Panorama Católico

La Caridad de la Verdad y la Verdad de la Caridad

Cerrando una serie de reflexiones a propósito de los escándalos vividos en la Argentina recientemente y la conducta de una parte prominente del clero ante estos hechos, repasamos un texto de San Pablo que todos debemos aplicarnos.

Escribe Marcelo González

“Veritatem facientes in charitate,
crescamus in illo per omnia, qui est caput Christus”
(Ef. 4, 15)

Cerrando una serie de reflexiones a propósito de los escándalos vividos en la Argentina recientemente y la conducta de una parte prominente del clero ante estos hechos, repasamos un texto de San Pablo que todos debemos aplicarnos.

Escribe Marcelo González

“Veritatem facientes in charitate,
crescamus in illo per omnia, qui est caput Christus”
(Ef. 4, 15)

“Yo que estoy entre cadenas por el Señor, os conjuro que os portéis de una manera digna del estado a que habéis sido llamados. Con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos unos a otros con caridad. Solícitos en conservar la unidad en el vínculo de la paz,” nos dice San Pablo al comienzo del capítulo IV de su epístola a los efesios.

¿Un reproche a los que quiebran la paz y la unidad de la Iglesia por falta de humildad, mansedumbre y paciencia? ¿A los que son incapaces de soportarse con caridad, a quienes no tienen solicitud alguna de “conservar la unidad en el vínculo de la paz”?

Sin duda lo es.

“Siendo un solo cuerpo y un solo espíritu, como a una misma vocación fuisteis llamados.”

Un llamado claro a la unidad.

Veamos más aún: “Uno es el Señor, una la fe, uno el bautismo… Uno el Dios y Padre de todos, el cual por sobre todos está y gobierna todas las cosas y habita en todos nosotros”.

Aquí nos recuerda los fundamentos de la unidad: Un solo Señor, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos……

San Pablo no le habla a la “humanidad”, sino a los “fieles”, a los que han sido llamados a una misma vocación, (la fe cristiana). Y luego, varios versículos más adelante, recuerda la forma que Jesús ha querido para la Iglesia: “Y así, él mismo a unos ha constituido apóstoles, a otros profetas, y a otros evangelistas, y a otros pastores y doctores. A fin de que trabajen en la perfección de los santos (los bautizados) en las funciones de su ministerio, en la edificación del cuerpo (místico) de Cristo”, es decir, la Iglesia.

Clara definición del modo que Cristo ha jerarquizado su Cuerpo Místico… el orden sacerdotal destinado a la santificación de los fieles. Los fieles sujetos – en todo aquello que es propio- al orden sacerdotal.

La Iglesia enseña que el estado de vida consagrada es más perfecto que el del simple fiel, al que hoy gusta llamarse “laico”, (palabra que tiene una connotación liberal tan ingrata). También mayores son las gracias y en el caso de los sacerdotes, los poderes ministeriales que reciben. Ellos deben conformar la aristocracia del catolicismo, deben ser el conjunto de los bautizados más próximos a la santidad. Ese es el magnífico y terrible llamado de Dios al clero. Porque A quien mucho se le ha dado, mucho le será exigido” (Lc 12, 48). Aunque vale también, analógicamente, para todos los bautizados, en la medida de sus gracias y talentos.

También advierte y conjura San Pablo a todos, clero y fieles a “no vivir como los que no tienen fe” que proceden en su conducta según la vanidad de sus pensamientos. Pues tienen oscurecido el entendimiento y duro y seco el corazón. Y no teniendo ninguna esperanza se abandonan con un ardor insaciable a toda suerte de impurezas.

Nos llama a despojarnos de los hábitos del hombre viejo sujeto al pecado y revestirnos del hombre nuevo bajo la infuencia de la gracia. A renunciar a la mentira, hablando la verdad cada uno con su prójimo. A no pecar por ira humana, no sea que estando airados se nos ponga el sol de la vida…… A no dar cabida al diablo, que, al parecer, existe.

Que de nuestra boca no salga ningún discurso malo. Que no contristemos al Espíritu Santo, quien nos ha sellado en el día de nuestro bautismo. A desterrar de nosotros toda amargura, ira, enojo y griterío, toda maledicencia, todo género de malicia. Siendo por el contrario mutuamente afables, compasivos, perdonándonos los unos a los otros, así como Dios nos ha perdonado por Cristo.

Para lo cual, nos sigue ordenando el Apóstol de las Gentes “no ser como niños fluctuantes” y que no “nos dejemos llevar de aquí a allá por los vientos de las opiniones, formando un cuerpo místico “trabado y conexo entre sí” con la fe y la caridad: “realizando la verdad en la caridad” (veritatem facientes in charitate). Nada de novedades (vientos de las opiniones)… bebamos en la fuente de la doctrina multisecular de la Iglesia. Tengamos la caridad de decir la verdad, y de decirla de un modo que -impregnados del espíritu de Dios- sea expuesta a la vez que verdadera, amable, porque Dios es la Verdad y Dios es la Caridad. Una y otra no pueden ser disociadas. Nada más destructivo para las almas que hacer odiosa la verdad……

¿Entonces todo lo que debe salir de la boca de un cristiano han de ser palabras dulces de amor y comprensión, palabras como las de los comunicados de la CEA o los sermoncitos melosos de cura de la vuelta? ¡Cuántos se engañan con este falso dilema! ¡Hipócritas, raza de viboras, sepulcros blanqueados, vuestro padre es el demonio!… no son palabras dulces. Las dice Jesús, en cuya imitación está la santidad. Claro que no se las dice al pecador arrepentido, sino al soberbio y duro de corazón, al que se niega a recibir la verdad, la rechaza aunque sea evidente.

Tampoco se nos manda callar ante el escándalo y la iniquidad: “No queráis ser cómplices de las obras infructuosas de las tinieblas… antes bien reprendedlas……” nos exige San Pablo. No queráis ser cómplices…… Reprendedlas…… Es un mandato.

“No queráis ser cómplices de las obras infructuosas de las tinieblas… antes bien reprendedlas, porque las cosas que hacen ellos en secreto no permite el pudor ni aún decirlas, más todo lo que es reprensible se descubre por la luz, siendo la luz la que aclara todo”.

¿Escrito para nuestros días? Más bien, para todos los tiempos, por eso parece tan propio de nuestros días.

“Porque tened esto bien entendido: ningún fornicador, o impúdico o avariento, lo cual viene a ser una idolatría, será heredero del reino de Cristo y de Dios.”

No demanda demasiada hermenéutica. Es un texto claro, sin duda.

“Antes bien, realizando la verdad en la caridad, en todo vayamos creciendo en Cristo, que es nuestra cabeza”.

La única vez -según consta en el relato evangélico- que Nuestro Señor se airó y tomó el látigo fue aquella cuando arrojó las mesas de cambistas y traficantes de ofrendas, que lucraban con el Templo. Se airó a causa de la profanación. Nos advirtió así que su celo por la Casa del Padre podría hacer descargar sobre los impíos castigos terribles.

Recemos para que cada uno de los miembros del clero advierta la gravedad de sus responsabilidades, cualquiera sea su lugar en la escala jerárquica. Y actúe en consecuencia.

Nota: Cfr. Efesios, cap. IV y V.

Volver a la Portada

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *