Panorama Católico

Jose M. Recondo: San Francisco Javier

El autor, sacerdote, historiador y empeñoso emprendedor de restauraciones edilicias medievales tuvo una vinculación muy directa con el Castillo de Xavier, lugar donde nació y se formó el carácter de este extraordinario santo, uno de los compañeros de San Ignacio en la fundación de la Compañía.

El autor, sacerdote, historiador y empeñoso emprendedor de restauraciones edilicias medievales tuvo una vinculación muy directa con el Castillo de Xavier, lugar donde nació y se formó el carácter de este extraordinario santo, uno de los compañeros de San Ignacio en la fundación de la Compañía.

José M. Recondo
San Francisco Javier

Bac   Popular
Madrid, 1994
234 páginas

Al leer las páginas de la biografía de San Francisco Javier no puede uno sino admirarse del talante poético con que el autor nos apabulla con su erudición. Geografías, paisajes, geología, zoología y botánica, así como detalles de cada edificio, rincón o recodo del camino. Otro tanto sobre la historia del lugar, y la “rumorología”, como dice con gracia.

Al pasar a la vida de nuestro santo no muestra menos gracia erudita. Por cierto que, como todo conocedor, sabe mucho más de lo que puede decir al modesto lector, pero dice mucho más de lo que se podría sospechar para un libro de divulgación popular. Se aparta del estilo Luis de Whol sin por ello perder un sostenido interés en la lectura, al menos para el lector medianamente cultivado, que se interesa en algo más que “la historia” en tanto relato.

Por ser tan abigarrada y llena de detalles, no podríamos hacer sino elegir alguún pasaje para ilustrar el tono. Y en medio de tanto anecdotario excepcional de este grande santo misionero, nada más a cuento para estos días que su trunco trabajo de conversión del Japón, semilla del heroico catolicismo nipón.

Como es sabido, ya los primeros jesuitas llegaron al lejano oriente, siendo Javier el más ilustre de ellos. También es sabido que algunos tuvieron tempranamente la tentación de “adaptar” el mensaje evangélico a la mentalidad oriental a veces transgrediendo los límites de la prudencia y otros de la ortodoxia. Hoy en día, esto último es moneda corriente entre los discípulos infieles de San Ignacio. Como ejemplo de que hasta el santo pisó involuntariamente sobre terreno blando en este camino de apostolado, transcribiremos unos textos tan interesantes como actuales.

Pero no sin antes aclarar que el episodio que narraremos viene precedido de largas peregrinaciones por el Japón, en las cuales, luego de una inicial simpatía con los samurai (Javier era un noble guerrero de cuna y con acendrado sentido del honor), descubrió las costumbres nefandas de los bonzos, a los que recriminó públicamente.

Pero su aspecto pordiosero irritaba a los nobles y generaba el desprecio del pueblo, que con frecuencia lo llenaba tanto a él como al P. Fernández y a su intérprete Mateo y único converso japonés, de injurias y humillaciones. No faltaron, sin embargo, almas nobles que se impresionaron por su mansedumbre y valentía, por la caridad ardiente y la prédica directa al acusar a los paganos de costumbres nefandas.

Así pues, el santo misionero, convencido de que vestir más lujosamente favorecería el respeto de los japoneses se las ingenió para llegar ante un rey poderoso, espléndidamente ataviado al uso local, lo que destacaba su noble estirpe guerrera. Allí, en Yamaguchi, el poderoso rey Yoshitaka los recibió esta vez con gran afabilidad. Francisco desplegó sus dotes de diplomático, presentó regalos provistos por el capitán portugués que los llevó a la isla, desplegó sus credenciales de embajador y nuncio pontificio y presentó los saludos del rey de Portugal. Nótese que en una primera audiencia, vestido de mendigo, había sido víctima de las burlas más soeces. Ahora impresionaba a la corte con su espléndido señorío. Parecía haber encontrado el puente de llegada a los orgullosos japoneses.

Hubo luego una segunda visita, tan exitosa como la primera, en la que Francisco regaló al señor de veinte reinos una espléndida Biblia. De allí en más todo fue sobre ruedas. Yoshitaka llegó a decir de él que era como “un dios vivo”. Allí los bonzos consideraron prudente comenzar el diálogo teológico.

“-“ ¿Qué color, qué figura tiene vuestro Dios?-“ interrumpió uno de los bonzos que se hallaban presentes.

“-“Dios no tiene color, figura, ni accidentes. Es sustancia purísima distinta de todas la criaturas.

“-“ ¿De dónde procede vuestro Dios?

“-“De Sí mismo, es el principio de todas las cosas, que no tiene principio ni fin. Es el Poder, la Sabiduría, la Bondad Infinita.

“El bonzo se dio por satisfecho y concluyó: -˜Nos diferenciamos en la lengua y en el vestido, pero, fundamentalmente, la ley que enseñáis y la nuestra son una misma cosa'”.

Tiempo después fue invitado a visitar un monasterio y dialogar sobre doctrina con los bonzos. Javier quedó pasmado por las coincidencias entre el cristianismo y el budismo sintoista. Y ellos por los conocimientos de las ciencias que traían los doctos misioneros educados en La Sorbone.

Los bonzos hablaban permanentemente de “Dainichi”, la divinidad suprema. Entusiasmado por el éxito, Francisco   había adoptado la palabra Dainichi (en lugar de Deus) como traducción de Dios y recorría las poblaciones repitiendo “Dainichi no   uogami are”:   Adorad a Dainichi. Con la natural aceptación de los pobladores.

Pero las conversaciones con los bonzos siguieron y Francisco advirtió, pasmado, lo que antes no había comprendido: que ellos aceptaban los relatos de los misterios fundamentales de la Fe cristiana como “fábulas” entretenidas. Y que el famoso Dainichi, dios de tres caras, que tanto parecido habían encontrado los paganos con la Trinidad, en su concepción más profunda era un equivalente a la materia prima que concibió Aristóteles como origen del universo.

Al advertir su error, Javier dio orden y salió él mismo a predicar por las calles la siguiente consigna: “Dainichi no uogami naso”. No adoréis a Dainichi. Y volvió a colocar el término Deus en sus invocaciones. Diálogo sí, sincretismo no.

Javier vio dificultado en su intento de evangelizar el Japón porque los bonzos, poderosísimos, al verse fácilmente rebatidos en el campo teológico finalmente lo malquistaron con el pueblo, acusándolo de predicar la adoración de la “mentira”, al usar la palabra Deus, deformada, como identificación de una deidad que patrocinaba la falacia. Uno de los puntos que más irritaban a los bonzos, sin embargo, no fue tanto la debilidad de sus argumentos, cuanto la caída de las donaciones de los fieles a sus monasterios, puesto que Javier proclamaba no sustentar esos centros de vicios y errores.

Este punto -“se ve que el tema crematístico ha sido siempre un punto débil del clero- desató las iras sobre los cristianos. Javier debió retirarse del Japón porque peligraban, por divisiones internas, sus otros campos de laboreo pastoral. Dejó allí sembrada la semilla del heroico catolicismo japonés, cruelmente martirizado hasta el exterminio.

Digamos, por fin, que la lectura de San Francisco Javier, en estos tiempos en que tanto se habla de “nueva evangelización" nos marca a fuego el estilo que la debe caracterizar: fortaleza doctrinal, buena preparación teológica, estilo directo y sin respetos humanos, caridad heroica, sacrificio, oración y disposición al martirio.

Menudo programa para el siglo de la acedia…

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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