Panorama Católico

La Armada Invencible

Releyendo las peripecias de la Armada Invencible, la flota que tuvo como misión devolver Inglaterra a la Iglesia Católica, y comparándola inevitablemente con la flota cristiana de Lepanto, no se puede menos que reverenciar los misteriosos designios divinos, válidos también en estos tiempos de “fracasos”.

Escribe Marcelo González

Releyendo las peripecias de la Armada Invencible, la flota que tuvo como misión devolver Inglaterra a la Iglesia Católica, y comparándola inevitablemente con la flota cristiana de Lepanto, no se puede menos que reverenciar los misteriosos designios divinos, válidos también en estos tiempos de “fracasos”.

Escribe Marcelo González

Fue uno de los mayores emprendimientos dirigidos por un monarca, financiado por sus propias arcas prácticamente exhaustas de un modo permanente. Felipe II fue un rey moderno, sobre todo porque heredó y sostuvo durante toda su vida una exorbitante “deuda externa”, pozo sin fondo donde caía el oro de América, las rentas de Nápoles, las ayudas de los Estados Pontificios, los impuestos de Flandes y las asignaciones de Castilla.

Aún así, los que cargaron sobre sus hombros tan terribles erogaciones, dentro de lo humanamente esperable, dieron con entusiasmo. Es que el Rey libraba guerras de religión contra los protestantes y contra los musulmanes. Sumemos a esto el otro número, las decenas de miles de vidas que se perdieron en estas campañas. Terrible erogación.

Pero la Armada Invencible fue, sin duda, la más onerosa de las empresas reales, sobre todo si se hace el balance comparando el costo con los resultados materiales.

Felipe era un rey administrador. Poco apto para la guerra, en un tiempo en que la artillería y los arcabuces daban democrática muerte tanto a valerosos como a timoratos, el monarca aprendió que en la guerra moderna el jefe está en la retaguardia. En los años de la Armada, cursaba ya los setenta y algo, y sufría de gota deformante en la mano izquierda y el pie derecho. Por eso, desde su bufete del palacio – convento del Escorial gobernaba a fuerza de cartas, prestigio y persuasión. Y oración. Cinco horas diarias de oración.

En principio tenía las de ganar: la mejor infantería del mundo, una armada poderosa, aunque algo anticuada. La esperanzada voluntad del pueblo inglés, harto de la tiranía de Isabel y su astuto favorito, Cecil, encarnación de la hipocresía y el fariseísmo. La indignación de los escoceses, cuya reina, María Estuardo, fue asesinada brutalmente por su prima Isabel, a quien se confió. La bendición y el subsidio de la Santa Sede (desembolsable contra los resultados, porque el Papa Sixto era menos pródigo que su antecesor Pío V).

Tenía, también, el consejo de su embajador Mendoza, que le advertía sobre la formidable red de espionaje que servía a Cecil, red basada en los exiliados judíos que migrando de países, religiones y apellidos podían enterarse de lo que pasaba en toda Europa y hacérselo saber a quien fuese conveniente en brevísimo tiempo. Lo que no sabía el pobre embajador es que tenía espías de Cecil en su propia secretaría.

Felipe no quiso ver la imprudencia humana que significaba el envío de tal flota cuando ya los ingleses, beneficiados por las catástrofes naturales que la castigaron desde su partida, habían pactado alianzas con holandeses, alemanes y reavivado las esperanzas de los hugonotes franceses, acorralados después de la noche de San Bartolomé.

Mandó izar la enseña con el Cristo Crucificado y la de Santísima Virgen, como en Lepanto, contra la prudencia de la carne, y tarde y mal a causa de los reveses de las tempestades y las pestes, dio gloriosas batallas contra un enemigo brillante en la lucha marina, que peleaba en su propio territorio y con naves más ligeras y maniobrables. La Armada dio buen combate a pesar de todo, pero se hubo de retirar y tomó la decisión de volver a España por el camino largo, bordeando Irlanda, para escapar de los predadores a sueldo de la corona inglesa, como Drake, que los estaban esperando. La mar gruesa, el hambre y las tormentas dieron cuenta de los navíos  y los hombres que sobrevivieron a las batallas.

Cuando el Almirante, Duque de Medina Sidonia comunicó las malas nuevas al rey, Felipe mandó celebrar en toda España misas en acción de gracias por la derrota… Dios lo ha querido así. Bendita sea su voluntad.

Felipe tenía clara conciencia de sus errores respecto a Inglaterra, al punto que la Armada fue su mayor esfuerzo por enmendarlos. También tenía conciencia de sus errores y su obstinación respecto a los tiempos y la estrategia seguida por la Armada. Pero los agentes humanos no alcanzan para arrebatarle a Dios sus victorias. Asumió sus responsabilidades, pero la victoria no le hubiera pertenecido, como no le perteneció tampoco la derrota.

Como en Lepanto se batió con un enemigo superior en número y de gran habilidad marinera y militar. Como en Lepanto tuvo vientos contrarios y también vientos milagrosamente favorables. Como en Lepanto sus 80.000 soldados confesaron y comulgaron. Y ante las costas de la pérfida Albión rogaron de rodillas a Dios les enviara la victoria.

Dios no quiso esa victoria. Quiso el desastre. El rey lo entendió y mandó dar gracias en todo el reino por el desastre. Gracias a Dios.

El rey Felipe nunca flaqueó en la virtud de la esperanza. Las decenas de miles de cuerpos que quedaron en el mar abonaron el camino para la reconversión de Inglaterra, reconversión que fue interrumpida por otro desastre, esta vez no militar, sino religioso.

Podemos lamentar los daños, las muertes, los esfuerzos ¿perdidos? Podemos señalar los errores y los culpables. Podemos investigar el entramado secreto que condujo a esa gran derrota. Podemos y debemos.

Lo que no podemos es perder la esperanza ni exigirle a Dios tiempos ni modos.

A Dios nadie le pide explicaciones.
 

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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