Panorama Católico

La des-gracia de los obispos

Parece predecible que la mayoría de los obispos del mundo, en la coyuntura de profesar formalmente su fe en la Iglesia ante un requerimiento de la autoridad romana competente –imaginemos la improbable situación de que se les ordenara desde la Congregación de la Doctrina de la Fe- redactaran textos alusivos a una sociedad sobrenatural fundada por Cristo, regida por su Vicario en la tierra el Papa, signada por el triple mandato de enseñar, regir y santificar a los fieles.

Parece predecible que la mayoría de los obispos del mundo, en la coyuntura de profesar formalmente su fe en la Iglesia ante un requerimiento de la autoridad romana competente –imaginemos la improbable situación de que se les ordenara desde la Congregación de la Doctrina de la Fe- redactaran textos alusivos a una sociedad sobrenatural fundada por Cristo, regida por su Vicario en la tierra el Papa, signada por el triple mandato de enseñar, regir y santificar a los fieles. Que administra los tesoros de la gracia que el propio Cristo ha instituido por medio de sus sacramentos y otros cuantiosos modos de santificación atesorados a lo largo del tiempo: oficio divino, santo rosario, devociones, peregrinaciones, mortificaciones, novenas…

Escribe Marcelo González

Parece predecible, aunque no apostaríamos…

¿Y en qué fundamos esta desconfianza? En los hechos, que son testigos veraces de las convicciones y de las intenciones. Al menos lo son irrecusables cuando se suceden a lo largo del tiempo y del espacio con idéntica orientación. ¿De qué hablamos? De la ya decadencial costumbre de soslayar lo sobrenatural en los documentos episcopales, desde los individuales más humildes hasta los más colegialmente encumbrados.

La “gracia santificante” producida por los sacramentos (signos visibles de lo que realizan) no tiene papel en el magisterio de los obispos. Es un magisterio naturalista, a la moda de la sociología vigente (las corrientes pueden variar, el vuelo bajo de las reflexiones es idéntico). El derrape es consecuencia natural, valga la palabra, de haber descuidado lo sobrenatural. Y este descuido puede proceder de la convicción de que la Iglesia debe ser “creíble”.

¡Es increíble! Los obispos reunidos en Aparecida, Brasil, a fines de mayo dicen que la Iglesia debe ser “creíble”. ¿Buscaremos asesores de imagen como los políticos?

El sacerdocio da a quien lo recibe gracias de estado y poderes extraordinarios. Los más ostensibles, celebrar la misa (el Santo Sacrificio) y perdonar los pecados, poderes delegados misteriosamente por Dios en sus elegidos, el clero.

También el de conmover los corazones para hacerlos receptivos a la gracia. La prédica sacerdotal tiene un poder que no está proporcionado a las cualidades oratorias del predicador. De la plenitud del corazón hablan los labios. El santo Cura de Ars era un orador muy mediocre. El beato Marco D’Aviano predicaba sin saber el idioma de los oyentes. Mostraba un crucifijo y lloraba señalando la acerba pasión de Cristo dando a entender nuestra ingratitud. Y producía conversiones masivas.

Ellos creían en el poder de la gracia y en su poder sacerdotal. Hablaban, como lo hacemos todos, desde la plenitud de sus corazones. La diferencia es el contenido de esa plenitud. En ellos rezumaba la caridad de Cristo, el Corazón de Cristo, la verdad de Cristo. Ellos ya enteramente anonadados eran sin retaceo otros Cristos.

Por desgracia nuestros obispos y sacerdotes -en una gran proporción- parecen ya no creer en este poder que van incoado en su ministerio sacerdotal. No se sienten otros Cristos. Creen en sí mismos, en la “comunidad eclesial”, en el poder de la “asamblea”. Y hacen las obras de sí mismos o las de la asamblea: por eso tenemos un clero con tan variadas vocaciones y dedicaciones, muchas impropias y otras tantas incompatibles con el estado sacerdotal y hasta con la Fe católica. Y escasea tanto el clero dedicado a impartir la gracia.

En buena medida la nueva liturgia propicia esta pérdida del sentido sacerdotal como ministerio (y misterio). El sacerdote es el dispensador de la gracia como ministro de Cristo. Por eso, por desgracia, desgraciadamente, los obispos por turnos concertados descargan carronadas de objeciones al rito tradicional de la Santa Misa y los sacramentos. Franceses, alemanes, ingleses últimamente…

Obispos desgraciados de un clero desgraciado de fieles desgraciados. No solamente descuidan elevarse por sobre la funciones de los laicos para administrar la gracia, sino que la combaten, objetando que se abran nuevas compuertas en los diques que el cielo atesora para derramar sobre hombres, por los merecimientos de Cristo.

No hay peor desgracia que rechazar la gracia.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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