Panorama Católico

La Exhortación Resistida

Los comentarios distorsionados a que el texto en cuestión dio cabida muestran a las claras que el mal más pavoroso que azota a nuestro mundo es la ignorancia religiosa, como la de un despistado lector de “La Nación” (id.18/03) que supone (en su ignara buena fe) que Juan XXIII por medio de una encíclica (sic) “decidió que los celebrantes dieran la misa de cara a la gente y

Los comentarios distorsionados a que el texto en cuestión dio cabida muestran a las claras que el mal más pavoroso que azota a nuestro mundo es la ignorancia religiosa, como la de un despistado lector de “La Nación” (id.18/03) que supone (en su ignara buena fe) que Juan XXIII por medio de una encíclica (sic) “decidió que los celebrantes dieran la misa de cara a la gente y hablaran en el idioma nativo”.

La Exhortación Resistida
(Sacrae liturgiae praxis)

Escribe Ricardo Fraga

Desde que el Concilio Vaticano II publicara su primera constitución dedicada a la renovación de la sagrada liturgia (“Sacrosanctum Concilium”, 4/12/63), la cual se proponía coronar el gran movimiento restaurador iniciado en el siglo XIX, principalmente por Dom Guéranguer, la Santa Sede ha dado a luz no menos de dos grandes encíclicas y una exhortación apostólica destinadas a recordar enérgicamente la doctrina católica sobre la Eucaristía y a intentar poner algún coto a los evidentes abusos introducidos en la praxis ritual a partir, básicamente, de dos acontecimientos separados pero que, a la postre, terminaron influenciándose mutuamente: la deficiente (y muchas veces distorsiva) interpretación de las directivas conciliares y la aparición (en 1969) del “novus ordo” latino preparado por una comisión ecuménica a pedido del Papa Pablo VI.

Aquellos documentos mencionados son: las encíclicas “Mysterium fidei” (Pablo VI) y “Ecclesia de Eucaristía” (Juan Pablo II) y la exhortación apostólica “Sacramentum caritatis” (Benedicto XVI).

En otras oportunidades, y desde estas mismas columnas, abordé la tendenciosa exégesis ya mencionada que se hizo de las disposiciones del Vaticano II sobre materia tan delicada (cf. “La reforma deformada”, 15/09/04; “Letra muerta litúrgica”, 10-12-05 y “La misa no es un festival”, 15/05/06). Tal análisis mantiene, naturalmente, toda su plena vigencia y algunas de sus ideas serán ahora retomadas ya que la lectura que hice (yo, uno en entre tantos miles de atribulados fieles) está en la génesis del reciente documento pontificio que, con ser tan medido y sugerente, ha levantado polvaredas insólitas y sorprendentes de errores (o mentiras) como éste que recoge “La Nación del 18/03/07: “son dos cosas distintas; una es el misal anterior al Vaticano II que está en latín y responde al rito tridentino, y otra es la misa según el misal actual que tiene una traducción en latín” (sic). Esta sarta de disparates la acuña (a estar a la versión periodística) nada menos que el rector (sic) del Seminario de la arquidiócesis de Buenos Aires (¡si este hombre forma sacerdotes varados estamos!).

Corresponde recordar a mis lectores que el “misal actual” (léase de Pablo VI) no tiene (como se afirma) “una traducción latina” sino que, simplemente, está en latín que es la lengua propia del rito romano como lo establece la doctrina del ya citado Vaticano II (“linguae latinae usus… servetur, esto es, se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos…”, ap.36), aseveración recordada con paliativos por Benedicto XVI quien no hace sino urgir el cumplimiento del mandato conciliar cuando en su parágrafo 54 establece: “procúrese… que los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del Ordinario de la misa…

