Panorama Católico

La Doctrina de Jesucristo

Los Males del Mundo tienen un solo remedio: Jesucristo

La Doctrina de Cristo

Los Males del Mundo tienen un solo remedio: Jesucristo

La Doctrina de Cristo

Yo soy el camino, la verdad y la vida”, dice Jesús, “nadie va a mi Padre sino por Mí”. O sea: nadie podrá jamás alcanzar la felicidad verdadera, en esta tierra o en la eternidad, si no practica fielmente mi divina doctrina. Para comprender mejor esta verdad, es de suma importancia recordar brevemente la sublimidad de la doctrina de Cristo, comparándola con la pobreza y deficiencias de las doctrinas meramente humanas.

Grandezas y miserias de la razón humana

Desde luego, estamos muy lejos de despreciar la razón y la ciencia del hombre, manifestadas en nuestros días con admirables invenciones en el orden material. Pero el hombre no vive sólo de técnica, de aviones o de computadoras. Y si consideramos las doctrinas filosóficas o religiosas, los ideales y las costumbres de la mayoría de nuestros contemporáneos, nos llenamos de asombro y lástima por la confusión e ignorancia reinantes. Las cuestiones más esenciales sobre el origen y el fin del hombre quedan sin respuesta satisfactoria, llevando a muchos a un grado increíble de amoralidad y desorientación. Toda su vida se reduce en la práctica a una carrera suicida y miserable por los placeres y bienes materiales. Frente a este vacío desolador del pensamiento moderno, brilla con magnífico esplendor la doctrina de Cristo.

Bienaventurados los pobres de espíritu (Mt 5,1)

Desde las primerísimas palabras de su predicación pública, Nuestro Señor remarca el principio y fundamento de toda la vida humana, descartando de un golpe cualquier falsificación: Bienaventurados los pobres, bienaventurados los puros de corazón, bienaventurados los que sufren persecución. Con estas palabras el Salvador nos enseña que la felicidad consiste mucho más en los bienes del alma que en los del cuerpo. Y mucho más también en la felicidad eterna que en la temporal. ¿No es cierto que ricos o pobres, todos moriremos, y que esta carne que mimamos tanto será pronto presa de los gusanos? En algunas pocas líneas el santo Evangelio derrumba todo un mundo de niñerías y nos pone claramente frente a esta verdad esencial que es la vida de nuestras almas. Lo que en vano buscaríamos en bibliotecas enteras de libros meramente humanos y “racionalistas” nos es dado por el divino Maestro desde el primer momento en que empezó a predicar. ¿No es esa una señal valiosísima de su divinidad?

El odio creciente y la caridad de Cristo

La doctrina de Cristo es perfecta, cambiando los vicios del alma por el oro purísimo de todas las virtudes, entre las cuales se destacan particularmente la justicia y la caridad. ¿Quién no ve que el mundo actual corre a su perdición por el desprecio de la justicia? Desde las villas miserias hasta los gobiernos de las naciones, la mentira, el fraude y la corrupción se han apoderado de todos los espíritus. O por lo menos así aparece en los medios, con gran escándalo de las almas. Cada uno piensa: si los otros me roban y se aprovechan de los bienes públicos para enriquecerse injustamente, bien sonso sería yo si no hiciera otro tanto. ¿No se dan cuenta de que aplican así el “ojo por ojo y diente por diente” de los fariseos? ¡Pobre mundo que se encierra cada vez más en un círculo infernal de odio, de corrupción y de venganzas que arruina nuestro país y el mundo entero! En todas partes se multiplican las guerras y en numerosos pueblos crece un odio feroz, presagio siniestro de nuevos desastres: Medio Oriente, Asia, Africa, el País Vasco, etc. Las doctrinas de lo “políticamente correcto” o de lo “religiosamente correcto” que dominan el mundo actual no hacen más en realidad que atizar este fuego: la doctrina de los derechos humanos incita a todos los hombres a lanzarse en luchas incesantes para reinvidicar sus propios derechos, reales o imaginarios. Y la doctrina del materialismo marxista o liberal hace lo mismo, con su afirmación delirante de que todo progreso en el mundo es el fruto de la lucha y competencia salvaje. ¿Quién podrá apagar este odio creciente y traer un poco de paz y de caridad en los corazones?.

La respuesta cabe en unas pocas líneas del santo Evangelio y está al alcance de todo aquel que la quiera escuchar: “A quien quiere quitarte la túnica, dale también la capa” (Mt 5,40). “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial; el cual hace nacer su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos y pecadores” (Mt 5,44). Eso dice Jesús a nuestro mundo enloquecido: Haz esto y vivirás, sigue en lo otro y morirás en tu locura.

La gehenna de fuego

Nuestro Señor no se limita a mostrarnos el ideal sino que hace su ley eficaz por la certeza de premios y castigos. Toda injusticia y todo pecado mortal contra cualquiera de los Diez Mandamientos será castigado eternamente con la gehenna de fuego (Mt 5,22), castigo que hacía estremecerse de espanto a todos los santos. Y no olvidemos que para recordar esta verdad saludable contra los engaños del modernismo, Dios quiso hacer por María el prodigio más extraordinario de toda la época moderna: la danza del sol en Fátima el 13 de octubre de 1917.

No fornicar

Entre los pecados más graves contra la ley natural se encuentran el adulterio, la fornicación y todo fraude en los actos ordenados a la transmisión de la vida. Y aquí todo hombre sensato se llena de espanto al considerar la degradación rápida de las costumbres en los últimos años. Para acelerarla parece que no se escatima ningún esfuerzo, poniendo todas las técnicas modernas, medios de comunicación e inventos más recientes de las ciencias médicas al servicio de la corrupción de las masas. Las consecuencias son cada día más patentes: desaparición de la familia, deseducación y abandono de la niñez, desprecio de la vida.

¿Dónde encontrar el remedio para tantos males? Búsquelo el lector en todas las obras de los filósofos, en todas las doctrinas de las religiones falsas, y poco o nada encontrará. El mal no es nuevo, ha sido la plaga de todas las civilizaciones paganas. Pero sí, toma en nuestros tiempos de apostasía “poscristiana” unas proporciones nunca vistas.

Y sin embargo el remedio se encuentra límpido y transparente en unas pocas palabras del Salvador: “Si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecar, sácalo y arrójalo lejos de tí, porque más te conviene perder uno de tus miembros que no ser echado, con todo tu cuerpo, a la gehenna” (Mt 5,29). Pero más que el temor al castigo, es el amor a la virtud lo que Cristo quiere infundir en nuestros corazones, amor sobrenatural fundado sobre sus admirables promesas y ejemplos. La virtud es de por sí amable, sobre todo si la contemplamos “en vivo” como se nos presenta en el Verbo de Dios y en el Corazón Inmaculado de María. Sólo este amor tendrá la fuerza suficiente para vencer los sortilegios de los instintos enloquecidos. “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8).

El día en que lo entiendan los gobernantes, asustados tal vez por los cataclismos que su misma insensatez desató en el mundo, comprenderán que la única esperanza de salvación para su país y para todos los países está cifrada en aquella pequeña frase: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33).

Condenación del liberalismo

Otro punto muy destacable de la doctrina de Cristo es lo que podríamos llamar su “intransigencia”. “Nadie puede servir a dos maestros” dice Jesús, “o tendrá aversión al uno y amor al otro, o acatará al primero y despreciará al segundo. No podéis servir a Dios y a Mammon (las riquezas)” (Mt 6,24). Y es que entre el bien y el mal existe una diferencia infinita, muy bien expresada por aquel abismo insondable e infranqueable que separará para siempre a los elegidos de los condenados (Lc 16,26). Y Jesús exige rigurosamente que cumplamos hasta los más pequeños preceptos de la ley moral (Mt 5,17-20). ¡Qué lección para nuestros tiempos tan amigos de los compromisos y medias tintas! “No he venido a traer la paz en la tierra sino la espada” (Mt 10,34). Y comprendamos bien que esta “intransigencia” del Salvador no es sino una consecuencia de su amor infinito. Porque la guerra contra el error y el pecado es la condición necesaria de la paz verdadera, fruto de las bendiciones de Dios: “Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14).

Y el Verbo se hizo carne

Todo esto es muy lindo, pero ¿no será un sueño imposible? No en absoluto: porque esta doctrina no se encuentra solamente escrita en el papel. Esta doctrina se encarnó en la persona del Salvador que nos dio en todo el ejemplo para que nosotros sigamos sus huellas. Esta doctrina se encarnó luego en una multitud de santos cristianos a lo largo de 20 siglos de historia gloriosa. Es más: todavía hoy esta doctrina admirable está viva en nuestra santa Madre la Iglesia Católica, la cual, a pesar de sus heridas, conserva y conservará siempre los secretos sublimes de la gracia, los sacramentos, y las palabras de la vida eterna. La lucha será dura, pero las puertas del infierno no prevalecerán, y el que perseverare hasta el fin, éste se salvará.

Doctrina divina

Ya es hora de concluir. Con la sublimidad de la doctrina evangélica brilla de modo evidente la divinidad de su autor. Ciertamente, sus pensamientos no son como los pensamientos humanos (Isa 55,8), y esta misma sublimidad de la doctrina cristiana nos confirma en la fe en la divinidad de su autor, ya perfectamente demostrada por la profecías y los milagros. Y enciende además en nosotros el deseo de entregarle nuestra vida: “¡El que me sigue no anda en tinieblas!” (Jn 8,12), y “cualquiera que me ama observará mi doctrina, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos en él nuestra morada” (Jn 14,23).

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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