Panorama Católico

Kenizé Mourad: El Pefume de Nuestra Tierra

Un libro interesantísimo sobre el modo de pensar de las partes en conflicto en Medio Oriente: Israel y los pueblos así llamados "palestinos", que incluyen una mayoría islámica y una minoría cristiana.

Un libro interesantísimo sobre el modo de pensar de las partes en conflicto en Medio Oriente: Israel y los pueblos así llamados "palestinos", que incluyen una mayoría islámica y una minoría cristiana. La autora es una escritora y periodista de origen árabe, educada en Francia, quien con asombrosa objetividad (aunque tiene posición tomada desde el inicio) nos presenta un muestreo del pensamiento de árabes y judíos.

Kenizé Mourad:
El Pefume de Nuestra Tierra
Voces de Palestina e Israel

Ediciones Océano
(del Taller de Mario Muchnik)
Madrid, 2003 – 366 páginas.

Con frecuencia los islámicos nos han hecho reproches: estas páginas rezuman "fundamentalismo católico" y naturalmente abogan (aunque no lo digan explícitamente) por la causa del neoconservadorismo norteamericano, que tiene a Bush como su principal figura pública.

En vano hemos tratado de establecer distinciones sobre la incompatibilidad del pensamiento teológico católico y el islámico (en el supuesto que haya uno oficialmente aceptado por todos, lo cual no parece); por otra parte, la historia de guerras e invasiones que sufrió Europa cristinana (y antes Medio Oriente y el norte de Africa cristianos) y que llevó en algunos lugares a la desaparición de la Iglesia y en otros a su reducción a pequeñas comunidades. Además, reiteradamente manifestamos condenar la instalación del Estado de Israel, no solo por lo que significa para los pueblos arraigados allí desde tiempos casi inmemoriales, sino por el método utilizado: terrorismo, masacres, migración forzosa de poblaciones enteras y reducción a campos de refugiados en condiciones que no se alejan de las que los judíos alegan haber sufrido bajo el régimen de Hitler.

Más la brutalidad creciente para con los habitantes árabes, muchos ya "ciudadanos israelíes" reconocidos en los papeles, pero que en realidad son habitantes de segunda, sujetos a la expropiación de sus tierras o casas, a las fronteras internas y a "estados de sitio" aterradores durante los cuales tantos mueren por enfermedades, hambre, ¡sed!, inmersos en toneladas de basura nauseabunda o tiroteados por los francotiradores del ejército israelí cuando salen a la calle a buscar lo indispensable para sobrevivir… Muchísimos de ellos, niños pequeños, muertos casi para entretener los ocios de los fusileros.

Esto ya lo sabíamos, como lo sabe la ONU, los organismos de derechos humanos, los EE.UU. fingiend hipócritamente que allí no pasa nada. Y los ricos países petroleros árabes, que no hacen nada realmente conducente a aliviar a sus hermanos de esta espantosa reducción a la miseria. Completa el cuadro el famoso "muro" (cuya construcción se realiza con material y mano de obras ¡árabe!… en fin, una pincelada más de un cuadro muy complejo.

¿Se olvidan del terrorismo musulmán? dirán algunos. No por cierto, lo hemos denunciado y condenado tanto en las zonas en conflicto como en el exterior. Puede discutirse qué tan musulmán sea en sus altas esferas, pero el hecho es que recluta sus soldados entre organizaciones islámicas y es protegido por los pueblos y las naciones islámicos. Y que tiene en el Corán sus fundamentos religiosos (si el Corán es ambiguo, no es problema nuestro).

Tampoco nos olvidamos de la espantosa persecución de los cristianos, actualmente la más feroz en Irak. Ni de las matanzas entre chiitas, sunitas y otras sectas o corrientes islámicas que se detestan entre sí.

 

Perfumes de nuestra tierra.

Después de esta introducción algo larga pero necesaria para absolver posiciones, presentamos el libro de la autora Kenizé Mourad. Se trata de la hija de una familia árabe noble, emigrada a Francia por el final de los años cuarenta, cuya madre murió allí a dar a luz a Kenizé, justamente. La autora recibió una educación occidental pero dedicó todo su esfuerzo periodístico y literario a temas de su tierra ancestral, la Palestina. Kenizé reunió en este libro una gran cantidad de entrevistas a árabes y judíos; entre los primeros, musulmanes y cristianos; entre los segundos ortodoxos, liberales o agnósticos, sionistas y no sionistas.

