Panorama Católico

La autoridad del magisterio conciliar

Para negar la autoridad de los actos del magisterio por carencia de potestad legítima sin erguirse como juez de su credibilidad, debería mostrarse que tal carencia es notoria de modo antecedente a los dichos actos. Ahora bien, todos los dicen demostrar la carencia notoria de potestad, lo hacen por modo consecuente con los actos del magisterio conciliar. Por lo tanto, pecan al ponerse en jueces de la credibilidad del magisterio supremo.

Para negar la autoridad de los actos del magisterio por carencia de potestad legítima sin erguirse como juez de su credibilidad, debería mostrarse que tal carencia es notoria de modo antecedente a los dichos actos. Ahora bien, todos los dicen demostrar la carencia notoria de potestad, lo hacen por modo consecuente con los actos del magisterio conciliar. Por lo tanto, pecan al ponerse en jueces de la credibilidad del magisterio supremo.

Al súbdito no le pertenece juzgar la rectitud de los actos puestos por la autoridad – pues no esta en condiciones de hacerlo -, sino solo su validez, comprobando que hayan sido ejercidos por quienes tienen la potestad debida. El súbdito no debe juzgar “que se dice” sino “quien lo dice”: si lo enseña o manda la autoridad legitima, no le queda más que confiar en que lo dicho sea recto; solo una autoridad superior podría juzgar si el acto es o no recto.[1] Para negar, entonces, la validez de un acto que pretende imponerse con autoridad, el súbdito debe mostrar que, previa e independientemente de tal acto (de modo antecedente), se carece de potestad legítima para imponerlo. Solo una autoridad superior puede concluir acerca de la ilegitimidad del acto juzgando su falta de rectitud. Esto que decimos en general de toda autoridad, vale máxime respecto al Magisterio infalible de la Iglesia; porque todas las autoridades puramente humanas pueden errar y quedan sujetas a la autoridad superior de la fe y de la razón natural; el Magisterio de la Iglesia, en cambio, goza de la infalibilidad de la ciencia divina en sus definiciones y está por encima aún de los dictámenes de la razón natural.[2] Una vez que se pronunció, nadie puede juzgarlo. Además, todos los teólogos están de acuerdo en que las causas por las que puede faltar o perderse la potestad de jurisdicción para enseñar o legislar son necesariamente notorias, porque si pudiera faltar por causas ocultas, no se sabría nunca con certeza si la definición de los dogmas o la promulgación de las leyes fueran actos válidos, haciéndose imposible la existencia de la Iglesia como sociedad visible. Por ejemplo, si bien basta el acto externo de la herejía, aún oculto, para incurrir ipso factooculto que haga carecer del carisma de la infalibilidad a las personas que deberían detentarlo, de manera tal que pudieran poner un acto en el que nada notorio hiciera dudar de su infalibilidad, y solo luego se descubriera el engaño al comprobarse errado; en esta hipótesis, siempre podría dudarse de las definiciones y el Magisterio de la Iglesia quedaría muerto y sepultado.[3]

Ahora bien, a ningún católico en sus cabales se le ocurrió impugnar la legitimidad de Pablo VI o del Vaticano II antes que se pronunciaran durante el Concilio. Si hubiera habido dudas previas en esos puntos, no hubiera causado tanta perplejidad encontrar luego desviaciones doctrinales; el católico se encontró en un dilema justamente porque no dudaba de la legitimidad de las autoridades. El recurso a la tesis de  “carencia de potestad” vino después, para intentar explicar porqué un magisterio que – a juicio de algunos – debía ser infalible, aparecía en contradicción con el magisterio anterior.

Por lo tanto, la explicación no es válida. Si no se puede demostrar que notoria y antecedentemente la autoridad había perdido la potestad de jurisdicción necesaria, y además se afirma que el magisterio conciliar cumple con las condiciones de infalibilidad, entonces hay que aceptarlo bajo pena de herejía. Si parece haber contradicción con el magisterio anterior, hay que estar cierto y seguro que es un error de interpretación, y suspender el juicio hasta aclarar el punto. Apoyarse en el propio juicio y poner en duda la legitimidad de la autoridad, supone erguirse en juez del magisterio supremo; argüir que luego se ha puesto de manifiesto algún impedimento que en su momento estaba oculto, implica destruir la sustancia del magisterio. Las autoridades conciliares, al menos en el momento en que se pronunciaron, eran legítimas; y es evidente que la doctrina del Vaticano II esta en contradicción con el magisterio tradicional; pero el error está en considerar que el magisterio conciliar se expresó en condiciones de infalibilidad[4] 

 Notas


[1]El enfermo no puede juzgar de la bondad del remedio, sino solo de los títulos del médico, salvo que él sea mejor médico.

[2] El tema es amplio y lo hemos desarrollado un poco más en “La autoridad doctrinal del magisterio conciliar”, Cuadernos de la Reja Nº 3, bajo el titulo: “Los principios de las ciencias en general”. La ciencia médica. Por ejemplo, esta sometida a los principios evidentes de la biología y antropología, algunos de los cuales son conocidos por el paciente. Si para curar la afonía el medico receta cortar la garganta, el paciente juzga incorrecta la decisión a la luz de los principios evidentes; es decir, no juzga en cuanto paciente sino en cuanto participa de la autoridad superior de la razón natural. El Magisterio infalible de la Iglesia, en cambio, establece los principios de fe, evidentes solamente para la ciencia divina: solo Dios y los Santos del cielo pueden juzgarlos.

3Apenas Pío XII hubiera pronunciado el dogma de la Asunción, sus fieles católicos deberían sentarse para comprobar como evoluciona la cosa, ¿y si hubiera apostatado ocultamente? ¿Y porqué aceptar la condenación de Nestorio? ¿Acaso la división que se siguió en la Iglesia no demostraría la ilegitimidad del Concilio de Éfeso?

[4] Paradójicamente, estas tesis nacen entre los que tienen una alta estima de la autoridad del Magisterio,  pero la exageran y la destruyen.

 

Fuente: Alvaro Calderón, La Lámpara bajo el Celemín, Cuestión Disputada sobre la autoridad del magisterio eclesiástico desde el Concilio Vaticano II, págs. 52-3

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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