Panorama Católico

La Argentina profunda

El día martes 15 de julio se concentraron en la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre dos manifestaciones. Una en la Plaza de los Dos Congresos, otra en el monumento a las Regiones de la Argentina, sobre las tierras que fueran la estancia San Benito de Palermo, del Brigadier General Juan Manuel de Rosas.

Escribe Marcelo González

El día martes 15 de julio se concentraron en la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre dos manifestaciones. Una en la Plaza de los Dos Congresos, otra en el monumento a las Regiones de la Argentina, sobre las tierras que fueran la estancia San Benito de Palermo, del Brigadier General Juan Manuel de Rosas.

Escribe Marcelo González

 

Ambas reuniones manifestaron a la Argentina. En sus características más profundas. Ambas son un diagnóstico de nuestra realidad profunda. En ambos actos nos encontramos a la Argentina en sus vicios y virtudes característicos.

No pretendemos disimular nuestras simpatías por el acto de los productores rurales, pero sería engañarnos el creer que esa multitud responde total y unívocamente a unas convicciones profundas. Podemos soñar que ha surgido de la parte más sana del pueblo argentino y que apunta a buscar los valores fundacionales de la patria, que intuye neblinosamente.  

Padres, tierra, familia, propiedad, arraigamiento, respeto por las tradiciones, fe católica manifestada en las pancartas (De rodillas solo ante Dios) y en la acertadísima invitación de un ejemplar sacerdote católico, que puso la manifestación bajo el amparo de Nuestro Señor Jesucristo y de la Purísima de Luján. Nada de minutos de silencio interreligiosos. La Argentina es católica y 250.000 argentinos lo reconocieron. Gracias a Dios la jerarquía se declaró expresamente “neutral”, confirmando nuevamente lo que ya sabemos: nunca estarán con Cristo cuando sus intereses se vean comprometidos. Es decir, cuando realmente importa.

Por ahora el buen instinto de la Argentina profunda parece guiar a estos dirigentes, a pesar de que muchos tengan más de una confusión de ideas. A pura intuición certera transitan por un camino que nos hace alentar esperanzas en esa maravillosa e inagotable cantera moral argentina que, como sus recursos materiales, se renueva siempre, pese a que al mirarla por encima parece exhausta.

En la plaza de los Congresos se reunió la Argentina humillada por la miseria, el servilismo y la enfermedad ideológica. Esta Argentina también existe. No podemos ignorarla ni menospreciarla: es la que muestra la llaga más purulenta de nuestra sociedad. Esa llaga que de algún modo también padece la Argentina rural, aunque menos grotescamente manifiesta.

También, más allá de las estructuras ideológicas, estos argentinos, arreados como nuestro proverbial ganado, muchas veces asisten a estas reuniones “en defensa propia”.  Muchos de ellos están atados a esta servidumbre por razones de supervivencia, pero no creen ni entienden, ni mucho menos aman la filigrana dialéctica de la democracia y de los derechos humanos. Se sienten ajenos. Están, con ese instinto criollo de Viejo Vizcacha, resignados “al modo que las cosas son” para ellos. Ciertamente si se le ofreciera una Argentina alternativa la tomarían.

¿Podrá la Argentina de los ruralistas constituir una alternativa que atraiga la confianza de los desclasados, clientes del tiranuelo de turno, y hacerlos confiar en que las cosas no solo deben sino que pueden ser de otro modo.

El campo se levantó contra una imposición confiscatoria. No es la causa más noble -aunque sea justa y reivindicable- cuando otras cosas gravísimas ocurrieron bajo sus narices sin que esto produjera reacción alguna.  No es la causa más noble, pero es una causa bajo cuya bandera, aun inconcientemente, se defienden causas más nobles: la propiedad como instrumento de defensa de la familia. El modo de vida rural, ciertamente mucho más sano moral y espiritualmente que el urbano. La vinculación con el pasado y el deseo de legar al futuro: es decir, la tradición. “Por nuestros padres, por nuestros hijos…” Eso es la tradición enunciada.

La historia nos enseña que muchas naciones se pusieron de pie bajo banderas como estas. Falta ahora que el proceso decante y surja el portaestandarte de esta causa trascendente. Alguien con intuición, juicio certero y coraje. Alguien que no se deje atrapar en las telas de arañas del sistema perverso que nos ha postrado. Alguien que encarne las mejores virtudes argentinas y las proponga como modelo a imitar a todos los argentinos de a pie de cualquiera de los actos.

Ahí es donde esperamos el milagro. Y donde está la Virgen siempre puede haber un milagro.
 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *