Panorama Católico

La Biblia y el calefón, en una vidriera

Sin que la autora constituya santa de nuestra devoción, nos ha parecido interesante reproducir su nota sobre el sincretismo religioso que asuela Hispanoamérica, fruto del retroceso doctrinal y pastoral de la Iglesia Católica. Y algunas agudas observaciones sobre la decadencia del arte religioso –que ya lleva algunas décadas…– en esta parte del continente,

Sin que la autora constituya santa de nuestra devoción, nos ha parecido interesante reproducir su nota sobre el sincretismo religioso que asuela Hispanoamérica, fruto del retroceso doctrinal y pastoral de la Iglesia Católica. Y algunas agudas observaciones sobre la decadencia del arte religioso –que ya lleva algunas décadas…– en esta parte del continente,

Por Beatriz Sarlo
bsarlo@viva.clarin.com.ar

Las santerías han proliferado. Hace dos décadas eran unos pocos negocios más bien sombríos en cuyas vidrieras dominaban los santos, vírgenes y cristos de los católicos: figuras de yeso coloreado que evocan lejanamente una tradición renacentista debajo de las capas de correcciones que los "santos de iglesia" introducen a las grandes obras italianas o españolas. Esas correcciones se multiplican en el volcado en yeso con moldes cada vez más convencionales y colores que se acercan a la paleta infantil más que a los azules y los rojos intensos del gran arte religioso. Ningún rastro latinoamericano, como en otros países del continente, donde el barroco mestizo se enlazó con el arte religioso europeo dando una mezcla magnífica, intranquila y muchas veces enigmática. Tampoco rastros de imaginación popular, como las de algunas representaciones de santeros del noroeste argentino. Nada sino los moldes convencionales que se usan desde fines del siglo XIX.

En esas condiciones de repetitividad, las santerías sólo resultaban interesantes a los fieles que formaban la masa de sus clientes. Si un católico quería un santo debía contentarse con alguna de esas estatuillas de yeso pintado, salvo que fuera un millonario en condiciones de adquirir una antigüedad: una virgen española con cabeza perfecta de muñeca de porcelana o un Cristo tallado en madera. Como las otras iglesias cristianas, las protestantes, no veneran imágenes, los santos eran esos de las viejas santerías.

En dos décadas, las cosas han cambiado. En casi todos los barrios, en calles laterales, en los lugares menos pensados, se han abierto santerías, pero llamarlas con el nombre con que se denominaba a los viejos negocios podría inducir a la misma confusión que si se designara un hipermercado y un autoservicio con idéntica palabra. Las "nuevas" santerías son ecuménicas, y los objetos que ofrecen son típicos de la religiosidad contemporánea (que no sería incorrecto llamar posmoderna).

Ahora hay demonios de Oruro, todos los Orixás de la umbanda, cartas de Tarot, sahumerios espirituales (que quebraron el monopolio del incienso), santería popular cubana, libritos correspondientes a cada una de estas creencias, junto a los de rezo y devoción cristiana y los de autoayuda. Las vírgenes y santos católicos no han desaparecido, por supuesto, pero comparten vidriera con un parnaso de deidades benéficas y maléficas importadas un poco de todas partes, útiles para las artes de la adivinación, tan cercanas a las de la magia. Las santerías actuales son territorios abiertos a todas las creencias, desde las grandes religiones clásicas a las epopeyas y mitos africanos que llegaron a América o las más abstractas espiritualidades de Oriente. En sus vidrieras, en la hermandad de los santos, hay pirámides, piedras vigorizantes y talismanes protectores.

Desde que cambiaron las santerías, también fue posible advertir la conversión en templos de los cines de barrio. Si no me equivoco, comenzó el pastor Jiménez en el cine Roca, sobre la Avenida Rivadavia. Hoy los templos que funcionan en cines ya no son novedad. Las viejas salas terminaron de cumplir su destino de "palacios de los sueños" como se las denominó en las primeras décadas del siglo XX, salvadas por los religiosos de una invencible decadencia provocada por los videoclubs y los nuevos multicines. Quienes dejaron de ver cine en las salas de estreno probablemente sigan visitándolos para estar bien con Dios.

Todo eso es sabido. Pero el otro día fui sorprendida. En el Once, en esas calles donde en pleno día los negocios y la gente parecen estar envueltos en una bruma producida por el humo de los colectivos y el juego de sombras de los carteles colgantes, esas calles donde las vidrieras están abarrotadas, y en ellas todo se neutraliza, sin embargo pude leer claramente escrito tanto en la parte de abajo como en el tercio superior de una vidriera: "Jesús te ama". El cartel en letras pintadas de blanco con esmero era visible pese al desorden. "Jesús te ama", dos veces en la superficie de cinco metros cuadrados de cristal. ¿Se trataba de un acto de piedad y propaganda de la fe por parte del dueño del negocio? ¿De algo que quedó allí y nadie se ocupó en borrar, temiendo la consecuencia de un acto realizado en contra del nombre de Jesús?

Aunque el cartel está disimulado por su entorno, una vez que se lo descubre, se lo vuelve a buscar cada vez que se pasa por allí, como si fuera necesario comprobar que esa inscripción fuera de lugar persiste entre dos pantalones y el torso fragmentado de un maniquí que lleva varias remeras superpuestas. Y además ¿por qué fuera de lugar? Si alguien escribió allí "Jesús te ama" es porque creyó que el mensaje era adecuado, aunque no fuera usual ni la superficie que ocupa ni el momento mercantil en que se dirige a destinatarios que no están para pensar en Dios mientras calculan si esa docena de joggings adquiridos al por mayor rendirá el treinta por ciento en algún kiosco–tienda de un pueblo suburbano.

Fuente: Diario Clarín

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