Panorama Católico

La evitación sistemática del martirio

7. La
evitación sistemática del martirio

7. La
evitación sistemática del martirio

Los innumerables mártires
de nuestro tiempo

El
Señor «decía a todos:… Quien quiera salvar su vida [en el mundo
presente], la perderá [para el mundo futuro]; y quien perdiere su vida
por mi causa, la salvará» (Lc 9,24; + Mt 16,25; Mc 8,35).

Jesús, ciertamente, perdió su vida para dárnosla a nosotros, que
estábamos muertos por la mentira; en efecto, para sustraernos de la cautividad
del Padre de la Mentira, para decir la verdad que había de hacernos libres, no
temió enfrentarse con sacerdotes, letrados y potentados, aún sabiendo que ellos
lo conducirían a la muerte más ignominiosa (capítulos 1 y 2 de esta obra).

La Iglesia, esposa fiel del Crucificado, en todos los tiempos, ha seguido el
ejemplo del Señor, y sus hijos, por dar al mundo la verdad divina que lo salva,
no han temido afrontar persecuciones terribles, exilios, deportaciones,
expolios, calumnias y la misma muerte (capítulos 3 y 4).

También la Iglesia de nuestro tiempo ha tenido innumerables
mártires
.
De los 40 millones de mártires habidos en toda la historia de la Iglesia, cerca
de 27 millones son del siglo XX, según se informó en un Symposium del
Jubileo celebrado en Roma el año 2000. Juan Pablo II, en la celebración jubilar
de «los testigos de la fe en el siglo XX», dijo:

«La
experiencia de los mártires y de los testigos de la fe no es característica
sólo de la Iglesia de los primeros tiempos, sino que marca también todas las
épocas de su historia. En el siglo XX, tal vez más que en el primer período del
cristianismo, son muchos los que dieron testimonio de la fe con sufrimientos a
menudo heroicos. Cuántos cristianos, en todos los continentes, a lo largo del
siglo XX, pagaron su amor a Cristo también derramando su sangre. Sufrieron
formas de persecución antiguas y recientes, experimentaron el odio y la
exclusión, la violencia y el asesinato. Muchos países de antigua tradición
cristiana volvieron a ser tierras donde la fidelidad al Evangelio se pagó con
un precio muy alto…

«¡Y son
tantos!… Bajo terribles sistemas opresores, que desfiguraban al hombre, en
los lugares de dolor, entre durísimas privaciones, a lo largo de marchas
insensatas, expuestos al frío, al hambre, torturados, sufriendo de tantos
modos, ellos manifestaron admirablemente su adhesión a Cristo muerto y
resucitado…

«Que
permanezca viva la memoria de estos hermanos y hermanas nuestros a lo largo del
siglo y del milenio recién comenzados. Más aún ¡que crezca!» (7-V-2000).

Los
mártires cristianos antiguos y actuales, como Cristo, aceptan «perder su vida»
en este mundo por causa del Reino de Dios. No buscan «salvar su vida» a toda
costa, menos aún pretenden situarse confortablemente en el siglo presente,
aceptando para ello las complicidades que sean precisas en pensamientos y
costumbres. Entienden bien que, siendo luz en medio de tinieblas, han de ser
distintos del mundo. Entienden claramente que no es posible ser discípulo de
Jesús sin tomar cada día la cruz. No piensan, ni de lejos, evaluar el
cristianismo considerando su eventual éxito o fracaso en este
mundo. Tampoco se les pasa por la mente despreciar a la Iglesia cuando la ven
rechazada y perseguida por los paganos. No sueñan siquiera que pueda ser lícito
omitir o negar aquellas doctrinas o conductas que vienen exigidas por el
Evangelio, pero que traen consigo marginación, penalidades y muerte. Y están
dispuestos a perder prestigio, familia, situación social y económica o la misma
vida con tal de seguir unidos a Cristo, colaborando así con Él en la salvación
del mundo.

 

Los innumerables apóstatas
de nuestro tiempo

 

En
todos los siglos, sin embargo, ha habido cristianos que han rechazado el
martirio, avergonzándose de la Cruz de Cristo y quebrantando así el seguimiento
del Redentor. Según tiempos y circunstancias, han sido llamados lapsi,
caídos, apóstatas, cristianos infieles. En todos los tiempos los ha habido, y
siempre los habrá, hasta que Cristo vuelva. Pero por lo que se refiere al
rechazo del martirio en nuestra época, hay que hacer notar varias
características propias:

?Primera.
No se halla en la historia de la Iglesia un período en el que la apostasía
haya sido tan numerosa como en nuestro tiempo
. Son incontables los
cristianos de nuestra época que han apostatado de la fe, que han despreciado
los mandamientos de Jesús, que han aceptado el sello de la Bestia mundana en la
frente y en la mano, en el pensamiento y la acción, y que se han alejado masivamente
de la Penitencia y de la Eucaristía, es decir, que se han desconectado de la
Pasión y Resurrección del Señor, abandonando así la vida de la gracia y de la
Iglesia.

Y
estos innumerables cristianos lapsi (caídos), al menos en muchos países
ricos de antigua filiación cristiana, se han alejado de Cristo no tanto
perseguidos por el mundo, sino más bien seducidos por él, es decir,
engañados por el Padre de la Mentira. He tratado de este tema con cierta
amplitud en el libro De Cristo o del mundo (Fund.
GRATIS DATE,
Pamplona 1997).

En
efecto, hoy, especialmente en los países más ricos, ha crecido tanto el pecado
del mundo que ya los cristianos, para guardar la fidelidad a Jesucristo, se ven
en la necesidad de ser mártires, es decir, se ven obligados a desmundanizarse,
a distinguirse netamente del mundo en que viven. Y son realmente muchos los
bautizados que, antes que ser mártires, han preferido ser apóstatas. Han dejado
de seguir a Cristo, porque la cruz necesaria para ello se les hacía demasiado
pesada. Muchas veces, incluso, como veremos, se han sentido con derecho
a evitar el martirio; más aún, con la obligación de eludirlo. No solo
para evitar grandes males, sino por el mismo bien de la Iglesia.

?Segunda.
Es de notar que muchos de los apóstatas de nuestro tiempo han ido perdiendo su
fe sin darse cuenta, sin renegar de ella conscientemente
. La han ido
perdiendo, en la mayoría de los casos, poco a poco, en una gradualidad casi
imperceptible. Simplemente, se han mundanizado de tal modo en sus
pensamientos y costumbres que, sin apenas notarlo, han dejado los sacramentos,
los mandamientos, finalmente la fe, y han abandonado así, sin apenas trauma
alguno, la Iglesia de Cristo. Viviendo según el espíritu del mundo, se han
cerrado al Espíritu Santo. Y rechazando ser mártires, han venido a ser
apóstatas;
irremediablemente.

Ya dice el Apóstol que es preciso «sostener el buen
combate con fe y buena conciencia; y algunos que perdieron ésta, naufragaron en
la fe». Son cristianos que no supieron «guardar el misterio de la fe en una
conciencia pura» (1Tim 1,19; 3,9).

?Tercera.
El gran crecimiento del pelagianismo y del semipelagianismo entre los
católicos actuales ha dado a éstos una aparente «justificación» doctrinal y
moral para evitar el martirio
. Esta justificación ideológica del
anti-martirio es relativamente nueva en la historia de la Iglesia, y por eso
habremos de estudiarla con particular atención. En otros siglos, la negación
del martirio era captada normalmente como un gran pecado de traición a Cristo y
de abandono de la Iglesia. Hoy, por el contrario, el deber principal del
cristiano y de la Iglesia es, al parecer, evitar el martirio. Y antes, por
supuesto, evitar la misma persecución. Que ésta no se de.

Causas hoy principales
del rechazo del martirio

Muchas
causas pueden llevar al cristiano a rechazar el martirio. Aquí señalaré
brevemente las que estimo principales. Unas han estado presentes en todos los
siglos; otras, en cambio, han obrado más especialmente en un tiempo y lugar
determinados. Y por otro lado, las causas de siempre son captadas con matices
muy peculiares en cada época. A mi juicio, en
nuestro tiempo, la fuga masiva del martirio entre los cristianos se
debe principalmente
a 1) la falta de devoción a la cruz y pasión de Cristo,
2) al aumento acelerado de las riquezas, 3) al auge del pelagianismo y del
semipelagianismo, y 4) al relativismo cultural generalizado por el liberalismo.

