Panorama Católico

La Deriva Totalitaria de la Democracia Liberal (I)

Pero la democracia
liberal partitocrática únicamente es una forma de gobierno donde el factor
cuantitativo prima siempre sobre lo cualitativo, la masa sobre lo egregio, la
mediocridad por encima de lo superior y excelso. Así, la absolutización global
de la democracia, conduce a la deriva natural en la dictadura de la mayoría, y
a la eliminación de la libertad personal y social. Y todo ello por propia
dinámica degenerativa de la democracia liberal encamina a la crisis del
sistema. Las naturales consecuencias del sistema liberal, siempre disolvente,

Pero la democracia
liberal partitocrática únicamente es una forma de gobierno donde el factor
cuantitativo prima siempre sobre lo cualitativo, la masa sobre lo egregio, la
mediocridad por encima de lo superior y excelso. Así, la absolutización global
de la democracia, conduce a la deriva natural en la dictadura de la mayoría, y
a la eliminación de la libertad personal y social. Y todo ello por propia
dinámica degenerativa de la democracia liberal encamina a la crisis del
sistema. Las naturales consecuencias del sistema liberal, siempre disolvente,
parecen sucederse en los últimos decenios a un ritmo cada vez más rápido:
decadencia moral sin precedentes[1],
quiebra del Estado de Derecho y la disgregación social

Escribe José Martín Brocos Fernández
Prof. Univ. San Pablo-CEU. España

1. La absolutización de la democracia.

En política, la
absolutización de la democracia liberal partitocrática como forma de gobierno,
y como su consecuencia lógica lo que en época presente se ha dado en llamar la
república procedimental, en la que los valores se generan en esferas que
escapan al control del pueblo, conlleva la pretensión de extensión a todos los
estamentos sociales e instituciones del modelo, las reglas y la praxis
democrática, siempre en su vertiente liberal. Las instituciones no regidas por
reglas puramente democráticas, son consideradas caducas, propias de tiempos ya
periclitados, y deben amoldarse a la democracia como forma de gobierno
institucional e universalmente institucionalizada. Esta uniformidad democrática
de la sociedad civil e instituciones sociales, culturales y económicas, no es
buena para la libertad ya que cuando todo es democracia nos encontramos más
cerca de la dictadura que de otra cosa.

De suerte que
ampliando la intervención de los políticos o de las reglas de la democracia a
la diversidad de instituciones, entendiendo institución como término genérico
que agrupa todo el cuerpo asociativo de asociaciones, bien comunidades
naturales o asociaciones libres, corporaciones, fundaciones, patronatos, etc.,
se consigue, por un lado, apropiarse de todo el espectro social, participar de
todo el entramado que genera actividad y por otro sofocar la libertad de propia
la sociedad civil, dirigiéndola, manipulándola, maniatándola e interviniéndola.

Se ha llegado hasta
la identificación mimética de la democracia liberal con el progreso humano y
social, y con el bien común integral, inmanente y trascendente, de la persona,
la familia y la sociedad. Es más, la democracia liberal forma parte ya de la
idiosincrasia del hombre ilustrado y moderno, ergo, es bueno.

Pero la democracia
liberal partitocrática únicamente es una forma de gobierno donde el factor
cuantitativo prima siempre sobre lo cualitativo, la masa sobre lo egregio, la
mediocridad por encima de lo superior y excelso. Así, la absolutización global
de la democracia, conduce a la deriva natural en la dictadura de la mayoría, y
a la eliminación de la libertad personal y social. Y todo ello por propia
dinámica degenerativa de la democracia liberal encamina a la crisis del
sistema. Las naturales consecuencias del sistema liberal, siempre disolvente,
parecen sucederse en los últimos decenios a un ritmo cada vez más rápido:
decadencia moral sin precedentes[2],
quiebra del Estado de Derecho y la disgregación social.

El
resquebrajamiento del sistema deriva tanto de la crisis de los partidos, como
de las ideologías germinadas tras la revolución francesa, que se diluyen. La
partitocracia es el cáncer de la democracia. Asfixia la representatividad
popular y se confunde mimetizándose en el propio Estado por la extensa y tupida
red de intereses creados. Las crisis de los partidos en la actualidad derivan
bien hacia el totalitarismo hegemónico camuflado jurídica, educativa, e
informativamente de hiperdemocracia liberal, o bien hacia el indigenismo
etnocéntrico populista, que trata de sustituir al mismo sistema, pero que se
quedan en meras democracias formales que igualmente degeneran en totalitarismo,
y que tiene como rasgos definitorios el chovinismo acrítico extremo, la
desvinculación de la cultura occidental y el racismo en su genuina definición
racial.

La fe religiosa,
antaño forjadora de civilizaciones e Imperios, ha sido globalmente sustituida
por una superstición ciega en las posibilidades de sistema democrático. La
sacralización de la democracia, números más estadísticas asentadas en la
probabilidad y que sirven para el control social, contribuye a desvirtuarla.

La democracia es la
nueva religión cívica con visos de universalidad monopolizando lo políticamente
correcto, tanto en enjuiciamiento de la realidad que debe pasar el tamiz
democrático, siempre en su vertiente liberal, como la globalidad del proyecto y
su extensión a todos los campos de la convivencia social, para toda clase de
asuntos e instituciones, para todos los pueblos y naciones del mundo, y de
manera permanente y definitiva.

2. El secuestro de la democracia por los mainstream.

La opinión pública
no existe. Simplemente es creada, conformada y dirigida en cada momento por los
medios de comunicación en base a intereses casi siempre inconfesados y no
conformes con el bien común. Dentro de los medios de comunicación

la televisión es, sin duda, el instrumento más eficaz
para llegar a inculcar reflejos condicionados en la mayoría de la gente (…). Y
así se va formando una masa sometida al embrutecimiento cotidiano de los media,
acostumbrada a reaccionar pasionalmente, sin el menor espíritu crítico,
plenamente sumisa a todo tipo de manipulaciones. Se pretende expresar y seguir
la opinión, cuando en realidad ella ha sido fabricada por los media.[3]

De ahí la sólida
alianza, traducida en estrechas imbricaciones, que el poder político mantiene
con los medios de comunicación por medio de un complejo entramado de
influencias, dependencias, y mecanismos para asegurarse el apoyo mutuo:
publicidad institucional, subvenciones a fondo perdido o concesión de
licencias.

La democracia no
existe. Ha sido secuestrada y sustituida por una partitocracia, que es la que nos rige y gobierna. El poder,
desequilibrado y sin control, es ejercido por los partidos políticos, dos o
tres a lo sumo, máquinas férreas de control al servicio del mantenimiento del
establishment, y por los medios de que
comunicación comprados o silenciados que ejercen un poder omnímodo en la
modelación de la masa social; masa integrada por el hombre del siglo XXI, un
hombre mayoritariamente débil, inconstante, voluble, superficial, volcado hacia
lo exterior, pusilánime y presuntuoso de si mismo y de sus propias fuerzas, lo
que le ofusca e impide ser consciente de la espiral hacia una profunda sima en
la que se encuentra inmerso, donde no hay más que vacío, desesperación y
soledad.

La
libertad de elección en las urnas en democracia no existe. Hace años que
asistimos a un monumental y generalizado engaño, nos venden que somos libres y
que podemos decidir nuestro destino. El sistema ha engullido la libertad y
convertido ésta en una quimera. La plutocracia empresarial-financiera y sus
redes tejidas y superpuestas con el poder mediático y el poder político
deciden, por lo menos en sus líneas generales y siempre en consonancia con
poderosas organizaciones supranacionales[4],
cómo se ha de vivir, qué tenemos que pensar, y cómo debemos actuar. El
ciudadano-masa ha perdido su participación y el dominio del sistema. Se ha
convertido en su rehén y paradójicamente en su principal defensor, explicable
por el lavado de cerebro ideológico a que está siendo sometido a hora y
deshora.

3. La educación en la democracia.

La propia
democracia liberal es caldo de cultivo de la mediocridad, preteriendo un
injusto igualitarismo social sobre la exaltación de lo virtuoso, lo noble y lo
excelso. De tal modo que en nuestra sociedad se han ido paulatinamente
perdiendo valores como el sentido trascendente de la vida, del honor, de la
honra, del espíritu de servicio, del sacrificio y de la disciplina. Ideales
como heroísmo, santidad, generosidad, renuncia, compromiso y militancia, antaño
transmitidos de generación en generación, hoy yacen arrumbados y semejan como
pura utopía.

Se educa sin
sentido del límite, con una inicial tolerancia del mal, en su vertiente ética,
que por su propia dinámica, inserta en la naturaleza humana inclinada al mal y
siempre tendente a los honores y a los placeres, degenera en permisividad moral
y de ahí pronto esa tendencia o comportamiento que constituye intrínsecamente
un desorden antinatural es planteada como un derecho exigiéndose su
ratificación legal; finalmente acaba viéndose como un derecho, un bien
conseguido democráticamente, y objeto de protección jurídica, v.gr. aborto,
homosexualidad, divorcio o eutanasia.

Esta educación
permisiva, sin referentes en la defensa del orden natural y sobre la base del
mecanicismo y pragmatismo filosófico, y del totalitarismo relativista
axiológico, excepto los valores inherentes a la propia democracia liberal que
sobre éstos no cabe disenso posible, conduce a una mentalidad hedonista que
cifra el placer y bienestar como fin supremo, y a una cultura vital del consumo
desaforado. La afectividad y el sentimiento fundamentan las relaciones
familiares y matrimoniales por encima del amor sacrificado y gozoso, que se
desvanece, al igual que el esfuerzo y la perseverancia de la lista de virtudes
que procuramos cultivar.

La libertad se
concibe, y defiende jurídicamente, como la pura autonomía sin ningún tipo de
limitación a lo que agrada o se apetece[5].
La libertad propuesta es una libertad alienante, -puesto que la verdadera
liberación del hombre es de su miseria moral,- vigilada y encauzada hacia
modelos de vida presentados como exitosos por la máquina propagandística y
publicitaria de las grandes empresas de la comunicación y del ocio, a la par
que imbuidos educativamente desde una ética laica anclada en un pensamiento
racionalista y en el naturalismo pedagógico, tendente al laicismo radical; y
defendidos y propagados desde un derecho que rota su vinculación con el orden
moral objetivo, niega el conocimiento jurídico como saber prestatario de los
grandes principios axiológicos de validez universal e inmutable que debe ser el
fin último de la ley, e informando socialmente comportamientos negativos
moralmente dañinos y destructores de la persona y del bien común. Nos
encontramos con la derivación totalitaria de la democracia liberal.

Configuramos así
las sociedades light, donde descuella lo huero, lo fútil, imponiéndose el
facilismo. El problema es que este hombre light, dócil, con actitud pasiva e
indolente, hijo y engendro de la democracia liberal ilustrada, interesa al
poder mundial[6], de
ahí el dominio directo que se pretende ejercer sobre la educación de la
persona, violando tanto la libertad de educación como la propia patria
potestad, con el adoctrinamiento obligatorio de los menores en un modelo
ético-moral enrejado en el relativismo axiológico, axioma éste absolutista, en
la moral de situación, y en la permisividad sexual. La intervención
estatalizadora de la educación, cada vez más en aumento, es uno de los métodos
que los diversos totalitarismos, entre ellos el democrático, emplean para el
control de la sociedad y para el desarrollo de sus futuras masas borreguiles y
amodorradas, que no pueblo. Así

las escuelas trasmiten cultura y valores y pueden
canalizar a los niños hacia diversos papeles sociales. Contribuyen a mantener
el orden social [neutralizando las revoluciones]. Es difícil concebir la
eliminación de la escuela en la distribución de papeles sin cambios en la misma
estructura económica y social (p. 21) (…) Las escuelas tienen que ayudar a
convencer a los niños o reforzar su creencia de que el sistema es básicamente
sano y el papel que les ha asignado [de perpetuar la estructura social,] es el
que deben desempeñar. Mediante esa “colonización”, la sociedad evita tener que redistribuir los aumentos del producto
nacional y reduce la necesidad de reprimir directamente al populacho (p. 26)
(…) reformar las escuelas para que se enseñara a los niños a interiorizar la
autoridad externa y convertirse en individuos que seguirían las reglas (p. 230).[7]

