Panorama Católico

José Antonio Ullate: El Secreto Masónico Desvelado

Gabriel Jogand era un periodista anticlerical que solía escudarse tras el pseudónimo de Leo Taxil. Tras una educación en colegios religiosos durante la que perdió la fe y se convirtió en un fanático anticristiano, y después de numerosas estafas y cambios de residencia, se estableció en París donde se dedicó escribir pornografía para publicaciones periódicas de este despreciable género que ya entonces estaba en auge. Fundó una revista llamada “El anticlerical”. En 1879 -había nacido en Marsella en 1853­– un panfleto de Taxil titulado “Abajo con el clero” había alcanzado la difusión de 130.000 ejemplares, provocando un escándalo tal que el autor fue llevado a los tribunales por violar una ley de 1819 que prohibía el ultraje a una religión reconocida por el Estado. El jurado estaba formado en su mayoría por anticlericales y Jogand-Taxil fue absuelto.

Por José Antonio Ullate

Gabriel Jogand era un periodista anticlerical que solía escudarse tras el pseudónimo de Leo Taxil. Tras una educación en colegios religiosos durante la que perdió la fe y se convirtió en un fanático anticristiano, y después de numerosas estafas y cambios de residencia, se estableció en París donde se dedicó escribir pornografía para publicaciones periódicas de este despreciable género que ya entonces estaba en auge. Fundó una revista llamada “El anticlerical”. En 1879 -había nacido en Marsella en 1853­– un panfleto de Taxil titulado “Abajo con el clero” había alcanzado la difusión de 130.000 ejemplares, provocando un escándalo tal que el autor fue llevado a los tribunales por violar una ley de 1819 que prohibía el ultraje a una religión reconocida por el Estado. El jurado estaba formado en su mayoría por anticlericales y Jogand-Taxil fue absuelto.

Por José Antonio Ullate

Gabriel Jogand era un periodista anticlerical que solía escudarse tras el pseudónimo de Leo Taxil. Tras una educación en colegios religiosos durante la que perdió la fe y se convirtió en un fanático anticristiano, y después de numerosas estafas y cambios de residencia, se estableció en París donde se dedicó escribir pornografía para publicaciones periódicas de este despreciable género que ya entonces estaba en auge. Fundó una revista llamada “El anticlerical”. En 1879 -había nacido en Marsella en 1853­– un panfleto de Taxil titulado “Abajo con el clero” había alcanzado la difusión de 130.000 ejemplares, provocando un escándalo tal que el autor fue llevado a los tribunales por violar una ley de 1819 que prohibía el ultraje a una religión reconocida por el Estado. El jurado estaba formado en su mayoría por anticlericales y Jogand-Taxil fue absuelto.

Por José Antonio Ullate

 José Antonio Ullata
El Secreto Masónico Desvelado
Ediciones Libros Libres

ISBN: 123654

 Por cortesía del autor, reproducimos el primer capítulo del libro.

Frecuentemente, los escritores favorables a la francmasonería esgrimen el “affaire Taxil” para descalificar la actitud antimasónica de los cristianos. Según la interpretación al uso, los católicos, ávidos de creer cualquier infundio dirigido contra la masonería, habrían sido víctimas del descomunal engaño urdido por el farsante Gabriel Jogand, pero la responsabilidad última del tima vendría a recaer sobre la supuesta credibilidad interesada de los propios católicos. La realidad histórica de aquellos hechos nada tiene que ver con esa ciertamente interesada interpretación. Más bien sucede todo lo contrario. La estima de la razón no pasaba por sus mejores momentos (desde entonces no es que haya mejorado la cosa), pero debido precisamente a la resaca idealista y kantiana, tornado del que ciertamente no se vio indemne el público católico, pero que evidentemente no se originó en la Iglesia. En cualquier caso, el dudoso mérito del estafador Taxil (“nom de plume” de Gabriel Jogand) reside en haber sabido aprovecharse del exasperante clima de confrontación surgido del hostigamiento anticlerical hacia la Iglesia en Francia. Los ánimos estaban encendidos y el ambiente –en ambas partes- era belicoso. Eso no quiere decir que la causa de la confrontación se debiera por igual a católicos (“clericales”) y a anticlericales. El republicanismo anticatólico llevaba decenios acosando a los católicos franceses y alimentando la exaltación de los más radicales adversarios de la fe.

En resumidas cuentas, por aparatoso que resulte, el episodio en sí –y lo es mucho–, conviene leerlo a la luz de la gran tensión vivida en aquella época. Si hoy nos parece imposible una estafa semejante no es porque nosotros seamos más críticos que nuestros antepasados, sino porque la marea anticlerical ha abatido casi toda resistencia y, por esa vía, ha disuelto gran parte de las tensiones constitutivas entre el mundo moderno y la fe. La conclusión, lejos de desprestigiar a la Iglesia, y aun reconociendo la equivocación de muchos católicos, apunta hacia la catolicidad como garante de la razón, frente a un “librepensamiento” que demostró ser bastante menos escrupuloso con la racionalidad.

Un episodio instructivo

Durante el siglo XVIII, pero sobre todo durante el XIX y la primera mitad del XX, la masonería provocó riadas de tinta, tanto a favor como en contra de la institución. La literatura filomasónica y la antimasónica se consolidaron como géneros propios y enfrentados.

En ese contexto, a finales del siglo XIX, tuvo lugar uno de los capítulos más turbios de la historia de ese combate intelectual. Se trata del asunto Leo Taxil del que a continuación se ofrece un somero aunque algo extenso resumen, suficiente para extraer interesantes conclusiones que todavía hoy resultan de aplicación. La información proviene en su mayor parte de Alec Mellor, hermano masón y de Rosario Espósito, padre paulino, notable filomasón y muy recientemente admitido en la hermandad.

Gabriel Jogand era un periodista anticlerical que solía escudarse tras el pseudónimo de Leo Taxil. Tras una educación en colegios religiosos durante la que perdió la fe y se convirtió en un fanático anticristiano, y después de numerosas estafas y cambios de residencia, se estableció en París donde se dedicó escribir pornografía para publicaciones periódicas de este despreciable género que ya entonces estaba en auge. Fundó una revista llamada “El anticlerical”. En 1879 -había nacido en Marsella en 1853­– un panfleto de Taxil titulado “Abajo con el clero” había alcanzado la difusión de 130.000 ejemplares, provocando un escándalo tal que el autor fue llevado a los tribunales por violar una ley de 1819 que prohibía el ultraje a una religión reconocida por el Estado. El jurado estaba formado en su mayoría por anticlericales y Jogand-Taxil fue absuelto.

En septiembre de 1881 tuvo lugar la asamblea general de la Asociación de librepensadores, de la que se desgajó un grupo, liderado por Taxil, para fundar la Liga anticlerical, con un éxito inmediato. Esta asociación publicó un libelo infame escrito por Taxil titulado “Los amores secretos del Papa Pío IX”, que apareció atribuido a un inexistente “Volpi”.

Taxil era un agitador profesional. Se embarcó en una serie de conferencias sobre “los crímenes de la Inquisición”. Durante estas conferencias mostraba instrumentos  de tortura que decía haber comprado en el norte de Francia a los herederos de un verdugo. Por supuesto, se trataba de artefactos inventados por el propio Taxil. “Un poco de óxido contribuía a dotar a aquellos instrumentos de una apariencia antigua”, comenta Alec Mellor.

Los embrollos de Taxil no parecían tener límites. Haciéndose pasar por un secretario del arzobispado de París y firmando simplemente como “Jean-Pierre”, escribió al director de  un periódico de orientación radical revolucionaria, La Batalla. En la carta decía que estaba obligado a mantenerse en el anonimato pero se ofrecía a facilitar información sobre los entresijos de la Iglesia. A partir de entonces su imaginación se excedía una y otra vez. La Batalla llegó a publicar que los canónigos de París se habían reunido en una capilla subterránea con la intención de poner a punto los instrumentos de tortura para que estuvieran preparados para comenzar la represión en caso de que el Conde de Chambord lograse reinstaurar la monarquía legítima en Francia.

A comienzos de 1881 Jogand fue iniciado en el grado de aprendiz en la logia Le Temple de l’honneur. En octubre de aquel mismo año, un tribunal de justicia masónica expulsó a Jogand definitivamente de la Orden, al parecer por un cúmulo de estafas y por conducta inmoral (según Mellor, por la publicación del libelo contra S.S. Pío IX).

No por eso cejó Taxil en su empeño anticlerical ni en sus excesos, llegando incluso en sus conferencias sobre la Inquisición, uno de sus temas favoritos, a presentar muñecos de cera de tamaño natural que representaban a personas torturadas… recubiertas de sangre para provocar el estupor del auditorio.

El 20 de abril de 1884 León XIII publicó su encíclica Humanum genus, contra la francmasonería. Taxil se hizo con un ejemplar y la leyó. Para entonces el agitador se había granjeado con sus desvaríos muchos enemigos en su propio campo anticlerical. Además, según apunta Mellor, el mercado de las publicaciones anticlericales y pornográficas, saturado hasta el hastío, entraba en un período menos boyante.

Finalmente decidió fingir una conversión tumbativa a la fe católica, para burlarse de los católicos y, de paso, ganarse la vida más fácilmente explotando la credulidad de aquellos. Llegó incluso a escribir a su propia familia dándoles cuenta de cómo había recibido la gracia fulminante y atribuyendo ese don a la intercesión de Juana de Arco, cuyo proceso de canonización se reavivaba por entonces y que concluiría años más tarde con su beatificación por San Pío X y su canonización por S.S. Benedicto XIV. Gabriel-Taxil tenía una tía, Josephine Jogand que había abrazado la vida religiosa movida por el anhelo de obtener la conversión de su sobrino. Como religiosa adoptó el nombre de “María de los Siete Dolores”. “Lloró de alegría y con ella toda la familia”, comenta Mellor.

Taxil escribió una falsa abjuración de sus errores pasados e “hizo” unos ejercicios espirituales con un director jesuita, al final de los cuales fingió también una confesión general en la que se atrevió a acusarse falsamente de un asesinato.

