Panorama Católico

La gallardía de la espada y la humildad de la pluma

Don Miguel fue soldado y poeta. Dramaturgo de algún éxito en tiempos mozos, desplazado por la ola nueva de ingenios monstruosos como Lope de Vega, quien lo consideraba un viejo fracaso, aunque llegó a hacerle justicia sobre sus últimos días.

Soldado en la ocasión más alta que vieron los siglos, la batalla de Lepanto, llevó a la tumba la condecoración más noble y auténtica del guerrero: el muñón de su mano izquierda.

Cautivo en Argel, esclavo, mísero y olvidado, redimido, mendigo de los favores de ciertos “grandes” poderosos para aliviar sus necesidades, sirvió, sin embargo, lealmente a un solo Señor y a una sola Señora.

Escribe Marcelo González

Don Miguel fue soldado y poeta. Dramaturgo de algún éxito en tiempos mozos, desplazado por la ola nueva de ingenios monstruosos como Lope de Vega, quien lo consideraba un viejo fracaso, aunque llegó a hacerle justicia sobre sus últimos días.

Soldado en la ocasión más alta que vieron los siglos, la batalla de Lepanto, llevó a la tumba la condecoración más noble y auténtica del guerrero: el muñón de su mano izquierda.

Cautivo en Argel, esclavo, mísero y olvidado, redimido, mendigo de los favores de ciertos “grandes” poderosos para aliviar sus necesidades, sirvió, sin embargo, lealmente a un solo Señor y a una sola Señora.

Escribe Marcelo González

 

Mendigo ineficaz, exitoso autor sin fortuna, aunque labrador de fortunas ajenas de aprovechados del fruto de sus ingenios y sus trabajos, -¡ah, los editores!-  don Miguel murió pobre de solemnidad.

Cincuentón y trabajado por la penas y las penurias, hasta el Quijote Cervantes es una figura casi patética de fracasos y medianías, ya en edad de merecer la corona de la gloria y el descanso de los laureles, o el olvido definitivo.

Inconsciente de su valer como narrador, sin sospechar su genio, empeñado  y despechado en la poesía y el teatro, amores juveniles no correspondidos ni por el público ni por el talento, don Miguel emprendió su Quijote de un modo penitencial, aún si no fuera cierta esa leyenda que lo hace escritor por matar el tiempo y las penas en la cárcel, donde todo pesar tiene su sede.

Quizás por eso, por el riguroso desencuentro con la gloria, no es don Miguel un escritor vanidoso ni un genio extravagante. Es un escritor humilde y un genio equilibrado, piadoso a la hora de aplicar su cáustica ironía, benévolo y casto caballero. Socarrón y por momentos crudamente realista, como buen español, pero paternalmente solícito para que en sus obras no se cuele la licencia, contraria a las costumbres cristianas. Gran inquisidor de fábulas caballerescas, pero justo juez de las obras valiosas del género, del que fue lector asiduo.

Por eso castigó con amor los desvíos de una forma literaria que recogía una de las más nobles tradiciones de occidente, aunque a la vez la bastardeaba. Castigó amputando con la ironía y cauterizando con el ridículo las excrecencias abominables con que los logreros del éxito prostituian el gusto popular.

Cervantes no fue un demagogo, por el contrario, la emprendió contra una de las cosas más populares de su tiempo. Quijotescamente.

Como dice don Marcelino, es el más equilibrado de los ingenios del Renacimiento. Quizás porque no haya sido plenamente un hombre del Renacimiento, sino tan solo en el sentido que lo fue el Quijote:

Lo que desquicia a Don Quijote no es el idealismo, sino el individualismo anárquico. Un falso concepto de la actividad es lo que le perturba y enloquece, lo que le pone en lucha temeraria con el mundo y hace estéril toda su virtud y su esfuerzo.

Ya asoma el hombre del tiempo que vivimos, pero todavía enmarcado en un mundo esencialmente cristiano.

En el conflicto de la libertad con la necesidad, Don Quijote sucumbe por falta de adaptación al medio, pero su derrota no es más que aparente, porque su aspiración generosa permanece íntegra y se verá cumplida en un mundo mejor, como lo anuncia su muerte tan cuerda y tan cristiana.

Don Miguel practicaba la filosofía del evangelio: el que se salva sabe, y el que no, no sabe nada… Por eso trabajó sin tener plena conciencia de la riqueza inagotable que produciría la cantera de su mal hilvanada historia, riqueza del espíritu reconcentrado en la más augusta fórmula de la hispanidad y fuente de inspiración de los novelistas modernos, de quienes es el santo patrono. Trabajó casi como un artista medieval, por amor, no por fama.

Como es ampliamente conocido, murió el mismo día de 1616 en que murió Shakespeare, un 23 de abril. Hamlet bien pudo haber llorado una lágrima por don Miguel, y sin duda se hubiera hermanado en muchas de las aventuras de don Quijote, aunque el pálido principe de Dinamarca ya estuviese demasiado trabajado por unas dudas a las que era inmune el héroe de la hispanidad literaria, por el peso de su cristianismo viejo y por la intuición profunda del genio y la figura que vio y admiró en el pueblo español.

Hamlet carga su individualismo anárquico en grado irreversible. Quijote se sabe Quijano, y sin ser noble, es príncipe de su propia muerte y soberano de su propia cordura.

Don Miguel es el más vivo ejemplo de la promesa del Reino y la añadidura. Asumiendo quejumbrosamente su cruz, como todos, por cierto, se empeñó en una obra menor de viejo olvidado pero leal a sus ideales. Y obtuvo, como al pasar, el título de príncipe de las letras españolas, padre fundador de la lengua, patriarca de la épica moderna y buen cristiano en la vida y en la muerte.

Sólo le faltó ser santo. Aunque no hay duda de que está en el cielo.

 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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