Panorama Católico

La Apropiación de Nuestras Plazas

La plaza es lugar de recreación y fiesta en tanto difusividad perfectiva y gozosa del ocio compartido, del culto a la divinidad trascendente, del intercambio de bienes negociables, del discurrir comunitario de los acontecimientos históricos, de la transmisión de valores tradicionales, de la supremacía arquitectónica del bien común, del origen y desarrollo de las artes.

La plaza es lugar de recreación y fiesta en tanto difusividad perfectiva y gozosa del ocio compartido, del culto a la divinidad trascendente, del intercambio de bienes negociables, del discurrir comunitario de los acontecimientos históricos, de la transmisión de valores tradicionales, de la supremacía arquitectónica del bien común, del origen y desarrollo de las artes.

Escribe Ricardo Fraga

Desde el ágora ateniense y el foro romano, pasando por el atrio de las iglesias medievales y el pórtico de las villas españolas, la plaza ha sido siempre la síntesis y el alma misma de una población. No cualquier conjunto cuantitativo de individuos inconexos (como pueden ser las megalópolis de nuestro atribulado tiempo) sino la ciudad que, al decir de Cicerón, refleja y trasunta el genio o “numen (creador y conservador) de los dioses“.

La ciudad es el ámbito imprescindible y natural de la vida política (polis) o civilizada (civitas) en la cual la vocación gregaria de los hombres (Aristóteles) se transforma en vínculos (o cadenas libremente asumidas) de amistad pública o concordia civil. Pero la ciudad vive y se comunica en la plaza común: este es el sitio espontáneo de la vida ciudadana en lo que ésta tiene de más humano, esto es, la intrínseca relacionalidad de sus habitantes.

La plaza es lugar de recreación y fiesta en tanto difusividad perfectiva y gozosa del ocio compartido, del culto a la divinidad trascendente, del intercambio de bienes negociables, del discurrir comunitario de los acontecimientos históricos, de la transmisión de valores tradicionales, de la supremacía arquitectónica del bien común, del origen y desarrollo de las artes.

Todo eso (y muchas otras cosas afines) significó la plaza en el mundo greco-latino-hispánico: corazón donde palpitaban los anhelos de las generaciones sucesivas y manifestación entusiástica (divinizadora) de la consustancialidad sobrenatural -en la órbita cristiana- entre el amor a Dios (“que es el amor primero“) y el amor a la patria (“que es el postrer amor después de Dios“) y que “(si) crucificado y duradero, ya son uno los dos, ya no son dos” (Leonardo Castellani).

Mas las plazas en nuestra tierra desolada se han convertido ( ¡qué no!) en el botín de una bandería partidaria, enceguecida por el odio y desbordada de sentimientos de venganza.

Nos apropiaremos de las plazas” me espetó en la cara (hace ya un lustro) el parricida más feroz y conocido de esta desgraciada nación que (va sin decir) ha purgado ya su prisión “perpetua” y preside, desde la soberbia del poder impune, un organismo defensor de los “derechos humanos” (no, ciertamente, los de sus padres), en contubernio paradojal con alguna Medea contemporánea, cuya mórbido feeling sería tarea de estudio para psicoanalistas… ¡o teólogos!

Y se apropiaron, efectivamente, de nuestras plazas, degradándolas incluso en su proyección física más elemental… allí están tan sólo para muestra: la plaza del Congreso*, reducida a potrero y basural, a conexiones clandestinas de electricidad y a venta prohibida de sustancias alimenticias (choripán), sostenida de vez en cuando por el contribuyente común ya que (según necesidades electorales) se la remoza (en paladina malversación de caudales públicos)… la plaza de Morón dañada ahora en su más delicada intimidad, mutilado su nostálgico ombú y convertida en escenario atronador de bandas disonantes… la plaza de Ituzaingó reducida también a fumigación de festivales rockeros y amputada inconsulta e irremediablemente su frondosa y añosa arboleda… en fin, la misma plaza de Mayo*, cuna de nuestra patria, destinada (en recientemente publicitada próxima remodelación) a albergar la parcializada memoria de los argentinos botarates (o idiotizados) que, con cánticos asesinos de barras quilomberas no dejan de alentar (ignorándolo todo) a los perversos ideólogos (los combatientes, en general, han perecido) que, apropiándose de nuestras plazas se han adueñado (casi sin resistencia) de nuestros destinos. La urbe indefensa ha sido ocupada: sus murallas vivientes no han podido, no han sabido, o no han querido resistir.

* Ambas plazas son monumentos históricos nacionales.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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