 

1.- el horror a la cruz

La
devoción a la Pasión de Cristo ha sido tradicionalmente el centro de la devoción
cristiana. Entre los primeros cristianos, concretamente, la conciencia de ser
discípulos del Crucificado les daba facilidad para entender el misterio del
martirio y para recibirlo, llegada la hora, con fidelidad. Es cierto que la
terrible dureza del martirio ocasionó a veces entre ellos no pocas deserciones.
Pero normalmente los desertores (lapsi), lo mismo que sus pastores,
familiares y amigos, eran conscientes de que tal deserción era un gran pecado;
se daban, pues, cuenta de que, rechazando la cruz en la hora de la persecución,
habían roto culpablemente el seguimiento del Crucificado. Por eso, reconociendo
su grave culpa, llegaban muchas veces a la conversión y volvían a la Iglesia.

Estos cristianos, al aceptar la fe y bautizarse, ya
sabían
que si Cristo fue perseguido, ellos también iban a serlo (Jn
15,18ss). La persecución y la muerte les hacía sufrir, pero no les causaba
perplejidad alguna: ya sabían lo que hacían al decidirse a ser
discípulos del Crucificado, Salvador del mundo. La deserción, pues, del
martirio era vivida como un grave pecado.

En
cambio, muchos cristianos modernos de tal modo ignoran el misterio de la Cruz
de Cristo, que no quieren saber nada de ella, pensando que también ellos, como
los hombres mundanos, tienen derecho a evitarla como sea. Ellos quieren realizarse
plenamente en este mundo, sin obstáculos o limitaciones, y estiman que si
aceptan ciertas cruces echarían a perder sus vidas. Eso de «perder la propia
vida», «tomar la cruz y seguir» a Jesús, etc., les parece una locura, o bien
modos semíticos de hablar, que deben ser interpretados negando su sentido
verdadero. No aceptan de ningún modo y en ninguna circunstancia, si llega el
caso, «arrancarse» un ojo, una mano, un pie. Jamás puede darse en la vida
cristiana una circunstancia en la que esas pérdidas vengan a ser una obligación
moral grave. Ellos, en fin, de ningún modo están dispuestos a sufrir por Cristo
y por su propia salvación. Ni siquiera un poquito.

Y
lo peor, lo más decisivo, es que estos apóstatas actuales tienen no pocos
maestros espirituales que no sólo justifican, sino que recomiendan
positivamente su actitud. Son los teólogos y pastores que les enseñan trucos
morales para poder cometer graves pecados con buena conciencia. «Guías ciegos
que guían a otros ciegos» (Mt 15,14). Para estos maestros, un cristianismo
signado por la cruz y el martirio viene a ser un cristianismo fanático e
impracticable. O solamente viable para unos pocos elegidos.

Estos maestros del error «no sirven a nuestro Señor
Cristo, sino a su vientre, y con discursos suaves y engañosos seducen los
corazones de los incautos» (Rm 16,18). «Son enemigos de la cruz de Cristo.
El término de éstos será la perdición, su Dios es el vientre, y la confusión
será la gloria de los que tienen el corazón puesto en las cosas terrenas» (Flp
3,18-19).

Aquellos martirios, por ejemplo, que en
ocasiones son necesarios para guardar heroicamente la santidad de la vida
conyugal, han sido eludidos por muchos cristianos con buena conciencia, gracias
a las falsas enseñanzas de no pocos moralistas actuales, que les han enseñado a
«guardar la propia vida» por encima de todo, es decir, a realizar con buena
conciencia actos que son grave e intrínsecamente malos: «Dios no puede exigiros
eso», «el Señor quiere que seáis felices», «podéis hacerlo en buena conciencia,
como un mal menor», «la encíclica del Papa no es infalible, y vosotros, en todo
caso, debéis regiros por vuestra conciencia», etc.

2. – la seducción de un mundo lleno de riqueza

Hemos
de tener hoy muy en cuenta, sin olvidarlo nunca, que el mundo jamás ha tenido
una época de riqueza económica tan grande y tan generalizada como la que en
nuestro tiempo se ha dado en un tercio o un cuarto de la humanidad.

