Panorama Católico

La Abdicación de Carlos y la asunción de Felipe

Hubo un profundo silencio cuando Carlos se puso los lentes con mano temblorosa y buscó en su pequeño memorándum las notas de lo que había de decir. Con lenta palabra comenzó revisando su vida a partir del día en que, en aquel mismo lugar, cuarenta años antes, había sido declarado mayor de edad. Desde entonces se había agotado en guerras y jornadas por los intereses de su pueblo.

Hubo un profundo silencio cuando Carlos se puso los lentes con mano temblorosa y buscó en su pequeño memorándum las notas de lo que había de decir. Con lenta palabra comenzó revisando su vida a partir del día en que, en aquel mismo lugar, cuarenta años antes, había sido declarado mayor de edad. Desde entonces se había agotado en guerras y jornadas por los intereses de su pueblo.

 

“He estado nueve veces en Alemania, seis en España, siete en Italia y he venido diez veces aquí, a Flandes. He viajado, en guerra y en paz, cuatro veces por Francia, dos por Inglaterra y he ido dos a África, habiendo hecho cuarenta expediciones, sin contar los viajes más cortos para visitar mis diferentes países. He hecho ocho veces jornada por el Mediterráneo y tres veces por el Océano y ahora será la cuarta, cuando regrese a España para buscar mi sepultura…”

  “He tenido que soportar los azares de muchas guerras y puedo atestiguar que todas contra mi voluntad. Nunca las he emprendido más que a la fuerza y con dolor. Incluso hoy siento que, al partir, no os pueda dejar tranquilos y en paz… Os imaginaréis fácilmente que no he emprendido todo esto sin sentir fatiga y cansancio. Fácil es juzgarlo de sólo verme como estoy… He hecho lo que he podido y siento no haberlo hecho mejor. Me he dado cuenta siempre de mis limitaciones y de mi incapacidad…, y sintiendo que esta aumenta, en  mi estado presente me he creído obligado a adoptar esta resolución que ahora os comunico. Los obstáculos para esta resolución no existen ya. La Reina, mi madre, ha muerto. Mi hijo es ya un hombre. Confío en que Dios le otorgará las luces y la fuerza para cumplir mejor que yo las obligaciones impuestas a un rey.”

  “Os pido que no interpretéis esta abdicación como deseo de rehuir eventuales trastornos, peligros y trabajos; creedme: no tengo otro motivo que el de la incapacidad inherente a mi debilidad e invalidez. Dejo en mi lugar a mi hijo y os lo encomiendo. Prestadle el cariño y la obediencia que me habéis dado a mí. Conservad celosamente esa unión vuestra, que nunca habéis abandonado; Defended y mantened la justicia. Y, sobre todo, no permitáis las herejías que rondan estas tierras, y si alguna lo lograse, arrancadla de raíz.”

 “Ya sé que en mi vida he cometido muchas faltas; faltas de juventud, o por ignorancia, por ligereza, o por otras causas. Pero puedo decir, en verdad, que nunca he cometido violencias, ni he causado males, ni he hecho injusticias a ninguno de mis súbditos. Si lo he hecho alguna vez, no fue a sabiendas, sino por ignorancia. Ahora digo que lo siento y por ello pido perdón.”

 Ni uno sólo de los que formaban aquella asamblea tenía los ojos enjutos. Carlos mismo lloraba y también Felipe. Hasta el banquero inglés Sir Thomas Gresham, que no descuidaba sus negocios ni en las ocasiones más solemnes parece que derramó algunas lágrimas cautelosas. A él debemos una descripción singular de Carlos en el momento de su abdicación: “Y en esto, rompió a llorar; aparte de lo triste del motivo, creo que su llanto fue provocado por ver a todos los presentes hacer lo mismo, pues durante una buena parte del discurso ninguno de los hombres allí reunidos, extranjeros o no, dejó de verter abundantes lágrimas, aunque unos más y otros menos.” El sentido de la medida nunca abandonaba del todo a Sir Thomas.

Después, dirigiéndose a Felipe, prosiguió el emperador con la voz ahogada por los sollozos: “Hijo mío, honra siempre a la religión, conserva la Fe Católica en toda su pureza, respeta las leyes del país como sagradas e inviolables y no intentes nunca herir los derechos y privilegios de tus súbditos; y si algún día deseas, por ventura, buscar, como yo, el reposo de la vida retirada, ¡ojalá tengas un hijo a quien puedas entregar el cetro con la misma alegría con que yo te doy el mío!”.

Felipe se puso de rodillas y llenó de besos y de lágrimas las manos del anciano. Cuando pudo, al fin, dominar su emoción se levantó y dijo:

 “Me entregáis una carga pesada. Sin embargo, obedeciendo a Vuestra Majestad, como siempre, acepto, como me pedís, el gobierno de estos países. Os ruego que los ayudéis y los toméis bajo vuestra protección.” Después, volviéndose hacia la asamblea, prosiguió en francés: “Me hubiera gustado saber el francés suficientemente para expresar a los Estados y al pueblo todo el interés y el amor que siento hacia ellos. Pero puesto que no me es posible hacerlo en francés, y aún menos en flamenco, el Obispo de Arras, que conoce mis sentimientos, lo hará en mi lugar. Oídle, os ruego, como me oiríais a mí.” Granvela explicó entonces, en su francés correcto y elocuente, los deseos del nuevo monarca de servir al país y mantener sus libertades como lo había hecho el emperador. La reunión terminó con algunas palabras llenas de modestia de la reina María, que después de veinticinco años de gobernadora había, por fin, decidido retirarse con su hermano.

Desde entonces cayó sobre las espaldas de Felipe, a sus veintinueve años, una de las cargas más pesadas que ningún mortal habrá llevado nunca. Cierto que el título imperial pasó a Fernando y que después de él sería para Maximiliano; ambos eran tan recelosos, que Felipe se vio obligado a enviar un mensajero para asegurarles que les deseaba toda clase de bienes y que no tenía designio alguno sobre el Imperio. Pero seguiría siendo el monarca más poderoso del mundo, rey de España, de los Países Bajos y de Inglaterra, dueño virtualmente de Italia, señor de todas las regiones exploradas del hemisferio occidental, excepto del Brasil; y de las Filipinas; brazo derecho de la Iglesia; César de hecho y no sólo de nombre.

No deseaba ciertamente tantas responsabilidades. Dijo a su padre que sólo las tomaba pensando en conservar la vida del emperador. Si hubiera podido seguir sus preferencias se hubiera contentado con ser únicamente rey de España y no vivir más que en este país, donde conocía al pueblo y donde la plaga de la herejía era casi desconocida. Estaba acostumbrado de toda su vida a preguntarse a sí mismo: “¿Cuál es mi deber en estas circunstancias?”, y a hacer después su deber sin quejarse, sin murmurar. Con tal espíritu, este joven, amante de la paz,  se plegaba a cargar con el peso de una gran parte del mundo. Y pronto se vería que era más pesado aún de lo que pensaba.

William Thomas Walsh, Felipe II

 

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