Panorama Católico

La Destrucción del Catecismo

Algo desastroso ha sucedido para trastocar tan severamente la dimensión intelectual de nuestra Fe católica o, por lo menos, de la “fe católica” común a los cristianos que frecuentan las iglesias y la misma “práctica” sacramental (es difícil saber, “a priori“, si la “fe” de los que no practican está mejor o peor in-formada que la de los que sí practican ya que unos y otros se nutren en una misma filosofía racionalista de la pura inmanencia). Ese “algo desastroso” no es otra cosa que la destrucción formal del catecismo.

Por Ricardo Fraga

A poco que se indague sobre la fe de muchos cristianos (dejando a salvo la ingenua, aunque no recta intención que los moviliza) se podrá advertir que aquélla no es ya una virtud sobrenatural infundida gratuitamente por Dios en sus almas, en orden a la creencia inteligible de los misterios divinamente revelados, sino casi meramente una expresión “voluntarista” de un fideísmo vago y difuso, dominado por un emocionalismo sentimentaloide desconectado de todo contenido real (óntico) que se proponga al asentimiento amoroso y confiado del entendimiento o, más bien, del “corazón“, en el sentido bíblico y pascaliano de este vocablo (un “coeur” intuitivo).

Algo desastroso ha sucedido para trastocar tan severamente la dimensión intelectual de nuestra Fe católica o, por lo menos, de la “fe católica” común a los cristianos que frecuentan las iglesias y la misma “práctica” sacramental (es difícil saber, “a priori“, si la “fe” de los que no practican está mejor o peor in-formada que la de los que sí practican ya que unos y otros se nutren en una misma filosofía racionalista de la pura inmanencia).

Ese “algo desastroso” no es otra cosa que la destrucción formal del catecismo. Basta, para formarse un adecuado criterio, observar dos fenómenos calamitosos que son, va sin decir, interdependientes: 1) una clase (o reunión como lo llaman) de “catequesis” despojada de toda materia propiamente teológica y 2) los textos en que se inspiran, desprovistos ya no de cualquier semántica religiosa (propia de las proposiciones en que se manifiestan los dogmas), sino también del más elemental buen gusto literario y respeto a la capacidad comprensiva y estética de los niños (tratados como verdaderos primates).

Con todo, más temible aún que la propia destrucción del catecismo es la generalizada convicción de que los nuevos moldes “piagetistas” hacen la felicidad de los pequeños (a través de una “alegría” forzada por el “animador” y que no nace del gozo de la contemplación) sin advertir el pasmoso proceso de indiferentismo religioso que arrastra, como un torrente impetuoso e incontenible, a la masa juvenil, desconectada en su vida cotidiana de todo pensamiento reflexivo y arrollada por una imbelización colectiva que, ciertamente, no va a detener el desinflado enfoque de “encuentros catequísticos” inundados de naturalismo filantrópico, canciones chabacanas, liturgias desacralizadas y vulgarizadoras y apoteosis emotivas que duran tanto como el suspiro que los inspira y que ( ¡oh paradoja del destino!), más alejan que acercan a la eficacia sacramental, no obstante su frecuencia inconsciente y mecánica y unas primeras comuniones tumultuosas recibidas en edad jansenista.

¡Qué lejos estamos de la deliciosa nostalgia que, del catecismo de primeras comuniones, efectúa en el primer capítulo de su imprescindible “El filósofo y la teología” el gran tomista francés E. Gilson (y que, “mutatis mutando“, puede haber sido la experiencia de tantos otros, incluyéndome en dicho número).

Dice allí, entre otras sabrosas confesiones, el destacado escritor: “todavía creo lo que creía entonces, y sin confundirse en absoluto con mi fe, que se niega a toda mezcla, mi filosofía de hoy está totalmente contenida dentro de mis creencias. Esta pequeña iniciación teológica para uso de los niños señalaba los espíritus con marca indelebley, evocando el estudio de las humanidades clásicas (tan íntimamente ligada, por imperio de la enseñanza común de los siglos cristianos) añade: “el latín es la lengua de la Iglesia… el doloroso envilecimiento de la liturgia cristiana por obra de traducciones en lengua vulgar, que sin cesar se vulgariza más permite ver la necesidad de una lengua sagrada cuya misma inmovilidad proteja contra las degradaciones del gusto” (texto francés de la década de 1960 ¡qué se diría hoy! y ¡de los textos “latinoamericanos“!).

El catecismo ha sido aniquilado y en esa destrucción va la vida misma de la Iglesia católica.

La deserción masiva de los niños y jóvenes (escándalo más espantoso que la apostasía de las masas adultas) no puede ser camuflado por “movimientismos de elites” (organizados con forceps por organizaciones clericales) y, mucho menos, por guitarreras y desoladas “pastorales universitarias“.

El modernismo doctrinal, litúrgico y moral que nos invade es “formaliter” una herejía y ésta (como en cualquier otra época de la historia) no será desplazada sino por la enseñanza apasionada y encendida de las salvíficas verdades en que desborda el santo catecismo.

Volver a la Portada

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *