono en las alturas (Is., 14, 13-14) y con sumo desvanecimiento dijo en presencia de aquella señalada mujer: Ese hijo, que ha de parir esa mujer, es de inferior naturaleza a la mía; yo le tragaré y perderé y contra él levantaré bando que me siga; y sembraré doctrinas contra sus pensamientos y leyes que ordenare; y le haré perpetua guerra y contradicción. Pero la respuesta del altísimo Señor fue, que aquella mujer había de parir un hijo varón que había de regir las gentes con vara de hierro. Y este varón, añadió el Señor, será no sólo hijo de esta mujer, sino también Hijo mío, hombre y Dios Verdadero, y fuerte, que vencerá tu soberbia y quebrantará tu cabeza. Será para ti, y para todos los que te oyeren y siguieren, juez poderoso, que te mandará con vara de hierro (Sal., 2, 9) y desvanecerá todos tus altivos y vanos pensamientos. Y será este hijo arrebatado a mi trono, donde se asentará a mi diestra y juzgará, y le pondré a sus enemigos por peana de sus pies (Sal., 109., 1), para que triunfe de ellos; y será premiado como hombre justo y que, siendo Dios, ha obrado tanto por sus criaturas; y todos le conocerán y darán reverencia y gloria (Ap., 5, 13); y tú, como el más infeliz, conocerás cuál es el día de la ira (Sof., 1, 15) del Todopoderoso; y esta mujer será puesta en la soledad, donde tendrá lugar aparejado por mí. Esta soledad adonde huyó esta mujer, es la que tuvo nuestra gran Reina siendo única y sola en la suma santidad y exención de todo pecado; porque, siendo mujer de la común naturaleza de los mortales, sobrepujó a todos los ángeles en la gracia y dones y merecimientos que con ellos alcanzó. Y así huyó y se puso en una soledad entre las puras criaturas, que es única y sin semejante en todas ellas; y fue tan lejos del pecado esta soledad, que el dragón no pudo alcanzarla de vista, ni desde su concepción la pudo divisar. Y así la puso el Altísimo sola y única en el mundo, sin comercio ni subordinación a la serpiente, antes, con aseguración y como firme protesta, determinó y dijo: Esta mujer, desde el instante que tenga ser, ha de ser mi escogida y única para mí; yo la eximo desde ahora de la jurisdicción de sus enemigos y la señalo un lugar de gracia eminentísimo y solo, para que allí la alimenten mil doscientos y sesenta días.—Este número de días había de estar la Reina del cielo en un estado altísimo de singulares beneficios interiores y espirituales y mucho más admirables y memorables; y esto fue en los últimos años de su vida, como en su lugar con la divina gracia diré (Cf. Infra p. III, Libro VIII, cap. 8 y 11) Y en aquel estado fue alimentada tan divinamente, que nuestro entendimiento es muy limitado para conocerlo. Y porque estos beneficios fueron como fin adonde se ordenaban los demás de la vida de la Reina del cielo y el remate de ellos, por eso fueron señalados estos días determinadamente por el evangelista. Capítulo 9 Prosigue lo restante de la explicación del capítulo 12 del Apocalipsis.

106. Y sucedió en el Cielo una gran batalla: Miguel y sus ángeles peleaban con el dragón y el dragón y sus ángeles peleaban. Habiendo manifestado el Señor lo que está dicho a los buenos y malos ángeles, el Santo Príncipe Miguel y sus compañeros por el Divino permiso pelearon con el dragón y sus secuaces. Y fue admirable esta batalla, porque se peleaba con los entendimientos y voluntades. San Miguel, con el celo que ardía 46 en su corazón de la honra del Altísimo y armado con su Divino Poder y con su propia humildad, resistió a la desvanecida soberbia del dragón, diciendo: Digno es el Altísimo de honor, alabanza y reverencia, de ser amado, temido y obedecido de toda criatura; y Es Poderoso para obrar todo lo que Su Voluntad quisiere; y nada puede querer que no sea muy Justo el que Es Increado y sin dependencia de otro ser, y nos dio de Gracia el que tenemos, creándonos y formándonos de nada; y puede crear otras criaturas cuando y como fuere Su Beneplácito. Y razón es que nosotros, postrados y rendidos ante Su Acatamiento, adoremos a Su Majestad y Real Grandeza. Venid, pues, ángeles, seguidme, y adorémosle y alabemos Sus admirables y ocultos Juicios, Sus perfectísimas y santísimas Obras. Es Dios Altísimo y Superior a toda criatura, y no lo fuera si pudiéramos alcanzar y comprender Sus grandes Obras. Infinito Es en Sabiduría y Bondad y rico en Sus Tesoros y Beneficios; y, como Señor de todo y que de nadie necesita, puede comunicarlos a quien más servido fuere y no puede errar en Su elección. Puede amar y darse a quien amare, y amar a quien quisiere, y levantar, crear y enriquecer a quien fuere Su gusto; y en todo será Sabio, Santo y Poderoso. Adorémosle con hacimiento de gracias por la maravillosa Obra que ha determinado de la Encarnación y favores de su pueblo, y de su reparación si cayere. Y a este Supuesto de dos naturalezas, Divina y Humana, adorémosle y reverenciémosle y recibámosle por nuestra cabeza; y confesemos que Es Digno de toda Gloria, Alabanza y Magnificencia, y como Autor de la Gracia y de la Gloria Le demos Virtud y Divinidad.

107. Con estas armas peleaban San Miguel y sus Ángeles y combatían como con fuertes rayos al dragón y a los suyos, que también peleaban con blasfemias; pero a la vista del Santo Príncipe, y no pudiendo resistir, se deshacía en furor y por su tormento quisiera huir, pero la Voluntad Divina ordenó que no sólo fuese castigado, sino también fuese vencido, y a su pesar conociese la Verdad y Poder de Dios; aunque blasfemando, decía: Injusto es Dios en levantar a la humana naturaleza sobre la angélica. Yo soy el más excelente y hermoso ángel y se me debe el triunfo; yo he de poner mi trono (Is., 14, 13) sobre las estrellas y seré semejante al Altísimo y no me sujetaré a ninguno de inferior naturaleza, ni consentiré que nadie me preceda ni sea mayor que yo.— Lo mismo repetían los apostatas secuaces de Lucifer; pero San Miguel le replicó: ¿Quién hay que se pueda igualar y comparar con el Señor que habita en los Cielos? Enmudece, enemigo, en tus formidables blasfemias y, pues la iniquidad te ha poseído, apártate de nosotros, ¡oh, infeliz!, y camina con tu ciega ignorancia y maldad a la tenebrosa noche y caos de las penas infernales; y nosotros, ¡oh, Espíritus del Señor!, adoremos y reverenciemos a esta dichosa Mujer, que ha de dar Carne Humana al Eterno Verbo, y reconozcámosla por nuestra Reina y Señora. 108. Era aquella gran Señal de la Reina escudo en esta pelea para los buenos Ángeles y arma ofensiva para contra los malos; porque a Su Vista las razones y pelea de Lucifer no tenían fuerza y se turbaba y como enmudecía, no pudiendo tolerar los Misterios y Sacramentos que en aquella Señal eran representados. Y como por la Divina Virtud había aparecido aquella misteriosa Señal, quiso también Su Majestad que apareciese la otra figura o señal del dragón rojo y que en ella fuese ignominiosamente lanzado del Cielo con espanto y terror de sus iguales, y con admiración de los Ángeles Santos; que todo esto causó aquella nueva demostración del Poder y Justicia de Dios.

109. Dificultoso es reducir a palabras lo que pasó en esta memorable batalla, por haber tanta distancia de las breves razones materiales a la naturaleza y operaciones de tales y tantos espíritus Angélicos. Pero los malos no prevalecieron, porque la injusticia, mentira 47 e ignorancia y malicia no pueden prevalecer contra la equidad, verdad, luz y bondad; ni estas virtudes pueden ser vencidas de los vicios; y por esto dice que desde entonces no se halló lugar suyo en el Cielo. Con los pecados que cometieron estos desagradecidos ángeles, se hicieron indignos de la eterna vista y compañía del Señor y Su Memoria se borró en su mente, donde antes de caer estaban como escritos por los dones de gracia que les había dado; y, como fueron privados del derecho que tenían a los lugares que les estaban prevenidos si obedecieran, se traspasó este derecho a los hombres y para ellos se dedicaron, quedando tan borrados los vestigios de los ángeles apostatas que no se hallarán jamás en el Cielo. ¡Oh, infeliz maldad, y nunca harto encarecida infelicidad, digna de tan espantoso y formidable castigo! Añade y dice:

110. Y fue arrojado aquel gran dragón, antigua serpiente que se llama diablo y Satanás, que engaña a todo el orbe, y fue arrojado en la Tierra y sus ángeles fueron enviados con él. Arrojó del Cielo el Santo Príncipe Miguel a Lucifer, convertido en dragón, con aquella invencible palabra: ¿Quién como Dios? que fue tan eficaz, que pudo derribar aquel soberbio gigante y todos sus ejércitos y lanzarle con formidable ignominia en lo inferior de la Tierra, comenzando con su infelicidad y castigo a tener nuevos nombres de dragón, serpiente, diablo y Satanás, los cuales le puso el Santo Arcángel en la batalla, y todos testifican su iniquidad y malicia. Y privado por ella de la felicidad y honor que desmerecía, fue también privado de los nombres y títulos honrosos y adquirió los que declaran su ignominia; y el intento de maldad que propuso y mandó a sus confederados, de que engañasen y pervirtiesen a todos los que en el mundo viviesen, manifiesta su iniquidad. Pero el que en su pensamiento hería a las gentes, fue traído a los infiernos, como dice Isaías, capítulo 14 (Is., 14, 15), a lo profundo del lago, y su cadáver entregado a la carcoma y gusano de su mala conciencia; y se cumplió en Lucifer todo lo que dice en aquel lugar el Profeta.

111. Quedando despojado el Cielo de los malos ángeles y corrida la cortina de la Divinidad a los buenos y obedientes, triunfantes y gloriosos éstos y castigados a un mismo tiempo los rebeldes, prosigue el evangelista que oyó una grande Voz en el Cielo, que decía: Ahora ha sido hecha la salud y la virtud y el Reino de nuestro Dios y la Potestad de Su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, que en la presencia de nuestro Dios los acusaba de día y de noche. Esta voz que oyó el evangelista fue de la Persona del Verbo, y la percibieron y entendieron todos los Ángeles Santos, y sus ecos llegaron hasta el infierno, donde hizo temblar y despavorir a los demonios; aunque no todos Sus Misterios entendieron, mas de solo aquello que el Altísimo quiso manifestarles para su pena y castigo. Y fue Voz del Hijo en nombre de la humanidad que había de tomar, pidiendo al Eterno Padre fuese hecha la Salud, Virtud y Reino de Su Majestad y la Potestad de Cristo; porque ya había sido arrojado el acusador de sus hermanos del mismo Cristo, Señor nuestro, que eran los hombres. Y fue como una petición ante el Trono de la Santísima Trinidad de que fuese hecha la Salud y Virtud, y los Misterios de la Encarnación y Redención fuesen confirmados y ejecutados contra la envidia y furor de Lucifer, que había bajado del Cielo airado contra la humana naturaleza de quien el Verbo se había de vestir; y por esto, con sumo amor y compasión los llamó hermanos. Y dice que Lucifer los acusaba de día y de noche, porque, en presencia del Padre Eterno y toda la Santísima Trinidad, los acusó en el día que gozaba de la gracia, despreciándonos desde entonces con su soberbia, y después, en la noche de sus tinieblas y de nuestra caída, nos acusa mucho más, sin haber de cesar jamás de esta acusación y persecución mientras el mundo durare. Y llamó Virtud, Potestad y Reino a las obras y Misterios de la Encarnación y Muerte de Cristo, porque todo se obró con ella y se 48 manifestó Su Virtud y Potencia contra Lucifer.

 

San Miguel derrota a Lucifer. Basílica de la Merced, Barcelona, España

112. Esta fue la primera vez que el Verbo en nombre de la humanidad intercedió por los hombres ante el Trono de la Divinidad; y, a nuestro modo de entender, el Padre Eterno confirió esta petición con las Personas de la Santísima Trinidad y, manifestando a los Santos Ángeles en parte el Decreto del Divino Consistorio sobre estos Sacramentos, les dijo: Lucifer ha levantado las banderas de la soberbia y pecado y con toda iniquidad y furor perseguirá al linaje humano y con astucia pervertirá a muchos, valiéndose de ellos mismos para destruirlos, y con la ceguedad de los pecados y vicios en diversos tiempos prevaricarán con peligrosa ignorancia; pero la soberbia, mentira y todo pecado y vicio dista infinito de Nuestro Ser y Voluntad. Levantemos, pues, el triunfo de la Virtud y Santidad y Humánese para esto la Segunda Persona pasible, y acredite y enseñe la humildad, obediencia y todas las virtudes y haga la salud para los mortales; y siendo Verdadero Dios, se humille y sea hecho el menor, sea Hombre justo y ejemplar y Maestro de toda santidad, muera por la salud de sus hermanos; sea la Virtud sola admitida en nuestro Tribunal y la que siempre triunfe de los vicios. Levantemos a los humildes y humillemos a los soberbios; hagamos que los trabajos y el padecerlos sea glorioso en Nuestro Beneplácito. Determinemos asistir a los afligidos y atribulados; y que sean corregidos y afligidos nuestros amigos, y por estos medios alcancen Nuestra Gracia y amistad y que ellos también, según su posibilidad, hagan la salud, obrando la virtud. Sean bienaventurados los que lloran, sean dichosos los pobres y los que padecieron por la justicia y por su Cabeza, Cristo, y sean ensalzados los pequeños, engrandecidos los mansos de corazón; sean amados, como Nuestros hijos, los pacíficos; sean Nuestros carísimos los que perdonaren y sufrieren las injurias y amaren a sus enemigos (Mt., 5, 3- 10). Señalémosles a todos copiosos frutos de bendiciones de Nuestra Gracia y premios de inmortal Gloria en el Cielo. Nuestro Unigénito obrará esta Doctrina y los que Le siguieren serán nuestros escogidos, regalados, refrigerados y premiados y sus buenas obras serán engendradas en Nuestro Pensamiento, como causa primera de la virtud. Demos permiso a que los malos opriman a los buenos y sean parte en su corona, cuando para sí mismos están mereciendo castigo. Haya escándalo para el bueno y sea desdichado el que le causare (Mt., 18, 7) y bienaventurado el que lo padece. Los hinchados y soberbios aflijan y blasfemen de los humildes, y los grandes y poderosos a los pequeños y opriman a los abatidos, y éstos, en lugar de maldición, den bendiciones (1 Cor., 4, 12); y mientras fueren viandantes, sean reprobados de los hombres, y después sean colocados con los Espíritus y Ángeles Nuestros hijos y gocen de los asientos y premios que los infelices y mal aventurados han perdido. Sean los pertinaces y soberbios condenados a eterna muerte, donde conocerán su insipiente proceder y protervia.

113. Y para que todos tengan verdadero ejemplar y superabundante Gracia, si de ella se quisieren aprovechar, descienda Nuestro Hijo Pasible y Reparador y redima a los hombres —a quienes Lucifer derribará de su dichoso estado— y levántelos con Sus Infinitos Merecimientos. Sea hecha la Salud ahora en Nuestra Voluntad y Determinación de que haya Redentor y Maestro que merezca y enseñe, naciendo y viviendo pobre, muriendo despreciado y condenado por los hombres a muerte torpísima y afrentosa; sea juzgado por pecador y reo y satisfaga a Nuestra Justicia por la ofensa del pecado; y por Sus Méritos previstos usemos de Nuestra Misericordia y Piedad. Y entiendan todos que el humilde, el pacífico, el que obrare la virtud, sufriere y perdonare, éste seguirá a Nuestro Cristo y será Nuestro hijo; y que ninguno podrá entrar por voluntad libre en Nuestro Reino, si primero no se niega a sí mismo y, llevando su cruz, sigue a su Cabeza y Maestro (Mt., 16, 24). Y éste será Nuestro Reino, compuesto de los perfectos y que legítimamente 49 hubieren trabajado y peleado perseverando hasta el fin. Éstos tendrán parte en la Potestad de Nuestro Cristo, que ahora es hecha y determinada, porque ha sido arrojado el acusador de sus hermanos, y es hecho Su Triunfo, para que, lavándolos y purificándolos con Su Sangre, sea para Él la Exaltación y Gloria; porque sólo Él será Digno de abrir el Libro de la Ley de Gracia (Ap., 7, 9) y será Camino, Luz, Verdad y Vida (Jn., 14, 6) para que los hombres vengan a Mí y Él solo abrirá las puertas del Cielo; sea Mediador (1 Tim., 2, 5) y Abogado (1 Jn., 2, 1) de los mortales y en Él tendrán Padre, Hermano y Protector, pues tienen perseguidor y acusador. Y los Ángeles, que, como Nuestros hijos, también obraron la Salud y Virtud y defendieron la Potestad de Mi Cristo, sean coronados y honrados por todas las eternidades de eternidades en Nuestra Presencia. 114. Esta Voz, que contiene los Misterios escondidos desde la constitución del mundo (Mt., 13, 35), manifestados por la Doctrina y Vida de Jesucristo, salió del Trono, y decía y contiene más de lo que yo puedo explicar. Y con ella, se les intimaron a los Santos Ángeles las comisiones que habían de ejercer; a San Miguel y San Gabriel, para que fuesen Embajadores del Verbo Humanado y de María Su Madre Santísima y fueran Ministros para todos los Sacramentos de la Encarnación y Redención; y otros muchos Ángeles fueron destinados con estos dos Príncipes para el mismo ministerio, como adelante diré (Cf., infra n. 202-207). A otros Ángeles destinó y mandó el Todopoderoso acompañasen, asistiesen a las almas y las inspirasen y enseñasen la santidad y virtudes contrarias a los vicios a que Lucifer había propuesto inducirlas y que las defendiesen y guardasen y las llevasen en sus manos (Sal., 90, 12), para que a los justos no ofendiesen las piedras, que son las marañas y engaños que armarían contra ellos sus enemigos.

Santos Angeles custodios

115. Otras cosas fueron decretadas en esta ocasión o tiempo que el Evangelista dice fue hecha la Potestad, Salud, Virtud y Reino de Cristo; pero lo que se obró misteriosamente fue que los predestinados fueron señalados y puestos en cierto número y escritos en la Memoria de la Mente Divina por los Merecimientos previstos de Jesucristo, nuestro Señor. ¡Oh, Misterio y secreto inexplicable de lo que pasó en el Pecho de Dios! ¡Oh, dichosa suerte para los escogidos! ¡Qué punto de tanto peso! ¡Qué Sacramento tan digno de la Omnipotencia Divina! ¡Qué triunfo de la Potestad de Cristo! ¡Dichosos infinitas veces los miembros que fueron señalados y unidos a tal Cabeza! ¡Oh, Iglesia grande, pueblo grave y Congregación Santa, digna de tal Prelado y Maestro! En la consideración de tan alto Sacramento (Misterio) se anega todo el juicio de las criaturas y mi entender se suspende y enmudece mi lengua.

116. En este Consistorio de las Tres Divinas Personas, le fue dado y como entregado al Unigénito del Padre aquel Libro misterioso del Apocalipsis; y entonces fue compuesto y firmado y cerrado con los siete Sellos (Ap., 5, 1ss) que el Evangelista dice, hasta que tomó Carne Humana y le abrió, soltando por su orden los Sellos, con los Misterios que desde Su Nacimiento, Vida y Muerte fue obrando hasta el fin de todos. Y lo que contenía el Libro era todo lo que Decretó la Santísima Trinidad después de la caída de los ángeles y pertenece a la Encarnación del Verbo y a la Ley de Gracia; los Diez Mandamientos, los Siete Sacramentos y todos los Artículos de la Fe, y lo que en ellos se contiene, y el orden de toda la Iglesia militante, dándole Potestad al Verbo para que Humanado, como Sumo Sacerdote y Santo, comunicase el poder y dones necesarios a los Apóstoles y a los demás Sacerdotes y Ministros de esta Iglesia.

117. Este fue el misterioso principio de la Ley Evangélica. Y en aquel Trono y Consistorio secretísimo se instituyó y se escribió en la Mente Divina que aquellos serían 50 escritos en el Libro de la Vida que guardasen esta Ley. De aquí tuvo principio, y del Padre Eterno son sucesores o vicarios los Pontífices y Prelados. De Su Alteza tienen principio los mansos, los pobres, los humildes y todos los justos. Este fue y es su nobilísimo origen, por donde se ha de decir que quien obedece a los Superiores obedece a Dios, y quien los desprecia a Dios menosprecia (Lc., 10, 16). Todo esto fue decretado en la Divina Mente y Sus Ideas, y se le dio a Cristo, Señor nuestro, la Potestad de abrir a su tiempo este Libro, que estuvo hasta entonces cerrado y sellado. Y en el ínterin, dio el Altísimo Su Testamento y Testimonios de Sus Palabras Divinas en la Ley natural y escrita, con obras misteriosas, manifestando parte de Sus Secretos a los Patriarcas y Profetas. 118. Y por estos Testimonios y Sangre del Cordero, dice: Que le vencieron los justos; porque, si bien la Sangre de Cristo, Redentor nuestro, fue suficiente y superabundante para que todos los mortales venciesen al dragón y su acusador, y los testimonios y palabras verdaderísimas de Sus Profetas son de grande virtud y fuerza para la salud eterna, pero con la voluntad libre cooperan los justos a la eficacia de la Pasión y Redención y de las Escrituras y consiguen su fruto venciéndose a sí mismos y al demonio, cooperando a la Gracia. Y no sólo le vencerán en lo que comúnmente Dios manda y pide, pero con su virtud y gracia añadirán el dar sus almas y ponerlas hasta la muerte por el mismo Señor (Ap., 6, 9) y por sus testimonios y por alcanzar la Corona y Triunfo de Jesucristo, como lo han hecho los Mártires en testimonio de la fe y por su defensa.

119. Por todos estos Misterios añade el Texto y dice: Alegraos Cielos, y los que vivís en ellos. Alegraos, porque habéis de ser morada eterna de los justos y del Justo de los justos, Jesucristo, y de Su Madre Santísima. Alegraos Cielos, porque de las criaturas materiales e inanimadas a ninguna le ha caído mayor suerte, pues vosotros seréis Casa de Dios, que permanecerá eternos siglos, y en ella recibiréis para Reina vuestra a la Criatura más Pura y Santa que hizo el Poderoso Brazo del Altísimo. Por esto os alegrad, Cielos, y los que vivís en ellos, Ángeles y justos, que habéis de ser compañeros y ministros de este Hijo del Padre Eterno y de Su Madre y partes de este Cuerpo Místico, cuya Cabeza es el mismo Cristo. Alegraos, Ángeles Santos, porque, administrándolos y sirviéndolos con vuestra defensa y custodia, granjearéis premios de gozo accidental. Alégrese singularmente San Miguel, Príncipe de la Milicia Celestial, porque defendió en batalla la Gloria del Altísimo y de Sus Misterios venerables y será Ministro de la Encarnación del Verbo y Testigo singular de sus efectos hasta el fin; y alégrense con él todos sus aliados y defensores del Nombre de Jesucristo y de Su Madre, y que en estos Ministerios no perderán el gozo de la Gloria esencial que ya poseen; y por tan Divinos Sacramentos se regocijan los Cielos. Capítulo 10 En que se da fin a la explicación del capítulo 12 del Apocalipsis.