Son relatos breves mezclados con diálogos que ella entresaca de las entrevistas. La autora tiene una mirada muy sutil de las realidades de su tierra, a la vez que un gran desapasionamiento y muchísima compasión por los que sufren, en todos los bandos en conflicto. Conoce cada uno de los matices propios de las razas, las religiones, las historias y las ideologías que conviven en ese mosaico insoluble que parece ser el enclave sionista en Medio Oriente.

 

Según los testimonios que refleja en el libro, los partidos más extremos reclaman lisa y llanamente el exterminio o la erradicación de los otros. Esto es lo que la prensa mundial refleja. En medio hay un gradiente asombroso de personas moderadas, pacientes, sufridas, voluntariosas, del lado árabe. Y una masa mesiánica, desconcertada, aterrada y en muchos casos llena de remordimientos por el costo en vidas y sufrimientos que ha causado la instalación de Israel y su expansión sistemática, a partir de la guerra de 1975, por medio de "colonias" en los territorios ocupados. Israel es un estado expansionista como pocos.

 

Hay judíos que se interponen entre las tropas israelíes que van a demoler las casas de los palestinos bajo las más diversas y absurdas excusas… Frecuentemente son apaleados, y cuando la inevitable destrucción ocurre, reúnen grupos de israelíes que promueven la convivencia pacífica para que ayuden a reconstruir las viviendas… hasta la próxima demolición.

 

Hay soldados objetores de conciencia, que se niegan a servir en los territorios ocupados. Algo de esto hemos sabido después de la última incursión militar de Israel en el Líbano. Se niegan a bombardear poblaciones civiles, allanar casas al azar, apalear o matar a los hombres jóvenes, o simplemente practicar el deporte preferido del sistema de represión israelí, quebrarle huesos.

Así, un pintor árabe, apolítico, secuestrado (no hay orden judicial ni nada que se le parezca) por el ejército, después de sufrir meses de tormento psicológico y maltrato, al serle decretada su libertad por "falta de pruebas" tuvo la siguiente experiencia: un oficial israelí, evidentemente contrariado por la decisión superior de liberarlo le preguntó con qué mano pintaba… Maliciando la intención el pintor mintió que con la izquierda. Entonces el oficial le pidió que antes de irse pintara un retrato suyo. Como era razonablemente hábil con ambas manos, el oficial se engaño y en un descuido del pintor le aplasto la muñeca izquierda con la culata de un fusil contra una mesa… Luego el pintor fue liberado… arrojado en la ruta, en medio de la noche helada, sin asistencia médica ni elementos de supervivencia. Logró franquear las barreras caminando por las montañas -allí habría muerto esperando que lo dejaran pasar, especialmente al verlo herido, otro hábito común de las patrullas fronterizas internas- y llegar a un hospital palestino donde fue atendido. Nunca recuperó totalmente la movilidad de su mano, aunque pagó un precio barato. Muchos otros quedan lisiados de por vida. Sus sentimientos no son de odio, sino de profundo temor y desesperanza, explica.

Por tomar dos casos extremos, de los tantos con los que Kenizé matiza sus relatos, entrevista a la hermana de una judía muerta en un atentado de hombre-bomba y por otro lado a la cuñada de una mujer-bomba, la primera en la historia en realizar una matanza de esas características. Sus testimonios reflejan no solo odio, sino una profunda incapacidad de concebir la convivencia pacífica. Ninguna piensa en perdonar, una exige el exterminio de los árabes, otra el de los judíos…

Pero hay un mayoría que solo quiere paz, confiando en que esto se logre con la erección de un Estado Palestino y el desmantelamiento de las colonias judías en los territorios ocupados, habitualmente formadas por los sionistas más fanatizados. El sistema de "ciudades gulag" que está en vigencia actualmente, así como los eternos campamentos de refugiados, enormes "fabellas" o "villas de emergencia" involuntarias que llevan más de 40 años, son semilleros de guerrilla, y kamikazes. Allí los voluntarios para hombres-bomba superan largamente los cupos requeridos por el terrorismo. Y, curiosamente, Kenizé logra dar la impresión de que muchos de estos kamikazes no son fanáticos del islam, sino personas criadas en la injusticia, que buscan realizar un acto de servicio a su comunidad. Así, tan distorsionado resulta el sentido moral cuando la opresión llega a tales límites y no hay una vía cristiana de contención del odio.

En fin, un libro duro, suavizado por la mirada amable -amorosa casi diríamos- de la autora que no concibe la imposibilidad absoluta de que el perfume de la Tierra Santa no pueda ser respirado por todos sus habitantes en paz.

Tampoco, y esto parece ser la carencia más grande del libro, da señales de entender Kenizé Maourad el problema teológico que subyace en esta guerra interminable.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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