Pues
bien, especialmente en esos países ricos de nuestro tiempo, es donde más
cuantiosa ha sido la apostasía. Muchos cristianos en esos pueblos, teniendo que
elegir necesariamente entre dar culto a Dios o dar culto a las Riquezas, han
elegido a éstas. No hay apenas vocaciones, pues los fieles no están dispuestos
a «dejarlo todo» para seguir a Cristo (Lc 14,26-27.33; 18,28-29). No hay
fidelidad a los mandamientos divinos, porque los bautizados de ningún modo
aceptan «perder la propia vida» por causa de su Nombre (Lc 9,24). En este
sentido, a muchos cristianos de nuestro tiempo les ha pasado lo mismo que a
aquel joven rico, que se negó a seguir a Cristo: «se fue triste, porque tenía
muchos bienes» (Mt 19,22).

3.- el pelagianismo y el semipelagianismo

El
voluntarismo, en cualquiera de sus formas ?pelagianismo,
semipelagianismo? es otro gran condicionante del rechazo actual del martirio.

?Los
católicos
, como discípulos humildes de Jesús, saben que todo el bien
es causado por la gracia de Dios, y que el hombre colabora en la producción de
ese bien dejándose mover libremente por la moción de la gracia, es decir,
dejando que su energía sea activada por la energía de la gracia divina. Dios y
el hombre se unen en la producción de la obra buena como causas subordinadas,
en la que la principal es Dios y la instrumental y secundaria el hombre.

Por eso, al combatir el mal y al promover el bien
bajo la acción de la gracia, no temen verse marginados, encarcelados o muertos.
Llegada la persecución ?que en uno u otro modo es continua en el mundo?, ni se
les pasa por la mente pensar que aquella fidelidad martirial, que puede
traerles desprecios, marginaciones, empobrecimientos, desprestigios y
disminuciones sociales o incluso la pérdida de sus vidas, va a frenar la causa
del Reino en este mundo. Están ciertos de que la docilidad incondicional a la
gracia de Dios es lo más fecundo para la evangelización del mundo, aunque
eventualmente pueda traer consigo proscripciones sociales, penalidades y
muerte. Están, pues, prontos para el martirio.

?El
voluntarismo antropocéntrico
, por el contrario, en los últimos siglos ha
producido un falso cristianismo, que ignora la primacía de la gracia, y que
hace pensar a muchos cristianos que la obra buena, en definitiva, procede solo
de la fuerza del hombre (pelagianismo), o a lo más que procede «en
parte» de Dios y «en parte» del hombre (semipelagianismo). En este
último caso, Dios y el hombre se unen como causas coordinadas para
producir la obra buena, la cual procede en parte de Dios y en parte del hombre.

Y
lógicamente, en esta perspectiva voluntarista, los cristianos, tratando de
proteger la parte suya humana, no quieren perder la propia vida o ver
disminuída su fuerza y prestigio; más aún, estiman imposible que Dios quiera
hacer unos bienes que puedan exigir en los fieles marginación, persecución o
muerte. Dios «no puede querer» en ninguna circunstancia que el hombre se
arranque el ojo, la mano o el pie, pues esta disminución de la parte
humana debilitaría necesariamente la obra de Dios.

En
consecuencia, rehuyen el martirio como sea, en principio, en cualquiera de sus
formas. Y lo hacen con buena conciencia. Es decir, pelagianos y semipelagianos,
y tantos otros que les son próximos, rehuyen sistemáticamente el martirio:
tratan por todos los medios de estar bien situados y considerados en el mundo;
procuran, haciéndose cómplices al menos pasivos de tantas abominaciones
mundanas, estar a bien con los poderosos del mundo presente. Así, de este modo,
podrán servir mejor a Dios en la vida presente. «Salvando su vida» en
este mundo, esperan conseguir que la «parte» humana que les corresponde
colabore mejor y más eficazmente con la «parte» de Dios en la salvación del
mundo.