120. Pero, ¡ay de la tierra y del mar, porque ha bajado a vosotros el diablo, que tiene grande ira, sabiendo que tiene poco tiempo! ¡Ay de la Tierra, donde tan innumerables pecados y maldades se han de cometer! ¡Ay del mar, que sucediendo tales ofensas del Creador a su vista no soltó su corriente y anegó a los transgresores, vengando las injurias 51 de su Hacedor y Señor! Pero ¡ay del mar profundo y endurecido en maldad de aquellos que siguieron a este diablo, que ha bajado a vosotros para haceros guerra con grande ira, y tan inaudita y cruel que no tiene semejante! Es ira de ferocísimo dragón y más que león devorador, que todo lo pretende aniquilar, y le parece que todos los días del siglo son poco tiempo para ejecutar su enojo. Tanta es la sed y el afán que tiene de dañar a los mortales, que no le satisface todo el tiempo de sus vidas, porque han de tener fin, y su furor deseara tiempos eternos, si fueran posibles, para hacer guerra a los hijos de Dios. Y entre todos tiene su ira contra aquella Mujer dichosa que le ha de quebrantar la cabeza (Gén., 3, 15). Y por esto dice el evangelista:

121. Y después que vio el dragón cómo era arrojado en la tierra, persiguió a la Mujer que parió al hijo varón. Cuando la antigua serpiente vio el infelicísimo lugar y estado adonde arrojado del Cielo empíreo había caído, ardía, más en furor y envidia contaminándose como polilla sus entrañas; y contra la Mujer, Madre del Verbo Humanado, concibió tal indignación, que ninguna lengua ni humano entendimiento lo puede encarecer ni ponderar; y se colige en algo de lo que sucedió luego inmediatamente, cuando se halló este dragón derribado hasta los infiernos con sus ejércitos de maldad; y yo lo diré aquí, según mi posible, como se me ha manifestado por inteligencia. 122. Toda la semana primera que refiere el Génesis, en que Dios entendía en la creación del mundo y sus criaturas, Lucifer y los demonios se ocuparon en maquinar y conferir maldades contra el Verbo que se había de Humanar y contra la Mujer de Quien había de Nacer hecho Hombre. El día primero, que corresponde al domingo, fueron criados los ángeles y les fue dada Ley y Preceptos de lo que debían obedecer; y los malos desobedecieron y traspasaron los Mandatos del Señor; y por Divina Providencia y disposición sucedieron todas las cosas que arriba quedan dichas, hasta el segundo día por la mañana correspondiente al lunes, que fue Lucifer y su ejército arrojados y lanzados en el infierno. A esta duración de tiempo correspondieron aquellas mórulas de los ángeles, de su creación, operaciones, batalla y caída, o glorificación. Al punto que Lucifer con su gente estrenó el infierno, hicieron concilio en él congregados todos, que les duró hasta el día correspondiente al jueves por la mañana; y en este tiempo, ocupó Lucifer toda su sabiduría y malicia diabólica en conferir con los demonios y arbitrar cómo más ofenderían a Dios y se vengarían del castigo que les había dado; y la conclusión que en suma resolvieron fue que la mayor venganza y agravio contra Dios, según lo que conocían había de amar a los hombres, sería impedir los efectos de aquel amor, engañando, persuadiendo y, en cuanto les fuese posible, compeliendo a los mismos hombres, para que perdiesen la Amistad y Gracia de Dios y Le fuesen ingratos y a Su Voluntad rebeldes.

 

San Rafael guiando a Tobías

123. En esto —decía Lucifer— hemos de trabajar empleando todas nuestras fuerzas, cuidado y ciencia; reduciremos a las criaturas humanas a nuestro dictamen y voluntad para destruirlas; perseguiremos a esta generación de hombres y la privaremos del premio que le ha prometido; procuremos con toda nuestra vigilancia que no lleguen a ver la Cara de Dios, pues a nosotros se nos ha negado con injusticia. Grandes triunfos he de ganar contra ellas y todo lo destruiré y rendiré a mi voluntad. Sembraré nuevas sectas y errores y leyes contrarias a las del Altísimo en todo; yo levantaré, de esos hombres, profetas y caudillos que dilaten las doctrinas (Act., 20, 30) que yo sembraré en ellos y, después, en venganza de su Creador, los colocaré conmigo en este profundo tormento; afligiré a los pobres, oprimiré a los afligidos y al desalentado perseguiré; sembraré discordias, causaré guerras, moveré unas gentes contra otras; engendraré soberbios y 52 arrogantes y extenderé la ley del pecado; y cuando en ella me hayan obedecido, los sepultaré en este fuego eterno y en los lugares de mayores tormentos a los que más a mí se allegaren. Éste será mi reino y el premio que yo daré a mis siervos.

124. Al Verbo Humanado haré sangrienta guerra, aunque sea Dios, pues también será hombre de naturaleza inferior a la mía. Levantaré mi trono y dignidad sobre la Suya, Le venceré y derribaré con mi potencia y astucia; y la Mujer que ha de ser Su Madre perecerá a mis manos; ¿qué es para mi potencia y grandeza una sola mujer? Y vosotros, demonios, que conmigo estáis agraviados, seguidme y obedecedme en esta venganza, como lo habéis hecho en la inobediencia. Fingid que amáis a los hombres para perderlos; servíroslos para destruirlos y engañarlos; asistíroslos, para pervertirlos y traerlos a mis infiernos.— No hay lengua humana que pueda explicar la malicia y furor de este primer conciliábulo que hizo Lucifer en el infierno contra el linaje humano, que aún no era, sino porque había de ser. Allí se fraguaron todos los vicios y pecados del mundo, de allí salieron la mentira, las sectas y errores, y toda iniquidad tuvo su origen de aquel caos y congregación abominable; y a su príncipe sirven todos los que obran la maldad.

125. Acabado este conciliábulo, quiso Lucifer hablar con Dios y Su Majestad dio permiso a ello por Sus Altísimos Juicios. Y esto fue al modo que habló Satanás cuando pidió facultad para tentar a Job (Job., 1, 6ss) y sucedió el día que corresponde al jueves; y dijo, hablando con el Altísimo: Señor, pues tu mano ha sido tan pesada para mí, castigándome con tan grande crueldad, y has determinado todo cuanto has querido para los hombres, que tienes Voluntad de crear, y quieres engrandecer tanto y levantar al Verbo Humanado y con Él has de enriquecer a la Mujer que ha de ser Su Madre con los dones que Le previenes, ten equidad y justicia; y pues me has dado licencia para perseguir a los demás hombres, dámela para que también pueda tentar y hacer guerra a este Cristo, Dios y Hombre, y a la Mujer que ha de ser Madre Suya; dame permiso para que en esto ejecute todas mis fuerzas.— Otras cosas dijo entonces Lucifer y se humilló a pedir esta licencia, siendo tan violenta la humildad en su soberbia, porque la ira y las ansias de conseguir lo que deseaba eran tan grandes, que a ellas se rindió su misma soberbia, cediendo una maldad a otra; porque conocía que sin licencia del Señor Todopoderoso nada podía intentar; y por tentar a Cristo, nuestro Señor, y a Su Madre Santísima en particular, se humillara infinitas veces, porque temía le había de quebrantar la cabeza. 126. Respondiole el Señor: No debes, satanás, pedir de justicia ese permiso y licencia, porque el Verbo Humanado es tu Dios y Señor Omnipotente y Supremo, aunque será juntamente Hombre Verdadero, y tú eres Su criatura; y si los demás hombres pecaren, y por eso se sujetaren a tu voluntad, no ha de ser posible el pecado en Mi Unigénito Humanado; y si a los demás hiciere esclavos la culpa, Cristo ha de Ser Santo y Justo y segregado de los pecadores (Heb., 7, 26), a los cuales si cayeren levantará y redimirá; y esa Mujer, con Quien tienes tanta ira, aunque ha de ser Pura Criatura e Hija de hombre puro, pero ya he determinado preservarla de pecado y ha de Ser siempre toda Mía, y por ningún título ni derecho en tiempo alguno quiero que tengas parte en Ella.

127. A esto replicó Satanás: Pues, ¿qué mucho que sea Santa esa Mujer, si en tiempo alguno no ha de tener contrario que la persiga e incite al pecado? Esto no es equidad, ni recta justicia, ni puede ser conveniente ni loable.— Añadió Lucifer otras blasfemias con arrogante soberbia. Pero el Altísimo, que todo lo dispone con Sabiduría Infinita, le respondió: Yo te doy licencia para que puedas tentar a Cristo, que en esto será Ejemplar 53 y Maestro para otros, y también te la doy para que persigas a esa Mujer, pero no la tocarás en la Vida Corporal; y Quiero que no sean exentos en esto Cristo y Su Madre, pero que sean tentados de ti como los demás.— Con este permiso se alegró el dragón más que con todo el que tenía de perseguir al linaje humano; y en ejecutarle determinó poner mayor cuidado, como le puso, que en otra alguna obra y no fiarlo de otro demonio sino hacerlo por sí mismo. Y por esto dice el evangelista:

128. Persiguió el dragón a la Mujer que parió al Hijo Varón; porque con el permiso que tuvo del Señor hizo guerra inaudita y persiguió a La que imaginaba ser Madre de Dios Humanado. Y porque en sus lugares diré (Cf., infra n. 600-700; p. II n. 340-371; p. III n. 451-528) qué luchas y peleas fueron éstas, sólo declaro ahora que fueron grandes sobre todo pensamiento humano. Y también fue admirable el modo de resistirlas y vencerlas gloriosísimamente; pues, para defenderse del dragón la Mujer, dice: Que le fueron dadas dos alas de una grande águila, para que volase al desierto, a su lugar, donde es alimentada por tiempo y tiempos. Estas dos alas se le dieron a la Virgen Santísima antes de entrar en esta pelea, porque fue prevenida del Señor con particulares Dones y Favores. La una ala fue una Ciencia infusa que de nuevo Le dieron de grandes Misterios y Sacramentos. La segunda fue nueva y profundísima Humildad, como en su lugar explicaré (Cf., infra p. II n. 335-339; p. III n. 448-528). Con estas dos alas levantó el vuelo al Señor, lugar propio Suyo, porque sólo en Él vivía y atendía. Voló como águila real, sin volver el vuelo jamás al enemigo, siendo sola en este vuelo y viviendo desierta de todo lo terreno y criado y sola con el solo y último fin, que es la Divinidad. Y en esta soledad fue alimentada por tiempo y tiempos; alimentada con el dulcísimo maná y manjar de la Gracia y Palabras Divinas y Favores del Brazo Poderoso; y por tiempo y tiempos, porque este alimento tuvo toda Su Vida y más señalado en aquel tiempo que Le duraron las mayores batallas con Lucifer, que entonces recibió favores más proporcionados y mayores; también por tiempo y tiempos, se entiende la eterna felicidad, donde fueron premiadas y coronadas todas Sus Victorias.

 

Nuestra Señora de Guadalupe, revestida de todas las insignias de la Mujer del Apocalipsis

129. Y por la mitad del tiempo fuera de la cara de la serpiente. Este medio tiempo fue el que la Virgen Santísima estuvo en esta vida, libre de la persecución del dragón y sin verle, porque después de haberle vencido en las peleas que con él tuvo, por Divina disposición estuvo, como victoriosa, libre de ellas. Y Le fue concedido este privilegio, para que gozase de la Paz y Quietud que había merecido, quedando Vencedora del enemigo, como diré adelante (Cf., infra p. III n. 526). Pero mientras duró la persecución, dice el Evangelista: 130. Y arrojó la serpiente de su boca como un río de agua tras de la Mujer, para que el río la tragase; y la tierra ayudó a la mujer y abrió la tierra su boca y sorbió el río que arrojó de su boca el dragón. Toda su malicia y fuerzas estrenó Lucifer y las extendió contra esta Divina Señora, porque todos cuantos han sido de él tentados le importaban menos que sola María Santísima. Y con la fuerza que corre el ímpetu de un grande y despeñado río, así y con mayor violencia, salían de la boca de este dragón las fabulaciones, maldades y tentaciones contra Ella; pero la Tierra la ayudó, porque la tierra de Su Cuerpo y Pasiones no fue maldita, ni tuvo parte en aquella sentencia y castigo que fulminó Dios contra nosotros en Adán y Eva, que la tierra nuestra sería maldita y produciría espinas en lugar de fruto (Gén., 3, 17-18), quedando herida en lo natural con el fomes peccati, que siempre nos punza y hace contradicción, y de quien se vale el demonio para ruina de los hombres, porque halla dentro de nosotros estas armas tan ofensivas contra nosotros mismos; y asiendo de nuestras inclinaciones, nos arrastra con aparente suavidad y deleite y con sus 54 falsas persuasiones tras de los objetos sensibles y terrenos. 131. Pero María Santísima, que fue Tierra Santa y Bendita del Señor, sin tocar en ella el fomes ni otro efecto del pecado, no pudo tener peligro por parte de la tierra; antes ella la favoreció con sus inclinaciones ordenadísimas y compuestas y sujetas a la Gracia. Y así abrió la boca y se tragó el río de las tentaciones que en vano arrojaba el dragón, porque no hallaba la materia dispuesta ni fomentos para el pecado, como sucede en los demás hijos de Adán, cuyas terrenas y desordenadas pasiones antes ayudan a producir este río que a sorberle, porque nuestras pasiones y corrupta naturaleza siempre contradicen a la razón y virtud. Y conociendo el dragón cuán frustrados quedaron sus intentos contra aquella misteriosa Mujer, dice ahora:

132. Y el dragón se indignó contra la Mujer; y se fue para hacer guerra a lo restante de su generación, que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo. Vencido este gran dragón gloriosamente en todas las cosas por la Reina de todo lo creado, y aun previniendo antes su confusión con este furioso tormento suyo y de todo el infierno, se fue determinando hacer cruda guerra a las demás almas de la generación y linaje de María Santísima, que son los fieles señalados con el Testimonio y Sangre de Cristo en el Bautismo para guardar sus testimonios; porque toda la ira de Lucifer y sus demonios se convirtió más contra la Iglesia Santa y sus miembros, cuando vio que contra su Cabeza, Cristo, Señor nuestro, y Su Madre Santísima, nada podía conseguir; y señaladamente con particular indignación hace guerra a las vírgenes de Cristo y trabaja por destruir esta virtud de la castidad virginal, como semilla escogida y reliquias de la Castísima Virgen y Madre del Cordero. Y para todo esto dice que:

133. Estuvo el dragón sobre la arena del mar, que es la vanidad contentible de este mundo, de la cual se sustenta el dragón y la come como heno (Job 40, 10). Todo esto pasó en el Cielo; y muchas cosas fueron manifestadas a los ángeles, en los Decretos de la Divina Voluntad, de los privilegios que se disponían para la Madre del Verbo que había de Humanarse en Ella. Y yo he quedado corta en declarar lo que entendí, porque la abundancia de Misterios me ha hecho más pobre y falta de términos para su declaración.

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