Panorama Católico

La Iglesia en Estado de Colapso

En un análisis con cifras frías y objetivas, escritas más con pesadumbre que con enojo, Michael Davies pinta al desnudo el desastre en que se encuentra sumida la Iglesia, especialmente en Occidente. Transcribimos aquí textualmente algunos extractos de su artículo “The Church in collapse” (“La Iglesia Colapsada”), publicado en la edición de febrero de 2003 del Boletín de “The Latin Mass Society for England and Wales”. En estos tiempos de evaluación de la crisis del catolicismo, nada mejor que remontarse a las causas para ver con claridad el porqué de los efectos.

Por Michael Davies

El desastre comienza

En su discurso de apertura del Concilio Vaticano II en 1962 el Papa Juan XXIII usó duros términos para referirse a quienes él designó como “profetas de desgracias que siempre están preanunciando desastres”. En esa ocasión él describió a su Concilio como un nuevo amanecer de la Iglesia, levantándose, según dijo, como el despertar de un nuevo día: “un anticipo de la luz más espléndida”. Pero apenas tres años después de la clausura del Concilio, el Papa Pablo VI lamentó públicamente que la Iglesia estuviera involucrada en un proceso de autodemolición. Y en 1972, en la fiesta de San Pedro y San Pablo, él atribuyó este proceso al hecho de que “por alguna fisura, el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios”, agregando: “Se creyó que que después del Concilio habría un día de pleno sol en la historia de la Iglesia. En cambio, vino un día de nubes, de obscuridad y de incertidumbre”.

El Cardenal Heenan (primado de Inglaterra por aquel entonces) advirtió en 1972: “No hace falta ser profeta para advertir que sin una reversión dramática de la tendencia actual no va a haber futuro para la Iglesia en los países anglo-parlantes”. Empero, la tendencia a la cual él se refería solamente no se ha revertido sino que se ha ido acelerando año tras año. El Cardenal Daneels, de Bruselas, manifestó en una entrevista del Catholic Times, el 12 de mayo de 2000, que la crisis de las vocaciones había llegado a ser tan severa que la Iglesia podía llegara desaparecer en Europa: “Sin sacerdotes la vida sacramental de la Iglesia terminará por desaparecer. Vamos a transformarnos en protestantes, sin sacramentos. Vamos a ser otro tipo de iglesia, no católica”. El Cardenal Poupard, presidente del Consejo Pontificio para la Cultura, manifestó sin ambages en enero del año 2000: “La descristianización de Europa es una realidad”. El profesor James Hitchcock evaluó la situación con total precisión cuando escribió en 1972:

“Hay muchas curiosidades en la historia de la Iglesia en los años post-conciliares, y no es la menor el hecho de que tan pocos progresistas han advertido hasta qué punto las predicciones de los reaccionarios antes del Concilio han resultado correctas, y que sus propias expectativas se han visto contradichas. Ellos continúan tratando a los conservadores como ignorantes, prejuiciosos y fuera de contacto con la realidad. Sin embargo, las esperanzas de ?renovación? de los progresistas aparecen ahora como completamente quiméricas, un gran expectativa, una teoría atractiva, pero que terminó sin logros. En los primeros tiempos del Concilio era común oír predicciones que las reformas conciliares conduciría a un masivo resurgimiento del tambaleante espíritu católico. Los laicos se verían despertados de su apatía y alienación y se unirían entusiastas en proyectos apostólicos. La liturgia y la teología, traídas a una nueva vida y relevancia, serían fuentes constantes de fuentes de inspiración para los fieles. Las órdenes religiosas, reformadas para ser puestas en línea con la modernidad, se verían abrumadas de candidatos entusiastas y generosos. La Iglesia presenciaría un incremento dramático de las conversiones en la medida que fuera despojándose de su aspecto moribundo y, ciertamente, terminaría por ser respetada e influyente en los círculos del mundo como no lo había sido por centurias. Pero lo que ha ocurrido en prácticamente en todos los casos es precisamente lo opuesto … con relación a ese renacimiento espiritual que todo lo impregnaría, la renovación ha sido un fracaso manifiesto … Poca cosa en la Iglesia parece saludable o prometedora… todo parece vagamente enfermo, vagamente vacío”.

Las estadísticas del colapso.

Todos los aspectos de la vida católica subsiguientes al Concilio susceptibles de ser verificados mediante estadísticas confirman lo que ha sido descripto como “afirmaciones negativas” del papa Pablo VI y James Hitchcok. Aunque cueste creerlo, en la Iglesia hay quienes sostienen que estamos viviendo una renovación, y que día a día y en todo sentido las cosas van mejorando. Pero establecer si el Concilio ha sido seguido por una renovación frutífera o por una declinación desastrosa sólo puede hacerse examinando estadísticas que sean relevantes. Se trata de hechos, no de doctrina. Ello no compromete lealtad o deslealtad hacia el Papa. Los hechos son hechos, y no pueden ser leales o desleales. Lo que se presenta como un hecho es falso o verdadero, y el mismo Santo Padre acepta que en el Occidente hay una crisis de vocaciones sacerdotales debido a la disminución de la “fe y del fervor espiritual”.

Examinemos los hechos. La característica más evidente de la Iglesia Católica en Inglaterra y Gales es que se está reduciendo a una tasa alarmante, que puede clasificarse como declinación terminal. The Catholic Directory of England and Wales documenta un constante incremento en todos los aspectos importantes de la vida católica hasta mediados de la década del sesenta, es cecir, hasta la conclusion del Segundo Concilio Vaticano… luego de ello, se instala la declinación, para no retroceder más hasta ahora. Es obvio que el catolicismo no puede tener futuro sin católicos. La tasa de nacimientos necesaria para la reproducción de una nación es de 2,2 hijos por pareja. En el total de Europa es del 1,4… en Francia 1,7 (la tasa más alta de Europa), en Inglaterra 1,64, en Italia 1,2. Alemania, con una tasa de 1,3, asesina 350.000 bebes mediante aborto, llenando más féretros que cunas. Lo mismo puede decirse de otras trece naciones ricas. La tasa de nacimientos entre los católicos coincide con la tasa nacional, y en consecuencia puede decirse que los católicos están haciendo contracepción para eliminar la existencia de su Iglesia… y, aun en el trigésimo aniversario de Humanae Vita, ningún obispo inglés escribió pastoral alguna recordando a los fieles que la contracepción es intrínsecamente mala y que ningún católico puede en conciencia recurrir a ella. Actualmente, el tema parece tabú en este país. El vacío creado por el colapso en la tasa de nacimientos de los cristianos está siendo llenada por los musulmanes. Para el año 2013 los musulmanes adorando en su mesquitas en Gran Bretaña serán más que los católicos asistiendo a la misa dominical, y para 2039 la asistencia de los musulmanes a sus mesquitas va a superar a todos los cristianos británicos que cumplan con la observancia dominical.

Declinación acelerada.

El hecho de que la población católica de Inglaterra y Gales esté declinando hasta el olvido queda en evidencia ante las desastrosaas cifras de los casamientos y los bautismos. En 1944 hubieron 30.946 casamientos, en 1964 la cifra había subido a 45.592, pero en 1999 había bajado a 13.814, muy por debajo de 1944. La cantidad de bautismos en los mismos años fueron 71.604… 137.673… y 63.158… y con menos niños nacidos de una menor cantidad de matrimonios católicos la tasa de declinación tanto en casamientos como en nacimientos deberá declinar más aún.

En 1944 hubieron 178 ordenaciones de sacerdotes en Inglaterra y Gales. El número subió a 230 en 1964, pero en 1999 la ordenaciones bajaron a 43, mientras que ese mismo año murieron 121 sacerdotes, esto es, tres muertes por cada ordenación. Esto no es una crisis sino una catástrofe. En breve habrán sólo dos seminarios en Inglaterra en lugar de los cinco que habían antes del Concilio Vaticano II. Irlanda proporcionó muchos sacerdotes a Inglaterra, pero para Septiembre de 2002 tristemente sólo uno de los seis seminarios pre-Vaticano II de Irlanda permanecía abierto.

La pérdida de los jóvenes

No se puede conjeturar que ni siquiera la mitad del número declinante de jóvenes que son bautizados seguirán practicando la fe cuando lleguen a la adolescencia. Una simple revisión de los números en una típica diócesis inglesa indica que menos de la mitad de los niños que reciben el bautismo son confirmados. Según informa The Universe, en abril de 1990 se estimaba que apenas el 11% de los católicos jóvenes practicaban la fe al dejar la secundaria. Esto apenas si nos puede sorprender puesto que no hay una sola diócesis en Inglaterra que use textos católicos en los colegios católicos. Nuestra gente joven no puede ser acusada de abandonar la Fe, puesto que nunca les fue enseñada. Estos hechos son plenamente reconocidos en el editorial de Noviembre-Diciembre de 2002 de la publicación Faith, editada por un grupo de jóvenes sacerdotes fieles al Magisterio de la Iglesia y que dedican su apostolado a los jóvenes católicos. El editorial alude a un grupo de ideologos liberales que viven en un mundo anacrónico, anclado en la época del Vaticano II. Explica las cosas así:

Existe una brecha generacional realmente crucial entre esta banda de ideologos modernistas decadentes, tanto clericales como laicos y la generación verdaderamente joven de los adolescentes y los veinteañeros, para quienes “el Concilio” y las preocupaciones de los que eran jóvenes en esos tiempos son simplemente un asunto prehistórico y en extremo indiferente.

Y continúa el editorial:

Esta es la generación perdida. Pero, sin embargo, debemos notar que no ha sido perdida por una Iglesia rígida, dominada por el clero, acuciada por la culpa, sino por las parroquias y escuelas que se han inclinado a un catolicismo socialmente “relevante” y aceptable, con liturgias desestructuradas y catequesis de doctrina light. Esos pocos y preciosos católicos que realmente permanecen en la fe son abiertamente despreciados por sacerdotes y maestros que están todavía boxeando con la sombra de una revolución que fue hace cuarenta años. Estos jóvenes no vienen a nosotros llenos de prejuicios sobre “las cosas malas de los viejos tiempos” -ni siquiera habían nacido para los años 1980- antes bien, están ávidos de descubrir qué significa realmente ser católico, puesto que nadie les ha hablado de ello.

Traición catequética

¿Cómo puede ser que las escuelas católicas y los colegios no enseñen ya más a aquellos que asisten a ellos ni siquiera un conocimiento informativo de lo que es la fe? Cuando los obispos regresaron de Roma en 1965, la mayoría estaba convencida de que todo debería cambiar al modo que ellos creían era el espíritu del Concilio, y que cada cambio sería un cambio para bien. Cambio y renovación eran considerados sinónimos. En muchos casos estos cambios que ellos impusieron, ni siquiera tenían bases de sustentación en los documentos del Vaticano II. En su alocución de apertura del Concilio, el Papa Juan XXIII aclaró que la enseñanza de la Iglesia no habría de cambiar, sino simplemente hacerse comprensible a la mentalidad contemporánea. La burocracia catequética establecida por la Jerarquía inglesa desechó el catecismo tradicional y lo reemplazó por una interminable serie de nuevos textos. Habiendo enseñado durante los siguientes treinta años posteriores al Concilio en colegios católicos yo puedo atestiguar que estos textos pronto llegaron a ser apenas dignos del nombre de católicos, ni reconocibles como tales. Los nuevos métodos de enseñanza de la religión fueron reemplazados por el mandato de enseñar una nueva religión. Los padres, sacerdotes y maestros que protestaron fueron tratados como hombres de Neardental. En 1977, un buen amigo mío, el fallecido Canon George Telford, renunció a su cargo de Vicedirector del Departamento de Catequesis de Inglaterra y Gales porque, me aseguró, no había ni un solo obispo en el país que tuviese interés en asegurar a los niños de los colegios católicos la posibilidad de que se les enseñe la fe católica. En su carta de renuncia afirmaba duramente: “la Catequesis moderna está teológicamente corrupta y espiritualmente vaciada. Sus estructuras e innovaciones son irrelevantes y carecen de sentido para la fe católica, y no pueden lograr nada que no sea una disolución gradual.”

Un informe del The Catholic Herald (3 de septiembre de 1999) dice que muy poco tiempo antes de su muerte, el Card. Hume lamentó el hecho de que los católicos de su país hubiesen perdido la devoción por la Eucaristía, que es la base de la Fe católica. Culpaba de esta falta de devoción eucarística al modo en que “los adultos enseñaban a los niños la fe”. Esta es una queja sorprendente en vista del hecho de que, junto con sus compañeros obispos, él impuso los libros de texto que ignoraban complenamente las enseñanzas tradicionales.

Además de los casamientos y bautismos, la asistencia a la misa es la señal más segura de la vitalidad de la comunidad católica. Los números han colapsado desde 1966, con 2.114.219 de aistentes a 1.041.728 en 1999, lo que representa una declinación anual de 30.000 personas. Si esta caída continúa en su ritmo actual, la Iglesia en Gran Bretaña, en todo lo que es esencial, habrá dejado de existir en unos treinta años. Y como la tasa de casamientos y nacimientos sigue bajando, la brecha con los jóvenes se acentúa y la edad promedio de la población católica se hace cada vez mayor, entonces, la cifra de treinta años, probablemente, sea demasiado optimista.

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