Sí, por el contrario, hay traducciones a las lenguas vulgares (ciertamente bastante “vulgares”). Este hombre (el susodicho rector) desconoce (por lo que dice) el texto latino oficial del rito que celebra y, por lo tanto, y como tantos otros, se traga horrores dogmáticos garrafales como la traducción de la inflexión verbal “fiet” del ofertorio por “será” (“serán pan de vida y bebida de salvación”) cuando es notorio que el texto legítimo oficial dice correctamente “se hará” o “se convertirá” (que es una cosa muy distinta). (1)

Nada se diga del complemento o aposición de la fórmula de la consagración: “por vosotros y por todos los hombres” ya que sobre este escabroso asunto existe un documento concreto de la Sagrada Congregación del Culto Divino que destaca de manera explícita el error (grave, porque si bien puede no afectar la validez de la misa recae sobre materia sacramental siempre restrictiva) en que han incurrido todas las traducciones en lenguas vivas al omitir las palabras mismas de la original versión en latín (¡sí, P. Fernández, el original es latino, no una traducción posterior!) que pone “pro multis” (“por muchos” o “por una inmensa multitud” como indica el término griego “polloi”) y manda instruir a los fieles (por medio de los obispos) para que se preparen al (hipotético) cambio (para bien en este caso) que se aproxima y que, en rigor, sólo constituye un retorno a la simple verdad lingüística (cuanto menos) que nunca se debió tocar. Este documento vaticano se puede verificar en zenit.org 06/12/02 con la firma del cardenal Arinze. (2)

¿Qué obispo argentino, hasta la fecha, lo ha mencionado? ¿Usted se enteró? ¿En qué parroquias se ha iniciado dicha catequesis? En limpio romance: ¿por qué un severo error requiere tantas contemplaciones para su modificación? Quizás por la prudencia habitual que la Sede Apostólica debe emplear en la costosa empresa de sostener los jirones de tradición que todavía sobreviven gracias al heroico esfuerzo de tantos adalides sin prestigio mundano y mediático.

Convengamos que ante las insólitas observaciones de obispos locales (que trae la indicada “Nación” del 18-03) conforme a quienes las sugerencias (algunas lo son y otras son mandatos expresos tal como, v.g., la prohibición de la intercomunión con acatólicos) “ya se aplican en la acción pastoral”, debo concluir que yo habito en la estratosfera porque en mi deambular por variadas diócesis no he conocido ni un solo lugar (parroquia, casa religiosa, seminario, noviciado, etc.) donde se entone una misa nueva con canto gregoriano (“que es el canto propio de la liturgia romana”, a tenor del Concilio) o se induzca (y se enseñe) a los fieles, con amor reverente, el rezo de seculares y piadosísimas oraciones en latín. (Debo, con todo, y para ser ecuánimes, consignar que existen situaciones de excepción en punto a la seriedad en la administración de los sacramentos, pero son muy pocas e incluso, a veces, atacadas por los niveles oficiales).

¡Vamos! Todo lo contrario: las liturgias a las que pude asistir son un permanente desafío a la desproporción, al mal gusto, a la osadía en el decir, en el cantar y en el obrar, a quien más avanzado y llamativo. ¡Ya quisiéramos algún espacio para el latín (al menos en los congresos internacionales) como quiere el Pontífice! Me daría por cumplido con que retornásemos (en un buen español) a la sensatez y a la específica significación sagrada de la acción sacramental que se celebra (sin gritos, sin aplausos, sin ministros extraordinarios que se disputan el “puestito”, sin fieles insolentes que se debaten para comulgar en la mano ¡sin las disposiciones catacumbales del martirio!) (3)

La exhortación papal despunta algunas ideas (que para algunos serán muy pocas) y señala y recuerda preteridos rumbos que (para otros) serán inaceptables. Con todo, me temo, con sobrado fundamento, que incluso sus tímidos buenos (y excelentes) propósitos, dada la general resistencia generada, se convertirán, una vez más, en letra muerta en manos de pastorólogos ineficaces unidos todos en el único común odio formal a la tradición viva de los santos misterios, vaya a saber por qué lejana herencia y resonancia febroniana (*) y jansenista.

Los comentarios distorsionados a que el texto en cuestión dio cabida muestran a las claras que el mal más pavoroso que azota a nuestro mundo es la ignorancia religiosa, como la de un despistado lector de “La Nación” (id.18/03) que supone (en su ignara buena fe) que Juan XXIII por medio de una encíclica (sic) “decidió que los celebrantes dieran la misa de cara a la gente y hablaran en el idioma nativo”.

Va de suyo que dicho acto atribuido al “Papa bueno” jamás existió. Antes bien, este pontífice es autor de una (prácticamente desconocida por los clérigos y laicos adultos en general) encíclica destinada específicamente a sostener en el rito romano la exclusividad de la lengua latina. (**) Sí, justamente, el hombre que propició el legítimo “aggiornamento” de la Iglesia (no su mimetización chabacana con lo que el mundo representa de antievangélico) escribía el 22 de febrero de 1962, y luego de resaltar el carácter universal e inmutable de la lengua latina a la que llama “tesoro incomparable”, “clave de la tradición” y de “eficacia formativa insustituible” que: “también Nos… impulsados por los mismos gravísimos motivos… deseamos con firme voluntad que el estudio de esta lengua sea restituido a su dignidad, cada vez más fomentado y ejercitado… y como el uso del latín se pone durante nuestros días en discusión… y muchos preguntan cuál es a este propósito el pensamiento de la Sede Apostólica hemos decidido proveer con normas oportunas… para que el antiguo e ininterrumpido uso de la lengua latina sea mantenido y donde hubiera caído casi en abandono sea absolutamente restablecido…

Concluyo (nada menos) que con las expresivas palabras de Hans Urs von Balthasar que, me parece, son de específica aplicación a nuestro caso: “Corre Pedro al sepulcro más lento que Juan, porque el pastor no ha de mirar sólo a los santos amartelados; tiene que habérselas también con las ovejas enfermas y, más de una vez, con las sarnosas, según lo previsto desde siempre en el rebaño de Dios. Una decisión justificada a nivel de cristianos fervientes y adamantes puede mecerse muy por arriba de la masa de los tibios y espiritualmente demorados. Y, en revancha, una decisión con miras exclusivas a éstos puede poner en grave peligro el ideal de los amartelados y comprometer la seriedad escatológica de la respuesta de la Iglesia”.

Notas:

(1) Es una notoria transgresión a la primera regla de la “suppositio” o “valor de suplencia” de los términos: “toda proposición cuyo sujeto no suple es falsa si es afirmativa”.

(2) Por no preguntar qué entiende este formador de pastores por “rito tridentino” ya que la codificación de san Pío V, operada en cumplimiento de las orientaciones del Concilio de Trento, recoge y selecciona toda la larga tradición litúrgica romana que arranca de la predicación post apostólica.

(3) Hágase la verificación empírica (yo la hice) para certificar cuántos fragmentos del “Corpus” caen en la patena en una Comunión cuidadosamente distribuida. Imaginemos lo que sucede cuando se prescinde de esa bandeja o directamente se pasa de una mano a la otra y después a la boca. Es impresionante observar los delicados procedimientos (hijos de un encendido amor eucarístico) que las antiguas rúbricas marcaban para las purificaciones de los dedos del ministro y de los vasos sagrados (ahora “confiados” a cualquier advenedizo). He podido saber que la madre Teresa de Calcuta afirmaba que la abominación más grande de nuestra época era, precisamente, la comunión en la mano.

(*) Febroniana. (De J. N. H. Febronio, canonista alemán del siglo XVIII). Perteneciente o relativo a la doctrina que rebajaba la potestad pontificia y exaltaba la autoridad de los obispos. (n. del editor).

(**) El autor alude a la Veterum Sapientia, una Constitución Apostólica del 22 de febrero de 1962. Puede leerse en este sitio. (n. del editor).

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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