Panorama Católico

Juan Pablo II, beato privado

Un lector nos hace llegar el comentario que desglosamos abajo, sobre las objeciones que se plantean a la beatificación de Juan Pablo II. Como principio general, cabe recordar que estas objeciones son parte del proceso canónico normal, tarea que queda (o al menos quedaba) en manos del así llamado “Abogado del Diablo”.

Un lector nos hace llegar el comentario que desglosamos abajo,
sobre las objeciones que se plantean a la beatificación de Juan Pablo II. Como principio general, cabe recordar que estas
objeciones son parte del proceso canónico normal, tarea que queda (o al menos
quedaba) en manos del así llamado “Abogado del Diablo”.

Buscar impedimentos en los antecedentes del candidato, y dejar a
los postuladores la misión de refutarlos con fundamento –si es posible- es el
proceso normal que se ha seguido en los tiempos modernos, pasada ya la época en
que la “vox populi” representaba la “vox Dei” y podía admitirse la canonización
por simple “aclamación popular”.

Hace siglos que la Iglesia ha establecido un proceso, y apenas
pocos años que el ahora candidato a beato, lo redujo a su mínima expresión, a
los efectos de realizar la inmensa cantidad de canonizaciones que ocurrieron
bajo su reinado, y que superan en número a las realizadas por los papas de
todos los siglos pasados.

Normalmente me
resisto con todas mis fuerzas a hacer comentarios sobre las noticias que
aparecen en su página, pero esta vez creo que es deber de justicia y de cariño
filial el responder a tanta infamia como
he leído en relación a la próxima beatificación de Juan Pablo II.

En primer lugar, creo
que es deber de todo cristiano católico que así se considere, el defender
a toda costa la dignidad de su Madre, la Iglesia Santa. Y Juan Pablo II ha sido
durante muchos años su máximo exponente. Normalmente, los buenos hijos tratan de disimular los defectos de sus padres, por
muy manifiestos que éstos sean, tal y como hicieron los hijos de Noé al ver a
su padre en situación indecorosa.
Y más si no es el caso, como ahora
ocurre.

Distingamos: infamia
significa descrédito y también malicia. Si lo dicho va en descrédito
del candidato, deberá probarse la falsedad, y ya hemos dicho que es parte del
proceso canónico. Si nos acusa de malicia, deberá presentar un fundamento más
sólido para  tan grave acusación.




Me propongo demostrar que no hay tal malicia:

Dice Romano Amerio, al propósito de defender la dignidad de la
Iglesia, citando, justamente, la figura bíblica de Noé, que trae el
comentarista:

“El fenómeno actual de
denigración del pasado de la Iglesia por obra del clero y de los laicos supone
una viva contraposición con la actitud de fortaleza y coraje que el catolicismo
tuvo en los siglos pasados ante sus adversarios. Se reconocía entonces la
existencia de adversarios e incluso de enemigos de la Iglesia, y los católicos ejercitaban a un mismo tiempo
la guerra contra el error y la caridad hacia el enemigo
. Y donde la verdad
impedía la defensa de deficiencias
demasiado humanas, la reverencia ordenaba cubrir esas vergüenzas, como Sem y
Jafet con su padre Noé.

“Pero una vez implantada en la
Iglesia la novedad radical y la consiguiente ruptura de su continuidad
histórica, vinieron a menos el respeto y la veneración hacia la historia de la
Iglesia, sustituidos por movimientos de
censura y repudio del pasado.

“En efecto, el respeto y la
reverencia provienen de un sentimiento de dependencia hacia quien es de algún
modo nuestro principio: del ser, como los padres y la Patria, o de algún
beneficio en el ser, como los maestros. Esos sentimientos implican conciencia
de una continuidad entre quien respeta y quien es respetado, por lo que
aquellas cosas que veneramos son algo de nosotros mismos y bajo algún aspecto a
ellas debemos nuestro ser.

“Pero si la Iglesia debe morir a
sí misma y romper con su historia, y debe surgir una nueva criatura, es
evidente que el pasado no debe
recuperarse y revivirse, sino rechazarse y repudiarse,
dejando de ser considerado con respeto y reverencia. Las mismas
palabras de respeto y reverencia incluyen la idea de mirar atrás, que ya no tiene sentido en una Iglesia
proyectada hacia el futuro y para la cual la destrucción de sus antecedentes
aparece como condición de su renacimiento
. Ya había habido síntomas en el
Concilio de una cierta pusilanimidad en la defensa del pasado de la Iglesia,
vicio opuesto a la constantia pagana
y a la fortaleza cristiana; pero el síndrome se desarrolló después rápidamente.
No entro en la historiografía de los innovadores sobre Lutero, las Cruzadas, la
Inquisición, o San Francisco. Los grandes Santos del catolicismo son reducidos
a ser precursores de la novedad o a no ser nada. Pero me detendré en la
denigración de la Iglesia y en las alabanzas a quienes están fuera de ella.”
(…)

“La denigración de la Iglesia es un lugar común en los discursos
del clero postconciliar.