Igualmente
la Iglesia, en su conjunto, debe evitar cualquier enfrentamiento con el mundo,
debe eludir cuidadosamente toda actitud que pueda desprestigiarla o marginarla
ante los mundanos, o dar ocasión a persecuciones, pues una Iglesia debilitada y
mártir no podrá en modo alguno servir en el siglo presente la causa del Reino.
Esto es lo que muchos piensan con una ceguera que está influída por el Padre de
la Mentira.

La
Iglesia, y cada cristiano, según esto, deben evitar por todos los medios las
trágicas miserias y disminuciones que trae consigo el martirio
en este
mundo. Deben evitarlas por amor a Cristo, por amor a los hombres. El martirio
de un cristiano o de la Iglesia es algo pésimo: es una pérdida de influjo
social, de posibilidad de acción, de imagen atrayente; es una miseria, no tiene
ninguna gracia. El martirio es malo incluso para la salud…

En
el libro mío que antes he citado describo este lamentable proceso:

La Iglesia voluntarista, puesta en el mundo en el trance del Bautista, «se dice a sí
misma: ?no le diré la verdad al rey, pues si lo hago, me cortará la cabeza, y
no podré seguir evangelizando?. Por el contrario, sabiendo que la salvación del
mundo la obra Dios, la Iglesia [la Iglesia verdadera de Cristo] dice y hace la
verdad, sin miedo a verse pobre y marginada. Y entonces es cuando, sufriendo
persecución, evangeliza al mundo».

«El cristianismo
semipelagiano [y más aún el pelagiano] entiende que la introducción del Reino
en el mundo se hace en parte por la fuerza de Dios y en parte por
la fuerza del hombre. Y así estima que los cristianos, lógicamente, habrán de
evitar por todos los medios aquellas actitudes ante el mundo que pudieran
debilitar o suprimir su parte humana ?marginación o desprestigio social,
cárcel o muerte?.

«Y por este camino tan razonable se va
llegando poco a poco, casi insensiblemente, a silencios y complicidades con el
mundo cada vez mayores, de tal modo que cesa por completo la evangelización de
las personas y de los pueblos, de las instituciones y de la cultura. ¡Y así
actúan quienes decían estar empeñados en impregnar de Evangelio todas las
realidades temporales
!

«No será raro así que al abuelo, piadoso
semipelagiano conservador, le haya salido un hijo pelagiano progresista;
y es incluso probable que el nieto baje otro peldaño, y llegue a la
apostasía» (De Cristo o del mundo 137).

En
fin, únicamente los católicos, «perdiendo la propia vida», se inscriben
en el glorioso gremio de los mártires; uniéndose al Crucificado, se configuran
al Resucitado, y así dan fruto y transforman el mundo con la fuerza de Dios,
que llega al máximo en la suprema debilitación del hombre mártir. Los
pelagianos o semipelagianos, por el contrario, evitan decididamente el martirio
con buena conciencia ?conflicto de valores, moral de actitudes, opción por el
mal menor, situacionismo, consecuencialismo, etc.?, porque así, «guardando la
propia vida», conservan fuerte la parte humana, que por sí sola
(pelagianismo) o unida a la parte de la acción de la gracia de Dios
(semipelagianismo) introduce en el mundo los bienes del Reino.

4.-  el liberalismo

En
el siglo XIX, como consecuencia de la Ilustración, se generaliza el
liberalismo, que afirma la libertad humana en sí misma
, sin sujeción alguna
a la verdad objetiva, al orden natural y a la ley divina. Viene a ser, pues, un
naturalismo militante, un ateísmo práctico, una rebelión contra Dios: «seréis
como dioses» (Gén 3,5). León XIII pone bien de manifiesto la irreligiosidad
congénita del liberalismo (Libertas 1888). Y Pío XI demuestra que
socialismo y comunismo son hijos naturales del liberalismo (Divini
Redemptoris
1937).