Después hizo pública su “conversión”. Soportó sin descubrir su jugada una lluvia de cartas durísimas en las que sus antiguos compañeros anticristianos le echaban en cara su traición. La Liga anticlerical, que él había contribuido a fundar, convocó una reunión extraordinaria el 27 de julio de 1885. El único punto del orden del día era la expulsión de Leo Taxil de sus filas. Habiendo recibido él mismo la invitación con el orden del día, como aún miembro del grupo, decidió asistir. Descendió al sótano donde la asamblea acababa de comenzar. En medio de un gran revuelo se decidió su expulsión por traidor a la Liga y por chaquetero. Entonces Taxil pidió la palabra y les dijo a sus compañeros: “Tenéis derecho a llamarme chaquetero pues hace cuatro días envié una carta de abjuración. De forma explícita rechazo todos mis escritos contrarios a la religión, pero os pido que tachéis la palabra traidor, que no es de aplicación en mi caso. En lo que hoy estoy haciendo no hay sombra de traición”, y concluyó: “Ahora no entendéis lo que acabo de decir, pero lo entenderéis más adelante”.

A partir de entonces Taxil inició una nueva carrera. La prensa católica internacional se hizo eco de la conversión del antiguo gran enemigo de la Iglesia. El nuncio del Papa en París le concedió una audiencia y en ella Taxil aprovechó para confiarle que estaba considerando ingresar en la Cartuja. El nuncio, conmovido, le argumentaba que debía permanecer en el mundo y le aseguró que le escribiría al Papa para que le concediera una audiencia.

Daba inicio entonces la “etapa apologética católica” de su producción literaria. En 1885 Taxil publica un libro titulado “La República se muestra tal cual es”, en la que sostenía que la separación de la Iglesia y del Estado había sido decidida en las logias y que constituía sólo un paso en la carrera hacia la supresión total de la Iglesia. En este libro aún no se encuentra una mención explícita a la presencia del diablo en las logias. En 1886 publicó un panfleto titulado “Roma será devuelta al Papa”, seguido de otro en que satiriza contra el Gobierno de la República: “Alí Baba y los cuarenta ministros”. “Crímenes masónicos” apareció en 1889, y en 1890 Taxil publica en colaboración con el sacerdote Paul Fesoh “El martirio de Juana de Arco”.

Las obras dirigidas a los católicos le estaban proporcionando unos elevados ingresos. Se retiró a vivir cerca de los Pirineos y allí escribió sus “Famosas conversiones”, libro que recibió el aplauso de muchos obispos.

Su antigua afición a la pornografía encontró un desahogo en “La corrupción en el fin de siglo”. No pudiendo cultivar este depravado género de un modo explícito, aprovechó un libro de apariencia moralizante en el que en principio denostaba los vicios de la sociedad de su tiempo para detenerse, a lo largo de sus 425 páginas, en todo tipo de escabrosas descripciones repletas de repugnantes detalles de las prácticas que sucedían tras las paredes de los burdeles. Se elevaron voces de eclesiásticos indignados por semejantes crudezas, a las que Taxil “cínicamente respondió que estaba dispuesto a retirar el libro si la Sagrada Congregación del Índice lo condenaba. Pero Roma siempre se toma su tiempo”, escribe Mellor, y mientras tanto la primera edición se vendió rápidamente y se preparaba una segunda para 1894.

Para entonces Taxil ya había logrado que le recibieran en el Vaticano. Primeramente se encontró con el Cardenal Mariano Rampolla del Tindaro, Secretario de Estado del Papa León XIII y después con el Cardenal Parocchi, quienes alabaron el trabajo de Taxil. Al parecer el Cardenal Rampolla (véase el capítulo dedicado a la masonería y la Iglesia) le felicitó, pues sin haber pasado del grado de aprendiz poseía un gran conocimiento de los ritos masónicos que, en lo sustancial, coincidía con los rituales de la masonería que obraban en poder del Vaticano.

Poco tiempo después obtenía la ansiada audiencia con Su Santidad León XIII. Téngase en cuenta que la mayor parte de la información relativa a un truhán como Gabriel Jogand-Leo Taxil proviene de sus propias declaraciones, de modo que la credibilidad de todos los episodios privados en la vida de Taxil, tanto éste como los anteriormente referidos, descansa casi en su totalidad sobre la palabra del falsario. En cualquier caso, según el propio Taxil, la audiencia papal duró tres cuartos de hora (o media hora, según Mellor) y ambos hablaron “mucho” sobre el Diablo. Taxil se habría arrodillado ante el Vicario de Cristo para recibir su bendición y el Papa le habría dicho: “Hijo mío, ¿qué deseas?” A lo que Taxil habría respondido: “Santo Padre, mi mayor deseo sería morir a vuestros pies en este instante”.

“Sonriendo, León XIII se dignó decirme que mi vida era todavía de mucha utilidad en el combate por la fe”. Siempre según Taxil, León XIII le habría confesado que tenía en su biblioteca personal todos sus libros (de la etapa católica, claro) y que los había leído enteros. “Dijo que, siendo un aprendiz solamente, tenía yo un gran mérito al haber comprendido que el demonio ‘estaba allí’”, explica Taxil.

De regreso a París, Taxil dice que recibió la visita de un jesuita, arzobispo de Port-Louis, en Mauricio, monseñor León Meurin. Según Taxil, Meurin se convenció totalmente de la existencia del culto satánico en la masonería.

Meses más tarde se publicó el libro con el que se alcanzaría el clímax del engaño urdido por Gabriel Jogand-Leo Taxil, “El Demonio en el siglo XIX,”, subtitulado “o los misterios del espiritualismo, en otras palabras, la masonería luciferina”. El libro llevaba la firma del doctor Bataille, pseudónimo de un colaborador de Taxil. En el libro se sostenía que había tres clases de masonerías: la de las logias, la de los más altos grados y, más allá y desconocida por los grados inferiores, el paladismo, la masonería luciferina. El libro denotaba la destreza para el engaño de su autor, que mientras excitaba la imaginación de sus lectores, deslizaba en sus páginas advertencias para no confundir fenómenos físicos tales como alucinaciones y engaños de la percepción con las genuinas manifestaciones satánicas. En “El Demonio en el siglo XIX” Taxil- Bataille denunciaban a Renan como paladista, lo mismo que al conocido ateo inglés Charles Bradlaugh, y a muchos otros notorios anticlericales. Según el libro, el masón Giuseppe Mazzini había organizado y presidía en Roma, como antagonista de la Santa Sede, un Soberano y Ejecutivo Directorio paladista, y de forma semejante, el francmasón norteamericano, grado 33, el general Albert Pike habría formado un Directorio Supremo en Charleston, en Carolina del Sur. Una tercera organización paladista tendría su sede en Berlín. Taxil se detenía en todo lujo de detalles administrativos de estas organizaciones, dando rienda suelta a su creatividad. Explicaba a sus lectores que el 28 de febrero de 1884 (20 días antes de la publicación de la Encíclica Humanum Genus, contra la masonería), en el curso de una reunión del “Gran Triángulo de los Once-Siete”, la techumbre del templo donde estaban congregados los asistentes se abrió  y por el hueco descendió un demonio ardiente. Se trataba del demonio Asmodeo, que portaba un sable en su mano derecha y la cola del león de San Marcos en la izquierda, a modo de trofeo por alguna victoria sobre las legiones angélicas del Señor. Taxil dio cuenta también de cómo el general Pike solía mantener con regularidad tertulias con un demonio especialmente enviado por Lucifer en persona. Esos encuentros tenían lugar todos los viernes por la tarde. Del mismo modo afirmaba que el fuerte de Gibraltar tenía unas galerías subterráneas que estaban conectadas con el fuego del Infierno y mil locuras más.

Una invención en particular estaba destinada a alcanzar especial fortuna: la de Diana Vaughan. Tomando prestado el nombre de una joven de carne y hueso a la que él conocía, Taxil creó un personaje al que presentó como una adepta al luciferismo paladista que desde joven convivía con el demonio Asmodeo, con el que llegó a tener un tipo de desposorio espiritual.

La ficticia Diana Vaughan fue iniciada en el paladismo y llegó a ser maestra templaria. El 8 de abril de 1889 Lucifer exige que Diana le sea presentada solemnemente en un santuario paladista de la ciudad de Charleston. En esa ceremonia Lucifer asegura a Diana que puede estar tranquila porque ha encargado al demonio Asmodeo que la proteja siempre de todo peligro. En 1891 es nombrada Inspectora General del Paladismo.

Entre los católicos se inician campañas de oración para solicitar la salvación de Diana. El 8 de mayo de 1895 el diario católico parisino La Croix lanza una cruzada de oración para lograr su conversión y menos de un mes después, el 6 de junio, el mismo día en que debía oficiar la ceremonia más importante del calendario anual paladista, Diana se convierte a la fe católica. La joven se arrodilla ante una estatua de la doncella de Orleáns –que todavía no había sido canonizada– y le implora protección frente a las terribles venganzas que podía esperar de sus antiguos compañeros luciferinos.

Diana encuentra refugio en un convento de monjas. El 13 de junio, fiesta del Corpus Christi, recibe el bautismo, en el que se le impone el nombre de Jeanne-Marie, en honor de su protectora Juana de Arco y de la Virgen María. Los lectores de la prensa católica iban siguiendo, emocionados y acongojados, el serial de las evoluciones de la vida de Diana, de sus avatares entrando y saliendo furtivamente del convento en su existencia de fugitiva.

Estremece enumerar estos detalles al pensar el grado de retorcimiento y de bajeza al que puede llegar una inteligencia mixtificadora puesta al servicio del mal.

Taxil había comprendido que este personaje le podría dar mucho juego y, escudándose en que debía mirar por la integridad y por la seguridad de su protegida, él se ofrecía para canalizar las comunicaciones de la prensa, de los prelados y de los católicos del mundo entero que querían felicitar a la heroica conversa, darle ánimo y ofrecerle su apoyo, incluso material. De esta forma, en un período en que el anticlericalismo arreciaba su ataque a la Iglesia, el personaje de Diana Vaughan se convirtió durante un tiempo en un icono popular de los católicos de Francia y de otras partes del mundo. Un icono que sintetizaba las esperanzas y los sufrimientos de muchas personas. Entre los católicos que de buena fe creyeron de todo corazón la historia de la señorita Vaughan se encontraban personas de una talla excepcional. El caso más sangrante es el de la hermana Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz: Santa Teresita de Lisieux. Cuando la religiosa supo a través de sus conocidos de la historia de la desdichada Diana Vaughan y de sus penurias, se entusiasmó y provocó el entusiasmo de su comunidad. Teresita quiso escribir a Diana Vaughan para felicitarle por su conversión y para asegurarle su oración. Junto con la carta, la santa le adjuntaba una fotografía de una representación teatral dentro del Carmelo en la que ella aparecía vestida de Juana de Arco. Santa Teresita llegó a recibir una carta autógrafa de Taxil pero “firmada” por Diana Vaughan en la que agradecía las oraciones de la monja… a la que, como veremos, aún estaba por infligir una última humillación.

Pero hubo muchos otros casos de renombrados eclesiásticos que estuvieron convencidos por las fabulosas revelaciones de Taxil.

Finalmente el propio éxito de la farsa y su difusión internacional empezaron a poner en aprietos al estafador que había urdido todo el embrollo. Aunque numerosos investigadores católicos de talla indudable creyeron las falacias paladistas y otros les prestaron un alto grado de credibilidad, como el benemérito arzobispo Meurin (de cuya buena fe, erudición y sabiduría, por otra parte, no se puede dudar, así como de numerosas y valiosas aportaciones al estudio de la masonería), otros, sin embargo, recelaron desde el comienzo de tan estrepitosas novedades. De entre los católicos expertos en masonería que abiertamente cuestionaron la veracidad de Jogand-Taxil sobresalen el sacerdote francés Henri Delassus, director del periódico La Semana religiosa de Cambrai, y el jesuita austriaco Hermann Gruber.

Del 26 al 30 de septiembre de 1896 tuvo lugar en la ciudad de Trento el primer Congreso Antimasónico. Entre los asistentes se contaba un nutrido grupo de investigadores del mundo germánico entre los que se había despertado un fundado recelo respecto de las afirmaciones taxilianas. “Corría la voz de que un periódico del centro de Alemania, el Kölnische Volkszeitung, había recolectado ya un abultado dossier de documentos que demostraban la inexistencia de Diana Vaughan y en consecuencia el embrollo de Taxil”, explica Rosario Esposito (SMSU, p.163). En Roma se había constituido una “Comisión de investigación del asunto Diana Vaughan-Leo Taxil”. Este grupo, instigado por monseñor Baumgarten, quien contaba entre sus colaboradores a Keller, un redactor del periódico vienés Vaterland y ex masón reclamaba a Taxil que diera pruebas de la existencia de su personaje. Taxil, que conocía ese creciente movimiento de desconfianza, haciendo gala de su temeraria osadía se presentó en el Congreso y pronunció una conferencia. Monseñor Baumgarten le exigió pruebas documentales que demostraran que efectivamente algún obispo católico había recibido la abjuración de la señorita Vaughan, quién le había administrado el bautismo, dónde había recibido la Primera Comunión. También le demandaba que demostrara que las elevadas sumas obtenidas por las ventas de los libros de memorias de Diana Vaughan habían ido efectivamente destinadas a obras de beneficencia, como aseguraba. Taxil afirmaba tener todos los documentos que le solicitaban, pero se emboscaba tras el supuesto miedo a la venganza de los masones. “Los delegados se marcharon de Trento con las más razonables sospechas”, concluye Esposito.

De pronto la prensa católica mundial empezó a hacer más asiduas y apremiantes las dudas que suscitaba todo el asunto.

En abril de 1897, Leo Taxil convocó una conferencia extraordinaria en la Sociedad Geográfica de París. Él mismo se encargó de todos los detalles de la decoración y del escenario. Esposito cita a modo de ejemplo del grado de detalle con que Taxil preparó ésta su traca final: en el archivo de la casa de los jesuitas de Colonia encontró la invitación personal que Taxil envió al Padre Hermann Gruber, probablemente el más escéptico de los investigadores del affaire Diana Vaughan. El nombre del jesuita aparece escrito a mano por el propio Taxil y en la tarjeta figura también escrito el número de fila y de asiento que debía ocupar el invitado.

Entre los invitados había tanto masones como prelados. El orador declaró que todo era fruto de su imaginación, que había logrado engañar a todo el mundo (lo cual no era cierto), desde el Papa hasta la última religiosa del Carmelo. En el estrado Taxil exhibió una imagen ampliada de la foto de Teresita de Lisieux vestida de Juana de Arco, la misma foto que la Santa le había enviado “a Diana Vaughan”, es decir… a Leo Taxil. El estafador concluía con esta villanía doce años de falsedad, de doble vida, de engaño continuo.

 

 Con moraleja para todos

Antes de proseguir con los hechos más sobresalientes del fraude Taxil es necesario hacer una primera reflexión sobre el valor de su testimonio final. No hay duda de que la patraña del paladismo y la ficticia odisea de Diana Vaughan engañaron a una gran muchedumbre. Eso se puede comprobar sin recurrir a las palabras de Taxil. Sin embargo, muchos investigadores de la masonería dan por buenas todas las explicaciones que ofreció Gabriel Jogand-Taxil, cuando se vio finalmente acorralado y era materialmente imposible continuar con una mentira que se había complicado demasiado.

Taxil era indudablemente un tipo muy listo capaz de sacar partido de las situaciones más adversas, pero también era –no hace falta ser muy observador para descubrirlo– un mentiroso compulsivo. Causa cierta sorpresa que cuando los investigadores recogen este triste episodio (todos los que yo he podido consultar), después de relatar el asombroso historial de mendacidades y engaños sin fin de Jogand, aceptan casi sin asomo de duda como verdadero el contendido de su intervención en la Sociedad Geográfica. De una cosa podemos estar seguros: de que, según su costumbre, en gran parte mentía.

¿Qué sentido tiene que no mintiera quien –si es que no es otra mentira suya– siendo adolescente confesó sacrílegamente ante un sacerdote que al día siguiente iba a hacer una comunión en pecado mortal (sacerdote que, obligado por el secreto, contempló cómo el joven Jogand efectuaba su propósito, lo que causó al clérigo un ataque cardíaco); quien en 1873 había provocado el pánico de los pescadores y bañistas de Marsella difundiendo a través de la prensa el bulo de que había una plaga de tiburones en aquellas aguas (consiguiendo incluso que se armara un barco por las autoridades locales para salir a la caza de los escualos); quien convenció a arqueólogos de medio mundo de que bajo las aguas de un lago en Suiza yacían las ruinas de una ciudad romana que sólo existía en su imaginación… y que hizo todo lo que hasta ahora hemos narrado?

Jogand-Taxil sabía demasiado bien varias cosas: la primera, que estaba en serios apuros, pues era un muerto civil para sus antiguos camaradas anticlericales y estaba a punto de desacreditarse definitivamente entre los católicos; por otro lado, hacía tiempo que había comprendido que no podía seguir indefinidamente con esta farsa y probablemente ya estaba harto de tan largo período de llevar una doble vida; de modo que, por último, un timador profesional como él tenía que preparar una salida convincente y que le rehabilitara ante sus viejos compañeros. Como profesional del engaño era bien consciente de que una mentira, para ser creíble, debe estar aderezada con la apropiada proporción de verdad.

En otras palabras, hay una parte seguramente verdadera en la confesión de Taxil: que no tenía ningún recto propósito cuando se convirtió y que buscaba demostrar la credulidad de los católicos, que a su parecer veían al demonio por todas las esquinas. En realidad ese objetivo lo logró a medias, como mencionaremos más adelante. Es precisamente por esta parte de verdad por la que existe la tentación de pensar que todo el resto de su confesión también es veraz. Pero ocurre que los detalles que puedan parecer más duros para los católicos (el contenido de sus entrevistas con Meurin, con el nuncio de Su Santidad en París, con los cardenales Rampolla y Parocchi, y sobre todo con el Papa León XIII) no tienen excesiva consistencia. Por un lado, si dejamos a un lado la hojarasca ambigua con que pasa por encima de esos encuentros –reales o ficticios– viene a la mente que, evidentemente, de ser ciertas todas las reuniones con prelados católicos, Taxil no había logrado despertar en ellos el entusiasmo por sus peregrinas tesis que decía haber conseguido. Eso resulta evidente pues lo único que es capaz de narrar de cada uno de esos encuentros son vagas muestras de asentimiento de parte de los clérigos. Si las reacciones hubieran sido tan entusiastas como pretendía el estafador pensemos en el juego que podría haber sacado Taxil de cada uno de estos encuentros, entreteniéndose en desgranar las exageraciones en las que habrían incurrido los prelados, siguiendo el estilo de un género del que era consumado maestro. Pero Taxil, que en otros casos se detiene morosamente en todo lujo de detalles pasa de puntillas por encima de los puntos cruciales de su confesión. Se limita a decir que aquellos jerarcas de la Iglesia estaban persuadidos de la verdad de sus “descubrimientos”. Algo lo suficientemente ambiguo como para no merecer ni siquiera un desmentido, más aún de parte de los cardenales y más todavía del Papa, que como veremos no consta que hubiera concedido ninguna importancia a los relatos de Taxil.

Las dos únicas referencias concretas a ese pretendido entusiasmo eclesiástico hacia las fantasías taxilianas se muestran demasiado sospechosas. La primera de ellas hace referencia al Cardenal Mariano Rampolla del Tindaro. Según Taxil el purpurado se habría mostrado tan identificado con sus teorías que le habría insistido en que sus exposiciones de los rituales coincidían en lo sustancial con los rituales que obraban en poder del Vaticano. Pero, ¿a qué rituales se refería? ¿A los de los primeros grados de la masonería, la azul, que habían sido ya expuestos en numerosas ocasiones, aunque con variantes y no sin mixtificaciones? ¿o insinúa Taxil que el cardenal afirmaba que en el Vaticano se tenía ya constancia de los rituales del paladismo que Taxil mismo había sacado de su magín? Hay que repetir que, de ser cierto el contenido de la entrevista, Taxil podría haberse explayado bastante más sobre las “fantasías” del cardenal, algo que le hubiera convenido no poco al farsante. En cambio tenemos una ambigua referencia que permite ser leída en un sentido inocente y que, sin embargo, en el contexto del resto del discurso adquiría un tono difamatorio. Si Taxil no “remató” a Rampolla es porque no podía hacerlo.

La segunda referencia concreta de Taxil es aún más inconsistente y más grave. Se refiere a León XIII. Dejemos a un lado si es o no cierta la burla de Taxil cuando ridiculizando la piedad cristiana se pone a los pies del Papa y le dice desear morir en aquel instante en su presencia. Tampoco nos detendremos en si fue o no cierta la extraña pregunta puesta en labios del Papa (“Hijo mío, ¿qué deseas?”) cuando supuestamente Rampolla, según el propio Taxil, le había informado detalladamente sobre “el converso” y había logrado que el Papa le recibiese saltándose su apretada agenda. ¿Qué sentido tendría que el Papa hiciera semejante pregunta a Taxil en esa precisa situación? En todo caso, Taxil no ofrece el contexto en que pretendidamente se formuló aquélla, con lo que resulta de una equivocidad irrelevante.

Taxil pretende haber logrado una victoria ridiculizando al Vicario de Cristo al decir que el Papa “tenía todos mis nuevos libros en su biblioteca particular. Los había leído de punta a cabo e insistió en la dirección satánica de la secta” y al poner en labios del Papa una frase sin citar ningún contexto: “¡El diablo está ahí!”, referida a la masonería. A lo largo de este libro tendremos ocasión de comprender el significado que la Iglesia católica atribuye al influjo de Satanás sobre las acciones humanas y particularmente sobre la francmasonería. En todo caso basta decir por ahora que la hipotética frase, descontextualizada, es presentada por Taxil en el sentido de una aprobación de la fantasiosa presencia encarnada de Lucifer en las logias. Esto es totalmente absurdo y una manipulación evidente.

La Iglesia conoció la existencia y la realidad de la francmasonería especulativa desde poco tiempo después de la fundación de ésta. La Iglesia se había pronunciado ya el 28 de abril de 1738 (las Constituciones de los francmasones, de Anderson, son de 1723) y para cuando León XIII “recibió” a Jogand-Taxil, los Papas habían realizado no menos de trece pronunciamientos solemnes –condenatorios– sobre la masonería,  incluida la reciente Encíclica del propio León XIII, Humanum genus, además de centenares de actos magisteriales de los obispos dispersos por el orbe.

En aquellos más de ciento cincuenta años transcurridos desde la Constitución In Eminenti del Papa Clemente XII, las conversiones de francmasones a la fe católica habían sido numerosas (por ejemplo el Conde de Maistre), que en muchos casos facilitaban a las autoridades eclesiásticas valiosa información de primera mano sobre la organización. Además, hasta 1870, los Papas habían ejercido el poder temporal directamente sobre los Estados Pontificios, en los cuales la francmasonería estaba no sólo prohibida como en todo el mundo por las leyes canónicas, sino también perseguida por las leyes penales civiles. En numerosas ocasiones, la policía de los Estados Pontificios había confiscado los materiales de logias masónicas y de otras organizaciones secretas prohibidas. A resultas de todo lo cual la Santa Sede disponía realmente de información fiable sobre los rituales y sobre la doctrina masónicos.

Al hablar sobre la masonería nunca, en ningún documento papal, se hace referencia al paladismo o a un tipo de presencia satánica análoga a ésta. No estamos hablando de algo baladí. Si el Papa hubiera creído de verdad en lo que el padre Hermann Gruber llamó “la novela del Paladismo”, ¿acaso hubiera dejado de fulminar esa aberración mediante una enseñanza clara y contundente que pusiese sobre aviso a los católicos frente a esa horrenda realidad? Como dice Rosario Esposito, León XIII era un Papa de formas moderadas que, sin embargo, había recuperado un lenguaje durísimo para condenar a la masonería en la entonces reciente encíclica Humanun genus. Después de tener lugar la supuesta entrevista con Taxil (en la que pretendidamente León XIII se mostró tan convencido e identificado con las denuncias del farsante), el Papa todavía iba a realizar tres declaraciones muy importantes sobre la masonería: Ab Apostolici, en 1890; Praeclara, en 1894; y Annum Ingressi, en 1902.  Las dos primeras, antes de que tuviera lugar la traca final de la mascarada de Taxil y, por lo tanto, si hubiéramos de creer a Taxil, cuando León XIII aún estaría convencido de la realidad del Paladismo… Sin embargo el Papa que adoptó los tonos más severos –a los que no estaba inclinado naturalmente– para advertir a los fieles de los peligros de la masonería ¡jamás menciona ni el nombre ni la realidad del paladismo!

Pensemos en qué consecuencias hubieran podido extraer los enemigos de la Iglesia de la inclusión de una falsedad semejante en un texto del Magisterio Ordinario y universal de la Iglesia… pero eso no sucedió.