“Por circiterismo mental,
combinado con acomodación a las opiniones del siglo, se olvida que el deber de la verdad no sólo se debe cumplir con el
adversario, sino también con uno mismo
; y que no es necesario ser injusto
con uno mismo para ser justo con los demás.” (…)

Me detengo para no alargar, pero
pueden consultar el texto completo en Romano Amerio, Iota Unum, Cap IV,
parágrafo 54 (se puede descargar en internet).

Se me ocurren varias preguntas:
¿consistiría este piadoso acto de cubrir las vergüenzas de un padre ebrio que
el lector reclama en admitir que ese padre exponga a la Iglesia a la malicia de
sus enemigos, por ejemplo, pidiendo perdón por hechos ás gloriosos de su
historia, puesto que no son hoy políticamente correctos, etc? ¿O, como afirma
el autor y fue trabajo de innumerables historiadores e investigadores
católicos, sería más acorde con la actitud de los hijos fieles de la Iglesia,
imitando a los hijos fieles de Noé, cubrir las vergüenzas humanas de quienes
protagonizaron esos hechos, destacando la necesaria y heroica lucha de la
Iglesia por la fe, contra sus enemigos, (guerra al error, caridad hacia el
enemigo)?

¿Hemos de cubrir las vergüenzas
(públicas y televisadas sin pudor) de renegar del pasado y reivindicar a los
enemigos de la Fe? ¿Y a la vez exponer las debilidades humanas de nuestros
hermanos en la Fe de siglos anteriores que dieron su vida en luchas por la
Iglesia y por la Cristiandad, pero, inexplicablemente, exaltar la
“religiosidad” del heresiarca que destruyó la unidad cristiana en Europa y
cuyas consecuencias históricas seguimos padeciendo?

¿En qué consiste el deber de
piedad hacia la Iglesia en este caso? ¿En callar a quien promovió estos hechos
penosos y aceptar con alegría que se lo eleve a los altares, y no lavar el
rostro de la Iglesia denigrado y afeado por sus propios hijos?


Dice el lector:

Por otro lado, no es
de extrañar el que en estos tiempos se cuestione, por los que se dicen católicos, la beatificación o canonización de
determinadas personas, sobre todo si su actuación ha tenido gran
relevancia pública. Ha sido el caso de San Josemaría Escrivá de Balaguer, de la
Madre Teresa de Calcuta, del Beato Padre Pío, y ahora de Juan Pablo II. Y es,
sin duda, de lo más triste. Me pregunto qué habría pasado si a San Agustín –
gran pecador -, lo hubieran canonizado en estos días. O a Santa María Magdalena
o Santa María Ejipciáca – mujeres públicas en su tiempo -, o a Santo Tomás
Moro, o a San Gregorio Magno, o a los mismísimos San Francisco de Asís, Santo
Domingo de Guzmán o Santa Teresa de Jesús. ¡Qué cosas no se habrían dicho de
todos ellos…!

Debo insistir en lo dicho al comienzo de este comentario: como
principio general, cabe recordar que buscar estas objeciones es parte del
proceso canónico normal, tarea que queda (o al menos quedaba) en manos del así
llamado “Abogado del Diablo”. Buscar en los antecedentes del candidato
impedimentos, y dejar a los postuladores la misión de refutarlos –si era posible-
con fundamento es el proceso normal que se ha seguido en los últimos siglos. Y
si los postuladores no cumplen con su misión (y además lo dicen públicamente)
¿no es posible preguntarles por qué?

Pero, nuevamente, el lector incurre en una confusión: los santos
con pasado pecador no han sido
canonizados por su pasado pecador
, sino por las virtudes practicadas en
grado heroico una vez alcanzada la conversión.

Tampoco distingue el lector entre los pecados de la carne y los
errores doctrinales.

En el caso de los herejes, como San Agustín antes de su
bautismo, notese que dedicó gran parte de su actividad intelectual a refutar
los errores de las obras escritas antes de la conversión, y esto hasta su
muerte, no siendo suficiente, a su ver, todo lo escrito para neutralizar el
daño hecho antes. No veo en el caso de Juan Pablo II ninguna refutación de los
puntos por los cuales se lo objeta.

Respecto a los santos “posconciliares”, entiéndase por esto, los
canonizados según el nuevo procedimiento establecido por Juan Pablo II, las
objeciones están en el procedimiento mismo: el tracto abreviado, el desinterés
por las doctrinas (ya no tienen validez como objeción los papeles privados o
las obras que el santo no ha publicado, como si estas no reflejaran su
pensamiento). Además de reunir, el comentarista, figuras tan disímiles en su
historia y en sus procesos canónicos, que resultan incomparables, debe entender
que no hay solución de continuidad entre la fe y las obras, a riesgo de caer en
el luteranismo.

Ni entre la piedad personal y la piedad pública. Entre las
convicciones íntimas y las expresadas en público. Y si la hubiera estaríamos
frente a una figura patológica o de inexplicable hipocresía, que no es el caso
del difunto Juan Pablo II. El pensó y obró según su pensamiento. Luego no se
puede separar lo que pensó de lo que hizo.

Termina el lector su comentario:

Y por último, es muy
extraño que personas tan dadas a la reflexión teológica como las que escriben
en su página, cuestionen de esta forma la asistencia del mismísimo Espíritu Santo
a su Iglesia; Dios no puede ni engañarse ni engañarnos, y la beatificación de
una persona como Juan Pablo II no es cuestión baladí que el Santo Espíritu deje
pasar para bien de su Iglesia, permitiendo un escándalo de tal calibre que
puede llevar a confusión a tantos cristianos de buena fé.

Notable confusión: el proceso de
canonización se realiza al modo humano (humano more) y se dirime allí, con
pruebas y contrapruebas, y al menos en los tiempos en que se utilizaba el
protocolo anterior al de Juan Pablo II, estas era muy rigurosas. Proceso largo,
a veces abreviado en su inicio por los sumos pontífices en virtud de su
potestad suprema, que les permite saltearse la ley eclesiástica con justa causa.

Se puede admitir que Benedicto
XVI haya dispensado de los 5 años de carencia antes de iniciar las diligencias
de investigación del proceso canónico, aunque no estamos obligados a coincidir
en la prudencialidad de esta decisión y nada nos impide manifestarlo, porque
hasta aquí el Espíritu Santo no está comprometido.

Lo que no pueden saltearse ni los
postuladores, ni los objetores de oficio, ni el papa mismo, son los impedimentos que se presentan. Deben
ser considerados y refutados con sustento, y prudencialmente, ante la duda,
demorar el proceso o archivarlo, como pasó con el finado Paulo VI, cuando un
sacerdote aportó impedimentos dirimentes a su beatificación. Si hay dudas, se
espera. No hay devoción personal, respeto, ni convicción subjetiva que esté por
encima de las objeciones razonables, como por ejemplo:

– el candidato sostenía doctrinas heterodoxas,

– practicó una denigración sistemática del pasado de la Iglesia (innumerables pedidos de perdón

– su obra de gobierno dejó a la
Iglesia con una feligresía en estado de “apostasía silenciosa”, según su propia
declaración, y “la nave de la Iglesia hace agua por todos lados”, según la del
entonces Card. Ratzinger.

Es el resultado de 27 años de
gobierno de Juan Pablo II. Dios le dio por misión gobernar,  puede haber fracasado sin culpa, pero antes
deberá probarse que hizo lo necesario para corregir los desmadres de sus
gobernados, y que no los promovió con su silencio y hasta con su participación
activa y aprobación. Estas son objeciones razonables a su beatificación, que no
estamos obligados a cubrir, porque son públicas y notorias, y si causan
escándalo no es porque aquí se digan, sino por sí mismas.

Bien, parece razonable que, a la
hora de aportar documentación y formular por las vías ordinarias y de modo
adecuado las objeciones que se consideran pertinentes, ningún católico pueda
condenar lo que la misma Iglesia requiere para dar un sustento a su juicio.

Otra cosa, claro, es la decisión
pontificia, que considera lo investigado, pero no queda atada por ello al
juicio humano. Sin embargo, ningún papa seriamente puede basarse en informes
incompletos, sesgados, y menos aún cuando se hace una artificiosa e inaceptable
separación entre las “virtudes personales” y el pontificado, como en el caso de
Juan Pablo II. Como si no hubiera conexión alguna entre lo creído y lo obrado o
dichas virtudes no se irradiasen en la obra de gobierno, que en el caso de un
Papa son su principal deber de estado.

Máxime cuando la beatificación no
compromete la infalibilidad pontificia y la nueva fórmula de canonización, en
concordancia con el espíritu de todo el magisterio conciliar y posconciliar,
salvo contadas excepciones, parece huir del compromiso de la infalibilidad,
quizás porque se haya debilitado la fe en ella.

Concluyo:  el comentarista no puede decir que se falta a la piedad o
que se obra con malicia por hacer lo que la Iglesia manda. Ni puede invertir el
orden de las cosas asumiendo que todo proceso canónico de beatificación está asistido
por el Espíritu Santo en todas sus etapas y bajo cualquier circunstancia, aún desechando un cuerpo de pruebas relativas a la vida pública del candidato, bajo excusa de que se lo beatifica por su «piedad personal». Esta es una convicción equivocada,
ingenua y le diría que viciada de clericalismo.



Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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