Pues
bien, cuando el pensamiento filosófico y religioso del liberalismo alcanza a
difundirse ampliamente en el mundo de antigua filiación cristiana por medio de
las democracias liberales, el martirio va eliminándose de la vida del
pueblo cristiano, porque habiéndose éste mundanizado, asimila unos marcos
mentales
?muchas veces inconscientes? que lo hacen prácticamente imposible.
He aquí algunos:

1. La aversión al héroe y
la veneración consecuente del hombre normal ?se entiende:
estadísticamente normal; que está lejos, sin embargo, de ser conforme a la
norma?. Este culto a la normalidad, en sus formas más radicales, llega incluso
a promover la admiración del anti-héroe. En esta perspectiva liberal e
igualitaria, el mártir, que no se doblega a la ortodoxia vigente del mundo, es un
fanático, un raro, un inadaptado. Asumiendo esta perspectiva, para los
cristianos mundanizados, el cristiano fiel al Evangelio, y por tanto muy
distinto del mundo en pensamientos y costumbres, es un mal cristiano.

2. El relativismo doctrinal y
moral
. Ya se comprende que si nadie tiene la verdad, si existen en la
mentalidad liberal muchas «verdades» contradictorias entre sí, igualmente
válidas, queda eliminada la posibilidad del martirio. En efecto, el mártir,
entregando su vida para afirmar la verdad inmutable y universal de una doctrina
y la unicidad de un Salvador, no es más que un pobre iluso, un fanático. ¿Qué
se ha creído, para dar su vida por la verdad? ¿Acaso estima, pobre ignorante,
que tiene el monopolio de ella frente a todos?

3. La estimación mercantil de
la persona humana
. Erich Fromm analizaba cómo, con frecuencia, el hombre
moderno se estima y se aprecia a sí mismo «como una mercancía, y al propio
valor como un valor de cambio» (Ética y psicoanálisis, México 1969,82).
El cristiano que asume ?muchas veces sin saberlo? esta actitud mundana actual,
se prohibe en absoluto hacer todo aquello que el mundo desprecia, persigue y
condena, porque si lo hiciera se sentiría devaluado e inútil.

Pero adviértase bien que eso no lo hace
necesariamente por cobardía o por oportunismo ?aunque a veces también pueda
hacerlo por eso?. Hay más en su desvío del Evangelio. Y es que,
experimentándose a sí mismo «como vendedor y, al mismo tiempo, como mercancía,
su autoestima depende de condiciones fuera de su control. Si tiene éxito, es
valioso; si no lo tiene, carece de valor» (ib. 86). Es decir, si sus
pensamientos y caminos difieren de los de la inmensa mayoría y son, pues,
rechazados, deja de creer en ellos, o al menos vacila mucho en su convicción, y
desde luego no está dispuesto a sacrificar su prosperidad mundana, y menos su
vida, por esas verdades.

4. Cuando el bien y el mal es dictado por la
mayoría
, trátese de una mayoría real o ficticia, inducida por los poderes
mediáticos y políticos, el martirio aparece como una opción morbosa,
excéntrica, opuesta al bien común, insolidaria con la sociedad general.

Según
esta visión ?insisto, muchas veces inconsciente? el obispo, el rector de una
escuela o de una universidad católica, el político cristiano, el párroco en su
comunidad, el teólogo moralista en sus escritos, es un cristiano
impresentable
, que no está a la altura de su misión, si por lo que dice o
lo que hace ocasiona grandes persecuciones del mundo. Con sus palabras y
obras, es evidente, desprestigia a la Iglesia, le ocasiona odios y desprecios
del mundo, dificulta, pues, las conversiones, y es causa de divisiones entre
los cristianos. Debe, por tanto, ser silenciado, marginado o retirado por la
misma Iglesia. Aunque lo que diga y haga sea la verdad y el bien, aunque
sea el más puro Evangelio, aunque guarde perfecta fidelidad a la tradición
católica, aunque diga o haga lo que dijeron e hicieron todos los santos.
Fuera con él: no queremos mártires. En la vida de la Iglesia los mártires son
un lastre, una vergüenza, un desprestigio. No deben ser tolerados, sino
eficazmente reprimidos por la misma Iglesia.

Si
el martirio implica un fracaso total ?la cruz del Calvario?, si es un rechazo
absoluto del mundo, está claro que el martirio es algo sumamente malo,
algo que debe evitarse como sea. Por el mismo bien de la Iglesia.