El Estado fabrica
la masa social entrando directamente en competencias, antes exclusivo de los
padres, como la formación de la personalidad en planos como el sexual,
emocional, moral, espiritual o religioso, cara a una uniformización del
ciudadano, siempre manipulable y dócil al poder. Creación de las masas
favorecido por la cosmovisión dominante ofrecida por los medios de
comunicación, servidores, mantenedores y beneficiarios del sistema, a los
cuales sólo importa los criterios empresariales de supervivencia en el tiempo y
rentabilidad, y por una concepción laicista de la política, la única que tiene
cabida real en una democracia liberal, según la cual tanto el orden social como
el derecho son totalmente independientes del orden moral.

Para la creación de
la masa y su embrutecimiento gradual debe destruirse las estructuras que
vertebran la sociedad y para ello es necesario demoler los principios que
garantizan su cohesión y armonía; debe, por tanto, conquerirse un
adoctrinamiento del pensamiento único, una programación educativa radicalmente
inmanentista, librepensadora, para borrar del entendimiento toda huella de Dios
y minar la prosperidad espiritual y moral del hombre, e implantar en las
conciencias ideas tan erróneas y dañinas que degradando al hombre lo alienen de
su más profunda realidad, dedicándose tan sólo a satisfacer las primitivas
necesidades del hombre animal.

En el fondo subyace
una negativa al propio conocimiento y combate interior que deriva de la
ausencia de valores espirituales y la falta de un sentido pleno de propia vida.

La libertad, el
bienestar y la grandeza de un Estado están en razón directa al desarrollo del
bien común trascendente, que tiene presente la moral de sus hombres y que
“depende del cultivo y exquisitez de la vivencia axiológica”[8].
En este sentido el bien común no coincide con el interés general, público o
político, dice referencia al bien integral de la persona, de la familia y de la
sociedad; y éste exige una firme y sólida instrucción y educación religiosa.

4. La destrucción de la justicia y la prevaricación de
los encargados de hacerla.

Empecemos por
definir conceptos. Cuando hablamos de ley positiva, derecho positivo u
ordenamiento jurídico positivo quiere decir que está plasmado en un código
estatal vigente. Aquí positivo no se contrapone a negativo, sino que es
factible, que se puede hacer; lisa y llanamente que es una ley emanada por los
órganos competentes del Estado y como tal, es legal.

Por ley natural,
según definición clásica tomista, entendemos “la concepción naturalmente ínsita
en el hombre, por la cual se dirige éste a obrar de modo conveniente en sus
acciones propias”[9] determinando lo bueno y lo malo. El derecho natural, que es la misma ley
natural en cuanto regula las relaciones interhumanas, se funda en la misma
naturaleza de la persona, en su doble dimensión cognoscitiva y volitiva. V. gr.
el hombre, por su naturaleza, está connaturalmente propenso a conservar y
prolongar su vida, y de ahí nace el derecho a la vida y a la legítima defensa
de la misma, así como el derecho a proveerse de los medios de subsistencia; el
hombre, también por su naturaleza, está esencialmente inclinado a la
propagación y conservación de su especie, y de ahí nace el derecho al
matrimonio, y a la crianza y educación de los hijos.

El ius humanum es lo que tradicionalmente,
en la época medieval se denominó como derecho
de gentes
, y que constituye el antecedente de los modernos derechos del hombre, que no brotan de
la nada. En un principio los derechos humanos surgen como aplicación de esa
moral objetiva, de esa ley natural, al funcionamiento del ser humano, para ir
progresivamente trasmutando tras la revolución francesa a una visión más
antropocéntrica y racionalista de los mismos, a la par que se produce la
ruptura del derecho y de la moral, del derecho positivo con la naturaleza de la
persona.

La concepción
moderna y contemporánea del derecho se fundamenta principalmente en el consenso
de las mayorías o en el subjetivismo irracionalista del gobernante de turno. El
ius naturale asentado filosóficamente en el realismo metafísico y ético deja de
orientar al derecho positivo, y la justicia ya no es una categoría moral donde
prima las ideas de verdad y de bien a la luz de las eternas verdades que
subyacen en el modo del ser y del obrar, sino una categoría meramente jurídica.

El derecho pasa a
convertirse así un poderoso instrumento de reingeniería social con la finalidad
de favorecer, plasmar y asentar en la sociedad los comportamientos y actitudes
que los poderes dominantes deciden arbitrariamente para constituir
conceptualmente el orden jurídico[10].
De forma que nos encontramos en la práctica un Estado dictatorial, que figura
una democracia, pero en realidad es una tiranía legal controlada directamente,
y recíprocamente sometida, por los poderes ejecutivo y
legislativo-parlamentario, y de forma indirecta por el poder judicial, el
económico y el informativo.

El
derecho se vuelve corruptor y disuelve la sociedad, tanto respecto a su fin,
que es la perfección de la sociedad, como a sus elementos esenciales ya que el
fundar el poder sobre la autoridad social, que consiste en la suma del número y
fuerzas materiales, es carecer de fundamento, que ha de ser moral, o sea la ley
natural, de la que todas las leyes han de ser su proclamación o determinación.

Surgen de esta
guisa nuevos derechos humanos fundamentales consensuados, cuando no
tiránicamente impuestos desde los núcleos de poder al vulgo, al que previamente
se ha adoctrinado ideológicamente a través de los mass media y de la educación.
Son derechos sin arraigo en la índole propia del hombre, exponente y
exacerbación del positivismo jurídico, en el que sólo valen las normas emanadas
del Parlamento y no existen principios universales de justicia; derechos como
aborto, eutanasia, infanticidio, ideología de género, matrimonio homosexual,
multiculturalismo, o a la libertad sexual, ergo, sexo animal sin compromiso. La
democracia no sólo consagra estos nuevos derechos humanos laicos y
democráticos, al servicio del poder y quien lo detenta, sino que los
unilateralmente los publicita e impone coactivamente desde las Naciones Unidas.
La realidad es que vivimos en una cada vez más férrea dictadura silenciosa, muy
peligrosa, porque no se ve, y cuyas principales fuerzas que la dirigen se mueven
entre bambalinas.

El problema se ve
agravado por una doble perversión. Por un lado el mayor problema radica cuando
a través de estos derechos inexistentes, denominados de tercera generación, se
tamiza y reinterpreta perversamente los llamados derechos de primera
generación, pilares de la convivencia civil, modificando así su sentido y
extensión originaria, de tal forma que podemos aseverar que los derechos de
primera generación han dejado de existir; y por otro lado, se disuelven
conceptualmente los prístinos conceptos jurídicos a fuerza de definiciones
legales e introduciendo anfibologías en los propios términos que se asientan en
lo contrario que dice que garante.

Estos derechos de
nueva generación transmutados y entronizados en leyes, leyes asumidas, sustentadas,
defendidas, propagadas e impuestas por la agenda globalista de la ONU, y
utilizadas para implantar estatalmente un sistema centralizador e
intervencionista, haciendo pedagogía y difusión de la ideología de género, y
para adoctrinar instrumentalizando el sistema educativo con una visión
mecanicista y utilitarista del hombre propia del materialismo darwiniano. De
tal manera que en nombre de los derechos humanos se está eliminando la persona
y destruyendo la humanidad. La ONU se ha convertido en depredadora de aquello
para lo que fue creado: los derechos humanos.

La crisis de
libertades actual va pareja a la de los derechos humanos, que son previos al
orden político. Hay una restricción de la libertad a nivel personal y a nivel
social fruto de la concepción de libertad irrestricta desligada de la ley moral
natural y de la verdad objetiva sobre la misma persona humana, lo que deriva en
la imposibilidad de cimentar los derechos de la persona sobre un firme asiento
racional, y la misma imposibilidad de gestación y cimentación de un
ordenamiento jurídico intrínsecamente justo, porque es la persona humana,
creada a imagen y semejanza de Dios y en unidad de alma y cuerpo, el fundamento
y el fin de la vida socio-política, a la que el derecho, desde los postulados
dictados por la recta ratio, debe
servir.

El respeto y
acatamiento a la ley moral natural camina paralelo a la instauración de un
orden social justo y a la plenitud de la libertad humana. Una noción puramente
subjetiva del derecho separada de la referencia a la verdad de la naturaleza
humana, cerrada a su dimensión trascendente, subvierte los principios morales
básicos del orden social, deslegitima en la medida que lo haga al propio
derecho positivo[11], y
convierte la libertad en imposible al contravenir el orden natural. Así las
democracias liberales actuales, ancladas en la dictadura partitocrática del
Estado liberal de puro derecho positivo, corrompen moralmente por el inherente
deterioro espiritual y la elevación del relativismo ético a punto de referencia
de la propia democracia, acabando con la verdadera libertad y desembocando de
facto en el totalitarismo y la tiranía de los partidos políticos en tanto
pueden decidir sobre lo fundamental e intangible afirmando en funesta utopía
naturalista que el hombre y la sociedad pueden prescindir de la Verdad
revelada, del Derecho natural y de la Moral objetiva; preconizando, en
definitiva, un antiteísmo frontal y formal.


[1] La espiral es conocida: en el plano moral se empieza con el divorcio,
luego el aborto, la manipulación de embriones humanos, la eutanasia y el
infanticidio; en el campo político se legalizan las sectas, la masonería, las
drogas, la prostitución, el mariconomio y el lesbionomio, y la misma zoofilia;
y en el plano cultural se promueve una educación naturalista anclada en el
relativismo y el escepticismo generalizado, y por la televisión la pornografía,
la pornomercadotecnia, y la erotización de las relaciones o pornocultura,
publicitando hasta la zafiedad depravada más chabacana; en definitiva, la
quiebra de los pilares religiosos y espirituales sobre los que se asienta la
sociedad, y el progresivo deslizamiento hacia el nihilismo moral y la paralela
elevación de éste a categoría ética y jurídica de primer rango. En este sentido
de espiral de decadencia y liquidación de los principios morales de orden
natural, v.gr. en Holanda se ha formado un partido político democrático de
pedófilos que postula la reducción de la edad legal para mantener relaciones
sexuales de 16 a 12 años y la legalización de la pornografía infantil y del
sexo con animales. Cfr. official Web: Naastenliefde,
Vrijheid & Diversiteit
[En línea]. Disponible en <http://www.pnvd.nl/>
[Fecha de consulta: 16 de noviembre de 2006].

[2] La espiral es conocida: en el plano moral se empieza con el divorcio,
luego el aborto, la manipulación de embriones humanos, la eutanasia y el
infanticidio; en el campo político se legalizan las sectas, la masonería, las
drogas, la prostitución, el mariconomio y el lesbionomio, y la misma zoofilia;
y en el plano cultural se promueve una educación naturalista anclada en el
relativismo y el escepticismo generalizado, y por la televisión la pornografía,
la pornomercadotecnia, y la erotización de las relaciones o pornocultura,
publicitando hasta la zafiedad depravada más chabacana; en definitiva, la
quiebra de los pilares religiosos y espirituales sobre los que se asienta la
sociedad, y el progresivo deslizamiento hacia el nihilismo moral y la paralela
elevación de éste a categoría ética y jurídica de primer rango. En este sentido
de espiral de decadencia y liquidación de los principios morales de orden
natural, v.gr. en Holanda se ha formado un partido político democrático de
pedófilos que postula la reducción de la edad legal para mantener relaciones
sexuales de 16 a 12 años y la legalización de la pornografía infantil y del
sexo con animales. Cfr. official Web: Naastenliefde,
Vrijheid & Diversiteit
[En línea]. Disponible en <http://www.pnvd.nl/>
[Fecha de consulta: 16 de noviembre de 2006].

[3] P. Alfredo Sáenz. El Nuevo Orden
Mundial en el pensamiento de Fukuyama
. Buenos Aires: Ediciones del Pórtico,
2000, p. 98.

[4] No podemos obviar la influencia de grupos de poder, unos visibles y
otros más menos ocultos, que forman jerarquías paralelas de las organizaciones
supranacionales, todos ellos de raigambre judía, y que son los que realmente
dirigen la política mundial, orientan la economía, imponen la cultura, y
deciden las ideas que deben regir a la humanidad. Este gobierno mundial, de
momento underground, ya controla
todos los poderes fácticos de las naciones autodenominadas democráticas, las
riquezas mundiales, los medios de comunicación, dicta leyes y sentencias y
marca las principales políticas, especialmente las asesinas. Así el Nuevo Orden
Mundial tiene como canal político-económico-cultural supremo y visible a la ONU
y sus agencias. Y entre bambalinas, la Trilateral, el club Bilderberg, el CFR,
el Foro de Davos, la logia B`nai Brith y
la propia Masonería, tanto la regular como irregular, visible o invisible.

[5] Frente a esta visión deformante, nosotros sostenemos que la libertad
es la posibilidad capacitante y efectiva de autotrascenderse adquiriendo
compromisos concretos en orden a un proceso indefinido de mejora personal, y
con decisiones precisas, renovadas constantemente, de plena entrega de si mismo
a Dios y de autoexigente y continuo servicio a los demás. Esta concepción de la
libertad, -que es una propiedad de la voluntad, radicalmente heterónoma en
cuanto se ajusta a unas normas morales que la persona no se da a si misma,-
anclada efectiva y profundamente en cada realidad subsistente de la naturaleza
humana, es la única actitud posibilitante del pleno sentido de la vida por
abarcar y comprender un horizonte sobrenatural en correspondencia con la
apertura transcendente de la persona, superando todo egoísmo, egotismo
hedonista e irresponsabilidad.

[6] El homo liberalis,
individualista por esencia, desarraigado de su religación metafísica, subordina
todo en pro del espíritu economicista y consumista volviéndose a la materia. Cada vez más, se fomentan individuos indefensos
dedicados cuán autómatas a satisfacer febrilmente sus placeres sin cortapisas
de su voluntad de cada momento, capaces como animales de trabajo de consumir y
producir, continuo objeto de estadística en orden a perpetuar su esclavitud, y
que sólo tienen valor por su utilidad. Se impone en la praxis individual el
`vale todo´. Cfr. P. Alfredo Sáenz, S.I. El hombre moderno. Descripción fenomenológica. Buenos Aires:
Gladius, 2001.

[7] Martin Carnoy. La
educación como imperialismo cultural
. México: Siglo veintiuno editores,
1993, 9ª ed

[8] Otto Dürr. Educación en la
libertad
. Madrid: Rialp, 1971, p. 101.

[9] In IV Sent., d. 33, q. 1, a. 1.

[10] Esto es bien conocido por la sociología jurídica que estudia las
consecuencias sociales de la regulación jurídica. Las normas jurídicas
inevitablemente van a promover unos comportamientos y reprimir otros no
queridos por el legislador. La consecuencia social es que el ciudadano va a
percibir unos comportamientos como aceptables y otros como censurables. En este
sentido “la concepción del hombre presupuesta por las leyes es como el aire que
respiramos, formará la mentalidad de nuestros hijos, la realidad que reflejarán
la literatura, el cine, la televisión, la mediación social a la que de algún
modo quedará sujeta la formación de la conciencia personal y colectiva (…). Y
esto nos afecta a todos”. Ángel
Rodríguez Luño. Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe. “Este proyecto de ley rompe con una tradición universal”. El teólogo critica la
nueva normativa sobre bodas gays. La Gaceta fin de semana, 11 y 12 de
junio de 2005. Año XVII. Nº 4904. p. 40. V.gr. la aprobación del
“matrimonio homosexual” promueve la aceptación social de la homosexualidad.

[11] Cfr. Juan Pablo II. Enc. Evangelium
vitae
, 23.03.1995, n. 72.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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