Panorama Católico

La Asamblea como sacramento: peligros de la reforma litúrgica

La medicina del Papa Benedicto

 

La medicina del Papa Benedicto

 

En
su carta "Summorum Pontificum", Benedicto XVI ha señalado firmemente al
“Missale romanum”, promulgado por Pío V y propuesto en edición revisada
por Juan XXIII en 1962, una expresión de la “lex orandi” – la norma de
la oración – y por tanto de la “lex credendi” – la norma de la fe – de
validez plena y actual. Junto al Misal promulgado por Pablo VI en 1970,
representa un distinto uso del único rito de la Iglesia latina. A pesar
de estar marginado, en efecto, como consecuencia de la adopción en la
liturgia de las lenguas modernas, el Misal de 1962 no había sido nunca
“superado”, ni habría podido serlo, mucho menos “abrogado”. Quedó en
vigor, como una “expresión viva de la Iglesia”.

 

 

por Pietro De Marco

La
nueva legitimación del “Missale romanum” decretada por el “Summorum
Pontificum” reconduce la vida católica a su esencial naturaleza de
“complexio”. La historia católica precedente al Concilio Vaticano II es
propuesta por el Papa como vivo horizonte del “espíritu” del Concilio
mismo y de su realización: una realización que muchos extremismos han
vivido en cambio como incompatible con el pasado.

Así,
el objetivo de “la reconciliación interna en el seno de la Iglesia” se
hace parte de una más amplia intervención medicinal para al Iglesia
universal, también independientemente de tensiones locales con las
minorías cismáticas.

Las mismas raras,
pero virulentas, reacciones negativas al “motu proprio” confirman sin
quererlo la urgencia de esta acción medicinal del Papa Benedicto.

Ellas han levantado dos graves acusaciones contra la “Summorum Pontificum”.

Por
un lado, esta habría atentado contra al autoridad episcopal, ya que la
decisión romana sustraería a quien constituye por esencia el liturgo de
su Iglesia, el obispo, la autoridad de disciplinar el mismo los estilos
y los intentos litúrgicos de los sacerdotes que celebran por delegación
suya.

Por otro lado, el “motu
proprio” introduciría una paradojal forma de relativismo litúrgico, una
liturgia “por ordenación”, según las preferencias subjetivas de los
fieles.

La segunda objeción está
decididamente fuera de lugar. Si algo ha ofrecido, por décadas, un
espectáculo de estilos litúrgicos peligrosamente “à la carte”, esto es
el abuso expansivo (y precoz, ya en el inmediato postconcilio) de la
“interpretación” o “inculturación” del rito de la misa. ¿Quién no
recuerda las arbitrarias supresiones de plegarias y de gestos y la
introducción ilegítima de nuevos textos, actores y lugares litúrgicos?
De ello la migración del pueblo creyente a la busca de los estilos de
celebración más conformes al gusto, conservador o progresista. Problema
notorio desde hace tiempo: el reciente acto de gobierno de Benedicto
XVI ha sido precedido por muchas advertencias – sobre todo de la
instrucción “Redemptoris Sacramentum” de abril del 2004 – que
sancionaban las excesivas “deformaciones arbitrarias”.

La
recuperación del rito antiguo en latín podrá, al contrario de cuanto se
objeta, actuar como paradigma estabilizador de las fluctuantes
liturgias en lengua corriente. Como ha notado el cardenal Karl Lehmann,
presidente de los obispos de Alemania, el “motu proprio” es un buen
motivo para promover con nueva atención una digna celebración
“ordinaria” de la eucaristía y de los otros ritos.

En
cuanto a la primera objeción, la autoridad del obispo es objeto de la
carta de acompañamiento de Benedicto XVI a los “queridos hermanos en el
episcopado”. En ella se recuerda que el rito antiguo no es otro rito,
que su presencia en el pueblo cristiano es memoria constructiva, y que
su celebración es legítima y oportuna.

La
riqueza histórico-tradicional del culto cristiano es, pues, el dato
primario del cual nutrirse; y la autoridad ejercitada del
obispo-liturgo debe entenderse en consecuencia. El obispo no genera
autónomamente, menos aún arbitrariamente, ni el hecho del rito, que
tiene su centro en Cristo, ni su forma, que pertenece ante todo a la
Iglesia una y universal. Adicionalmente – da a entender el Papa en la
carta al episcopado – precisamente los responsables de la unidad en la
Iglesia han faltado muchas veces, incluso en un pasado reciente, a la
tarea primaria de evitar o sanar las divisiones.

¿En qué perspectiva debe leerse, pues, el acto de gobierno de Benedicto XVI?

Ante
todo, la nueva libertad de la celebración de la misa llamada
impropiamente “preconciliar” opera como correctivo, si no como
resarcimiento, de una indebida fractura práctica e ideológica consumada
en el siglo XX “hiper-conciliar”. Es una fractura con la Tradición de
la Iglesia moderna, desde el siglo XVI al XX, y, en cuanto a la lengua
casi con la entera tradición.

Esta
fractura no ha sido querida por la constitución sobre la liturgia
promulgada por el Concilio Vaticano II. Ella consiste en la cancelación
del hecho del espíritu de la liturgia anterior a la reforma, casi
entendiendo o dejando entender que ella fuese en sí misma inadecuada.

La
iniciativa del Papa Benedicto se confirma, pues, dirigida contra la
lectura del Concilio ideológica y sustancialmente “revolucionaria”,
hecha por elites teológicas y pastoralistas católicas, y que es
lentamente penetrada en el clero y en las parroquias.

Hay
más. La renovada legitimidad de una eucaristía celebrada en lengua
latina y según el Misal romano de 1962 parece destinada a volver el
equilibrio no sólo a los actuales excesos rituales, lingüísticos,
arquitectónicos, sino también a los frecuentes deslizamientos hacia un
vaciamiento de la sacramentalidad de las celebraciones. Deslizamientos
que tienen una preocupante relevancia sobre el plano de la fe.

Se
opone que el Misal promulgado el 26 de marzo de 1970, bien enraizado en
la Tradición y fruto de una madura ciencia liturgista, hubiera bastado
para obtener estos efectos. Nadie ignora el enorme trabajo, de décadas,
de la congregación para el culto divino, ni la pasión de Juan Pablo II
por la vida litúrgica de la Iglesia: basta volver a leer su carta
“Dominicae Cenae” de febrero de 1980. ¿Pero qué ha sido de estas
riquezas en las prácticas ordinarias? ¿Cuál su capacidad de orientación
y, a la vez, de continencia de la “renovación litúrgica” buscada por
cotidianas actitudes inexpertas, frecuentemente extrañas a la idea
misma de sacralizad de la eucaristía y del sacrificio? Es necesario
reflexionar sobre esta probada imposibilidad de fundar obras grandes
sobre la arena de las retóricas postconciliares.

¿De qué cosa, en cambio, puede derivar la potencialidad equilibrante del rito “tridentino”? Al menos de tres hechos.

1.
La lengua latina favorece la percepción de una antigüedad del rito, de
una originalidad sobre la cual el presente no se cree el amo o
prevarica sino profunda y necesariamente se implanta según continuidad.
También una participación ocasional, pero no más “transgresiva”, al
rito antiguo a comprender que la tradición e innovación tienen entre
ellos una relación necesaria y una reciproca fuerza moderadora. Lo sabe
los raros creyentes que han frecuentado en estas décadas las liturgias
celebradas en latín en los monasterios, aún más que en aquellas
“tradicionalistas”.

2. La forma
y la disciplina ritual de la misa antigua enseñan a creer precisamente
por como enseñan a rezar. Especialmente el estar “vuelto hacia el
Señor” del celebrante – que no es una “dar la espalda” al pueblo como
insensatamente muchos repiten – y de las asamblea toda, así como la
posición excéntrica del altar respecto a los presentes, llevan a
reflexionar de nuevo sobre espacio y tiempo sacros, sobre su sentido y
fundamento. De nuevo sino en manera “nueva”: más en el surco de la
tradición católica, latina y oriental.

Ni
la comunidad reunida, ni sus sentimientos, ni su sociabilidad o
compañía son, en los hechos, el perno del “scrificium missae”. No es el
comportamiento de la asamblea lo que cuenta: la de la “liturgia activa”
es una tentación pragmática de solución de la que los liturgistas,
pastoralistas y progresistas de edificios sacros parecen no ser
conscientes. Al contrario la acción de la comunidad orante está bajo la
norma del sacrificio sacramental y desde allí debe sacar el propio
perfil; el actuar está al servicio de los “divina mysteria”. El divino
Sacerdote se sacrifica a sí mismo al Padre y el celebrante y la
asamblea, son llevados a este abismo, en su dirección y sentido. Es a
esto a lo que el canon de la misa da la máxima relevancia.

Pero
simbólicamente todo resulta más claro al fiel cuando le es permitido
mirar además del celebrante y el altar, hacia el Señor. El estar
vueltos al Señor opone a la tentación, incluso de liturgistas, de
concebir el altar como “spectaculum”, al centro de la asamblea. ¿El
ofrecimiento al Padre del único Sacerdote se manifiesta adecuadamente
en el actual coloquio frontal entre celebrante y pueblo? Hoy la
asamblea aparece prevalentemente dirigida hacia el celebrante, y el
celebrante hacia ella, con un riesgoso efecto de inmanencia, si es que
no de protagonismo. Es evidente todo domingo la tentación de considerar
a la asamblea sacramento, en prejuicio del trinitario “misterio de la
fe” que actúa en la acción litúrgica.

3.
Una liturgia que por tradición antigua y constante “tiene al centro el
Santísimo Sacramento que brilla de viva luz” (como se expresaba el
grande liturgista Josef A. Jungmann) implica una catequesis y una
predicación de la presencia real de Jesús en el pan y en el vino, del
“Dios con nosotros” querido a Joseph Ratzinger teólogo. En suma, se
impondrá una renovada atención a los sacramentos según un anuncio de
realidad, más allá de los niveles – y los valores innegables, pero
secundarios – de la “participación” comunional y afectiva de la
asamblea.

Esta es la esperanza que
parece recogerse en la decisión del Papa Benedicto: la esperanza que
hacer hoy la prueba de la esencial presencia de la tradición entre
nosotros sea medicina contra la desorientación de tantos fieles
cristianos. El deseo de un “christifidelis laicus” como yo es que, con
la venia del obispo, los párrocos hagan posible la celebración de al
menos una misa semanal, mejor si es festiva, según el “Missale romanum”
de Juan XXIII, ayudando a todos a recuperar el significado profundo de
la antigua tradición litúrgica y repacificando en la Iglesia culturas,
generaciones y espiritualidades.

Se
evitará de todas formas que la solicitud de la misa antigua en latín se
vuelva una reivindicación de minorías que se perciben excluidas y
opositoras. Se debe pedir al obispo, a los pastoralistas y a los
liturgistas ensayar pronto soluciones a la altura de las situaciones de
cada diócesis. Y desde Roma – ante todo por parte de la comisión
vaticana “Ecclesia Dei” – se espera una sólida guía sobre las
modalidades de actuación del “motu proprio”, aparte de las razones
teológicas y espirituales que lo animan.

 

 

 

Fuente: Chiessa

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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