La fuga del martirio es muy triste

Podría
pensarse que la Iglesia evitadora del martirio, la que «guarda su vida» en este
mundo, sería una Iglesia próspera y alegre en la vida presente. Pero eso es
como suponer que la esposa infiel, que se entrega al adulterio, será una mujer
alegre. No, es todo lo contrario; es una mujer muy triste. Lo que alegra el
corazón humano es el amor, la fidelidad, la abnegación, la entrega en el amor.
Por el contrario, la infidelidad es traición al amor, y solo puede traer
tristeza.

«En
verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere,
quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto. El que ama su vida, la
pierde; pero el que aborrece su alma en este mundo la guardará para la vida
eterna» (Jn 12,24,25). Es así. No puede ser de otro modo. Lo vemos comprobado
cada día en la vida de los obispos o sacerdotes mártires, que son testigos
fieles y veraces, en los matrimonios verdaderamente católicos, en los religiosos
realmente coherentes a su profesión evangélica…

Es
así y no puede ser de otro modo. Los mártires son alegres y los apóstatas
son tristes
. Esto ha sido así siempre. Recordemos, por ejemplo, cómo esta
realidad es claramente consignada en las actas de los mártires de Lyon y Vienne
(177). Pero lo comprobamos también hoy cada día. El cristianismo que
silencia la cruz y se avergüenza de ella
es el más triste e infecundo, es
el más débil en el amor y en las obras…

Qué Iglesia tan triste y languideciente aquella en
la que los pastores predican «prudentemente», procurando «guardar su vida» y su
consideración ante el mundo, evitando en absoluto todo lo que pudiera producir
un choque frontal con él, un estrellamiento martirial. De otro modo podría el
mundo ridiculizarles, marginarles, cortarles incluso la cabeza, como a Juan
Bautista, ¿y quién cuidaría entonces en este tiempo presente, tan hostil, de la
Iglesia de Dios? Son pastores, por otra parte, que, del mismo modo que guardan
su propia vida con toda solicitud, tienen buen cuidado en «guardar la vida de
la Iglesia» en este mundo, evitando toda afirmación de la verdad y, sobre todo,
toda denuncia de los pecados del mundo que a éste pueda molestarle. Ésa estiman
que es la moderación pastoral prudente, que deben seguir en conciencia,
por el bien de la Iglesia.

Qué Iglesia tan triste y languideciente aquella en la que los políticos cristianos siguen el
«prudente» ejemplo de aquellos pastores, de tal modo que ya en nada se nota que
son políticos cristianos: en nada le son molestos al mundo. Y lo mismo los
periodistas y los teólogos, los maestros y profesores. Y los padres de familia.
Unos y otros, todos, aunque difieran en muchas otras cuestiones, coinciden de
forma unánime en esta convicción: el deber principal del cristiano y de la
Iglesia en este mundo es evitar como sea el martirio…
«guardar la vida»
cuidadosamente, para gloria de Dios, por supuesto, y para bien de los hombres.

 
Cristianismo sin Cruz o con Cruz

– El Cristianismo sin Cruz, que se avergüenza del martirio, es una
caricatura tristísima del Cristianismo. No hay en él conversiones, ni hay
mártires; no puede haberlos. Los matrimonios no tienen hijos, ni surgen
vocaciones para la vida sacerdotal, religiosa o misionera. No hay fuerza de
amor para perseverar en el amor célibe o en el amor conyugal, desfallece la
generosidad y la entrega, falta impulso para obras grandes, se ve imposible la
profesión de unos votos religiosos perpetuos… Todo se hace en formas
cuidadosamente medidas y tasadas, oportunistas y moderadas, sin el impulso
crucificado del amor de Cristo
, que es entrega apasionada, «locura y
escándalo» (1Cor 1,23).

El Cristianismo sin Cruz, evitando el martirio, espera ser más
fuerte y atrayente. Pero eso es como si a un hombre se le quita el esqueleto,
alegando que el esqueleto es feo y triste. Queda entonces privado sin duda de
toda belleza, fuerza y armonía, queda reducido a un saco informe de grasa.

Ésta
es la perspectiva miserable de ciertos moralistas tenidos por católicos, para
los cuales una doctrina moral no puede ser verdadera si en ocasiones implica
cruz.
Ellos enseñan trucos ?conflictos de valores o de bienes, males
menores, etc.? para rechazar en estos casos la cruz con buena conciencia.