Por lo tanto, se puede concluir que, si existió la audiencia papal para Leo Taxil, ignoramos el contenido de lo que dijo el Papa. Pero con toda certeza se puede excluir absolutamente que el Papa hiciera una valoración de la obra de Taxil como la que pretende el estafador, además de por lo ya dicho, por otra contradicción llamativa. Según Taxil, después de haber hablado el día anterior largamente con el Cardenal Rampolla, éste le habló de Taxil al Papa: “el informe verbal que el cardenal Rampolla le hizo al Santo Padre obtuvo para mí la acogida que yo esperaba (del Papa)”. ¿Cómo es posible que alguien como León XIII, que había seguido la trayectoria de Taxil y se había molestado en obtener todos sus nuevos libros, y los había leído “de punta a cabo”, necesitara del informe verbal del Cardenal para concederle “la acogida que yo esperaba”?

La Iglesia rechazó lo que el Larousse aceptó

Una gran parte del público católico no especializado (y también gran parte del especializado) creyó la “novela del paladismo” y la historia de Diana Vaughan. Pero ¿es que acaso eso muestra la infantil credulidad de los católicos? Alec Mellor explica que el engaño desbordó el ámbito de lo católico: “Uno de los mayores logros –de Taxil– fue la inclusión en la enciclopedia Nueva Larousse Ilustrada de dos entradas que ocupaban dos columnas: Paladismo y Palladium”. Un paradigma laico de la sabiduría, como lo eran ya entonces los editores de la enciclopedia Larousse, hizo lo que la Iglesia no osó en ningún momento: dar reconocimiento a la existencia del paladismo. Esto demuestra que hay que situarse en el clima del momento para comprender que el nivel de confrontación entre las fuerzas del anticlericalismo y la Iglesia había alcanzado ya una intensidad tal que influía en la percepción que todos tenían de la realidad. Pero hay que insistir en que la Iglesia no asumió jamás en su magisterio estas teorías que, “aparentemente” hubieran podido “convenirle”.

De nuevo Mellor explica cómo fue precisamente del campo católico de donde surgió una poderosa resistencia a la “demonología” fantástica de Taxil. “Sin embargo, el espíritu crítico no había muerto en Francia. Los primeros en manifestar sus dudas fueron los exorcistas, cualificados ‘compañeros’ del Diablo, y que no otorgaron ningún reconocimiento a Taxil, tan lejos se movía éste de lo que ellos conocían. Les siguieron varios autores católicos, entre los que hay que contar al canónigo Delassus, de la Semana Religiosa de Cambrai, o al padre Janniaud, en la Semana Religiosa de Autun (…) Gaston Mery puso en duda la misma existencia de Diana Vaughan desde su periódico”. El más destacado de los oponentes de esta fabricación fue el ya citado padre jesuita Hermann Gruber quien, en una carta personal dirigida a un sacerdote “amigo” de Taxil, el padre de Bessonies, le escribía el 20 de agosto de 1896:

“Desde el comienzo de estas revelaciones siempre he tenido la convicción de que las principales afirmaciones relativas a Pike y a su importante papel en la francmasonería, al culto y a las invocaciones del demonio, a las profanaciones de la Sagrada Hostia en las logias, al soberano pontificado de Pike y de Lemmi y a una dirección centralizada de la francmasonería son completamente falsas. Cualquier persona que esté familiarizada con los hechos y con la historia de la masonería sólo puede reírse ante tales afirmaciones”. (AHGLT, p. 18).

Pero entre los masones, ¿cómo se contemplaba el “culebrón” de Taxil? Algunos, que le conocían bien de su etapa anterior, dudaron de sus intenciones desde el comienzo y se mofaron de él y de quienes confiaban en él. A muchos otros les parecía un episodio grotesco. Pero “en Italia –explica el masón Mellor– hubo algunos masones de grado 33 que aspiraban a convertirse en paladistas”… Una vez más se suscita el problema de si dentro de la organización se tiene una comprensión unívoca –aún para los iniciados en los grados más altos de la masonería– de la filosofía masónica.

Lo único que, como ha quedado expuesto, logró demostrar Jogand con su incomprensible esfuerzo mixtificador es que existía una guerra entre una forma de concebir la sociedad con independencia de toda referencia a la voluntad de Dios y la Iglesia, guerra que se vivía como tal en todos los ambientes, de uno y de otro lado y hasta de los que pretendían mantenerse equidistantes. En semejante contexto –dejando a un lado la importantísima influencia de las contrapuestas doctrinas del racionalismo y del fideísmo entre los católicos– había una predisposición a polarizarse, a entender la realidad en términos de conveniencia o de perjuicio para la propia causa. Esta tendencia apasionada, compartida por la generalidad de una población enfrentada, primaba sobre las exigencias de la razón. Un fenómeno de psicología de masas nada infrecuente tampoco en nuestros días.

Taxil engañó a muchos, cristianos y anticristianos, pero muchos otros mantuvieron la cabeza en su sitio y, sobre todo, el Magisterio de la Iglesia no varió ni un ápice su enseñanza a causa de los fuegos artificiales de Taxil. No podía ceder y no cedió a esa tentación.

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