Panorama Católico

La Argentina, de país de refugio a país de persecución

Desde fines del siglo XIX y principios del XX, en particular durante las grandes guerras y hambrunas, la Argentina fue refugio de todos. De los perseguidos por razones políticas, religiosas o simplemente víctima de las penurias. De los perseguidos de todos los signos. No pocos, sino por el contrario, muchísimos judíos encontraron en nuestro país su hogar.

Escribe Marcelo González

Desde fines del siglo XIX y principios del XX, en particular durante las grandes guerras y hambrunas, la Argentina fue refugio de todos. De los perseguidos por razones políticas, religiosas o simplemente víctima de las penurias. De los perseguidos de todos los signos. No pocos, sino por el contrario, muchísimos judíos encontraron en nuestro país su hogar.

Escribe Marcelo González

Pasados los años, fiel a su tendencia histórica, la comunidad hebrea ha tendido a apoderarse del control de algunas áreas críticas. Finanzas, cultura, medios, ciencias. Tiene la convicción de poseer el derecho divino de hacerlo, porque en esto ha devenido su esperanza mesiánica después del rechazo del Mesías. Su forma de vida cerrada, contraria a la integración (más allá de su condición de creyentes o laicistas) los pone siempre a la defensiva, y genera en ellos la avidez por la riqueza y el poder.

Esto produce en el largo plazo que la población nativa les tenga desconfianza. Durante la Edad Media y hasta bien avanzados los tiempos modernos, en algunos países de Europa seguían en vigor los ghettos, barrios exclusivamente judíos, que al contrario de lo que se proclama, eran lugares de refugio y protección. Porque, por algún motivo, que sabemos teológico, los judíos siempre suscitan reacciones violentas.

Según Golda Meir, la Argentina le ha hecho un gran daño al judaísmo, porque ha sido el país en donde se ha producido el más alto índice de integración. Y la integración es considerada por los dirigentes judíos, la muerte del judaísmo. De hecho, los judíos argentinos que van a Israel a radicarse nunca obtienen lugares distinguidos. No son confiables.

Así pues, la vida pacífica no colabora en el fortalecimiento del judaísmo. Al contrario, mueve a sus miembros a interactuar, mezclarse por matrimonio, adoptar costumbres de las naciones en las que viven. De manera  que un “buen” dirigente judío, según esta concepción, no puede alentar la paz sino el conflicto, dado que el conflicto galvaniza y une, y la paz saca a la luz una realidad que se pretende ocultar: los judíos son un conglomerado de razas, creencias y corrientes políticas y filosóficas muy desavenidas entre sí.

No hay solución para el problema judío, sino una solución teológica. Deberán aceptar al Mesías, Cristo, a quienes ellos mataron durante la parasheve del año 33, o vivir en estado de guerra de alta o de baja intensidad.

Sin desdeñar las cuestiones proféticas respecto a ellos, que constituyen una parte importantísima de la teología católica, pero sin la posibilidad de conocer tampoco los tiempos, solo me atrevo a decir que el poder y la arrogancia que ostentan en todo el mundo sus dirigencias puede convertirse en un paso en falso, con trágicas consecuencias para toda la comunidad.

No hay solución para el problema judío, salvo las leyes cristianas y la caridad cristiana. Una solución temporaria, mientras se cumplan los tiempos que ha anunciado el profeta Juan en sus visiones de Patmos. Así lo ha entendido siempre la Iglesia aunque desde la infortunada Nostra Aetate, se pretendió un avance imposible, un camino alternativo que ha concluido en una potenciación de los conflictos.

Y todo esto al precio de la libertad de la Iglesia, de la claridad doctrinal de los fieles y de la soberanía de las naciones cristianas. Ni los más acérrimos defensores de esta declaración conciliar pueden negar que ella ha estimulado los peores vicios de la comunidad judía, muy lejos de pacificar las relaciones judeo-cristianas.

El Santo Padre debería propiciar, tal vez ya lo esté pensando, una aclaración doctrinal muy precisa sobre el tema judío. Y así evitar algo que puede ser un peligro más inminente de lo que algunos creen: a saber, que los tenderos judíos paguen los platos rotos por sus banqueros y dirigentes políticos.

Porque si hay una explosión, y no olvidemos que la influencia musulmana se vuelve cada vez más fuerte en Hispanoamérica, los que pagarán los platos serán los tenderos, no los grandes financistas. Esto es un hecho confirmado por la historia y que los judíos del llano no deberían olvidar ni mucho menos llamarse a engaño por orgullo de comunidad.

La persecución de cristianos es hoy una realidad palpable detrás de la cual siempre hay judíos. Las ofensas a la Iglesia por parte de sectores judíos, su descarada pretensión de dictar la política o las medidas prácticas a la Santa Sede y a los países cristianos excede lo tolerable. Las reacciones desmesuradas y casi histéricas, la insoportable muletilla del “antisemitismo”… nada contribuye a la paz ni a un futuro venturoso para los propios judíos.

Es por ellos que la Argentina ha perdido una de sus notas de honor: ser país de refugio de perseguidos. Y esto ha sido un gravísimo error, porque también ha puesto en entredicho su condición de país de refugio de judíos perseguidos. Seguramente pocos entenderán este cambio, confiados en la impunidad que hoy gozan. Pero no deben olvidar que, entre otras notas de honor, la Argentina cuenta con la de ser un país impredecible, fuera de molde, para bien y para mal.

Sería hora de que los judíos se llamen a sosiego.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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