Aplican esto, p. ej., a la moral conyugal, a la
anticoncepción, a la práctica de la homosexualidad, a la posibilidad de
divorcio o de acceso de los divorciados a la comunión eucarística, etc. Y
el mismo criterio aplicarán para resolver sin cruz casos extremos, como el de
un joven casado que se ve abandonado por su esposa. Es previsible que le digan:
«a un casado joven como tú, abandonado por su esposa, Dios no le puede pedir
que se mantenga célibe desde los treinta años hasta la muerte. Vete, pues,
buscando arreglar tu vida con una buena esposa. Tienes derecho a rehacer tu
vida. El Señor es bueno y misericordioso, te ama y quiere que seas feliz», etc.
Con una asesoría moral como ésta, podrá el joven casado establecer una relación
adúltera con buena conciencia.

Esos
nuevos moralistas ?y tan «nuevos»?, en una situación extrema, en la que
no es posible ser cristiano sin ser mártir, no ven el martirio como un
excelso don de Dios
, que se ha de recibir con fidelidad y gratitud: en
efecto, por don de Dios, el hombre, en esa situación límite dispuesta por la Providencia
con todo amor, va a ser asistido por la gracia para realizar unos actos
intensos y heroicos de virtud, que de otro modo nunca hubiera realizado. No,
ellos, como buenos pelagianos, no ven en esa situación tan dura sino la
exigencia de un esfuerzo del hombre, de un esfuerzo tan arduo que Dios
no puede exigirlo al hombre. No entienden nada: «alardeando de sabios,
se hicieron necios» (Rm 1,12).

Ya hemos visto que el pelagianismo y el
semipelagianismo son una de las causas fundamentales de la actual evitación
sistemática ?en conciencia? del martirio.

Los
que así piensan, consideran dura, sin misericordia, y por tanto, falsa la
doctrina moral católica.
No tienen la menor idea de que los cristianos,
como «corderos en el Cordero pascual», estamos llamados a completar en nuestra
carne lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia (+Col
1,24). Por eso, «con lágrimas os digo que éstos son enemigos de la Cruz de
Cristo
. El término suyo será la perdición» (Flp 3,18).

?El Cristianismo con Cruz. Nosotros, por el contrario, predicamos
«a Cristo Crucificado, escándalo para los judíos, locura para los
gentiles, pero fuerza y sabiduría de Dios para los llamados, ya judíos, ya
griegos» (1Cor 1,23-24). Es decir, nosotros predicamos el martirio.

Y
sabemos ciertamente, a priori y también a posteriori, que el
cristianismo centrado en la Cruz de Cristo es un cristianismo alegre,
fuerte, fecundo, expansivo, coherente, luminoso, atrayente.

En él los pastores
dicen la verdad siempre y en todo, sin miedo a nada; no se ven afectados ante
el mundo ni por temores ni por complejos, luchan fuertemente contra los lobos
que acechan a sus ovejas, muestran siempre el camino de la salvación, que es el
mismo Cristo, y avisan inmediatamente de los peligros, en cuanto se produce
alguna desviación. En él los teólogos y predicadores son fuentes inagotables,
que manan la doctrina bíblica y tradicional de la Iglesia. Hay en ese
cristianismo matrimonios unidos y estables, matrimonios que tienen hijos y que
respetan la santidad de la unión conyugal consagrada, hay castidad en el
celibato y entre los esposos, hay vocaciones numerosas…

En
fin, es una gracia de Dios muy grande entender y vivir que toda la vida
cristiana es una participación continua en la pasión y la resurrección de
Cristo
, y que todo lo que la integra ?el bautismo, la penitencia, la
eucaristía, el hacer el bien y el padecer el mal, el martirio en cualquiera de
sus modos?, todo forma una unidad armoniosa, en la que unas partes completan
las otras, y se potencian mutuamente. Y que el centro, la fuente, la
cima de toda la vida cristiana es el Sacrificio eucarístico, el memorial
perenne de la pasión y resurrección de Cristo
(+Vat. II: SC 5-6).

La
Cruz se alza en el centro del jardín del Señor, y es el árbol que da frutos más
dulces y abundantes.

Ver comentario del libro 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *